[De Oratione] Ningún escritor de la Iglesia cristiana antigua iguala a Orígenes (1859-254?) en la abundancia de sus producciones religiosas.
Y ninguno, por otra parte, puede igualarle en la cantidad de los recuerdos dejados en la tradición eclesiástica. En el sexto libro de su Historia Eclesiástica (v.), Eusebio consagró al que aparecía como el gran maestro de la teología cristiana, vastísimas informaciones biográficas. Gracias sobre todo a Eusebio conocemos en todos sus pormenores la movida existencia de aquel a quien, después de S. Clemente, la escuela catequética alejandrina debió lo mejor de su brillo y de su fama.
Epifanio nos da como cierto que alguien le aseguró una vez que Orígenes había escrito nada menos que seis mil libros. Esto demuestra por lo menos lo que se había fantaseado sobre la laboriosidad del gran maestro.
San Jerónimo nos atestigua, en cambio, que el catálogo de las- obras de Orígenes referido por Eusebio en su obra, perdida, Vida de San Pánfilo contaba dos mil números. De esta inmensa producción se ha conservado sólo una exigua parte, y, de esta parte, el texto muy a menudo no es ya el original griego, sino el de la versión latina.
Y como los traductores, tanto San Jerónimo como Rufino, se preocuparon siempre por suavizar el sabor tan sutilmente temerario de la exégesis y de la especulación de Orígenes, es extraordinariamente arduo para nosotros juzgar siempre con seguridad si las versiones nos dan fielmente su original, o si son más bien una transcripción suavizada.
En una producción tan vasta de un maestro tan íntimamente ligado a la vida devocional de la Iglesia a la que él pertenecía, no podía faltar, como era costumbre en esta antigua literatura cristiana, un tratado dedicado a la oración.
También en la producción del antiguo apologista Tertuliano figuraba en primera fila un comentario de la oración que nos enseñó Cristo: el Padrenuestro. También, pues, Orígenes dictó su tratado: De la Oración.
Puesto que si nos atenemos al comentario sobre el Génesis, cuya fecha conocemos, tenemos argumentos suficientes para opinar que el tratado fue escrito después del año 231. Fue dedicado a Ambrosio, el generoso mecenas de Orígenes, y a su cónyuge Taciana. El tratado consta de dos partes y comprende, en total, treinta capítulos.
La primera parte — diecisiete capítulos — se dedica a la oración entendida genéricamente, como expresión típica de la fe religiosa que tiene necesidad de hallar en la oración el medio de comunicación constante e imploradora con Dios. La segunda parte, desde el capítulo dieciocho hasta el final del libro, comenta, petición por petición, la oración dominical.
El teólogo y el exegeta se convierte en este tratado en un persuasivo instructor de la vida devota, sacando, sobre todo en la dilucidación del «Pater noster», de las palabras de la oración dominical, gran cantidad de observaciones edificantes, que revelan en su verdadera naturaleza el misticismo de la escuela alejandrina.
E. Buonaiuti

