Noticia de la California, Andrés Marcos Buriel

Obra del sabio jesuita español Andrés Marcos Buriel (1719-1762), según demostraron los estudios de los PP. Uriarte y Fita.

Sin haber tenido un contacto directo con el país y utili­zando como fuente principal la Historia manuscrita del P. Miguel Venegas, el autor comienza por ofrecer una detallada des­cripción geográfica de California, en la que ya casi queda por completo demostrado que ésta forma parte del continente, y no es por tanto una isla, como hasta entonces se había creído.

A continuación brinda una detallada pintura de los indígenas, para entrar después en el estudio de .la acción colonizadora de los españoles en aquellos apartados rincones. Una cuarta y última parte contiene los interesantes apéndices allegados. Escrita con un estilo fluido y atrayente, esta obra tuvo muy buena aco­gida, siendo traducida a varias lenguas ex­tranjeras. Es curiosa la total compenetra­ción del autor con un país que sólo co­noció a través de varias lecturas.

De par­ticular interés es la semblanza que traza de los indígenas californianos, que supera en verismo y en profundidad a las restantes descripciones de visu legadas por la his­toriografía indiana. Animado del mayor pa­triotismo, Buriel no vacila en sacar a re­lucir los abusos cometidos y para cortarlos de raíz propone la adopción de varias me­didas por parte de las autoridades respon­sables.

J. Regla

Notas Sobre el Teatro, Jakob M. Reinhold Lenz

[Anmer­kungen übers Theater]. Publicadas sin nom­bre de autor, al cuidado de Goethe, en septiembre de 1774, un año después de que Herder y el mismo Goethe habían enun­ciado en los «Blätter für deutsche Art und Kunst» los principios de un arte nacional, estas Notas de Jakob M. Reinhold Lenz (1751-1792), que son la elaboración de una serie de conferencias dadas entre 1771 y1773 en la «Deutsche Gesellschaft» de Es­trasburgo, fueron acogidas por los «Stürmer und Dränger» con unánime entusiasmo, como manifiesto y proclama del nuevo tea­tro, tal como ellos lo soñaban, libre de toda constricción de reglas, creación original y espontánea del genio germánico resucitado a nueva vida.

El ataque que Lessing había lanzado aún al amparo del «verdadero» Aristóteles contra el falso aristotelismo dra­mático de los franceses y de sus imitadores, se transforma aquí en un asalto arrollador, que no perdona al mismo maestro ni a los cánones fundamentales de su Poética (v.); del esfuerzo de conciliar la estética clásica de la imitación con la prerromántica de la intuición, nace la exigencia de una forma totalmente espiritual de «mimesis», gracias a la cual el poeta toma una posición «suya» frente al mundo y representa al objeto tal como lo ve y lo penetra con los ojos de su alma, en su realidad efectiva y esencial, con plena adecuación a su más íntima vida.

En efecto, las teorías dramáticas de Lenz se basan esencialmente en el principio de libertad. Mientras en la interpretación que Herder nos da del drama shakespeariano aún se oculta un resto determinista, mientras Goethe, en, su Discurso para la onomástica de Shakespeare (1771), nos ha­bla de la «pretendida libertad» del hombre, Lenz reconoce, en cambio, en el drama nuevo, tal como ha brotado de la visión cristiana de la vida, la celebración de la reconquistada libertad moral. Esclavos de un inescrutable destino, los hombres an­tiguos no podían considerar la vida más que como una necesaria cadena de acon­tecimientos, por lo que también el drama fue tomando la forma de una aventura es­cénica en la que, conforme a la definición aristotélica, el elemento más importante es la acción y no el carácter.

En el drama mo­derno, en cambio, tal como se ha desarro­llado en los pueblos cristianos, todo el in­terés está dirigido hacia el hombre, que es el libre artífice de la propia vida y del propio destino, por lo cual la acción está subordinada, necesariamente, al carácter. De aquí, en las Anmerkungen, el violento ataque contra la tragedia francesa, que Lenz juzga superficial, retórica, desprovista de contenido humano y sustancialmente antirreligiosa. Pero no es la servil obe­diencia a los cánones aristotélicos lo que le molesta en la obra de los franceses, sino más bien la visión angosta, la falta de sen­tido histórico, la uniformidad del desarrollo basado en el choque de opuestas pasiones, que son siempre las mismas, y, refiriéndose de una manera particular a Voltaire, el espíritu negativo y el lenguaje blasfemo.

La emoción que despierta en nosotros el acontecimiento trágico se resume, según Lenz, en una sola palabra: «Schauer», re­ligioso temblor, como delante de un mis­terio. El drama es concebido por él como el sagrado rito de una evocación heroica, por el que los grandes muertos del pasado vuelven a nosotros después de un silencio de siglos, para revivir en una luz de gloria, en «verklärter Schöne», sus hazañas y su pasión. Y es precisamente en esta corres­pondencia de amorosos sentimientos entre los muertos y los vivos, en el vínculo de «cordial afecto» que nos une a los héroes resucitados, que Lenz ve la esencial lírica de la tragedia.

La historia, por lo tanto, y no ya el mito o la fábula antigua, será la musa de los nuevos poetas, así como fue ella la que inspiró a Shakespeare sus obras más importantes. En ella el poeta, liberado finalmente de todo límite de espacio y de tiempo, y ya ni siquiera trabado por la unidad de acción, con el único propósito de representar con alucinante ilusión de realidad la jornada terrena de unas gran­des almas tanto en sus victorias como en sus derrotas, encontrará una variedad in­finita de argumentos, de motivos y de ca­racteres humanos.

Tal es, a grandes rasgos, el programa que Lenz proponía a sus con­temporáneos para la restauración del tea­tro, programa que sufre de discontinuidad y desigualdades en la desordenada exposi­ción, y que también tiene, indudablemente, como ha puesto de manifiesto la crítica, muchos puntos de contacto con las ideas dramáticas de Lessing, de Gerstenberg y de Herder, pero que representa, con todo, por su inspiración religiosa, una síntesis nueva y original. Exaltando el Goetz de Berlichingen (v.) como expresión de un titanismo cristiano y exhortando al drama alemán a volver a sus orígenes, Lenz pre­para el camino a la renovación schilleriana y romántica.

C. Grünanger

Notas Sobre Virginia, Thomas Jefferson

[Notes on Vir­ginia]. En su breve Autobiografía, fechada el 16 de marzo de 1784, el estadista norte­americano Thomas Jefferson (1743-1826) re­cuerda que antes de abandonar América, en 1784, había recibido de M. de Marbois, de la Legación francesa en Filadelfia, la petición de ciertas informaciones sobre el estado de Virginia, ya que el gobierno francés se interesaba en recoger datos so­bre todos los estados de la Unión norte­americana.

Jefferson recopiló entonces los apuntes que paulatinamente iba tomando sobre las condiciones naturales y sociales de su país y los puso en orden, respon­diendo de ese modo a 23 preguntas formu­ladas por Marbois. Como varios amigos le pedían copias de la obra, trató de editarla en privado, pero encontró que el coste hu­biera sido excesivo; apenas llegado a Pa­rís, hizo imprimir doscientos ejemplares; de esta primera edición pronto se hizo una edición francesa, revisada por el autor, pero muy imperfecta; el texto inglés fue editado más tarde en Londres, en forma correcta y ampliada, en 1782.

Las Notas describen sumariamente, pero en forma lú­cida, lisa y algunas veces penetrante, la geografía, la flora, la fauna y las condi­ciones sociales, culturales, religiosas, econó­micas o políticas del estado. Era difícil decir más cosas en menos páginas y con mayor claridad y objetividad. El autor en­cuentra manera de exponer, además de las realidades de su patria, los problemas esenciales inherentes a su devenir, a su agi­tado pero profundo proceso de desarrollo. Algunas veces polemiza contra opiniones corrientes en la época; por ejemplo, la de que la especie humana, como parece poder deducirse de la fauna indígena, está desti­nada en América a un menor desarrollo físico (algunos decían que también espiri­tual y moral) que en otros continentes y especialmente en Europa.

En el capítulo relativo a los indígenas, reproduce la fa­mosa carta de paz que el jefe indígena Logan envió al gobernador inglés lord Dunmore y muestra los altos sentimientos vi­riles de que eran capaces aquellas pobla­ciones autóctonas. La mejor edición actual de las Notas se encuentra en el vol. III de los Escritos de Jefferson, editados por P. L. Ford (Nueva York y Londres, 1894) y ocupa 210 páginas de texto.

C. Pellizzi

Notas Sobre el Arte, Paul Valéry

[Pièces sur l’Art]. Colección de escritos diversos, pre­facios, cartas, notas, discursos y reflexiones de Paul Valéry (1871-1945), publicada en 1934.

Compuestos en fechas muy distintas, el conjunto de estos textos es un testimo­nio de la actividad «mundana» de Valéry, y algunos se resienten bastante de ello. Se puede ver al autor dedicarse aquí a las cuestiones más triviales, que no pueden me­nos de sorprender en la pluma de tal escritor. Júzguese respecto a este punto por las siguientes líneas que pertenecen al «Pro­blema de los museos»: «No amo demasiado los museos.

Hay muchos admirables, no hay ninguno delicioso… Al dar el primer paso hacia las cosas bellas, una mano me roba el bastón, un letrero me prohíbe fumar. Helado ya por el gesto autoritario y el sentimiento de apremio, penetro en cual­quier sala de escultura. Un busto deslum­brador aparece entre las piernas de un atleta de bronce».

El conjunto del frag­mento se desarrolla en el mismo sentido y no llega a sobrepasar los límites de un anarquismo distinguido y de una conver­sación de salón. Sorprende no poco que el autor de Monsieur Teste (v.) ponga tan buena voluntad en satisfacer a las con­veniencias. Con parecido asombro se lee el capítulo titulado «La conquista de la ubicuidad», en el que tras un título tan pomposo se esconden las más intrascen­dentes consideraciones sobre las facilidades que ofrecen en nuestros días los medios técnicos, la fotografía, la T.S.H…., para dis­poner, en el momento escogido por cada uno, de las’ más bellas producciones del espíritu humano, ya sea en el terreno de la pintura como en el de la música.

La ubicuidad de que se habla en el título es, pues, simplemente esa posibilidad que te­nemos de poder contemplar en nuestra pro­pia habitación un cuadro de Velázquez que se halla en el Museo del Prado, o de es­cuchar un concierto que se está dando en Honolulú. Nos deja confusos el hecho de que estas líneas sirvan para la siguien­te conclusión: «Tales son los primeros frutos que nos proporciona la nueva inti­midad entre la Música y la Física, cuya alianza inmemorial ya nos había dado tan­to» (notemos de paso las mayúsculas con que se adornan las palabras Música y Fí­sica).

Afortunadamente, no todo el libro responde a esta orientación, y, junto a los textos dictados por la cortesía o la más exquisita de las delicadezas («Los bordados de Marie Monnier», «Carta a Madame C.»…), junto a algunas alocuciones en las que se esfuerza sin éxito en ser lo más simple posible («En el Concierto Lamoureux en 1893»), junto a los prólogos de algunos li­bros («Fuentes de memoria») o de algunos catálogos de exposiciones («Preámbulo», «Variaciones sobre la cerámica ilustrada»), se pueden encontrar ciertos textos que re­emprenden el admirable discurso de su De­gas, Danza, Dibujo.

Merecen recordarse so­bre todo, las páginas dedicadas a «Berthe Morisot», y de modo especial las notas «En torno a Corot», que abundan en pun­tos de vista absolutamente justos y de una sutilidad que produce verdadero pla­cer el reconocerla. Hablando en otro lugar de la Olympia de Manet, escribe estas lí­neas, de sorprendente agudeza: «Olympia choca, desprende un horror sagrado, se im­pone y triunfa.

Es escándalo e ídolo; po­tencia y presencia pública de un arcano de la sociedad. Su cabeza está vacía, un hilo de terciopelo negro la aísla de lo esencial de su ser. La pureza de un rasgo perfecto encierra lo Impuro por excelencia, aquel de quien la función exige la ignorancia apacible y cándida de todo pudor. Vestal bestial consagrada al desnudo absoluto, descubre todo aquello que se oculta y se conserva de la barbarie primitiva y de la animalidad ritual en las costumbres y los trabajos de la prostitución de las grandes ciudades».

No lejos de las de este ensayo deben situarse las páginas que consagra al arte del escultor y a los misteriosos in­tercambios que se dan entre el artista y su modelo («Mi busto»), y también su «Con­templación del mar», en el que una vez más encuentra el tema que tantas veces trató, profundizando cada vez más en él.

Notas de Viaje y Estudio En Italia, Charles Eliot Norton

[Notes of Travel and Study in Italy]. Obra del norteamericano Charles Eliot Norton (1827-1908), publicada en 1860

. En ella hay estudios sobre los temas preferidos por Norton: las bellas artes y Dante. Hay un ensayo que coordina las relaciones entre Dante y Roma; son examinadas las rela­ciones entre Dante y Giovanni del Virgi­lio, y comentadas las Églogas (v.) del pri­mero; se estudia una de las columnas de la catedral de Orvieto, para atribuir su inspiración a pasajes del “Infierno» dan­tesco.

Hay también un largo escrito que examina los orígenes de la construcción de la catedral de Orvieto y que anticipa, en método y contenido, el otro libro de Norton, Estudios históricos sobre la cons­trucción de las iglesias en la Edad Me­dia (v.).

A. Camerino