Óptica y Astronomía, Rudgero Josip Boscovich

[Opera pertinentia ad opticam et astrono­míam maxima ex parte nova, & omnía huiusque inédita].

Obra en cinco enormes tomos, del poeta, filósofo, matemático, óp­tico y astrónomo dálmata Rudgero Josip Boscovich (1711-1787), publicada en Bassano, en 1785. Los dos primeros volúmenes están dedicados a la óptica aplicada a la astronomía.

El intento de obtener de un anteojo todo lo humanamente posible, fue causa de que Boscovich concentrara su atención en los defectos ópticos de los obje­tivos y sobre todo en la aberración cromá­tica.

En efecto, hacia 1759, tuvo una famosa evolución teoricopráctica, después de que Euler teóricamente y Dollond prácticamente demostraron que era equivocada la afirma­ción de Newton, quien había negado a priori la posibilidad de las combinaciones acromá­ticas de prismas y de lentes.

Boscovich se dedica inmediatamente a tan importante tema y aporta contribuciones fundamentales a esta ciencia que en la actualidad se denomina «cálculo óptico» y cuya finalidad estriba en preparar los esquemas ideales de los sistemas ópticos, que luego deberán lle­var a la práctica los constructores.

A Bos­covich le debemos haber precisado que las combinaciones ópticas a base de dos crista­les no solamente no pueden anular por com­pleto la aberración cromática, sino que sólo pueden conseguir que coincidan los rayos de los dos colores; asimismo, hizo ver que para que coincidan más se precisan varios cris­tales.

También le debemos la consideración de que gran parte de los defectos cromá­ticos de un telescopio deben achacarse al ocular, y no al objetivo; por esto, se dedicó intensamente al estudio de la acromatización de los oculares.

Estos trabajos, junto con otros estudios interesantes para corregir la aberración esférica de los objetivos, así como algunos dispositivos para aumentar la precisión de las mediciones astronómicas, son motivos para considerar a Boscovich como uno de los pioneros de la óptica prác­tica.

V. Ronchi

Oposición y Conjunción de los Grandes Luminares de la Tierra, Carlos García

Obra del doctor Carlos García, publicada en París en 1617, que constituye un índice muy significativo del movimiento hispanófilo de Francia a raíz de la muerte del rey En­rique IV y del matrimonio de su sucesor, Luis XIII, con la infanta española Ana de Austria, hija de Felipe III.

«En estas dos notabilísimas naciones, es decir, Francia y España — escribe García — no hay mayor ni menor, grande o pequeño, porque ambas a dos son luminarias grandes». La importancia del libro radica, primordialmente, en su objetivo de acabar con la rivalidad hispano­francesa, poco antes de que la guerra entre ambos países, iniciada en 1635, abriese el paso a una trepidante polémica de libros y libelos, en la cual tratadistas de las dos naciones exaltaban las glorias de la suya propia y denigraban a la rival.

La referida polémica ha sido estudiada recientemente por José M.a Jover: «1635. Historia de una polémica y semblanza de una generación» (Madrid, 1949). El pensamiento del Dr. Car­los García se repetirá durante la guerra de Sucesión a la Corona de España, en la obra de Jerónimo de Porras, marqués de la To­rre de San Ginés, Antídoto de la memoria y la verdad, contra el veneno de la falsa doctrina de natural oposición que entre Francia y España ha publicado la emulación de las naciones (Sevilla, 1707).

J. Reglá

Las Opiniones de Jerónimo Coignard, Anatole France

[Les opinions de M. Jérôme Coignard]. Este libro de Anatole France (François-Anatole Thibault, 1844-1924), publicado en 1893, que sigue inmediatamente al Figón de la Reina Patoja (v.), presenta al mismo personaje: el abate Coignard, de cuyas ideas nos enteramos aquí ampliamente. También esta vez el narrador es el joven Jacques Ménétrier, hijo del hostelero de la calle de Saint Jacques, que se ha convertido en dis­cípulo del viejo humanista.

Éste refiere las conversaciones y disertaciones recogidas de boca del maestro, sugeridas por las más di­versas circunstancias y que se refieren a gran número de temas, sobre los que Coignard expone sus sentimientos y opiniones, con una mezcla de audacia revolucionaria y de respeto a la tradición, de escepticismo amar­go y de sonriente indulgencia.

Así los suce­sivos encuentros, en la tienda de Maese Blaizot, librero bajo la enseña de Santa Ca­talina, con un escritor teorizante de la «ra­zón de Estado», con un libelista político revolucionario, o sencillamente con cual­quier obra contemporánea (estamos en la primera mitad del siglo XVIII), dan ocasión a disquisiciones sobre política, moral públi­ca, sociología («Les Ministres d’Etat», «L’Af­faire du Mississipi», «Le nouveau Minis­tère», «Les séditieux») en las que el magní­fico abate se muestra enemigo del absolu­tismo y suspicaz ante los revolucionarios.

En otras ocasiones hablará de la ciencia, del ejército, de las academias, con la mis­ma elegante despreocupación y con huma­nísima prudencia. Las conversaciones sobre la Justicia, provocarán acentos más enér­gicos y lastimeros, atacando las costumbres de la época y la crueldad de los hombres.

El sabor del libro proviene principalmente del malicioso gusto con que France, al re­ferir las ideas preponderantes del XVIII y reconstruir en cierto modo la mentalidad de dicha época, alude de continuo a opiniones, sistemas e ideologías contemporáneas. Algu­nas veces quizás oigamos demasiado distin­tamente la voz del escritor, moderno en los discursos del viejo Coignard; a tal discor­dancia se deben las páginas, por lo demás escasas, menos vivas del libro.

Éste sigue siendo capital, no sólo por el refinado arte humanístico y por su delicioso espíritu paradójico, sino también para entender comple­tamente ciertos motivos predominantes de toda la mentalidad y obra de France. TTrad. española de Luis Ruiz Contreras (Madrid, sin año)].

M. Bonfantini

Las opiniones de Jerónimo Coignard son seguramente el breviario escéptico más radi­cal que haya aparecido desde Montaigne. (Lemaítre)

Ópera y Drama, Richard Wagner

[Oper und Drama]. Obra teórica de Richard Wagner (1813- 1883), escrita en la quietud de los años de Zurich, después de la tormenta revolu­cionaria, y publicada en 1852.

Este escrito trata de hallar una justificación estética a la forma nueva de obra de arte, que ya apremiaba en la fantasía de Wagner. Las premisas generales teóricas de su pensa­miento siguen siendo las anteriores a la revelación que él recibió de la filosofía de Schopenhauer (1854): el individualismo anárquico de Bakunin, cristalizado en la fórmula de la destrucción del Estado y libre autodeterminación del individuo, y el optimismo ateo de Feuerbach.

En la nece­sidad de una total palingénesis revolucio­naria de la sociedad se inserta asimismo la obligación de una reforma radical de aquel género artístico y fundamentalmente equi­vocado que representa la ópera en la esfera musical; las tres partes de ópera y drama se aplican a demostrar cómo se puede reali­zar aquel cometido.

La primera parte — dice el propio Wagner — «contiene una crítica de la ópera en música considerada como género de arte»; la segunda «es un estudio del drama y de la materia dramática»; la tercera «es la parte constructiva».

El error fundamental de la ópera en música como género de arte consiste en que «un medio de expresión (la música) se ha convertido en fin, y la finalidad de la expresión (el drama) ha sido convertida en medio». La primera parte del libro, «La ópera es la esencia de la música», es la historia de este error.

El origen aristocrático de la ópera en Italia ha sido, según Wagner, la primera equivocación: el aria es la degeneración virtuosista y contra natura de la canción popular, obtenida separando el canto de las palabras. Seguidamente la ópera se desarro­lló en dos direcciones: en sentido «serio», con la noble pero vana tentativa de Gluck y sucesores de llegar al drama por medio de la música; en sentido «frívolo», con el coherente propósito de convertir la ópera en pura experiencia musical (los italianos y Mozart).

Spontini alcanzó lo máximo que puede obtener el músico cuando, como dueño y señor de la ópera, se propone rea­lizar el drama. Pero la música no puede seguir adelante; por eso es necesario acu­dir al poeta.

Esto había querido intentar la ópera romántica con Weber, aproximándose más al origen de la melodía — la canción popular—; pero también Weber incurrió en la ilusión de realizar el drama con la «melodía absoluta», esto es, con valores pu­ramente musicales.

Pura música es la de Mozart, que «tiene importancia grande y sorprende en la historia de la música en general, pero no en la historia de la ópera considerada como un género particular de arte». Wagner hace, al llegar aquí, un elo­gio de doble filo de Rossini, que redujo la ópera a lo único vivo que le quedaba, la pura melodía, haciéndola fin para sí misma, ya sin ninguna hipocresía «dramática» en mal sentido.

Así Rossini vendría a repre­sentar un factor puramente negativo, la total prostitución del gusto del público, si no hubiese habido un Méyerbeer; y con una fiera polémica contra la producción bajamente comercial de Meyerbeer se con­cluye la primera parte.

La segunda, «el drama en la esencia de la poesía dramáti­ca», es la más atractiva conceptualmente, pero la más débil y fuliginosa. Con ella Wagner se entrega a complicadas lucubra­ciones pseudohistóricas acerca de la deri­vación del drama moderno de la novela y del mito, al cual es necesario volver.

Pero en el último capítulo nos acercamos ya a la materia de la tercera parte: «La poesía y la música en el drama del porve­nir», donde Wagner elabora su teoría del drama, como «forma de arte compleja», re­sultado de la alianza de todos nuestros sen­tidos y de todas las artes, en que el elemento masculino e intelectual, esto es, la palabra, único vehículo de la expresión plena y explícita, fecunda el elemento femenino y receptivo, la música, incapaz por sí sola de expresión determinada, y por ello es a su vez justificado el adquirir la profundidad y resonancia de sus tiempos primordiales en que el sentimiento creaba directamente el lenguaje.

Según Wagner, el lenguaje pri­mitivo era una melodía espontánea de vo­cales solas: éstas después fueron revestidas por las consonantes, elemento intelectual y reflexivo, para formar las raíces de las palabras, y la lengua se fue convirtiendo cada vez más en una convención lógica. Fundir con la música esta nuestra resecada lengua moderna, investigando atentamente las leyes originarias de las aliteraciones, de la rima, de la prosodia y de los ritmos poéticos, es la única manera de recuperar el primer estado de inocencia propicio para la expresión plena y total.

«El poeta y el músico no han representado hasta aquí al hombre sino a medias»; es necesario resta­blecer la unidad. Acto seguido Wagner se adentra en pormenores preciosos para la comprensión de su futura obra de artista, examinando, por ejemplo, la relación de voz y orquesta para llegar finalmente, por medio de la afirmación de la indisolubilidad de palabra y música, a las que serán las objeciones más comunes a sus futuras reali­zaciones dramáticas.

De esta manera entra­mos plenamente en el corazón de los pro­blemas de crítica wagneriana. A pesar de todo, al escuchar a Wagner, hacemos hoy deliberada violencia a los preceptos que él dictó, y en realidad la grandeza musi­cal de sus creaciones se alza cada vez más gigantesca, mientras el aparato dra­mático se nos va configurando como cada vez más caduco y transitorio, incapaz de comunicar importancia a aquellas par­tes en que el interés musical decae.

Por consiguiente, el signo interrogativo to­davía queda abierto: «Wort-Ton-Drama», o bien, preguntémoslo una vez más, ¿rea­lización del drama por medio de la mú­sica?

M. Mila

Opinión de la Academia Sobre El «Cid», Jean Chapelain

[Sentiments de l’Académie sur le Cid]. Obra crítica francesa de Jean Chapelain (1595-1674) escrita en 1637 para exami­nar el Cid (v.), de Pierre Corneille, y re­solver, por orden del cardenal Richelieu, una delicada disputa literaria.

Georges de Scudéry había publicado unas insulsas ob­servaciones sobre la obra maestra del gran trágico y, especulando tal vez con los ren­cores que, como por rivalidad profesional — si es cierto lo que tanto se ha repetido — Richelieu, fundador de la Academia, sentía por Corneille, había sometido su obra al juicio de la propia Academia.

La noble asamblea rogó por esto al poeta que dejase examinar el Cid, y él asintió con digno orgullo. Después de varios exámenes de comisarios sobre la obra y sobre la crítica, Chapelain recogió las memorias de los co­legas y las refundió en un libro que fue presentado manuscrito al cardenal.

Sin dis­gustar al poderoso ministro, consiguió decir algunas cosas justas, dejó escapar la mínima cantidad posible de incongruencias y pro­clamó, incluso con una cierta justicia, el valor de la gran obra. Intuye el crítico que el Cid es una obra de gran fuerza, que mezcla un mundo viejo a una actitud nueva y que no basta el hecho de que el argu­mento se aparte de la historia española para que pueda negársele el mérito.

Por el con­trario, el artista ha plasmado un carácter antiguo con galantería moderna, haciendo que su obra fuese más viva y apasionada por el conflicto entre amor y deber. El lado novelesco del drama lo hace agradable a la masa de los espectadores; hay algo en el gusto y en el alma del público que lleva implícito un juicio no desdeñable.

Cierto que en la obra hay imperfecciones, y la Academia, Con la sabiduría que la caracte­riza, hace notar errores de versos, puntos débiles de la trama, imágenes forzadas y desigualdades de caracteres; lo que no ex­cluye que el discutido Cid pueda ser consi­derado como una obra maestra digna de ser recordada.

Boileau, implacable y satírico crítico del Chapelain poeta y de sus compa­dres, pudo escribir en un pasaje famoso que es en vano que un ministro se declare contra el Cid: todo París está por sus pro­tagonistas, y si la Academia, solemnemente, reunida, formula sus censuras, «el público alborotado se obstina en admirarlo».

Pero por lo menos Chapelain tuvo la habilidad de demostrar más buen sentido que de costumbre, y su habitual pedantería le ate­nuó la acritud polémica de una condena.

C. Cordié