[Le noeud de vipères]. Novela del escritor François Mauriac (n. 1885)—Premio Nobel de Literatura 1952 —, publicada en 1932.
La novela se ordena bajo la forma de una «exposición» que de su vida hace un viejo abogado. En el sesenta y ocho aniversario de su nacimiento es atacado por una fiebre de escribir. Quiere que su esposa y los suyos sepan quién es él.
Quiere romper el silencio al que ha sido condenado durante toda su vida. Ahora tiene la necesidad de creer que será por fin escuchado. Es su venganza. Encerrado en su habitación, clasifica las piezas de su vida, de este proceso perdido. La soledad ha sido su suplicio. La vida no le ha dado nada y tampoco espera nada de la muerte. Oye rumores de voces bajo el piso.
La familia habla en voz baja. Esto le crispa los nervios. Desconfían. Hablan susurrando. A los ojos de ellos no es más que un aparato que distribuye billetes, un aparato que ya funciona mal y que pronto podrán sacar de él el tesoro que esconde. Si él hubiese querido, su esposa y sus hijos se encontrarían despojados de todo, salvo de la casa y las tierras. Se ha pasado muchas noches combinando la venganza. Pero sobrevive a su odio.
Hoy no lo siente ya. Y las primeras palabras de su diario son éstas: «Tranquilízate: las acciones están ahí». Sí, lo importante para él es vencer el silencio que lo ha aprisionado. Dotado de una gran lucidez, su mirada atenta penetra en su mundo cerrado sobre el recuerdo de la infancia y la adolescencia. Durante cuarenta años su esposa ha evitado siempre toda palabra un poco profunda que pudiese significar un acercamiento entre ellos dos.
Estaba tan lejos de su mundo que se evadía por el fastidio. Se encontraban a mil leguas de la propia carne. El viejo abogado quiere explicar el porqué de la era del gran silencio que apenas ha sido rota. No se trata, pues, de su elogio fúnebre, sino de su confesión. Es la última esperanza que le queda: ser escuchado.
La muerte se mueve en tomo suyo. Nota su aliento y recuerda… Hijo único de la viuda de un modesto funcionario, fue un adolescente triste cuyo solo aspecto helaba a las gentes. Inclinado sobre los diccionarios, su afán consistía en conseguir el primer puesto, en una rivalidad odiosa. No encuentra nada enternecedor en los recuerdos infantiles. Quisquilloso, incapaz de tolerar la más ligera burla, reprochaba a su madre el exceso de cariño.
Envidiaba los modales de aquellos hijos de buena familia educados en los jesuitas. En su infancia el mal había ya echado raíces. Empezaba a formarse el nudo de víboras. Despuntó en él el odio antirreligioso, fomentado por cierto deseo de justicia social. Este odio ha sido durante mucho tiempo su pasión dominante y la principal arma contra su esposa. Sufría reconociendo, tanto en sus enemigos como en él mismo, una pasión común: la tierra y el dinero.
La mirada del abogado trabaja en profundidad. El drama de su vida se halla en potencialidad en estos acontecimientos. El examen es llevado a cabo con rigor implacable. Antes de detenerse a explicar lo que significó para él «aquella noche fatal», recuerda su encuentro con su esposa, la señorita Fondaudége. Algunas veces la sorprendió mirándole a hurtadillas, lo cual significaba que era capaz de interesar.
¡El hijo de unos campesinos casarse con una señorita Fondaudége! Era inimaginable. Creía en el amor de la muchacha a pesar de que su madre desconfiaba de los Fondaudége. Todo era nuevo para él. Estaba convencido de que era el principio de una larga vida apasionada. El compromiso matrimonial quedó establecido sin enterarse de ello. Y llegó aquella noche. En la habitación donde el abogado escribe ahora, en esta habitación, surgió ese desconocido Rodolphe.
Ella tenía necesidad de liberar con palabras su pasión insatisfecha. Aseguró que no hubiera podido ser feliz con Rodolphe «porque era encantador». El esposo de veintitrés años ahogaba entretanto su joven amor. No eran celos. El drama se desarrollaba más allá de ese sentimiento. Se había fijado en él porque se encontraba allí aquel año en que los padres de Rodolphe se enteraron de que los hermanos adolescentes de la señorita Fondaudége habían muerto a causa de la tuberculosis, en aquel año en que la señora Fondaudége se había convencido de que su hija no era casadera.
Con el nuevo día nació para él una nueva vida. Entonces se inició la era del gran silencio que al cabo de cuarenta años apenas ha sido roto. El desastre interior no se exteriorizó, pero estaba ya poseído de un aborrecimiento cuyo sabor cree percibir todavía al cabo de tantos años. El fantasma de Rodolphe había concluido su obra de destrucción. Desde el nacimiento de Hubert su esposa se convirtió en madre, en nada más que madre. El esposo ya no contaba.
Aún no había cumplido los treinta años y con su carrera había logrado un renombre universal. Y su mujer fue la única que no se dio cuenta de ello. El famoso abogado tenía sed de desquite y su deseo era sacar a su mujer de su indiferencia, aunque fuera a costa del odio. La irreligión fue para él una buena arma.
Pretendió también ejercer derechos sobre los niños. Pero imposible, estaban recelosos. «Yo era el pobre papá por quien había que rezar mucho y de quien era necesario conseguir la conversión». Había heredado de su madre el vicio de amar demasiado el dinero. Tenía esta pasión en la sangre. Privado del cariño de su mujer, egoísta y fanática, y del de sus hijos, amó el dinero sobre todas las cosas.
El único ser en el mundo para quien no fue un mero espantajo era Luc, su sobrino, quien no volvió del frente. Solo, terriblemente solo, transcurrió su vida triste y monótona, como el paisaje de Cálese. Enfermo ya, y con el espíritu despierto, a los ojos de los suyos era el anciano pérfido y capaz de todo. Los hijos eran corteses con él, pero se mantenían a la expectativa, recelosos como siempre.
Janine, su nieta, muy desgraciada en su matrimonio, huyendo de la clínica en la que la encerraron para curarle su desequilibrio, encontró refugio al lado de su abuelo. Ella era la única que podía comprenderle. A su lado, en medio del silencio de Calése, el viejo abogado muere porque «lo que me ahogaba esta noche, al tiempo que escribo estas líneas, lo que me duele en mi corazón como si éste se rompiera, ese amor, cuyo nombre por fin conocía, nombre ador…».
La novela se cierra con una carta de Hubert a su hermana Geneviève en la que condena a su padre, y con la que escribe Janine a Hubert, en la que declara que a pesar de ser «un hombre terrible, y algunas veces, incluso espantoso, esto no impide que una luz admirable llegara a él en sus últimos días». Y concluye: «¿No crees que vuestro padre hubiera sido otro hombre si vosotros hubieseis sido diferentes?» Es ésta una de las mejores novelas del gran «moralista» François Mauriac.
Las suyas son novelas psicológicas que sobresalen «por el análisis profundo del alma y la intensidad artística con que ha sido interpretada, en forma de novela, la trama de la vida humana», como reza el veredicto de la Academia de Estocolmo, que le concedió el Premio Nobel de Literatura.
Mauriac nos cuenta la historia de «los corazones ocultos y mezclados a un cuerpo de barro». En el atardecer de su vida el viejo abogado se siente milagrosamente desprendido de su avaricia de terrateniente. La gracia ha desatado el «nudo de víboras». [Trad. castellana de Fernando Gutiérrez (Barcelona, 1956)].
J. M.a Pandolfi

