Obras Completas, Manuel José Othón

El escri­tor mexicano Manuel José Othón (1858- 1906) es el poeta del sentido clásico y del verso afinado en las más puras tradiciones de la lengua, es el cantor del campo mexi­cano, pero no el campo de los bucólicos, escenario de pastores sentimentales, sino el campo sin hombres, el desierto, en su patética soledad.

En la inmensa cuna de la naturaleza, el poeta — en el «Idilio salvaje», uno de sus más intensos poemas — nos cuenta su fugaz aventura con una india brava, que casi se confunde con el espectáculo de la tierra y la sierra, y el des­aliento y el dolor que siguen a esta tre­menda «tentativa amorosa». Su verso al­canza, junto a los arrullos de Fray Luis, los fríos estremecimientos de Baudelaire.

A. Reyes

Obra Poética, Alfonso Reyes

Título de la colección de obras en verso del escritor mexicano Alfonso Reyes (1889-1959), publicada en Mé­xico en 1952. En ella no figuran las compo­siciones que andan mezcladas en la prosa, ni las traducciones en verso, cuya lista figura como apéndice al final del volumen. Comprende:

I. «Repaso poético»: 1906-1952.

II. «Cortesía»: 1909-1947.

III. «Ifigenia cruel»: 1923.

IV. «Tres poemas» (1, Mi­nuta: 1917-1931; 2, Romances del Río de Enero, 1932; 3, Homero en Cuernavaca: 1948-1951).

V. «Jornada en sonetos» (iné­ditos o por vez primera recogidos): 1912- 1951.

Obra poética pone en manos del lec­tor, debidamente ordenadas, las poesías que Reyes ha escrito desde sus años de inicia­ción literaria hasta el momento de su publi­cación. Puede decirse que el aliento lírico del ilustre escritor no sólo no ha dismi­nuido por su interés en otras actividades literarias, sino que en pocos como en él se observa el justo equilibrio entre el poeta y el prosista. El propio Reyes, al explicar la formación y estructura de este libro, escribe: «Comienzo… con la prehistoria de los diecisiete (1906), la edad pastoril o neo­lítica, y relego la paleolítica a la piedad de las reliquias caseras.

Tales son los tres sonetos «La duda» — inspirados en un grupo escultórico de Cordier y publicados en «El Espectador» (Monterrey, 28 de noviembre de 1905) —, acaso mi primera salida en le­tras de molde, A los pocos meses, ya se ha­cía sentir la influencia – parnasiana. Ella rectificó el romanticismo amorfo de la ado­lescencia, el cual — impericia aparte — era el pecado de todos mis versos anteriores, que conservo inéditos en cuadernos manus­critos desde los once años».

A. Millares Carlo

Obra Paramira, Paracelso Theophrast Bombast von Hohenheim

[Opus paramirum]. Título de una célebre obra de Paracelso Theophrast Bombast von Hohenheim; en latín: Philippus Aüreolus Theophrastus Bombastus Paracelsus, 1493-1541), filósofo, médico y naturalista suizo, publicada en Estrasburgo en 1575.

Esta obra, como todos los escritos de Paracelso, se presenta con una confusión indescriptible, en la cual es difícil orientarse además por los numero­sos pasajes dudosos y falsos que se han interpuesto en ella. Ha sido comentada y publicada en edición crítica, junto con to­das las obras de Paracelso, por Karl Sud­hoff (Paracelsus Sämtliche Werke, Berlin, 1922-31, catorce volúmenes).

Con la guía de los eruditos modernos se puede sacar en claro, dejando aparte las numerosas divagaciones por todos los campos del saber, el carácter central de la principal obra de Paracelso. Éste se manifiesta en ella como alquimista y filósofo, médico y astrólogo y, situándose entre la Edad Media y el Rena­cimiento, a pesar de sus numerosas inge­nuidades, anuncia el pensamiento científico y filosófico modernos.

Vinculado, a lo me­nos formalmente, con la Edad Media, dis­tingue en términos absolutos el cometido de la filosofía del de la teología, y parece creer que la razón humana no puede conducir a un resultado concreto respecto a las verdades reveladas de la religión. Pero la teología no puede prescindir de la filo­sofía y, como ésta es ciencia de la natu­raleza y del hombre, se saca en conclusión que también para la teología el principio fundamental ha de buscarse en el hombre.

Paracelso vuelve de este modo la espalda a la Edad Media y mira hacia la Edad Mo­derna, que se inicia precisamente con un nuevo concepto del hombre y de la natu­raleza. Ésta no es ya el mundo de la mate­ria abandonada por Dios, ni se divide, como piensan los escolásticos, en partes terrenas y corruptibles y en partes celestes e indestructibles. La naturaleza es un organismo viviente, todo él concordante, sin distinción de grado y de valor.

Por lo tanto, los astros no pertenecen a un mundo extraño a nues­tra vida, y cambia por ello el significado de la astrología. Verdad es que los plane­tas están en relación con el hombre, pero el hombre no depende de ellos, porque el hombre — afirma resueltamente Paracelso — es algo más que todos los planetas juntos. Toda la naturaleza se resuelve en una re­lación de fuerzas grande y coherente, en cuyo centro se sitúa la personalidad del hombre, que puede conocer la naturaleza en cuanto es capaz de revivirla y experi­mentar todos sus múltiples aspectos.

La me­dicina, la filosofía, la astronomía y la al­quimia, se convierten todas, de este modo, en forma de la actividad humana, del mi­crocosmos que en sí refleja y reconstruye la vida del macrocosmos. El experimentalismo de Paracelso halla de este modo jus­tificación panteísta y humanística que une al filósofo suizo con las corrientes más típi­cas del neoplatonismo italiano del Rena­cimiento.

E. Pací

Obra Poética, Bartomeu Rosselló-Pórcel

[Obra poética]. Bajo este título genérico se reunieron en Palma de Mallorca, en 1949, los tres libros que el poeta catalán Bartomeu Rosselló-Pórcel (1913-1938) había publicado en su corta vida: Nou poemes [Nueve poemas, 1933], Quadern de sonets [ Cuaderno de sonetos, 1934] e Imitado del foc [Imitación del jue­go, 1938].

La actitud poética de Rosselló puede ser situada muy próxima a la de la generación castellana de la Dictadura. No sólo por posibles reminiscencias directas (como encontrarle un verso, «cantonades amb banderes», vecino de otro del Roman­cero gitano, v., de García Lorca: «En las esquinas banderas»), sino por una proximi­dad más profunda tanto en la concepción como en la realización del poema.

En efec­to, nuestro poeta intentó revalorizar los principios estéticos del barroco, no sólo dando un sentido al barroco de tradición autóctona, del cual elimina todo aquello que tiene de falso y nos lo devuelve supre­mamente puro, sino también arriesgándose a un traslado de las formas más caracte­rísticas de Góngora: «polémica de nacres», «presó de llunes fingides», «perú de lliris», «marbre dolc, sebastiá de lliri». Por otra parte, intentó la recreación de motivos populares, incorporando los de la propia tradición («A l’escarabat bum bum / les ales li frisen»), junto a otros extraídos de la tradición literaria culta, como en el prodigioso «Festa».

Se sirvió también de la técnica surrealista e intentó final­mente el poema puro, armado únicamente de su propia capacidad de belleza. La poe­sía de Rosselló es ímpetu, mejor diríamos: incendio, fuego que quema y se quema en su propio impulso intelectual. De ahí el ejército de términos como «incendio», «fuego», «llama», «tempestad», «gozo», etc., que atraviesa sus versos. Su gran libro lleva por título Imitado del foc. ¿Por qué oscu­ros caminos Rosselló llegó a este título, que es para Caries Riba «uno de los títulos de libro de poesía más bellos que yo conozca»? Rosselló tuvo por maestro de bachillerato a Gabriel Alomar, los poemas del cual fue­ron reunidos bajo el título de Columna de fuego (v.).

Este título es todo un programa, no tanto por aquellas palabras fichteanas que confieren al hombre de letras el carác­ter sagrado, la alteza de guía del mundo «como una columna de fuego en su tene­brosa peregrinación a través del desierto del Tiempo», sino en el sentido de pretender dar, a una entrega pasional, una con­tención dentro de unas formas rigurosas e ineludibles. ¿Cabe pensar que Rosselló par­tió de este programa, si bien en un sentido radicalmente opuesto al de Alomar, en el cual no es ajena la influencia de Caries Riba, adoptando una actitud de humildad? Si más no, ello puede servirnos de hipó­tesis de trabajo para el estudio de nuestro poeta, para quien la poesía es, guillenianamente, una clasificación del mundo.

Sí, la poesía de Rosselló es una imitación del juego, pero «el fuego no se imita sino que­mándose a su vez — escribe Riba—: toda imitación que provenga de una pujanza au­téntica, crea en esencial manera su modelo; para decirlo recordando la famosa frase mallarmeana, lo eterniza ayudándolo a cambiarse en sí mismo. Si la palabra ‘imi­tación’ vale aquí por voluntad de arte, el tema ‘fuego’ abraza la poesía, sí, pero en su total referencia al sentido del hombre y la Tierra. Por sus operaciones, por la imi­tación que la palabra hace de la llama, nuestro poeta se realiza, con sangre y espí­ritu, elementalmente».

Este ímpetu y este fuego no sólo se manifiestan en, un gozo amplio, incontenido: «La pastora crida:/ Barques d’alegria!/…/Sobre la rosa més alta,/barques d’alegria» [«La pastora grita: ¡Barcas de alegría ¡/…/Sobre la rosa más alta,/barcas de alegría»], sino también en una dureza, en una violencia; más: en una ira: «En la ira del matí, com s’il-lumina/al meu entorn la primavera nova!» [«En la ira de la mañana, ¡cómo se ilumina/a mi alrededor la primavera nueva!»]. Hemos visto ya la característica más importante del léxico del poeta.

La adjetivación y la sintaxis nos darán el mismo resultado. En efecto, Rosselló se sirve frecuentemente de superlativos: «Carenes i serráis cremen altíssims» [«Lomas y serranías queman altí­simas»], «Aqüestes són les hores de sois velocíssims» [«Estas son las horas de soles velocísimos»]; él ha sido quien ha puesto en vigencia el adjetivo «difícil», que se ha convertido en uno de los grandes tópicos de la moderna lengua poética catalana: «Allí les pedres invoquen sempre/la pluja difícil…» [«Allí las piedras invocan siem­pre/la lluvia difícil…»].

La misma dureza e ímpetu advertimos en la sintaxis: transitivación de verbos intransitivos: «un llampeig de dofins tremola esclat d’espases» [«un relampagueo de delfines tiembla esplendor de espadas»]; uso de hipérbatos arriesga­dísimos y elipsis de verbos, dando lugar a situaciones sintácticas violentas, pero extra­ordinariamente diamantinas.

De ahí que las relaciones sintácticas se resuelvan, usual­mente, en oraciones exclamativas, sin verbo y yuxtapuestas: «Ais horts, ais jardins,/a les branques de les palmes,/a la cursa deis rius./barques d’alegria!» [«¡A los huertos, a los jardines,/a las ramas de las palmas,/ a la carrera de los ríos,/ barcas de ale­gría!»]. Otras veces, quedan resueltas por medio de un diálogo, casi siempre incon­creto, como es frecuente en la poesía cas­tellana de la época: «Cambres de l’oest, amors,/drames i vaixells./— Jove estranger, la penyora/de la faula» [«Habitaciones del oeste, amores,/dramas y naves./ — Joven extranjero, la prenda/de la fábula»].

Pero la base de la poética de Rosselló es la ima­gen y la metáfora, redondas y novísimas, resueltas gramaticalmente de manera muy diversa. El poeta acostumbra acumularlas en largas y prodigiosas yuxtaposiciones, a veces muy próximas a la técnica que Spitzer llamó de las enumeraciones caóticas, si bien su implacable rigor mental las admite siempre dentro de un orden lógico de co­rrespondencias. La gran personalidad de Rosselló-Pórcel, sólo insinuada en la mayo-ía de los poemas que dejó escritos, encon­tró su plenitud en algunos pocos de su úl­timo libro, principalmente en «A Mallorca, durant la guerra civil», los cuales fijaron el rumbo de la poesía catalana posterior.

J. Molas

Obra Médica Universal, Lazar Rivière

[Opera me­dica universa]. Obra del médico francés Lazar Rivière (en latín, Riverius, 1589-1655), publicada póstumamente en Lyon en 1663.

Aprovechándose de las precedentes expe­riencias referidas en el Methodus curandarum febrium (París, 1648), en que el autor estudia con sagaz espíritu de observa­ción las diversas especies de fiebres inter­mitentes y continuas, benignas y pernicio­sas, indicando sus remedios, y en las Institutiones medicinae, en que se propugna la observación directa y el uso de las sus­tancias químicas introducidas por Paracelso, en la Opera medica recapitula Rivière su doctrina y sus estudios particulares com­poniendo un tratado de patología general que influyó mucho en el progreso de la medicina de su tiempo.

Su terapéutica se funda en un método racional de observación y en una franca teoría de los humores. Hallamos, en efecto, en esta obra una cui­dadosa descripción de los cuatro tempera­mentos, bilioso, melancólico, sanguíneo y flemático, que puede considerarse como base de las teorías modernas constitucionalistas y del actual despertar neohipocrático.