Das Kunstwerk der Zufunft]. Opúsculo de carácter teórico de Richard Wagner (1813- 1883), escrito después de su huida de Dresde en 1849.
Es mucho más ambicioso que su obra posterior y más vasta ópera y drama (v.). No son únicamente la música y el teatro, sino toda la obra artística del hombre lo que Wagner se propone reformar a la luz de su ideas revolucionarias.
Reaccionar contra el idealismo y el espiritualismo en nombre de la naturaleza, encauzar al hombre de nuevo hacia ésta y contraponerla a la creación artificiosa y ficticia del estado; éstas son las ideas generales expuestas en la primera parte de la obra: «El hombre y el arte en general». En la sección «El hombre artista y el arte que se deriva de él inmediatamente» son examinadas la danza, la música y la poesía, las cuales habían descendido muy por debajo de la perfección de que gozaban en el ideal colectivo de la tragedia helénica.
Pero en la música, que ha desarrollado prodigiosamente sus propias posibilidades con Haydn, Mozart y Beethoven, se puede tal vez atisbar el primer germen de redención; no en la ópera, ciertamente, que es, por el contrario, el campo en que se frena el egoísmo de cada una de las tres artes, sino en la curva recorrida por las últimas creaciones de Beethoven, irresistiblemente inducido a injertar la música en la poesía, después de haber agotado las posibilidades extremas del lenguaje sinfónico (es ésta la célebre interpretación wagneriana de la Sinfonía n.° 9, v., que hace pareja con la de la Sinfonía n.° 7, v., como «apoteosis de la danza»).
La tercera parte, «El hombre, artista creador con el uso de los materiales naturales», considera las artes plásticas, también éstas dolorosamente alejadas de su perfección helénica, con excepción de la pintura del paisaje, que representa la moderna conquista de la naturaleza. Pero tampoco la pintura, la escultura y la arquitectura encontrarán su salvación más que poniéndose al servicio del teatro, para la armónica realización de la obra de arte colectiva del porvenir.
Ésta es examinada en sus principios fundamentales en la penúltima sección, y se demuestra que sólo ella podrá salvar, en lo concreto del drama, la escisión entre público y arte. El artista del porvenir será el Pueblo; no ya la plebe informe y degenerada, que es un producto de las inicuas condiciones sociales de nuestro tiempo, sino un pueblo idealizado, al cual Wagner, al final del libro, con entusiasmo conmovido, lo exhorta a forjarse sus propias alas y lanzarse a los cielos, a semejanza de Wieland, el artífice de la antigua leyenda germánica.
Apenas merece la pena el detenerse a hacer notar la arbitrariedad de las afirmaciones estéticas wagnerianas y, sobre todo, de ese procedimiento que consiste en contraponer al ideal helénico las sordideces de una imprecisa edad moderna, saltándose tranquilamente los dos milenios transcurridos.
Más todavía que ópera y drama, que es un desarrollo y una profundización de este libro, limitado y concentrado en los temas de la música, de la poesía y del teatro, La obra de arte del porvenir está totalmente desprovista de valores históricos y críticos, y nos interesa únicamente como documento para la comprensión de la personalidad y del arte de Wagner.
M. Mila
