Nuestra América, Carlos Octavio Bunge

Ensayo de psico­logía social del escritor argentino Carlos Octavio Bunge (1875-1918). Publicado en 1903, el autor fue modificándolo sustancial­mente en las sucesivas ediciones, particu­larmente en la sexta, la definitiva, apareci­da en 1918, meses después de su muerte.

Disección de la sociedad y el espíritu his­panoamericanos, se propuso el autor dar una base étnica a los caracteres de estos pueblos y en tal aspecto se emparentaba con Conflicto y armonías de las razas en América de Sarmiento (v.), aunque sin derivar de él; sin embargo, el valor abso­luto que dio a la raza en la primera edi­ción fue atenuándose en las posteriores para abrir paso a la influencia del medio geográfico y de otros factores.

El análisis debe ceñirse a la última, completamente rehecha. La obra consta de una introduc­ción, que fija el plan general, y de cinco libros. El primero estudia la mentalidad de los españoles a través de una especie de sinopsis histórica, a la que no escapa nin­gún aspecto característico de la vida pen­insular antigua y moderna.

Destaca en ellos una cualidad dominante, la arrogancia, de la cual hace derivar todas las formas nor­males, decadentes y degeneradoras de esa psicología. El segundo libro examina la contribución étnica de los indios, negros y mestizos en la formación de los pueblos hispanoamericanos. Fatalismo y ferocidad en los indios, servilismo y maleabilidad en los negros, hiperestesia de la ambición de los mulatos, y como caracteres predominan­tes en los mestizos, la inarmonía psicológi­ca, la semiesterilidad degenerativa y la falta de sentido moral.

El tercer libro se­ñala en los hispanoamericanos nacidos de ese cruce de razas tres rasgos fundamen­tales comunes: la pereza, la tristeza y la arrogancia. El cuarto libro es un estudio crítico de la política derivada de aquellos caracteres raciales, denominada por Bunge «política criolla», estudio que constituyó su principal propósito al concebir la obra, compuesta, no con impasibilidad científica, sino con causticidad y frecuente iracun­dia, que comunican gran vivacidad a la exposición y el alegato.

El caciquismo po­lítico es objetivado en tres ejemplos en el quinto libro; tres dictadores hispanoame­ricanos: Rosas, el estanciero de Buenos Ai­res, neurótico «cacique criollo»; García Moreno, el presidente inquisidor ecuatoriano, y Porfirio Díaz, el caudillo progresista me­xicano. Nuestra América gozó de mucha difusión a principios del siglo en los círcu­los cultos del continente, encomiada, dis­cutida, combatida, a pesar de sus genera­lizaciones inseguras, de su rígido esquema­tismo psicológico, de sus afirmaciones dog­máticas, arbitrarias algunas de ellas. Si bien en algunos países las condiciones so­ciales y políticas variaron después, como lo reconoció para la Argentina una nota póstuma, el libro se lee todavía con interés, pues además de elocuente y colorido, es­tá escrito con pasión de educador.

«Tra­tado de clínica social», «su mayor imper­fección estriba acaso — lo dijo el autor — en omitir la relativa terapéutica». Concluía que «el único remedio es la cultura gene­ral: difundir la ilustración, mejorar la si­tuación económica, sanear las condiciones de vida física»; en otros términos, «la cultura por el trabajo».

R. F. Giusti

Nudo de Víboras, François Mauriac

[Le noeud de vi­pères]. Novela del escritor François Mau­riac (n. 1885)—Premio Nobel de Literatura 1952 —, publicada en 1932.

La novela se ordena bajo la forma de una «exposición» que de su vida hace un viejo abogado. En el sesenta y ocho aniversario de su naci­miento es atacado por una fiebre de escri­bir. Quiere que su esposa y los suyos sepan quién es él.

Quiere romper el silencio al que ha sido condenado durante toda su vida. Ahora tiene la necesidad de creer que será por fin escuchado. Es su vengan­za. Encerrado en su habitación, clasifica las piezas de su vida, de este proceso perdido. La soledad ha sido su suplicio. La vida no le ha dado nada y tampoco espera nada de la muerte. Oye rumores de voces bajo el piso.

La familia habla en voz baja. Esto le crispa los nervios. Desconfían. Ha­blan susurrando. A los ojos de ellos no es más que un aparato que distribuye bi­lletes, un aparato que ya funciona mal y que pronto podrán sacar de él el tesoro que esconde. Si él hubiese querido, su esposa y sus hijos se encontrarían despojados de todo, salvo de la casa y las tierras. Se ha pasado muchas noches combinando la ven­ganza. Pero sobrevive a su odio.

Hoy no lo siente ya. Y las primeras palabras de su diario son éstas: «Tranquilízate: las acciones están ahí». Sí, lo importante para él es vencer el silencio que lo ha aprisio­nado. Dotado de una gran lucidez, su mi­rada atenta penetra en su mundo cerrado sobre el recuerdo de la infancia y la ado­lescencia. Durante cuarenta años su esposa ha evitado siempre toda palabra un poco profunda que pudiese significar un acerca­miento entre ellos dos.

Estaba tan lejos de su mundo que se evadía por el fastidio. Se encontraban a mil leguas de la propia carne. El viejo abogado quiere explicar el porqué de la era del gran silencio que apenas ha sido rota. No se trata, pues, de su elogio fúnebre, sino de su confesión. Es la última esperanza que le queda: ser es­cuchado.

La muerte se mueve en tomo suyo. Nota su aliento y recuerda… Hijo único de la viuda de un modesto funcio­nario, fue un adolescente triste cuyo solo aspecto helaba a las gentes. Inclinado so­bre los diccionarios, su afán consistía en conseguir el primer puesto, en una riva­lidad odiosa. No encuentra nada enternecedor en los recuerdos infantiles. Quisqui­lloso, incapaz de tolerar la más ligera bur­la, reprochaba a su madre el exceso de ca­riño.

Envidiaba los modales de aquellos hijos de buena familia educados en los jesuitas. En su infancia el mal había ya echado raíces. Empezaba a formarse el nudo de víboras. Despuntó en él el odio antirreligioso, fomentado por cierto deseo de justicia social. Este odio ha sido duran­te mucho tiempo su pasión dominante y la principal arma contra su esposa. Sufría reconociendo, tanto en sus enemigos como en él mismo, una pasión común: la tierra y el dinero.

La mirada del abogado trabaja en profundidad. El drama de su vida se halla en potencialidad en estos aconteci­mientos. El examen es llevado a cabo con rigor implacable. Antes de detenerse a explicar lo que significó para él «aquella noche fatal», recuerda su encuentro con su esposa, la señorita Fondaudége. Algunas veces la sorprendió mirándole a hurtadi­llas, lo cual significaba que era capaz de interesar.

¡El hijo de unos campesinos ca­sarse con una señorita Fondaudége! Era inimaginable. Creía en el amor de la mu­chacha a pesar de que su madre descon­fiaba de los Fondaudége. Todo era nuevo para él. Estaba convencido de que era el principio de una larga vida apasionada. El compromiso matrimonial quedó estable­cido sin enterarse de ello. Y llegó aquella noche. En la habitación donde el abogado escribe ahora, en esta habitación, surgió ese desconocido Rodolphe.

Ella tenía nece­sidad de liberar con palabras su pasión in­satisfecha. Aseguró que no hubiera podido ser feliz con Rodolphe «porque era encan­tador». El esposo de veintitrés años ahoga­ba entretanto su joven amor. No eran ce­los. El drama se desarrollaba más allá de ese sentimiento. Se había fijado en él por­que se encontraba allí aquel año en que los padres de Rodolphe se enteraron de que los hermanos adolescentes de la señorita Fondaudége habían muerto a causa de la tuberculosis, en aquel año en que la señora Fondaudége se había convencido de que su hija no era casadera.

Con el nuevo día nació para él una nueva vida. Entonces se inició la era del gran silencio que al cabo de cuarenta años apenas ha sido roto. El desastre interior no se exteriorizó, pero estaba ya poseído de un aborrecimiento cuyo sabor cree percibir todavía al cabo de tantos años. El fantasma de Rodolphe había concluido su obra de destrucción. Desde el nacimiento de Hubert su esposa se convirtió en madre, en nada más que madre. El esposo ya no contaba.

Aún no había cumplido los treinta años y con su carrera había logrado un renombre univer­sal. Y su mujer fue la única que no se dio cuenta de ello. El famoso abogado tenía sed de desquite y su deseo era sacar a su mujer de su indiferencia, aunque fuera a costa del odio. La irreligión fue para él una buena arma.

Pretendió también ejercer derechos sobre los niños. Pero imposible, estaban recelosos. «Yo era el pobre papá por quien había que rezar mucho y de quien era necesario conseguir la conver­sión». Había heredado de su madre el vicio de amar demasiado el dinero. Tenía esta pasión en la sangre. Privado del cariño de su mujer, egoísta y fanática, y del de sus hijos, amó el dinero sobre todas las cosas.

El único ser en el mundo para quien no fue un mero espantajo era Luc, su sobrino, quien no volvió del frente. Solo, terrible­mente solo, transcurrió su vida triste y monótona, como el paisaje de Cálese. En­fermo ya, y con el espíritu despierto, a los ojos de los suyos era el anciano pérfido y capaz de todo. Los hijos eran corteses con él, pero se mantenían a la expectativa, re­celosos como siempre.

Janine, su nieta, muy desgraciada en su matrimonio, huyendo de la clínica en la que la encerraron para cu­rarle su desequilibrio, encontró refugio al lado de su abuelo. Ella era la única que podía comprenderle. A su lado, en medio del silencio de Calése, el viejo abogado muere porque «lo que me ahogaba esta no­che, al tiempo que escribo estas líneas, lo que me duele en mi corazón como si éste se rompiera, ese amor, cuyo nombre por fin conocía, nombre ador…».

La novela se cierra con una carta de Hubert a su her­mana Geneviève en la que condena a su padre, y con la que escribe Janine a Hu­bert, en la que declara que a pesar de ser «un hombre terrible, y algunas veces, incluso espantoso, esto no impide que una luz admirable llegara a él en sus últimos días». Y concluye: «¿No crees que vuestro padre hubiera sido otro hombre si vosotros hubieseis sido diferentes?» Es ésta una de las mejores novelas del gran «moralista» François Mauriac.

Las suyas son novelas psicológicas que sobresalen «por el aná­lisis profundo del alma y la intensidad ar­tística con que ha sido interpretada, en forma de novela, la trama de la vida humana», como reza el veredicto de la Aca­demia de Estocolmo, que le concedió el Premio Nobel de Literatura.

Mauriac nos cuenta la historia de «los corazones ocul­tos y mezclados a un cuerpo de barro». En el atardecer de su vida el viejo abogado se siente milagrosamente desprendido de su avaricia de terrateniente. La gracia ha des­atado el «nudo de víboras». [Trad. caste­llana de Fernando Gutiérrez (Barcelona, 1956)].

J. M.a Pandolfi

Nuestra América, José Martí

El primer libro que se publica con este título en las ediciones de obras de José Martí (1853-1895) es el que su albacea literario, Gonzalo de Quesada y Aróstegui, incluye en su colección y que constituye el volumen VII (La Habana, 1909, 312 p.).

Poco después aparece el vo­lumen IX como segunda parte (La Habana, 1910, 386 p.) con el propio título. La ex­presión Nuestra América la había usado Martí con mucha frecuencia en trabajos sobre asuntos hispanoamericanos, pero ad­quiere significación especialmente en su fa­moso discurso pronunciado en la velada de la Sociedad Literaria Hispanoamericana de Nueva York, el 19 de diciembre de 1889, en homenaje a los delegados a la primera Conferencia Internacional Americana, re­unida en Washington, en el que recalcó su gran mensaje americanista y señaló el porvenir de América, «que es el de nivelar en la paz libre, los apetitos y los odios del mundo».

Este discurso ha sido publicado también con el título Madre América. Pos­teriormente, y para una correspondencia enviada a «El Partido Liberal» de México, y publicada en la edición de 30 de enero de 1891, usó Martí el título Nuestra Amé­rica. Ambos trabajos son imprescindibles en las posteriores ediciones que se han he­cho, en que se reúnen artículos de esa orientación y con ese título.

Entre las edi­ciones así tituladas se encuentran: Nuestra América, vol. V de las Obras de José Mar­tí, ordenadas y prologadas por Alberto Ghiraldo (Editorial Atlántida, Madrid, s. f., 272 págs.); Nuestra América, vol. III de la –  «Colección Grandes Escritores de Améri­ca», con introducción de Pedro Henriquez Ureña (Editorial Losada, Buenos Aires, 1939, 270 págs.); Nuestra América, prólogo y selección de Jaime Torres Bodet (México Secretaría de Educación Pública, 1945, 84 págs.).

En la edición de las Obras com­pletas, publicadas en 74 volúmenes por la Editorial Trópico, bajo la dirección de Gonzalo de Quesada y Miranda, figuran 5 volúmenes (XIX al XXIII) con el título Nuestra América, los dos primeros publi­cados en 1939, y los tres restantes en 1940. Es la edición más completa que se ha he­cho, conteniendo los trabajos de Martí con­sagrados a estudiar aspectos de la vida, la cultura y la historia de la América hispana.

F. Lizaso

La Nube, Percy Bysshe Shelley

[The cloud]. Poesía de Percy Bysshe Shelley (1792-1822), escrita y pu­blicada en 1820. Está dividida en estrofas de diversa longitud, compuestas de versos largos con rimas internas, alternados con versos breves que riman entre sí.

La poesía sigue las transformaciones por las que pasa una nube, desde la función providencial de dar sombra y frescos riegos a la sed de las plantas, hasta los aspectos más fantás­ticos en las noches de luna y a las gran­diosidades de meteoro en las . tempestades invernales. En esta poesía, Shelley vuelve a crear uno de los llamados mitos natura­les (v. A una alondra).

No sólo la nube habla en primera persona, sino que no es «una» nube; es «la» nube que, incluso cuan­do se disuelve sin dejar huellas en el cielo puro, no muere, sino que entra en el seno de la naturaleza creadora, para resurgir siempre igual a sí misma y siempre dis­tinta, como las formas y las manifestacio­nes de la vida.

La primera estrofa, donde la nube se presenta en sus aspectos más propicios y más destructores, con trans­formaciones repentinas, contiene el anun­cio de la perenne transformación que es el tema fundamental de la poesía. En el aspecto casi maternal con que da sombra y lluvia a las plantas, en su dormir entre los brazos de la ráfaga, en el tener a sus órdenes a los elementos, en el ser la pre­dilecta del cielo y de la tierra y, en fin, en su misma volubilidad, se dibuja el carácter femenino de la aérea criatura que, cuando adopta su aspecto destructor, sabe tenderse de un promontorio a otro como un puente que tuviese por pilares los mon­tes.

Como de costumbre, la fantasía de Shelley se muestra riquísima y capaz de encerrar en un verso imágenes difíciles de expresar. Aunque hacia el fin esté dema­siado acentuado su carácter de contrapo­sición intelectualista y no falten momentos abiertamente retóricos, La nube continúa siendo admirable, más que como poesía, como discurso lírico, y es merecidamente una de las poesías más conocidas y admi­radas de Shelley.

S. Rosati

Las Nubes, Aristófanes

Comedia de Aristófanes (450-385 aproximadamente, a. de C.), representada en Atenas en el año 423 y refundida después, porque en la pri­mera representación no obtuvo gran éxito.

Es una de las obras maestras del comedió­grafo ateniense, y debe parte de su fama al hecho de ser Sócrates uno de los per­sonajes. Con todo, si el filósofo se presenta en escena con su nombre y con sus rasgos físicos característicos, su figura moral tie­ne, en la caricatura aristofanesca, muy poco que ver con el Sócrates que conocemos por la tradición filosófica y por Platón.

Aris­tófanes se propone atacar el espíritu so­fístico que triunfaba en Atenas por los años de la guerra del Peloponeso y, sin hacer caso de las diferencias que ponían a Sócrates en contra de los sofistas, escogió al representante más popular de toda aque­lla cultura, reuniendo y fundiendo en su retrato las características, a menudo hete­rogéneas, de los que substituían las razones del buen sentido tradicional por las suti­lezas de la dialéctica y de la retórica.

Por esto Sócrates aparece colgado en un cesto en el «Pensatorio», para poder contemplar más de cerca las cosas celestes, mientras sus discípulos en torno a él, con la cabeza inclinada, consideran lo que sucede bajo tierra. Ya no existen, para aquellos cere­bros tan sutiles, los dioses del mito; las únicas divinidades reconocidas son las nu­bes, símbolo de las extravagantes e incons­tantes especulaciones filosóficas.

Éstas for­man el coro, encarnado en mujeres nari­gudas, envueltas en velos cinéreos. Muy de mañana se presenta al «Pensatorio» de Só­crates Estrepsíades, un pobre diablo que no puede dormir porque su mujer y su hijo Fidípides  lo han cargado de deudas a causa de su pasión por la vida elegante y los caba­llos de raza. Estrepsíades ha oído decir que en la escuela de Sócrates se aprende a vencer con los razonamientos en las causas más difíciles y, con su astucia de hombre del pueblo, ha entendido que aquél es el lado interesante de la filosofía.

Requiere, por lo tanto, las enseñanzas del maestro con la esperanza de aprender el arte de no pagar las deudas. Pero, viejo y des­memoriado como está, no. comprende nada, y luego de abandonar la prueba, convence a su hijo de ocupar su lugar junto a Só­crates. Después de un breve aprendizaje, Fidípides sale completamente transforma­do en sofista. Se alegra mucho el padre y, seguro de que la ciencia de su hijo le permitirá ganar cualquier proceso, echa a palos a los acreedores que vienen a pe­dirle lo que les debe.

Se complace, como observa el coro, en el arte del embrollo. Pero poco después sale de su casa perse­guido a palos por Fidípides y, por añadidura, ha de escuchar al muchacho de­mostrarle a fuerza de lógica lo conforme que está con la naturaleza y la justicia que los hijos apaleen a los padres, de ma­nera que a Estrepsíades se le abren los ojos, y, tras pedir perdón a las divinidades contra las que había blasfemado, se limita a incendiar la casa de Sócrates.

Centro de la comedia es el contraste entre el discu­rrir justo y el injusto. Las convicciones tradicionales, que habían educado a la generación de los vencedores de Maratón, y por las que el conservador Aristófanes sentía predilección, aparecen reñidas con las ideas modernas del racionalismo escéptico y oportunista. Es una contienda de argu­mentaciones bufas en su forma escénica, aunque serias en sustancia, entretejidas de las más extrañas y amenas alegorías.

Na­turalmente no hay que pedir al poeta im­parcialidad y exactitud de distinciones en comprender las razones de las nuevas ten­dencias. Intérprete de una reacción moral difundida también entre el pueblo, com­bate las aplicaciones prácticas de la es­peculación filosófica, tal como especialmen­te se manifestaban en la educación de la juventud, subvertiendo los valores tradi­cionales y. promoviendo el individualismo desenfrenado y la carrera tras la riqueza y el poder.

Y para alcanzar su objeto se sirve libremente de las armas de que dis­pone, e inventa, con genial fantasía, carac­teres y situaciones paradójicas, sin preocu­parse en absoluto por si sus tiros van más allá del blanco. [Trad. española de Fede­rico Baráibar y Zumárraga (Vitoria, 1864) incluida posteriormente en el volumen I de Comedias de Aristófanes (Madrid, 1880), varias veces reimpresas (última edición, Madrid, 1942). Existe, además, la versión de R. Martínez Lafuente en Comedias, to­mo I (Valencia, 1916)].

A. Brambilla

En cuanto a Aristófanes, ese espíritu que transfigura y completa y gracias al cual se perdona a todo el helenismo el haber existido (admitido que se llegue a com­prender bien la parte de él que tiene ne­cesidad de ser perdonada y transfigurada), nada me ha hecho meditar más acerca de la naturaleza misteriosa de Platón que aquel «petit fait» que nos fue transmitido por la historia; es decir, que debajo de la almohada de su lecho de muerte no se halló ninguna «biblia», nada egipcio, pitagórico o platónico, sino las obras de Aristófanes. (Nietzsche)