Odas y Otras Poesías, Jean-Baptiste Rousseau

[Odes et poésies diverses]. Publicadas primeramente en volúmenes parciales en 1712, fueron publicadas en 1723 y tituladas propiamente Odas, epigramas y otras poe­sías [Odes, épigrammes et poésies diverses]; con nuevas adiciones, fueron unidas a un volumen de epístolas en 1736.

Jean-Baptiste Rousseau (1670-1741) quiere celebrar algu­nos acontecimientos que le parecen funda­mentales en la historia, pero que a menudo no son sugeridos más que por un senti­miento de cortesía o por lo menos por la tendencia arcádica a hilvanar las alabanzas de la bondad humana en ocasión de un casamiento o de un nacimiento.

A pesar de ello, en el intelectualista siglo XVIII, Jean Baptiste Rousseau aporta una nota personal muy suya por exigencia de la melodía y de la finura estilística que revelan sus versos. A pesar de los prejuicios procedentes del gus­to de la época, algunas Odas y particular­mente las dedicadas a Diana, Adonis, Circe y Baco tienen momentos felices por su ins­piración, que refleja de manera evidente la influencia de la música de su tiempo.

Menos consistente es, en cambio, la tentativa de defender la poesía clásica contra las ten­dencias de los innovadores; las odas «À Malherbe contre les détracteurs de l’Antiquité» y «Sur les divinités poétiques» son por encima de todo tentativas de afirmar un arte «francés» a través de la defensa de principios que ya iban modificándose por sí mismos ante el triunfo de la actividad de los músicos contemporáneos.

La tendencia a un tipo de oda pindárica es clara en algu­nas composiciones de tipo clásico como «Sur la naissance du due de Bretagne» (en la cual introduce a Venus y a las ninfas), «À la Fortune» (rebuscada y áulica) y «Aux princes chrétiens»; pero al vaporoso Rous­seau aquí menos que en otras partes le era dado conseguir aquella unidad de sentimien­to y de musicalidad que solamente se en­cuentra en algunas de sus cantatas y peque­ñas odas, inspiradas en la lozanía de la naturaleza, como «À Philoméne».

C. Cordié

Odas y Baladas, Victor Hugo

[Odes et Ballades]. Título bajo el cual Victor Hugo (1802-1885) reunió en la edición defini­tiva de 1828 toda su producción poética de juventud.

Gran parte de estas poesías ya habían sido publicadas anteriormente en cuatro libros: en 1822 y en 1823 (Odes); en 1824 (Nouvelles Odes), y en 1826 (Odes et Ballades) o sea dos libros de Odas y uno de Odas y Baladas. Ordenando de nuevo esta materia en un solo volumen, el poeta dividió todas las Odas en cinco «Libros», los tres primeros de poesía histórica y polí­tica (1818-1822, 1822-1823 y 1824-1828), y los dos restantes de temas varios y de inspira­ción más estrictamente personal (1819-1827 y 1819-1828); mientras otro libro recogía las quince baladas compuestas desde 1823 a 1828.

Con las primeras odas, dos años pos­teriores a las Meditaciones (v.) de Lamartiné y solamente a pocos meses de los Poemas (v.) de Vigny, Victor Hugo, que contaba apenas veinte años, se coloca en­tre los tres grandes poetas del nuevo siglo; y su arte, si bien en sus principios pa­rece más bien cauto y respetuoso para con las maneras líricas tradicionales, muestra en seguida algunas cualidades fundamen­tales.

El poeta se presenta como discípu­lo de Chateaubriand, cantor de un reno­vado espiritualismo cristiano y del legitimismo de la Revolución, y este programa se hace evidente incluso en la selección de los temas («La Vendée», «Les Vierges de Verdun», «Louis XVII»…); pero por encima de este apresurado conformismo (que debía progresivamente ceder terreno a muy dis­tintos ideales) es de notar en seguida el vivo y sincero interés por los acontecimien­tos políticos y sociales de su tiempo, un ar­diente sentimiento de la Historia y una ele­vada idea de la misión del poeta, que tien­de ya casi a identificar con la voz y la conciencia de la Humanidad.

Estas notas más enérgicas, a decir verdad, resuenan con plena sonoridad solamente en las odas del libro III (donde, por otra parte, ya se per­fila el tema de las gestas napoleónicas), casi en una progresiva afirmación de indepen­dencia que encuentra clara confirmación en los sucesivos prefacios, cada vez más auto­ritarios e inclinados a las teorías del na­ciente Romanticismo. En el libro IV y en el V el genio del poeta tiende sin más a afirmarse en todos los géneros y temas con creciente maestría: pinta con bravura fan­tástica frescos históricos que son casi un anticipo de la Leyenda de los siglos (v.), busca con ambiciosa solemnidad en los abis­mos del tiempo («Ainsi d’un peuple entier je feuilletais l’histoire!») o esboza con ima­ginativa elocuencia coloquios con la Divi­nidad, o trata con gran simplicidad temas íntimos, en estrofas bien timbradas y justa­mente famosas («Mon enfance»).

Hugo, aún joven, se presenta ya bajo el doble aspecto, que se ha convertido en tradicional, del poeta-vate y del «gran artesano». Pero si en las Odas encontramos un espíritu pode­roso y equilibrado, iluminado por un agu­dísimo sentido de las relaciones entre la tradición clásica y la nueva poesía, en las Baladas tenemos en cambio un poeta total­mente romántico: un colorista audacísimo de dinámica fantasía dedicada a la búsque­da de los temas más fantasmagóricos, interesado en hacer gala de todo el instrumen­tal medieval según la moda de la época que gira con desenvoltura entre esqueletos y espectros, hadas, brujas y gnomos («La Ronde du Sabbat»), que pone en escena monjas, malandrines y fantasmas («La Légende de la nonne»), y se abandona, como embriagado por su propia habilidad, a cen­telleantes y extravagantes acrobacias mé­tricas («La chasse du Burgrave»).

Mientras que de esta manera daba el más complejo ejemplo del nuevo género romántico (hasta el punto de inducir al joven Sainte-Beuve a comparar sus invenciones a «ventanales góticos» a causa de su gusto por el detalle pintoresco, vivido, crudo), Hugo presentía además los refinamientos estilísticos de Gautier y de la escuela parnasiana. Pero no es difícil divisar en estos geniales ejercicios la parte de la voluntad y del artificio: su profunda naturaleza de poeta se revela de una manera más perfecta en los dos últimos libros de Odas. [Trad. española de Jacinto Labaila en Obras completas (Valencia, 1886- 1888), y de Fernando Girbal Jaume (Bar­celona, 1910)].

M. Bonfantini

Hugo hizo en sus baladas su cabalgata romántica. (Carducci)

Odas totalmente clásicas en su dominante retórica que las convertía en el término espléndido del lirismo según la fórmula de Jean-Baptiste Rousseau, obra maestra de virtuosismo sin sinceridad. (Lanson)

Ha sido el rey de las palabras… Este so­ñador tan poco filósofo tiene a veces versos profundos; y este poeta, mucho más rico de imaginación que de ternura, tiene versos delicados y tiernos. (Lemaitre)

Odas y Cantos Religiosos, Christian Fürchtegott Gellert

[Geistliche Lieder und Oden]. Poesías alemanas de Christian Fürchtegott Gellert (1715-1769), publicadas en 1757.

Gellert, que había sido siempre un hombre moral y reli­gioso, sintió en un momento dado, como poeta y como cristiano, el deber de hacer poesía litúrgica «para poder ejercer sobre los ánimos el máximo efecto con la melodía y la poesía». Tomó como modelo los cantos de Lutero y de Gerhardt, esforzándose, como dice en el prefacio, en hacerlos claros y dotarlos de esa «fuerza de expresión que no consiste tanto en la magnificencia y en el ornato de la poesía como en el lenguaje del sentimiento y en el que es común al intelecto».

Es un iluminista que no quiere dejarse transportar al campo de la fantasía sino que busca la tranquila mesura capaz de expresar el sentimiento religioso de una comunidad. Estas odas no son, por lo tanto, místicas, sino morales y el estilo es bíblico, y casi podría decirse una especie de amplia­ción y comentario de las Sagradas Escritu­ras, de donde Gellert escogió siempre ver­sículos o parábolas moralizadoras, como en el canto sobre el «Amor al prójimo», o so­bre la «Bondad de Dios».

La forma de la poesía, pasada por la severa crítica de los amigos de las Aportaciones de Bremen, re­sultó muy melódica. Algunos cantos se adap­taron a músicas ya conocidas; otros, como el de «Ensalza a Dios en la naturaleza» fueron musicados por Beethoven. Si bien Klopstock ya había compuesto algunas de sus Odas (v.) más célebres, el término «Oda» es entendido aún por Gellert en un sentido ilustracionista — no muy distinto del térmi­no «Lied» — y en relación con el contenido más que con la forma.

De hecho, él mismo dividió sus odas en «Odas didacticorreligiosas» y «Odas del corazón», las primeras más concisas, las restantes en un tono más apa­sionado.

G.F. Ajróldi

Odas y Discursos a los Grandes, Thomas Hood

[Odes and Addresses to Great People]. Obra del poeta inglés Thomas Hood (1799- 1845), publicada en 1825, escrita en colabora­ción con Hamilton Reynolds y que compren­de una serie de composiciones en metros diversos, en las cuales se propone «cap­tar las rarezas, los caprichos, los absurdos y las mezquindades de la presuntuosa gran­deza».

En la primera, «Oda a Mr. Graham, aeronauta» [«Ode to Mr. Graham, aeronaut»], el poeta imagina desde lo alto a Londres reducido a las dimensiones de Liliput y a los hombres diminutos «como los gusanos del queso»» se pregunta qué es la gloria y se ruboriza de sus propias debilidades.

Domina en otras el tono satírico, como en «A Mrs. Fry en Newgate» [«To Mrs. Fry en Newgate» J, donde el poeta amo­nesta a una dama que ha creado una escuela en la prisión de Newgate porque «de nada sirve pulir cuando el momento bueno ha pasado y no queda ya nada sano»; en «A H. Bodkin» [«Ode to H. Bodkin»], secretario para la supresión de la mendicidad, el autor manifiesta su añoranza de la nota pintoresca que aportaba a la vida ciudadana la presencia de los pordioseros e irónicamente concluye: «Nos bastará de ahora en adelante procurar defender nuestras esterlinas porque nuestros céntimos los proteges tú».

En la oda «Al gran desconocido» [«To the Great Unknown»], que resulta ser Walter Scott, pasa revista a las principales obras del popular novelista preguntándose por qué quiere conservar el anónimo renunciando a la fama; concluye diciendo que no lo hace ciertamente por modestia, sino porque es «un hombre minúsculo» y «siendo pe­queño prefiere ser nadie».

Un soplo de la más viva comicidad campea en el «Discurso a la compañía de las lavanderías a vapor» [«An Address to thè Steam-Washing Com­pany»], el cual, después de haber descrito con vivacidad el trabajo de las lavanderas, pone en boca de una de ellas una desmesu­rada protesta contra los hombres que con su vapor roban el trabajo a las pobres mu­jeres; y no es menos sabrosa la oda «Al Capitán Perry» [«To Captain Parry»], don­de, jugando con el doble sentido de la pala­bra inglesa «pole» (polo o palo), pregunta al célebre descubridor si el Polo «es sin­gular y único, derecho o torcido, muy grue­so o muy delgado, y de qué madera está hecho».

Una nota de emoción vibra, por el contrario, en la oda dedicada a la muerte del célebre payaso «Giuseppe Grimaldi pa­dre» [«To Joseph Grimaldi senior»], que lamenta diciendo que en resumidas cuentas «mucho mejor habría podido prescindirse de algunos hombres superiores», y en la oda dedicada al retorno- de una actriz a las ta­blas [«Address to Mary Darlington»], cuya íntima tragedia roza con mano delicada.

Es la primera obra de Hood: en ella se mani­fiestan, bajo el velo de la ironía y de la burla, las cualidades de fantasía y de com­prensión humana que se revelan mejor en las obras siguientes.

A. P. Marchesini

Oda Sobre los Atisbos de Inmortalidad Contenidos en los Recuerdos de la Primera Infancia, William Wordsworth

[Ode on Intimations of Immortality from Recollections of early Childhood]. Famosa oda de William Wordsworth (1770-1850), impresa en su colección de Poesías (v.) de 1807.

Se trata de la más completa expresión poética de la experiencia del Wordsworth muchacho, en la que se basa su concepto de la vida humana. Partiendo de una idea platónica (enunciada en el Fedón, v.) según la cual los hombres tienen una existencia anterior preterrena, y lo que sabemos en la tierra no es más que el recuerdo («anam­nesis») de verdades conocidas entonces, Wordsworth medita sobre el progresivo desvanecimiento de la vida instintiva de la infancia, todavía llena de recuerdo divino, hasta que la sociedad nos distrae y nos materializa; sin embargo, algo de aquella divina luz sobrevive en los impulsos espon­táneos del alma, en los instintos que nos estimulan, y ellos son la fuente de la ver­dadera inspiración.

Entonces la naturaleza se nos revela de nuevo, empapada de Dios, y «la más humilde flor que existe puede despertar pensamientos demasiado profun­dos que a menudo nos arrancan lágrimas», «the meanest flower that blows can give/ thoughts that do often lie too deep for tears»]. [Trad. de M. Manent en Románticos y Victorianos (Barcelona, 1945)1.

M. Praz