[Il novellino]. Es el título más común de la célebre colección del siglo XIII que inicia el arte de la narración en Italia; pero la primera publicación impresa (1525), dirigida por el escritor de Fano, Carlo Gualteruzzi, y la edición de Giunti de 1572, dirigida por Vincenzo Borghini, se titulan Los cien cuentos antiguos y Libro de cuentos y del bello hablar gentil [Le Ciento Novelle Antike y Libro di Novelle et di bel parlar gentile].
Nada sabemos de su autor y de dónde era; hombre no carente de cultura, aunque no escritor profesional, florentino quizá y de tendencia gibelina. Él mismo nos dice’ en un prólogo la intención y la materia de su colección: «Recordamos aquí unas cuantas flores del lenguaje, de bellas cortesías y de bellas respuestas y de bellas valentías, de bellos donaires y de bellos amores, como en tiempos pasados ya hicieron muchos», «para provecho y gusto de los que no saben y quieren saber». Del criterio adoptado y del arte de su antología, se justifica elegantemente de este modo: «Y si las flores que vamos a presentar resultan mezcladas con muchas otras palabras, no os moleste; pues el negro es adorno del oro y, por un fruto noble y delicado, gusta a veces toda una huerta, y por pocas y bellas flores, todo un jardín».
Las fuentes de este libro singular son muy variadas: bíblicas, mitológicas, clásicas, orientales y medievales, cronísticas, anecdóticas, fabulísticas, novelescas. Y los cien cuentos (aunque el autor no escribió precisamente cien) son un reflejo de la vida, costumbres y conocimientos, y más todavía de la fantasía de la gente del siglo XIII, espiritualmente viva, algo ingenua y provista de una cultura más bien grosera. Trovadores provenzales, caballeros y heroínas de la Tabla Redonda, maestros de estudios y hombres de Corte, mercaderes y juerguistas, barones de Carlomagno y filósofos antiguos, hombres fabulosos, como Presto Gianni, el Anciano de la Montaña y el Esclavo de Bari, reyes bíblicos y emperadores romanos, cristianos y moriscos: éstos son los personajes del libro, al que los anacronismos hacen a menudo aún más amable y encantador.
Sócrates es un «filósofo de Roma», «Narciso fue un bueno y bello caballero»; modernizaciones muy habituales en la pintura, en la que perduraron aún más tiempo. Hay en El novellino amor a la agudeza y al donaire, a la burla y a la inteligencia superior, al respeto para los sentimientos elevados y al habla prudente, con bellos motes y rápidas sentencias, una tendencia a lo fabuloso y un gusto gracioso hacia el mundo real. Domina la admiración por la generosidad, el ideal caballeresco, tan exquisitamente medieval, de la «cortesía», que es amabilidad de corazón, liberalidad y valentía, y dominan los personajes que mejor encarnan aquel ideal para el tiempo del autor o para su fantasía o memoria: el emperador Federico de Suabia, Saladino, el rey Joven. Tampoco falta cierto vigor de arte.
Ya que, si muchos cuentos parecen unas secas transcripciones para un repertorio de bufón, muchos otros, breves o largos, tienen en su elegancia y desnudez de lenguaje una mesura perfecta y armonía de sentimientos, de imágenes y de estilo: «candor lleno de verdad», como escribía De Sanctis; «ardiente, derecha, evidente velocidad», como admiraba Foscolo. (Léanse los cuentos de Narciso y del rey Conrado, de Azzolino y su escritor, y, entre los más largos los de Bito y de ser Frulli de Florencia, y el «bello cuento de amor» de la muchacha florentina y del cambio de sus dos enamorados). Algunos cuentos y personajes llegaron a hacerse célebres por el éxito que tuvieron en otras redacciones, tanto o más famosas.
Para limitarnos a unos pocos ejemplos, Presto Gianni es recordado más de una vez por el gran Marco Polo en su célebre libro El Millón (v.), y también el Anciano de la Montaña; el cuento del humo de comida pagado con el sonido de moneda se encuentra de nuevo, para no citar a otros, en Rabelais; el cuento del escritor de Azzolino, en Cervantes; el del emperador Federico que mató uno de sus halcones, en Bandello; el de la gran justicia de Trajano, en Dante; el del sultán y de los tres anillos, que pareció a los modernos como un alegato de tolerancia religiosa, en Boccaccio y en el drama de Lessing, Nathan el Sabio (v.).
F. Pastónchi
Todo el Novellino parece escrito con un estilo de apuntes, aun en los más elaborados cuentos, donde un gesto, una mirada, una sonrisa, dicen con el lenguaje mímico lo que se calla, y aluden a una gracia secreta y fabulosa. (F. Flora)
