Opúsculos Históricos, Pier Candido Decembrio

[Opuscula histórica]. En esta recopilación de pequeñas obras de Pier Candido Decembrio (1392-1477) están contenidas la Vita Philippi Mariae III ligurum ducis, la Anno­tatici rerum gestarum in vita Francisci Sfortiae IV mediolanesium ducis, el Panegiricus in funere Nicolai Picenini y el De laudibus Mediolanesium urbis panegiricus.

La vida de Felipe María fue compuesta en los úl­timos tiempos de la vida del duque y completada después de su muerte (1447).

Los trastornos políticos que entonces ocu­rrieron, los renacidos espíritus municipales de la áurea República Ambrosiana, y la consecuente aversión al tirano de su tiempo, actuaron sobre el mudable espíritu de Decembrio, que escribía para complacer a sus amos, fuesen quienes fuesen, y ganarse la vida, de lo que se resintieron la unidad y la sinceridad del trabajo.

También las demás obras históricas incluidas en esta recopilación quedaron influidas por la docilidad del carácter del autor; en el Elogio de Niccolò Piccinino escrito en 1444, atri­buye a este capitán todo el mérito de la batalla naval ganada por los visconteos contra los venecianos, cerca de Cremona, en 1431; en cambio, diez años más tarde, en la Vida de Francesco Sforza, la palma de esa misma batalla le será concedida a Francesco solo, y callará el nombre de quien había sido el temido émulo del nuevo duque de Milán.

Sin embargo, esas biogra­fías tuvieron bastante éxito e inspiraron a Platina y a Campano (v. Vida de Braccio). Las Alabanzas de Milán no sólo estaban ins­piradas en Las verdaderas alabanzas de la ínclita y gloriosa ciudad de Florencia [Le vere lode de la inclita et gloriosa città di Firenze], compuestas algunos años antes por su venerado amigo Leonardo Bruni, sino muchísimo más por Bonvesin de la Riva, quien en 1297, en sus Maravillas de Milán (v.), había escrito un precioso elogio de esa noble ciudad, texto que fue descu­bierto a fines del pasado siglo por Fran­cesco Novati.

La edición más correcta y más reciente de los Opúsculos históricos de Pier Candido Decembrio se encuentra en la nueva compilación muratoriana (Bolonia, 1925-1937).

G. Franceschini

Oraciones Fúnebres, Miguel Pselo

Entre los numerosos escritos oratorios del polí­grafo y hombre de estado bizantino Miguel Pselo (1018-1078 ó 1096) los más importan­tes, no sólo desde un punto de vista lite­rario, sino también como documentos pre­ciosos de la vida y del ambiente espiritual del siglo XI, son los elogios fúnebres para su madre, para Miguel Cerulario y para Juan Sifilino.

La «Oración fúnebre para su madre Teodotos» es ciertamente la más pura esti­lísticamente. La retórica que dominaba en aquel período, y que no perdonó ni a este escritor, cede aquí el sitio a una expresión rebosante y sincera que conduce, en algu­nos momentos, a una verdadera emoción.

Aparece clara para nosotros la figura de aquella bizantina del siglo XI, sencilla bur­guesa, pero de carácter elevado y de espí­ritu abierto; y la penetración que obtiene Pselo en su carácter nos abre una rendija por donde nos es posible entrever la vida burguesa de aquella época.

Por otra parte el hálito de sinceridad que respira este es­crito justifica las alabanzas tributadas por Pselo a su madre que no son un procedi­miento retórico de circunstancias, sino la fiel caracterización de una mujer nada común como lo fue Teodotos, lo que atestigua Ana Comnena, hija del emperador Alejo.

Entre las numerosas y poéticas imágenes evocadas por Pselo con expresiva sencillez es de notar la graciosa escena de la madre que abraza a su hijo niño y expresa su ter­nura maternal mientras él duerme, por el temor de que su excesiva dulzura le haga menos dócil; el sueño en que ella ve el luminoso porvenir de su hijo; la solicitud con que va siguiéndole en sus estudios; los esfuerzos, para aprender lo que no conoce con el fin de poder ayudarle.

Esto justifica plenamente la aserción de Pselo de que su madre no fue únicamente tal por haberle dado la vida, sino también por haber sido su madre espiritual. De diversa entonación son los otros escritos oratorios.

La «Oración fúnebre para Miguel Cerulario» es un pane­gírico para el patriarca que en 1057 llevó a término la obra iniciada por Focio, pro­vocando la definitiva ruptura entre la Igle­sia greco-ortodoxa y la de Roma.

Su dis­curso tiene importancia sobre todo como fuente histórica para reconstruir este capi­tal acontecimiento, además de numerosos méritos literarios. El autor se inspira aquí en Isócrates y los criterios del gran clásico, en lo que se refiere al estilo, son fielmente seguidos.

Pselo, sin embargo, les añade cier­to tono de exageración retórica que estro­pea en parte la obra; con todo, entre sus innumerables imitaciones de Isócrates, ésta es indudablemente la mejor; el carácter de Miguel Cerulario, valiente y soberbio pre­lado en el que la altivez y desprecio de toda dependencia fueron al menos iguales a su celo religioso, está subrayado en algunos puntos con rasgos incisivos y preciosos.

La «Oración fúnebre para Juan Sifilino» se relaciona tanto por lo forma como por la orientación con la precedente. Amigo ínti­mo de Pselo, compañero de estudios y des­pués su colega en la Universidad de Constantinopla, la figura de Juan Sifilino está trazada por el orador como la de un noble prelado y reformador religioso.

Después de haberse retirado en 1054 a un monasterio del Olimpo, en Bitinia, a donde Pselo lo siguió, volvió a ser llamado a la vida activa en 1064, como patriarca de Constantinopla. La vida y las acciones de este hombre ha­llan en Pselo acentos mucho más ardorosos que en la precedente oración.

Aun imitan­do también aquí, pero más libremente a Isócrates, y aun cediendo a cierta hincha­zón retórica, si bien con mayor gusto y sensibilidad que en los numerosos ejemplos de la época, este escrito posee gran viveza estilística y muestra la naturaleza de aquel bizantino, cuyo amor por la antigüedad clá­sica revela a veces en él una sensibilidad que sólo se podrá volver a encontrar en los hombres del Renacimiento.

A. Agnelli

Oraciones Fúnebres, Esprit Fléchier

[Oraisons funèbres]. Típica por los comple­jos motivos que la caracterizan en la elo­cuencia sagrada del siglo, es esta obra de Esprit Fléchier (1632-1710), obispo de Lavaur y luego de Nîmes. Recopiladas las oraciones en 1705, representan uno de los más nota­bles documentos de la literatura de la épo­ca.

Aun sin abandonar su naturaleza de ob­servador sagaz (v. Memorias sobre los Gran­des Días de Auvernia), el autor siente que puede dedicarse a la oratoria sagrada con el mismo amor a la perfección formal que tanto le apasionaba en la vida de socie­dad, y entregarse a la renovación espiritual del clero de Francia.

Después de la pri­mera oración fúnebre (1658), el interés por este género, que había de encontrar en Bos­suet su expresión más elevada, se hace cada vez mayor en Fléchier; son documentos notables las oraciones por Madame de Montausier (1762), por Turenne (1676) y por Mon­sieur de Montausier (1690).

Precisamente en el conflicto entre la moral evangélica y los atractivos del mundo muestra el autor la sencilla vida de algunos personajes e indica los escollos que obstaculizaron el camino de aquellas almas, las cuales supie­ron evitar la derrota espiritual sin abando­nar la sociedad en la que tenían que vivir — por su excelsa posición nobiliaria — como ejemplos de probidad y de magnanimidad.

En estas Oraciones fúnebres brilla, aun en­tre los diversos artificios del amaneramiento literario, un vivo espíritu religioso, que siente el valor de las cosas terrenas, trata de comprenderlas con humanidad y fineza, y demuestra piedad incluso por los mismos vicios.

Como transportado por una onda lí­rica, Fléchier, en lugar de hacer silogismos sobre las vidas y los pensamientos del muer­to, trata de representarlo amorosamente con una fidelidad y sinceridad que asombran. Así los rasgos más singulares — y de ma­yor fuerza artística — de estas Oraciones son los que tratan de interpretar las pasiones de los personajes, como en un retrato moral. Entre todas es célebre la dedicada a Turenne, de cuyo comienzo se dijo que daba «la sensación de un canto».

C. Cordié

Fléchier es un magnífico retórico, de su­prema elegancia de forma, de rara delica­deza de oído: su prosa tiene un ritmo mara­villoso. (Lanson)

Oraciones Fúnebres, Jacques- Bénigne Bossuet

[Oraisons funè­bres]. Obra representativa — sin duda la más famosa literariamente — de Jacques- Bénigne Bossuet (1627-1704), publicada co­mo Recueil d’Oraisons funèbres en 1689 y, a cargo del abate Lequeux, en 1762.

El ca­rácter orgulloso y a menudo intransigente del obispo de Meaux no estaba ciertamente inclinado, como otros religiosos de su época, al género de la conmemoración fúnebre. Sin embargo, debido a su cargo de instruc­tor del Delfín y a su amistad con muchas grandes familias, tuvo que pronunciar va­rias veces sermones que sólo por voluntad de las familias dio a la imprenta.

Entre las «oraciones» más famosas están las dedicadas al padre Bourgoing (1662), gran predicador del Oratorio, a Enriqueta de Francia, hija de Enrique IV y de María de Médicis, es­posa de Carlos I rey de Inglaterra (1669), a Enriqueta de Inglaterra, hija menor de Enriqueta de Francia y de Carlos I (1670), a María Teresa de Austria, infanta de Es­paña, reina de Francia y de Navarra (1683), a Ana Gonzaga de Cléves, princesa palatina de novelesca vida (1685), a Michele Le Tellier, canciller de Francia (1686) y al prín­cipe Luis de Borbón, el famoso príncipe de Condé (1687).

Bossuet, sin perjuicio de la viveza dramática con que evoca la figura y la obra de los difuntos, endereza las ora­ciones al aleccionamiento moral de los oyen­tes. Las repentinas muertes y los dolores de la existencia han de demostrar a los po­derosos la vanidad de las cosas mundanas e incitarlos al bien.

Algunos discursos dan una representación escultórica del carácter, a menudo idealizado, de los personajes; son también dignos de^ mención, especialmente por su fondo histórico, los pasajes episó­dicos, ricos en relieve, que han hecho céle­bres a estás oraciones.

Por la altura del pensamiento, la intensidad de la emoción, siempre dominada por su elocuencia amplia y mesurada, es una de las obras más signi­ficativas del clasicismo francés. [Trad. de Francisco Navarro y Calvo en «Biblioteca Clásica» de Hernando (Madrid, 1928)].

C. Cordié

En el innumerable concierto de las voces cristianas, es el instrumento que, casi a la manera de una fuga austera y convincente, nos dice todo lo que es razonable creer. (Du Bos)

Nadie está más seguro de sus palabras, ni es más fuerte en sus verbos, ni más enérgico y libre en todos los actos del discurso, más atrevido y feliz en la sintaxis y, en resumen, más dueño del idioma, es decir, de si mismo. (Valéry)

De la Oración, Orígenes

[De Oratione] Ningún escritor de la Iglesia cristia­na antigua iguala a Orígenes (1859-254?) en la abundancia de sus producciones religio­sas.

Y ninguno, por otra parte, puede igua­larle en la cantidad de los recuerdos deja­dos en la tradición eclesiástica. En el sexto libro de su Historia Eclesiástica (v.), Eusebio consagró al que aparecía como el gran maestro de la teología cristiana, vastísimas informaciones biográficas. Gracias sobre todo a Eusebio conocemos en todos sus por­menores la movida existencia de aquel a quien, después de S. Clemente, la escuela catequética alejandrina debió lo mejor de su brillo y de su fama.

Epifanio nos da como cierto que alguien le aseguró una vez que Orígenes había escrito nada menos que seis mil libros. Esto demuestra por lo menos lo que se había fantaseado sobre la laboriosi­dad del gran maestro.

San Jerónimo nos atestigua, en cambio, que el catálogo de las- obras de Orígenes referido por Eusebio en su obra, perdida, Vida de San Pánfilo con­taba dos mil números. De esta inmensa producción se ha conservado sólo una exigua parte, y, de esta parte, el texto muy a me­nudo no es ya el original griego, sino el de la versión latina.

Y como los traductores, tanto San Jerónimo como Rufino, se preocu­paron siempre por suavizar el sabor tan sutilmente temerario de la exégesis y de la especulación de Orígenes, es extraordinariamente arduo para nosotros juzgar siem­pre con seguridad si las versiones nos dan fielmente su original, o si son más bien una transcripción suavizada.

En una producción tan vasta de un maestro tan íntimamente ligado a la vida devocional de la Iglesia a la que él pertenecía, no podía faltar, como era costumbre en esta antigua lite­ratura cristiana, un tratado dedicado a la oración.

También en la producción del anti­guo apologista Tertuliano figuraba en pri­mera fila un comentario de la oración que  nos enseñó Cristo: el Padrenuestro. Tam­bién, pues, Orígenes dictó su tratado: De la Oración.

Puesto que si nos atenemos al co­mentario sobre el Génesis, cuya fecha cono­cemos, tenemos argumentos suficientes para opinar que el tratado fue escrito después del año 231. Fue dedicado a Ambrosio, el generoso mecenas de Orígenes, y a su cón­yuge Taciana. El tratado consta de dos partes y comprende, en total, treinta capítulos.

La primera parte — diecisiete capítulos — se dedica a la oración entendida genérica­mente, como expresión típica de la fe reli­giosa que tiene necesidad de hallar en la oración el medio de comunicación constante e imploradora con Dios. La segunda parte, desde el capítulo dieciocho hasta el final del libro, comenta, petición por petición, la ora­ción dominical.

El teólogo y el exegeta se convierte en este tratado en un persuasivo instructor de la vida devota, sacando, sobre todo en la dilucidación del «Pater noster», de las palabras de la oración dominical, gran cantidad de observaciones edificantes, que revelan en su verdadera naturaleza el misticismo de la escuela alejandrina.

E. Buonaiuti