Nació en Glasbury el 30 de enero de 1846, murió en Oxford el 18 de septiembre de 1924. Realizó sus estudios en Oxford, donde permaneció más tarde, de 1870 hasta su muerte, como «fellow» en el Merton College.
En aquel ambiente, el culto de la vida intelectual y científica era una vieja tradición y Bradley puede considerarse una bella encarnación de tal culto. Se había acercado a la filosofía durante los tiempos en que Inglaterra se abría, en forma más sentimental que crítica, al entusiasmo por Kant y por Hegel; y quedó influenciado toda su vida por la sugestión del método crítico del filosofar kantiano, así como por el razonar dialéctico y por el «pathos» de la unidad sugerido por el hegelianismo.
Conservó siempre, sin embargo, una dosis de relativismo con un acento de confianza en la experiencia y en su positiva eficacia (v. Apariencia y realidad y Ensayos sobre la verdad y la realidad). Sus textos hablan también de una preferencia por la claridad: amaba el espíritu del idealismo, pero detestaba la oscuridad de Fichte y de Schelling y también de Hegel, confesaba no conocer del todo a Kant y amaba a Hume y Herbart.
Profesaba en su intimidad una religión al mismo tiempo romántica e intelectual, que era para él tensión hacia lo divino y elevación a la totalidad espiritual (v. Estudios de Ética). Pero junto a tal acento plotiniano persistía viva en él la actividad práctica, que consumía en el College, y un sentido muy concreto del análisis de los detalles.
Despreocupado de «escuelas» se mostraba, sin embargo, solícito en educar a los jóvenes para el pensamiento. Agnóstico en materia de religiones positivas y aun mal dispuesto quizá a apreciar el patrimonio moral del cristianismo, a consecuencia de experiencias realizadas en el «Simeón Truth», alimentaba — cosa típica de los mejores idealistas — una religión real del deber y de la cultura. De modo que dio sobre todo un sentido de profesión elevadamente noble y de seriedad intelectual a una vida lúcida hasta la vejez y carente de episodios exteriores; y en su seriedad de filósofo se concreta también la dignidad humana de la aristocrática figura de Bradley, encarnación tardía en los umbrales del siglo XX del mejor modo de la cultura laica del XIX.
M. T. Antonelli

