[Kjaerlighedens Gjeminger]. Obra del pensador danés Soren Aabye Kierkegaard (1813-1855), publicada en 1847.
El autor define en ella la esencia del amor dentro del cuadro de los motivos fundamentales de su meditación. Entre estos motivos, es esencial el de la «elección»: no se trata, dice Kierkegaard, de hallar el objeto del amor, sino antes bien el de amar al objeto en cuanto se le ha escogido y de amarlo’ desde entonces para siempre, a pesar de todos los cambios que pueda experimentar. El factor decisivo es, pues, la elección, la decisión.
No es que se haya de escoger entre dos objetos antes reconocidos como amables de por sí, de manera que se viniese a preferir el que ejerce mayor atractivo. La elección versa sobre la alternativa: amar y no amar. Y esta alternativa es totalmente subjetiva, esto es, independiente de la amabilidad intrínseca del objeto. Se trata, pues, de una decisión que compromete nuestro destino y a la cual debemos mantenernos fieles, si queremos verdaderamente realizarnos a nosotros mismos.
En este sentido Kierkegaard puede , afirmar «cuando alguien cesa de amar, ello significa que no ha amado nunca». No menos esencial, y en estrecha conexión con la elección, es el principio del único, o de lo «particular». También el amor, como la existencia en general, presenta una paradoja; por un lado no debe causar ninguna diferencia entre personas, porque debe extenderse universalmente a todas; por otro lado cada persona debe ser amada en su particularidad irreductible, en su unicidad existencial. Verdaderamente este carácter paradójico es característico, no del amor humano natural, sino del amor divino.
Precisamente, en cuanto tiende a elevarse al amor divino, el hombre tropieza con la paradoja. Por lo demás debe aceptar la paradoja, porque su misma existencia está fundada en la paradoja de lo finito e infinito, de inmanencia y transcendencia, de tiempo y eternidad. El amor divino, dice Kierkegaard, no establece ninguna diferencia, y con todo da de tal manera, que el que recibe, recibe una particularidad. «Para Dios, toda sociedad de hombres se disgrega en puros Únicos». En último término, pues, la elección recae entre el amor natural, que es condicionado por el objeto, y el amor divino, que no tiene otra condición sino él mismo.
El objeto del amor natural es sustituible como todas las cosas naturales y es limitado según las leyes naturales. El objeto del amor divino es insustituible, único, y, al mismo tiempo, ilimitado; se trata de amar al prójimo como sociedad de Únicos.
G. Alliney
