Obra Paragrana, Paracelso

[Opus paragranum]. Título de una famosa obra de Paracelso (Theophrast Bombast von Hohenheim; en latín:» Philippus Aureolus Theophrastus Bombastus Paracelsus, 1493-1541), publicada en Frankfort en 1565.

El célebre filósofo y naturalista suizo, al tratar de varios temas filosóficos y médicos, define las cuatro bases en que debe apoyarse el edificio de la medi­cina: la filosofía, la astrología, la alquimia y la «virtus» del hombre, sin la cual todo saber es vano e inútil. La naturaleza y sus fenómenos se explican solamente si se pien­sa en el hombre como centro del universo: ya no es aquí el microcosmos el que de­pende del macrocosmos, sino éste de aquél.

Dios creó al hombre porque quería que todos los misterios del Universo fuesen reve­lados; el hombre, en efecto, lo puede cono­cer todo, y así puede llevar a cabo la obra de la naturaleza. Esta misión debe ser cum­plida por el hombre con su trabajo, cuya guía más perfecta le es ofrecida por la alquimia. El cometido de esa ciencia es, en efecto, transformar, separar lo puro de lo impuro, perfeccionando la obra que la na­turaleza deja todavía sin concluir; alqui­mista es el armero que prepara el arma, el hornero que prepara el pan, el médico que prepara una medicina.

De este modo, el concepto de la alquimia se convierte en el elogio del trabajo y de la acción humanos. En su interpretación de la naturaleza y de sus principios, Paracelso intenta sintetizar las exigencias de la tradición cristiana con las de su filosofía de la naturaleza. La ma­teria prima de que está compuesto el uni­verso está formada de tres elementos: la sal, el azufre, el mercurio. Esta tríada re­fleja en las intenciones del autor la Trini­dad de Dios.

Pero los elementos no son pura materia; su esencia constitutiva, su princi­pio formal o «arqueus», es una fuerza vi­tal, un «spiritus» que aspira a elevar todo cuerpo hacia su forma más perfecta. El hombre está formado por el cuerpo, hecho de sangre y de alma; por el espíritu sidé­reo, al cual debemos el sentido, la inteli­gencia y el arte, y por lo tanto, el saber natural; y por el alma inmortal, a la que es dado el saber sobrenatural que nos llega de Dios por medio de Cristo. La teoría del conocimiento no es ni únicamente sensible, ni únicamente intelectivo, sino un compro­miso de lo empírico y lo intelectual.

Inor­gánica, pero llena de intuiciones extrañas, la obra de Paracelso, aunque abunde en muchos prejuicios, cree en la adivinación y en las predicciones, en los enanos y en los gigantes, en la magia y en la nigro­mancia.

E. Pací

Obra Menor, Roger Bacon

[Opus Minus]. Recapitu­lación de la Obra Mayor (v.), con adiciones sobre la alquimia, el estudio de la teología y otros temas, del filósofo y hombre de ciencia inglés Roger Bacon (alrededor de 1214-1294), compuesta y enviada en 1267 al papa Clemente IV, que le había ordenado exponer sus ideas cientificofilosóficas.

De las nueve partes de que estaba compuesta sólo quedan dos: la que trata de la alquimia, ya teórica, ya práctica, y la que, trata de los siete pecados de la teología. Estos son, según Bacon, la intrusión de los teólogos en el dominio de la pura filosofía; su igno­rancia de las ciencia; el ascendiente inme­diato e inmerecido de los dos principales teólogos Alejandro de Hales y San Alberto Magno; la preferencia concedida al Libro de las sentencias (v.) de Pedro Lombardo sobre la Biblia (v.); la corrupción del texto de la Vulgata; los errores de exégesis; la ignorancia de los predicadores.

Son nota­bles las críticas a la ignorancia de la cien­cia, sumamente necesaria para los teólogos. Ellos sólo estudian gramática latina, lógica, filosofía natural (muy superficialmente) y una parte de la metafísica; cuatro ciencias «de ninguna importancia». Las otras cien­cias más necesarias: lenguas extranjeras (orientales), matemática, alquimia, quími­ca, física, ciencias experimentales, morales, las dejan de lado. Además, al estudio de aquellas cuatro ciencias aportan una por­ción de errores y prejuicios, rio pudiendo comprender bien a los autores que estu­dian, que abundan en expresiones griegas, árabes y hebraicas.

El texto de la Sagrada Escritura está, por otra parte, horriblemente desfigurado, y cada cual lo corrige a su manera; y cuando su sentido literal queda falseado o dudoso, el espiritual no puede ser corregido. Todo esto por la ignorancia del griego y del hebreo, sin los cuales ni siquiera la traducción latina de la escritura es inteligible. Otra de las culpas es el mé­todo radicalmente falso de predicar. En vez de repartir a los fieles el pan de los man­damientos de Dios e inculcarles deberes mo­rales, se pierden en niñerías, en declama­ciones enfáticas, estimulando la curiosidad de los oyentes, pero no mejorando su espí­ritu. Después de la crítica viene el plan reconstructivo, según las líneas de conducta expuestas en el Opus Maius.

G. Pioli

La Obra Maestra Desconocida, Honoré de Balzac

[Le chef-d’oeuvre inconnu]. Relato de Honoré de Balzac (1799-1850), publicado en 1832. Han subido al estudio del pintor Porbus el joven artista Nicolás Poussin, aún desconocido, y el anciano maestro Frenhofer, y ambos admiran un gran cuadro que representa a María Egipcíaca iluminada por los primeros rayos del sol.

El viejo maestro está satisfecho de su trabajo, pero encuen­tra que la creación está incompleta; luego, como presa del frenesí creador, toma pincel y paleta y, con algunos toques nerviosos y seguros, ejecuta el milagro de hacer re­vivir aquella figura de arte. Pero Frenhofer, dueño absoluto de la técnica, no ha terminado todavía su obra maestra, la «Belle Noiseuse», en la que trabaja desde hace diez años y que nadie ha podido ver nunca: no ha encontrado todavía la mujer que le inspire la perfección a la que aspira.

Nico­lás Poussin propone hacer posar a la mujer a quien ama. A la vista de aquella incom­parable belleza, el viejo Frenhofer termina en un momento su obra y la muestra a los dos artistas, que, estupefactos, consiguen distinguir con dificultad, en un rincón de la tela, la punta de un pie desnudo, deli­cioso, viviente, perdido entre un caos de colores, de tonos, de medias tintas, en una especie de niebla informe.

La desilusión que se lee en el semblante de los dos artis­tas mata al maestro y a su gran sueño de perfección. Hay aquí, como en Gambara (v.), la ambición de penetrar los misterios de la psiquis humana y el milagro de la creación artística.

M. Bonfantini

Obra Mayor, Roger Bacon

[Opus Maius]. Obra del filósofo y científico inglés Roger Bacon (hacia 1214 – 1294), compuesta y enviada al papa Clemente IV a principios de 1267.

Requerido reiteradamente por el papa (que ya de cardenal le había rogado que pusiera en escrito sus ideas de reforma de los estudios eclesiásticos) para que le enviase una obra que compendiara el resultado de sus estudios, y a pesar de la prohibición ordenada por sus superio­res de publicar nada fuera de la Orden, Bacon, impedido de dedicarse a aquel tra­bajo porque pesaban sobre él otras tareas, y obligado a contraer deudas personales para procurarse el pergamino necesario y pagar a los copistas, sólo consiguió resu­mir apresuradamente y en líneas genera­les sus principales ideas y sus propuestas de reforma, y envió al papa, como preám­bulo, esta Obra Mayor por medio de un amigo de confianza, junto con un espejo ustorio y unos diseños de sus estudios e inventos científicos.

La obra trata, en siete partes, de los obstáculos a la verdadera sa­biduría y a la obtención de la verdad, esto es, de los errores y sus fuentes; de la rela­ción entre filosofía y teología, comprendiendo en la primera todas las ciencias («fundadas en las ciencias sagradas, espe­cialmente en la Sagrada Escritura»); de la necesidad de estudiar con ahínco las len­guas bíblicas sin confiarse a las bárbaras traducciones, si se quieren sacar a flote los tesoros contenidos en los Libros Sagrados; de la matemática y sus relaciones y aplica­ciones a las ciencias sagradas (aquí habla de la geografía bíblica y de la astronomía); de la óptica y de la perspectiva; de las ciencias experimentales; de la filosofía moral y ética.

La obra es presentada como la más audaz concepción medieval sobre la impor­tancia y las funciones de la «scientia experimentalis» para instaurar, en la Europa occidental y en el mundo entero, el dominio de la Iglesia (no es todavía la «instauratio imperii hominis» de su homónimo del si­glo XVIII). Hay, dice él, tres modos de saber: por autoridad, por razón y por expe­riencia. La autoridad no basta sin el razo­namiento, y éste no da lugar a la tranquila posesión de la verdad si la experiencia no confirma sus conclusiones.

La experiencia es, pues, la única fuente de certeza. Pero ésta es doble: externa e interna. La externa debe completar con instrumentos los datos proporcionados a los sentidos exte­riores, poner los resultados obtenidos a la luz de las matemáticas — lo cual la dife­rencia de la experiencia vulgar de los «in­expertos» — y tomar en cuenta las influen­cias ocultas. La interna es fruto de inspi­ración divina, en la cual Bacon distingue siete grados, hasta el éxtasis. La filosofía no tiene valor sino como instrumento del dogma; y las ciencias particulares tienen fines utilitarios, como servidoras de la teolo­gía.

La iluminación divina es necesaria (doctrina agustiniana) para sorprender los secretos de la naturaleza transmitidos por los hermetistas, alquimistas y astrólogos. La – experiencia de los demás es preciosa para quien quiera entrar en posesión del tesoro acumulado por los siglos; y por esto es nece­sario el conocimiento de las lenguas (él estudió intensamente el griego, el árabe y el hebreo para tener acceso directo a las fuentes de la cultura medieval). El autor profesó un verdadero culto por las ciencias naturales, matemáticas, perspectiva, óptica, geografía, astronomía, alquimia, que en su avidez por descubrir los secretos de la na­turaleza practicó con resultados originales. (Él mismo se fabricó y perfeccionó instru­mentos ópticos, y vislumbró el telescopio y el microscopio).

El experimentador no debe permanecer pasivo ante la naturaleza, «sino ayudar a la naturaleza con el arte». En filosofía, Bacon admite «el intelecto agente» de Aristóteles y de los escolásticos, pero lo identifica con Dios. Cada individuo tiene una inteligencia suya propia (contra Averroes); es más, el individuo es el solo ser existente («un individuo tiene más rea­lidad que todos los universales puestos jun­tos»).

El monismo, en todas sus formas, ya como «materia universal», ya como panteís­mo («Deus, esse formale omnium») es por él rechazado. La ciencia y la filosofía pues­tas al servicio de la Iglesia: una teocracia apoyada en la ciencia experimental; reli­gión, moral, ciencia y mística unificadas en el cuadro de la salvación de la humanidad y de la victoria definitiva del cristianismo; ésta es la visión que el entusiasta francis­cano hace resplandecer ante el Pontífice amigo suyo, a cuya muerte^ se desencadenó la reacción, y la persecución y la condena le redujeron al silencio. Sin embargo, su mensaje fue recogido por la escuela de Duns Scoto y de Occam.

G. Pioli

Obra Geométrica, Evangelista Torricelli

[Opera Geométri­ca]. Compendio de tratados de geometría del matemático y físico Evangelista Torricelli (1608-1647), publicado en 1644, incluido en la edición completa de sus obras de 1919.

Torricelli, ya famoso como físico, expone por primera vez, en este ensayo de su ac­tividad en la especulación geométrica, el procedimiento destinado a la construcción de las tangentes a las curvas planas.

Algu­nos historiadores han atribuido el descu­brimiento a Roberval, pero se ha demostra­do que el proceso análogo imaginado por él es posterior al de Torricelli. En la Opera Geométrica incluye un tratado sobre el mo­vimiento, compuesto ya en 1641, en el cual están expuestas veinte maneras diferentes de cuadrar la parábola, y un comentario que puede ser considerado como un complemento al libro de Arquímedes De la esfera y del cilindro (v.); estudiando «los sólidos esféricos» y dando forma precisa a los sólidos formados por la rotación de un arco indefinido de hipérbola equilátera alre­dedor de una asíntota.

Entre los muchos problemas resueltos en esta notable obra, que el propio Pascal definía en una carta suya a De Ribeyre «superior a todas las de la antigüedad», son de recordar la cua­dratura de la cicloide y la cubicatura de la espiral. Es magnífica la exposición y la seguridad con que Torricelli aplica los an­tiguos métodos infinitesimales al estudio de todas las figuras propuestas y el dominio absoluto del cálculo y de todos los más sutiles razonamientos.

A. Uccelli