Joaquim Theophilo Femandes Braga

Nació el 24 de febrero de 1843 en Ponta Del­gada, en la isla de S. Miguel de las Azores, y murió en Lisboa el 28 de enero de 1924.

Hijo de un profesor de matemáticas y pertene­ciente a una antigua y noble familia isleña, inició la actividad literaria en su tierra na­tal, donde, en 1859, publicó su primer libro: Fólhas verdes. En 1861 trasladóse a Coimbra, y allí se doctoró en leyes en 1866.

Mien­tras tanto, había dado a la luz los peque­ños poemas Stella matutina (1863), Visao dos tempos (1864, v. Visión de los tiempos) y Tempestades sonoras (1864), que le afian­zaron en el mundo literario portugués. Par­ticipó activamente, como seguidor de Antero de Quental y adversario de Castilho, en la «cuestión de Coimbra», referente a la demolición de la vieja escuela romántica y a la creación de una nueva literatura.

Entre 1869 y 1872 publicó catorce tomos de su monumental Historia da literatura por­to gueza, que le valieron la cátedra en la facultad de letras de la Universidad de Coimbra. Apóstol del ideal jacobino, ocupó dos veces el cargo de presidente de la Re­pública portuguesa, en 1910 como jefe del gobierno provisional, y en 1915 tras la re­nuncia de Arriaga.

Hasta el fin de sus días fue un trabajador y un investigador infati­gable, y su obra, llevada a cabo con una enorme fuerza de voluntad, tiene algo de prodigiosa. Seguidor, en filosofía, de un po­sitivismo sistemático menos dúctil que el de Comte, en cuanto poeta y narrador (Contos phantasticos, 1865), y también como sociólogo, resulta meritorio sólo en calidad de representante de una escuela y una época.

Su verdadera fama se halla vin­culada a la obra histórico-literaria, fuente inagotable de informaciones, aun cuando a veces inexactas, e ideas (con frecuencia infundadas o parciales); careció de un mé­todo seguro, y ello le indujo a conceder demasiada importancia a los hechos bio­gráficos y a los factores políticos. Según el ejemplo de Schlegel tendió a captar los ele­mentos constitutivos del espíritu de su pue­blo asociando a la investigación literaria la etnográfica y folklórica.

Dejó, además de las obras ya citadas, Romanceiro gene­ral (1867), O povo portuguez nos seus costumes, creneas e tradigoes (1885) e Historia de la Universidad de Coimbra (1892-1902, v.). Entre sus mejores producciones figu­ran Historia da poesia popular portugueza (1867, tercera ed. 1905) y Las ideas moder­nas en la literatura portuguesa (1892, v.). En los últimos años de su vida condensó muchos trabajos ya anteriormente publi­cados en la Historia da literatura portugue­za en una Recapitulaçao integrada por cua­tro partes: Idade Media (1909), Renascenca (1914), Os seiscentistas (1916) y Os Arcades (1918).

Sus numerosos discípulos le consi­deraron no solamente como un maestro de nacionalismo, sino también, y singularmente, como paladín de un ideal humano y artífice de una síntesis raramente conseguida por otros autores.

J. Prado Coelho

Tycho Brahe

Nació el 14 de diciembre de 1546, en Knudstorp, en el condado de Schonen, en el seno de una noble familia sueca que se había establecido en Dinamarca; murió en Praga el 24 de octubre de 1601.

La inclinación por los estudios astronómicos se manifestó en él, todavía joven, con la fuerza de una vocación. Para seguirla, hubo de vencer la resistencia de sus familiares, que considerando a la astronomía como una ciencia poco adecuada a los nobles, lo en­caminaron al estudio de leyes en la Univer­sidad de Copenhague y después en Leipzig, donde un preceptor asumía con celo la mi­sión de oponerse a las tendencias científi­cas del joven estudiante.

Todo ello no logró, sin embargo, impedir los extraordinarios progresos de Brahe en astronomía. Ya en 1563, observando una conjunción de Júpiter con Saturno, se daba cuenta de que las Tabulae prutenicae estaban notablemente equi­vocadas, y a partir de entonces empezó a idear y construir instrumentos para per­feccionar las observaciones astronómicas.

Mientras tanto iba trabando relación con científicos de muchos países europeos. Muer­to su padre en 1570, regresó a su patria, donde los parientes, cediendo ante su rá­pida fama, se habían conformado ya con sus actividades de astrónomo. En noviem­bre de 1572 observaba la famosa estrella nueva aparecida aquel año en la constelación de Casiopea.

Por aquellas fechas se unió con una mujer de humilde origen, una tal Cristina, pero se ignora si tal unión se transformó en legítimo matrimonio. Tras un breve período de enseñanza en la Uni­versidad de Copenhague y un viaje a Ale­mania, el rey de Dinamarca, Federico II, ponía a su disposición la islita de Hveen en el estrecho de Sund, concediéndole al mismo tiempo medios importantes para fun­dar allí un observatorio.

Éste, que Brahe deno­minó Uraniborg (castillo del cielo), estaba situado en medio de un vasto jardín rodeado de altos muros, provisto de amplias te­rrazas y locales adecuados para sextantes, esferas ecuatoriales, instrumentos paralác­ticos, parte de madera y parte de metal y todos naturalmente sin elemento alguno óptico, y relojes de diversas clases.

Entre los numerosos visitantes de la isla figuró Jacobo VI de Escocia, convertido después en Jacobo I de Inglaterra, el cual le hizo muchos regalos en aquella ocasión y com­puso algunos versos en honor suyo. El tra­bajo astronómico realizado por Brahe en el transcurso de veintiún años en su observa­torio comprende una rica y completa serie de observaciones, más exactas que las que hasta la fecha se habían realizado.

En 1577 observando el brillante cometa aparecido aquel año, determinó que no podía per­tenecer a nuestra atmósfera, como se creía generalmente. Estas observaciones y mu­chas otras le indujeron a escribir un tra­tado completo de astronomía (v. Introduc­ción a la nueva Astronomía).

Los grandes gastos hechos por Tycho en el observatorio y en los instrumentos, los continuos pleitos a que le empujaba su carácter turbulento y, por último, la muerte de su mecenas, seguida de la suspensión de las subven­ciones que se le concedían, le obligaron a abandonar no sólo la isla, sino también Di­namarca. Acogido en Bohemia por el empe­rador Rodolfo II, publicó en Praga el trata­do Triángulos planos y esféricos (v.)m

A fina­les de 1588 se estableció en el castillo de Benatek, cerca de Praga, donde pudo mon­tar algunos instrumentos menores. Allí se le unió Kepler (v.), que había de ser su sucesor y que tantos resultados obtuvo de sus observaciones. Poco después, moría Brahe

G. Abetti

William Bradford

Nació en Austerfield (Yorkshire) en 1589 ó 1590 y murió en Plymouth él 19 de mayo de 1657. Huérfano de padre todavía muy niño, fue confiado a su abuelo, que no le dio instrucción alguna. En 1606 pasó a formar parte de la Iglesia Separatista de W. Brewster, y en 1609 si­guióla a Amsterdam y luego a Leyden, don­de residió algunos años y procuróse una sólida cultura.

Calvinista y congregacionalista, fue uno de los promotores de la emi­gración a América, y figuró entre los Padres Peregrinos que el «Mayflower» desembarcó en Plymouth en 1620. Hombre sincero, honrado, sencillo y tolerante, fue elegido go­bernador el año siguiente, cargo para el cual se le escogió luego treinta veces más; actuó como juez, tesorero y superintendente de agricultura, comercio y distribución de tierras, y procuró mejorar la instrucción en la colonia con la fundación de un cole­gio.

Unido en matrimonio con Alicia Southworth, tuvo dos hijos, William y Joseph, y una vastísima descendencia. En 1627, con siete notables peregrinos y cuatro merca­deres de Londres, se hizo cargo de las deu­das de la colonia, y estableció los doce «Undertakers».

Es digna de elogio su polí­tica interna respecto a los blancos y los indios. En 1636 redactó un código y entre 1630 y 1651 compuso la Historia de la co­lonia de Plymouth (v.), impresa en 1856. Obra ésta escrita, no con vistas a la publi­cación, sino para edificación de sus propios descendientes, no carece, empero, de mé­ritos literarios, y resulta muy importante como fuente histórica.

L. R. Lind

Hugh Henry Brackenridge

Nació en York County (Pennsylvania) en 1748 y murió en Carlisle el 25 de junio de 1816. Muy pre­coz en el estudio, empezó a enseñar en Maryland a la edad de quince años.

En 1771 graduóse en la Universidad de Princeton, donde en colaboración con Philip Freneau celebró la ceremonia de clausura del año académico con la poesía La gloria creciente de América [The Rising Glory of America].

En Princeton alcanzó el título de «Master of Arts» en 1774, y durante la guerra de la Independencia actuó como capellán y es­cribió opúsculos de propaganda para los rebeldes americanos y dos dramas para sus alumnos, La batalla de Bunker Hill [The Battle of Bunker Hill, 1776] y La muerte del general Montgomery [The Death of Ge­neral .

Montgomery, 1777], superiores a cual­quier otra obra teatral de la época. En 1781 Brackenridge  trasladóse a Pittsburgh, y allí desarrolló su labor literaria más significativa. Fundó el primer diario y la primera librería de esta ciudad, así como la Academia de la misma, intervino en política y fue uno de los organizadores del partido republicano, que defendía la Constitución federal; par­ticipó en la «Rebelión Whiskey» (1793-94), pero fue declarado inocente por Alexander Hamilton.

Su libro más célebre e importan­te es Caballería moderna (v,), publicado por entregas entre 1792 y 1815. Nombrado juez del Tribunal Supremo de Pennsylvania en 1799, pasó luego a Carlisle, donde consagró los últimos dieciséis años de su vida a los estudios jurídicos.

L. R. Lind

Francis Herbert Bradley

Nació en Glasbury el 30 de enero de 1846, murió en Oxford el 18 de septiembre de 1924. Realizó sus es­tudios en Oxford, donde permaneció más tarde, de 1870 hasta su muerte, como «fellow» en el Merton College.

En aquel am­biente, el culto de la vida intelectual y cien­tífica era una vieja tradición y Bradley puede considerarse una bella encarnación de tal culto. Se había acercado a la filosofía duran­te los tiempos en que Inglaterra se abría, en forma más sentimental que crítica, al en­tusiasmo por Kant y por Hegel; y quedó influenciado toda su vida por la sugestión del método crítico del filosofar kantiano, así como por el razonar dialéctico y por el «pathos» de la unidad sugerido por el hegelianismo.

Conservó siempre, sin embar­go, una dosis de relativismo con un acento de confianza en la experiencia y en su po­sitiva eficacia (v. Apariencia y realidad y Ensayos sobre la verdad y la realidad). Sus textos hablan también de una preferencia por la claridad: amaba el espíritu del idea­lismo, pero detestaba la oscuridad de Fichte y de Schelling y también de Hegel, confe­saba no conocer del todo a Kant y amaba a Hume y Herbart.

Profesaba en su intimi­dad una religión al mismo tiempo román­tica e intelectual, que era para él tensión hacia lo divino y elevación a la totalidad espiritual (v. Estudios de Ética). Pero junto a tal acento plotiniano persistía viva en él la actividad práctica, que consumía en el College, y un sentido muy concreto del aná­lisis de los detalles.

Despreocupado de «es­cuelas» se mostraba, sin embargo, solícito en educar a los jóvenes para el pensamiento. Agnóstico en materia de religiones positi­vas y aun mal dispuesto quizá a apreciar el patrimonio moral del cristianismo, a con­secuencia de experiencias realizadas en el «Simeón Truth», alimentaba — cosa típica de los mejores idealistas — una religión real del deber y de la cultura. De modo que dio sobre todo un sentido de profesión elevadamente noble y de seriedad intelectual a una vida lúcida hasta la vejez y carente de episodios exteriores; y en su seriedad de filósofo se concreta también la dignidad humana de la aristocrática figura de Bradley, encarnación tardía en los umbrales del si­glo XX del mejor modo de la cultura laica del XIX.

M. T. Antonelli