Obra del Bien Vivir, San Antonino

[Opera a ben vivere]. Tratado moral de San Antonino (Antonino Pierozzi, 1389-1459), arzobispo de Florencia. Escrito hacia 1455 para Dianora de’ Tornabuoni, y con adiciones para su hermana Lucrezia, la futura madre de Giuliano y de Lorenzo el Magnífico, fue descu­bierto y publicado en 1858.

Debe sin duda considerarse como la obra más significativa del fundador del convento de San Marcos; el éxito de su Summa moral [Summa moralis], compuesta de 1440 a 1454 y seguida por los comentarios y disquisiciones de la Summa histórica [Summa historialis], refle­jado en las numerosas ediciones de 1479 en adelante, indica el valor del casuista y del teólogo, pero las límpidas páginas de este librito de buenos consejos son un ex­ponente de sus méritos literarios y de su penetración como psicólogo.

El piadoso do­minico guía a las muchachas de la célebre familia florentina, mostrando dónde puede caerse fácilmente en el pecado y dónde, en cambio, con humana comprensión, es posi­ble y hermoso seguir el camino del Señor. La vida es como un jardín: es preciso te­nerlo en orden, expurgarlo de malas hier­bas, no dejarlo agostar, cuidándolo con amor para disfrutar de sus esplendores.

Así las flores y los frutos son abundantes en la existencia del cristianismo, mientras no se deje herir por las espinas y tentaciones. Es necesario alejarse del mal, para no en­contrarse a punto de cometer el pecado, arrastrado por una fuerza irresistible. Los vicios han de extirparse de raíz. El fiel a Cristo ha de esmerarse en bien vivir, pues en el ejercicio cotidiano la gracia fructi­fica. La salvación del hombre depende de sí mismo, con tal que ponga en acción las fuerzas que Dios ha colocado en su co­razón.

El amor sencillo y austero de la virtud es el mejor auxiliar del bien; en cambio, las alabanzas y lisonjas inducen a errar el camino de la verdad, pues arras­tran al mal, y también con la palabra y la vanidad se cae en pecado. Una parte bas­tante notable del tratado es la dedicada a las cosas mundanas, fuentes de pecado.

Seguir con confianza a un padre espiritual, rezar a menudo y con el alma pura, oír misa con compunción, meditando en la pa­sión de Cristo, ofrecen las probabilidades más seguras de observar bien las reglas de la Iglesia y al mismo tiempo de contribuir al sabio gobierno de la ciudad y a la armó­nica convivencia de los buenos ciudadanos.

La obra tiene un interés particular por la humanidad con que examina la vida de la época; se advierte en el escritor un agudo psicólogo que, aun señalando como sutil inquisidor las diversas posibilidades del mal, entrevé la salvación en el sentido del bien que está innato en todos. En el clima de la Florencia de los Médicis, la palabra del Santo adquiere un particular relieve para la comprensión de la sociedad y de los hombres, inducidos al pecado por el modo engañoso con que éste se presenta.

Ilumi­nar los corazones es ya una obra de luz intelectual, alejada de los dictámenes de la moral medieval, más sombríamente se­vera, aunque mejor ligada con los manda­mientos religiosos.

C. Cordié

Obra de Oxford, John Duns Scoto

[Opus Oxoniense]. Exposición de la enseñanza profesada en Oxford por el franciscano inglés John Duns Scoto (n. 1266/74, m. 1308), escrita en los años 1303-1306.

Contiene su gran Comentario de las sentencias de Pedro Lombardo, y es su obra teológica por excelencia y aquella en la que desarrolla con más amplitud sus doctrinas. Contiene, además, tratados y di­gresiones sobre cuestiones de gramática, de lógica y de metafísica científica, en los que están expuestas las más originales concep­ciones del autor.

A pesar de haber quedado incompleta, se convirtió en el manual de su escuela, y fue su libro más comentado. Pero está muy lejos de ser una «summa philosophica» o «theological, como las de Alejandro de Hales o de Tomás de Aquino, ni es tampoco un compendio de sus propias doctrinas, pues conserva siempre, en su forma y en su ordenación, el carácter de comentario, privado del carácter orgánico, de la unidad y de la universalidad, propios de un sistema.

El espíritu informador de la investigación escotista está caracterizado por su educación matemática y científica, que le hace descubrir todos los puntos débi­les del tomismo, entonces triunfante y, en general, se resiste a aceptar la teología como ciencia propiamente dicha, porque sus principios no alcanzan a la evidencia de su objeto; de este modo se nos muestra Duns Scoto como el continuador de la obra renovadora del método de investiga­ción científica del franciscano inglés Roger Bacon.

La concepción escotista está caracterizada por la unidad del método y la sencillez de su doctrina. No le agradan las minuciosas subdivisiones que el tomismo, siguiendo las huellas de Aristóteles, venía estableciendo, sino que parte de la certi­dumbre de la unidad indivisible e irreduc­tible de toda forma de existencia.

Así, mientras Santo Tomás afirma la distinción real entre las potencias del alma, Scoto la niega; mientras Santo Tomás pone en el hombre tres almas distintas, la vegeta­tiva, la sensitiva y la racional, Scoto ad­mite una sola, racional, de múltiples facul­tades. En nombre de la unidad universal que deriva del orden esencial de todas las partes del universo, él demuestra la uni­dad del primer principio: «unus ordo, est ad unum Principium».

Precisamente porque el objeto del entendimiento humano es el ente mismo en toda su generalidad, puede elevarse con certidumbre al conocimiento de Dios, ser infinito. En Scoto la prueba de la existencia de Dios se apoya no en los efectos físicos, como el movimiento, fenó­meno contingente y precario, sino en el concepto de «causalidad».

Dios es postulado como primera causa eficiente infinita por­que contiene una infinidad de efectos con­tingentes, los cuales exigen una causa «ne­cesaria, no precedida de ninguna otra». Es fundamental en la filosofía y la teología de Scoto su «distinción formal», intermedia entre «la distinción racional», establecida por el entendimiento, y la «distinción real», existente en la realidad.

Una cosa es dis­tinta «formalmente» cuando su esencia y su concepto son tales que puede ser concebida separadamente aunque se halle tan íntimamente unida con otra cosa que no sea separable de ella: así sucede con el alma y sus facultades, y con estas faculta­des entre sí. Esto da lugar en la misma cosa a varias realidades, entidades o «for­malidades» con esencia propia. Pero exis­tir no es subsistir; sólo subsiste lo que tiene una existencia real y actual.

Como el exis­tir actual es verdadero y bueno, sólo es verdadero y bueno lo que realmente existe; y Dios, al sacarlo a la existencia, lo hace, por ello mismo, verdadero y bueno. Es en este sentido que, para Scoto, todas las cosas son buenas, porque Dios así lo quiere. Se introduce de este modo la característica dominante de la teodicea de Scoto que es el «voluntarismo». Scoto, en efecto, afirma que la voluntad es la potencia fundamental del espíritu, y atribuye primacía e inde­pendencia a la voluntad divina con respecto a la inteligencia, de suerte que ella es absolutamente libre y no obra por necesi­dad.

Por ser el mundo producto de un acto libre divino y no estando la divina voluntad determinada ni limitada por las ideas, las verdades de la fe se sustraen a toda demostración racional; tampoco se puede admitir, con Santo Tomás, que Dios quiera únicamente lo que, en su infinita sabiduría, reconoce como bien. La fe, cuyo objeto son las revelaciones derivadas del libre querer divino, tiene carácter práctico; su valor consiste en orientarnos hacia la acción (pragmatismo). Aunque los decretos eternos de Dios no están sometidos a cambio, su ejecución infalible deja a las criatu­ras libres el uso de su voluntad, hasta de contradicción.

La psicología de Scoto está caracterizada también por el «voluntaris­mo», Todo en el hombre cede a la volun­tad, todo está sometido a su imperio; hasta la inteligencia, de la cual puede iluminar u ofuscar la visión, fijar o desviar la aten­ción. Es también fundamental el concepto escotista de la individualidad considerada como algo positivo.

Mientras Santo Tomás halla su principio en la división de la materia que diferencia la especie en los individuos, el «doctor subtilis» hace consis­tir la individualidad en la superposición a la esencia general, o «quidditas», de carac­teres especiales que distinguen a «este in­dividuo» y que él llama por esto «haecceitas». Como el hombre se diferencia del animal por la añadidura al carácter de viviente del de «humanidad», así Sócrates queda individuado en el seno de la huma­nidad por el hecho de añadirse a la esen­cia específica «hombre» la cualidad indivi­dual, o «haecceitas», de la «socrateidad».

La individualidad, por lo tanto, tiene su principio en la forma misma, no en la ma­teria; y ninguna esencia universal puede existir sin estar individua y numéricamente determinada. Característica de la indivi­dualidad es para Scoto la nota de la inco­municabilidad; de aquí los matices en la conciencia escotista de las relaciones entre las personas divinas en la Trinidad. Es originalísima la grandiosa concepción suya de la Redención.

Cristo es el «Summum opus Dei», alfa y omega de todo el orden con­tingente, glorificador y santificador univer­sal. La Encarnación no tiene ninguna cone­xión de dependencia con la caída del hom­bre ni la predestinación de las demás cria­turas; la entrada del Verbo en el mundo como suprema manifestación de Dios y de su amor por las criaturas, como corona­miento de la obra de la creación, estaba «ab aeterno» prevista y no podía depender de ninguna vicisitud fortuita; y la Reden­ción es un fin secundario de ella añadido al primitivo.

Con las perfecciones natura­les y sobrenaturales coexisten en Cristo algunas debilidades de la naturaleza hu­mana, entre las cuales el dolor, la tristeza y la muerte. En cuanto a la necesidad de la gracia de Dios para realizar obras mo­rales en el orden natural, Scoto se mantiene a igual distancia de las doctrinas de Pelagio y de las de su gran antagonista San Agus­tín, para quien la humanidad sin la gracia era una masa condenada.

En lo referente a la causalidad de los Sacramentos es impo­sible que un signo sacramental pueda ser causa física, ni siquiera instrumental o dis­positiva, de la gracia; se trata sólo de una causalidad moral, procedente de la conce­sión de Dios, presente y agente en el rito sacramental. Aunque dócil en todo a las doctrinas de la Iglesia y respetando la auto­ridad de los Santos Padres, entre los cuales prefiere a San Agustín, a quien cita en sus obras 1.300 veces, se reserva la facul­tad de imprimir en ellas su sello personal derivado de sus teorías metafísicas, sutil­mente insinuadas en el tejido de la dogmá­tica, y de usar con ésta una discreta crí­tica.

Su preferencia por San Agustín, com­partida con la escuela agustiniana de los franciscanos de Oxford, explica, en parte, su oposición a Santo Tomás de Aquino y a San Alberto Magno, demasiado sujetos a Aristóteles. Sin embargo, en puntos fun­damentales (como el de la distinción entre filosofía y teología, «no verdadera ciencia», y el de la oposición a la doctrina de San Agustín sobre los paganos, como «masa con­denada») se diferencia de la doctrina del obispo de Hipona, preparando así la fusión, en el seno de las órdenes franciscana y dominicana, de las dos escuelas.

Discípulo de Aristóteles más que de Santo Tomás de Aquino, no teme, sin embargo, criticar acerbamente doctrinas suyas y de sus comen­tadores, y dar cabida en su sistema a Pla­tón y Avicebrón; y no por espíritu demo­ledor, sino para construir sobre materiales bien sólidos un edificio vasto y simétrico que ha pasado a la historia con el nombre de escotismo.

G. Pioli

La Obra de España en América, Carlos Pereyra

Obra del historiador mexicano Carlos Pereyra (1876-1942). Es un libro en que se afirma «la admiración a España, pero la admiración que nace del objetivismo, del estudio ecuánime de los hechos», según declara el autor.

En las páginas liminares,. Pereyra endereza su crítica acerba contra los historiadores mal documentados, que han contribuido a propagar la leyenda negra de España. El cuerpo de la obra consta de cuatro partes. En la primera se ocupa de la era de los descubrimientos novomundanos y de las figuras proceres de la gesta; bosqueja las principales exploracio­nes realizadas en la decimosexta centuria y pone de relieve la hazaña de los con­quistadores.

El siguiente apartado trata del laboreo de las minas y de las plantas y animales que introdujeron y aclimataron en América los españoles, aportación sin­gular que contribuyó a transformar la economía de todo un continente. De tal hecho saca el autor conclusiones que tienden a demostrar que la gigantesca empresa colo­nizadora no estuvo movida exclusivamente por la fiebre de oro, sino por el noble afán de ejercer otras actividades benéficas para la colectividad americana.

La tercera parte está consagrada a ponderar la labor cultu­ral que desarrolló España en las nuevas tierras conquistadas, ya por medio de sus misioneros, quienes como complemento de sus tareas evangélicas dieron cima a una obra digna de encomio, al formar artes, vocabularios, etc., de las lenguas y dialectos indígenas, amén de otras muchas produc­ciones de carácter docente y catequístico; ora recogiendo todas las noticias históricas y los usos y costumbres de los pueblos so­juzgados o bien estableciendo colegios y universidades o implantando las imprentas como vehículo difusor de los conocimientos imperantes en la época.

En ocasiones el autor hace hincapié en algunos tópicos ya tratados, para enfocarlos desde un ángulo diverso, como sucede en el caso del paran­gón que establece entre lo que América aportó y lo que recibió en cambio. La parte final nos presenta un cuadro comparativo entre los sistemas de colonización inglés y español en el Nuevo Mundo, con el propósito de refutar las imputaciones que se le han hecho a España sobre el particular.

Ana­liza detenidamente la obra que realizaron ambas naciones en sus dominios de ultra­mar y el medio geográfico en que se desarrollaron sus actividades imperiales, concluyendo que es más criticable la ac­tuación de Inglaterra y que, si los países hispanoamericanos no han podido progresar, ello se debe no a la herencia española, sino al medio geográfico hostil y a la injerencia que en su economía tienen otras na­ciones.

S. Uribe de Fernández de Castro

De la Obra de Dios, Lucio Cecilio Firmiano

[De Opificio Dei]. Opúsculo que constituye una apología del monoteísmo, de Lucio Cecilio Firmiano, más conocido por el nombre de Lactancio (nacido hacia 250), escrito como introducción a sus Instituciones divinas (v.), su obra apologética más importante, después de haberse iniciado la persecución de Diocleciano (303-304).

Lactancio pretende demostrar que el cuerpo del hombre — con la perfección de todas sus partes y por su belleza y ar­monía, incluso si lo comparamos con los demás animales — proclama la obra de Dios y los elevados destinos a los que su Pro­videncia le ha destinado, tanto a él como a su alma; por medio del argumento de finalidad, logra trazar una apología del monoteísmo, o, mejor, del concepto cris­tiano de un Dios creador, soberanamente sabio, poderoso y providente.

Así como sus ideas filosóficas proceden de Cicerón, sus conocimientos anatómicos y fisiológicos, bastante exactos para su época, derivan de Varrón y de Nemesio, mientras que los rudimentos de psicología los debe a Aris­tóteles, aunque los completa con las ideas de Platón, recibidas a través de Tertuliano. Sin embargo, Lactancio se distingue de ellos en la afirmación de que todas las almas han sido creadas directamente por Dios (creacionismo).

La argumentación la presenta más como «retor» que como filó­sofo, con habilidad pero, a las veces, con ingenuidad de argumentos. También en esta obra aparece (capítulo XIX, 8) la doctrina dualista, de tendencia maniquea, que aflora en varios fragmentos de las Instituciones divinas.

G. Pioli

Obra Astronómica, Al- Battānī

[Opus Astronomicum. Ad fidem Codicis Es-curialensis arabice editum latine versum, adnotationibus instruction a Carolo Alphonso Nallino].

Obra astronómica de Albatenio o Al-Battānī, de Battan, en Mesopotamia, que vivió del 850 al 929 d. de C. El astró­nomo árabe, observador y calculador, tra­bajó en su observatorio de Rakkah en el Eufrates, con instrumentos bastante preci­sos para su tiempo.

Su obra mayor ha lle­gado a nosotros en un códice árabe de los siglos XI-XII, conservado en el Escorial; el orientalista C. A. Nallino hizo de él una traducción latina que fue impresa, con no­tas de Schiaparelli, en el núm. 40 de las publicaciones del Observatorio de Brera (1899-1907), en tres partes que contienen: la primera, la versión latina del texto ára­be con notas; la segunda, las tablas astro­nómicas con notas, diccionario e índice; la tercera, el texto árabe.

El título original de la obra se ha perdido; redactada sobre el modelo del Almagesto (v.), las partes teóricas y demostrativas están a menudo reducidas al mínimo, en tanto que se des­arrolla con toda extensión la práctica delos cálculos y las tablas referentes a ellos. Precede a la parte primera un prefacio de Nallino sobre la vida de Albatenio, las di­versas ediciones de su obra y los estudios que acerca de ella hicieron Regiomontano, Halley y Delambre.

Sigue la obra de Al- Battānī, dividida en cincuenta y siete capí­tulos que comienzan con la invocación: «In nomine Dei dementis et misericordis». Contiene muchos problemas de astronomía esférica, para cuya solución el autor se sirve a menudo de la proyección ortogonal, con nuevas fórmulas en que hace uso de las funciones trigonométricas; resuelve por pri­mera vez un triángulo esférico, dado un ángulo y dos lados adyacentes.

Usando ins­trumentos mayores y más precisos que los empleados por los griegos, pudo obtener resultados más exactos. Para las alturas meridianas, parece que se sirvió de la «al- hidada longa», como ya hizo Tolomeo; tenía además un cuadrante mural. El tiempo se determinaba por la altura de las estrellas conocidas, y durante el día por los relojes de sol.

Así pudo determinar la oblicuidad de la eclíptica con un error de menos de medio minuto de arco respecto del valor moderno; además llegó a determinar la época de los equinoccios con un margen de una o dos horas. Estableció la duración del año, que después en la Edad Media sir­vió para hacer la reforma del calendario juliano, y los intervalos que estableció en­tre la época de los equinoccios y de los sols­ticios le llevaron a un conocimiento de la órbita solar mucho más aproximado a la verdad que el de los griegos.

Albatenio rectificó el error en que habían incurrido los astrónomos griegos, al decir que el peri- geo solar era inmóvil respecto a los equi­noccios y que no participaba del movi­miento de precesión. En los últimos capí­tulos se trata del paralaje de la luna y de su distancia a la tierra, de los eclipses de luna y de sol para cualquier lugar, de las posiciones de los cinco planetas mayores, en la eclíptica, para cualquier tiempo.

In­dica el modo de construir los relojes sola­res, los cuadrantes murales, los globos celes­tes y el triquetro. Siguen abundantes notas explicativas y referencias de Nallino y de Schiaparelli sobre los diversos capítulos. En la parte segunda están recogidas todas las tablas astronómicas, fruto de las observa­ciones y cálculos de Albatenio.

Contienen datos para el cómputo del calendario, para el movimiento del sol v de la luna, las coordenadas de las constelaciones, los paralajes de la luna en longitud y latitud, los movi­mientos de los cinco planetas mayores, un catálogo de las estrellas fijas, etc. Como dice Schiaparelli, que colaboró activamente con Nallino, éste no sólo ha salvado cuanto se podía salvar de la obra astronómica de Albatenio, sino que ha puesto en evidencia los indiscutibles méritos y los notables re­sultados alcanzados por el autor.

La astro­nomía de los árabes alcanza con esta vasta obra Uno de sus puntos culminantes. Su comparación con el Almagesto de Tolomeo, con el que tiene tantos puntos de contacto, es particularmente interesante para com­prender el desenvolvimiento de la astro­nomía en Oriente. Esta versión latina, que explica casi completamente, con sus copio­sas anotaciones, la obra de Albatenio, aclara también los numerosos estudios hechos an­tes de Regiomontano, Halley y Delambre.

G. Abetti