[Odes on several descriptive and allegorical Subjects]. Es una colección de odas en la cual el poeta inglés William Collins (1721-1759) dice que se sirve de la alegoría como del mejor medio para «fomentar el poder de las virtudes sociales describiéndolas en sus colores más bellos y atractivos».
En la primera, «Oda a la Piedad» [«Ode to Pity»], se dirige a la piedad, la amiga concedida al hombre para que cicatrice sus heridas con manos balsámicas y calme el frenesí de su dolor cuando la angustia irrumpe con el puñal desenvainado para devastar el escenario de su destino. Citados Eurípides y Otway como paladines de la piedad, con ayuda de la fantasía el poeta construye el templo de la piedad, sobre cuyas paredes están pintadas las aventuras en las cuales la casualidad y el duro destino prevalecieron sobre la felicidad mortal; y es allí donde a menudo el poeta se retira durante el día para abandonarse a sueños de dulce pasión, y allí es donde consumirá sus noches en compañía de la diosa.
Es una oda en la que, dentro de su ordenada simplicidad clásica, se siente una vena de sensibilidad melancólica surcada por presentimientos románticos. En la «Oda a la Libertad» [«Ode to Liberty»], el poeta traza una breve historia de la libertad en el mundo, y pasa luego a describir la época en que Inglaterra no estaba separada del continente por el mar; fue sin duda la libertad la que quiso separarla así del resto del mundo a fin de que pudiese continuar siendo para siempre, como había sido desde un principio, la sede de su templo, su morada predilecta.
El poeta intenta representarse este templo admirable y fantástico, en que «al orgullo gótico acompaña la gracia griega» y en sus paredes están pintadas las gestas de los grandes de la patria, y termina invocando a la concordia, para que, compañera de la libertad, reine, bendiciéndola, sobre su isla. Convencido de que la grandeza del arte de una nación se funda en la libertad y en la moral, Collins expresa en esta oda un entusiasmo patriótico que no es imitación de un modelo clásico, sino sentimiento verdadero, sentido casi de una manera romántica.
Pero la obra maestra de Collins es «Oda al atardecer» [«Ode to Evening»]. Empieza con una sugestiva descripción de la caída de la tarde: el poeta se dirige a ella imaginándola como una «modosa jovencita» [«maid composed»] y le ruega que le inspire un canto que se identifique con la paz tranquila del valle que va obscureciéndose.
Cuando nace la primera estrella, los elfos que de día duermen en el corazón de las flores, las ninfas adornadas de guirnaldas y los dulces y profundos placeres, preparan el carro de la noche; y el poeta gusta entonces de ir errante por algún desierto y salvaje brezal, en busca de un misterioso castillo en ruinas; y si el viento o la lluvia le obligan a permanecer bajo techo, que por lo menos pueda ser en una cabaña donde se dominen «vistas salvajes y ríos caudalosos» y oscuros pueblecitos y campanarios que se esfuman en la sombra, y oír el son lejano de las campanas mientras la noche «con dedos llenos de rocío» va descorriendo gradualmente el velo de la oscuridad.
En todas las estaciones el poeta ama el atardecer; la fantasía, la amistad, la ciencia, la paz sonriente, reconocen siempre el dulce encanto del atardecer y aman su nombre querido. Es la única oda en verso libre («blank verse») de Collins; modelada métricamente sobre la Oda a Pirra de Horacio, la falta de rima le confiere una Simplicidad verdaderamente clásica. Ardiente admirador de los poetas trágicos, de Shakespeare y de Milton, los versos de Collins están llenos de una apasionada y a menudo dolorosa aspiración a reconquistar la perdida armonía.
Es, con Gray, el último poeta inglés cuyo arte está conscientemente dirigido por el genio humanístico; su profunda educación clásica, dominando sin desnaturalizarlas su tendencia romántica y su imaginación sentimental, consigue darnos en la «Oda al atardecer» una de las poesías más delicadamente exquisitas de toda la literatura inglesa.
A. P. Marchesini
