Opúsculos Religiosos, Blaise Pascal

En la obra literaria y científica de Blaise Pascal (1623-1662) tienen una importancia, en muchos casos excepcional.

Estos escritos no han sido analizados por la crítica hasta nues­tros días, particularmente para ilustrar los Pensamientos (v.) y las Cartas del Provincial (v.). Reunidos en 1897 en un volumen de Pensées et opuscules editado por L. Brunschvicg, y después por éste, Pierré Boutroux y Félix Gazier, en las «Oeuvres complétes» (1904-1914), establecen algunas de las acti­tudes más discutidas y tormentosas del gran escritor: su busca de una certidumbre filo­sófica y al mismo tiempo la plena concien­cia de una necesidad religiosa.

Testimonio de un anhelo hacia Dios, en el místico anu­larse del alma ante el Creador, es el Memorial [Mémorial], que el escritor redactó la noche del 23 de noviembre de 1654, y quiso llevar siempre, encima, cosido en el forro de su casaca, en un pergamino y una copia aparte: Cristo habla a su espíritu y final­mente le da a comprender su voz de verdad y de vida.

El alma encuentra su camino hacia la luz, y en la lucha contra el mal adquiere la conciencia de su propia digni­dad. Con entrega confiada a la gracia divina («Certeza… certeza, sentimiento, alegría, paz… Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría») Pascal sabe que en adelante será todo de Dios; el recuerdo de aquella «noche de fuego», verdaderamente reveladora, le acompañará toda su vida.

Pertenece a pri­meros del 1655 la famosa Conversación con el señor Saci acerca de Epicteto y Montaigne [Entretién avec M. de Saci sur Epictete et Montaigne], de la cual escribió un relato Nicolás Fontaine (1625-1709), secretario de Saci, en sus Mémoires pour servir á l’his- toire de Port-Royal, publicadas después en 1736; redactado más de cuarenta años des­pués hay que considerarlo con cierta cir­cunspección.

Hablando con el gran director de los «solitarios» de Port-Royal, el joven anheloso de una definitiva certidumbre exa­mina la antinomia que ampliamente se ha debatido en su espíritu entre Epicteto y Montaigne, esto es, entre la filosofía estoica que idealiza al hombre y lo eleva a Dios, y el epicureismo escéptico y elegante que, viendo la miseria del hombre, lo considera sin ilusiones, entre los demás seres del mundo.

En adelante Pascal, después de la crisis documentada por su Memorial de 1654, siente la necesidad de salir de la es­fera de la razón para resolver aquel con­traste ideal en lo sobrenatural de la fe; precisamente porque por los autores profa­nos, como Epicteto y Montaigne, conoce la grandeza y la miseria del hombre, por causa de la deformidad de la naturaleza y el bien de la gracia.

Frente a Isaac Saci, janse­nista inmerso en la filosofía de San Agus­tín y en la lectura de la Biblia y de los Padres de la Iglesia, Pascal objeta la nece­sidad de conocer a los autores profanos, como elemento de singular persuasión: así, no olvida su pasado de hombre de ciencia y hombre de mundo, pero le comunica nuevo vigor en nombre de una verdad ver­daderamente segura.

También se remonta probablemente a primeros de 1655 o a últi­mos del año anterior (aunque por la crítica tradicional haya sido considerada como de 1647) la Plegaria para pedir a Dios el buen uso de las enfermedades [Priere pour demander a Dieu le bon ussage des maladies]: con mística entrega, Pascal da gracias a Dios por haberle enviado las enfermedades para corregirle y conducirle al bien, y pide la gracia de no comportarse como pagano en las condiciones a que su justicia le ha re­ducido.

«Amad mis sufrimientos, Señor… Haced de ellos una ocasión de mi salvación y de mi conversión…» Estos Opúsculos, como documentan algunos de los temas más profundos del autor, adquieren así un gran interés histórico en la vida espiritual del siglo XVII francés, aun junto a obras mu­cho más famosas y complejas.

C. Cordié

Opus Postumum, Immanuel Kant

Es un voluminoso con­junto de hojas manuscritas que Immanuel Kant (1724-1804) dejó al morir, en cierto número de carpetas, en estado de extrema confusión, después de haber trabajado en ellas, por lo que hoy se sabe, durante más de ocho años.

Este manuscrito tiene una larga historia referente además del punto de vista bibliográfico al filosófico. En 1936 se publicó su edición completa, por obra de la Academia Prusiana. Concurre a dificultar la valoración del escrito, además del estado incompleto y desordenado en que se encuentra, algunas veces el cansancio de su autor.

Esto fue causa entre otras cosas, de una famosa polémica entre K. Fischer, el cual negaba al escrito todo valor, y Krause, quien distinguía en él un importantísimo desarrollo del pensamiento kantiano.

Según la crítica más reciente, este manuscrito cons­tituye el esbozo de una obra única (no dice de dos, como alguien supuso), cuyo tema estaba ya formado en la mente de Kant en 1798, cuando escribió acerca del asunto a sus amigos, diciendo que era para él un suplicio de Tántalo divisar al alcance de su mano la terminación definitiva de su sis­tema, sin haber conseguido alcanzarla aún.

Kánt, por lo tanto, había cambiado de opi­nión desde que, al despachar en 1790 su Crítica del Juicio (v.) escribía haber ya com­pletado su empresa filosófica. El nuevo co­metido que ahora veía en perspectiva con­sistía en hallar «el tránsito de los Principios metafísicos de la ciencia de la naturaleza a la Física.

Sin esto, quedaría una laguna en el Sistema Crítico». A la primera ojeada, se podría creer que aquel tránsito era tema para una obra limitada de carácter úni­camente teorético-epistemológico. Kant, en cambio, parece que iba concibiéndola poco a poco como un vasto tratado metafísico que comprendía a Dios, al Mundo, y al Hombre como intermediario entre ambos.

La doble naturaleza (fenoménica y nouménica, cognoscitiva y moral) del hombre, sobre la cual había trabajado ya la tercera Critica, debía convertirse aquí en el eje de un sis­tema acabado en la realidad. Este sistema, sin embargo, había de estar siempre fundado sobre bases críticas, lo que hace arduo el problema de caracterizarlo.

Esto sin contar con que contribuyese a impulsar a Kant por ese camino el deseo de oponer a los sistemas metafísicos de Fichte y de Schelling algo más completo que la Crítica. Sin embargo aquella obra, partiendo de los Principios metafísicos de la ciencia de la Naturaleza, y prosiguiendo, desde ellos, a lo largo de una directriz metafísica, conserva los caracteres del pensamiento del siglo XVIII; en cuanto a las influencias que experimenta, si hubié­ramos de pronunciar un nombre, sería lícito pensar sobre todo en Newton, aun como filó­sofo.

«El mundo, como un gran animal — dice un apunte — y Dios como su alma». Aun caracterizada por un creciente dogma­tismo, de hecho, si no de principio, esta obra puede suscitar delicadas cuestiones relativas a la estructura de la filosofía crítica.

A. Galimberti

Opúsculos Para los Tiempos Actuales

 [Tracts for the Times]. Serie de 90 opúsculos ingleses de distintos autores y de tema polémico religioso, publicados entre 1833 y 1841.

Los elementos más con­servadores de la Iglesia anglicana, alarma­dos frente a la política religiosa del gobierno de lord Grey, especialmente después de la supresión de diez obispados en Irlanda, temieron que se amenazara la posición de privilegio de la Iglesia misma.

La propuesta del doctor Arnold de que se dictara una ley imponiendo la unión de las distintas sectas, y la circulación de opúsculos que pedían la abolición, por lo menos en el culto público, de todos los símbolos de la fe y de toda mención de la Trinidad, la supresión de la doctrina de la regeneración mediante el bautismo y de la absolución de los pe­cados, aumentaron la sensación de peligro y preocupación.

John Keble (1792-.1866), teólogo y profesor de poesía de la univer­sidad de Oxford, en el sermón predicado en dicha universidad el 14 de julio de 1833 y publicado más tarde con el título de Apostasía nacional [National Apostasyj, sostuvo que Inglaterra, como nación cristiana, es­taba vinculada en su legislación y política a las leyes fundamentales de la Iglesia, y que renegarlas como se estaba haciendo significaba rechazar la soberanía de Dios, lo cual era una apostasía.

Este sermón hizo gran impresión y señaló el origen del lla­mado movimiento de Oxford, cuyos prime­ros defensores, además del mencionado J. Keble, fueron: el futuro cardenal John Henry Newman (1801-1890), que acababa de regresar de Italia, aunque sin pasar to­davía al catolicismo; Richard Hurrell Froude (1803-1836), William Palmer (1803-1885), Hugh James Rose (1795-1838), el único de todos éstos que no colaboró en los tracts; John William Bowden (1798-1844), Thomas Keble (1793-1875), Arthur Philip Perceval (1799-1853), Isaac Williams (1802-1865) y Charles Marriott (1811-1882), profesor de hebreo en la universidad de Oxford.

Hacia finales de julio de 1833, en la casa parro­quial de Rose, en Hadleigh, condado de Suffolk, se celebró una reunión para discutir un plan de acción. Unos querían fundar una asociación cuyo centro estuviera en Lon­dres, pero acabó dominando la idea de que, para un movimiento intelectual, era más adecuado Oxford, y se decidió la publica­ción de los Opúsculos.

El primer número, con fecha 9 de septiembre de 1833, era de Newman, que no había participado en la reunión de Hadleigh aunque se había man­tenido en contacto con ella y había recha­zado la idea de la propuesta asociación, convencido de que la Iglesia necesitaba en aquel momento que se hablara alto y claro, lo cual sólo podía hacerse individualmente, aunque actuando todos según un plan pre­fijado.

En el primer opúsculo, escrito con la convicción de que la antigua religión había desaparecido casi por completo del país a causa de los cambios políticos de los últimos 150 años, sostenía que era necesario restablecer la doctrina de la sucesión apos­tólica y el poder de absolución de los pe­cados.

En los opúsculos que se sucedieron rápidamente y alcanzaron una amplia difu­sión se trataron los siguientes temas: la verdadera y esencial naturaleza de la Igle­sia cristiana, su relación con las épocas pri­mitivas, su autoridad, su política y gobier­no, las objeciones corrientes en Inglaterra a sus doctrinas y ceremonias, la duración de los rezos, el servicio fúnebre, las modifi­caciones propuestas en la liturgia, la blan­dura de su disciplina, los pecados, la corrup­ción de todas las ramas del cristianismo.

Hacia finales de 1834 se recogieron los pri­meros 46 opúsculos en un volumen, con una Advertencia inicial en la que se expli­caba claramente que su fin era el de hacer revivir esas antiguas doctrinas que habían casi desaparecido en la Iglesia.

Cuando, al poco tiempo, Pusey se unió al movimiento, los opúsculos cambiaron de forma; de breves escritos incompletos, a menudo rápidos apuntes, pasaron a ser ensayos en forma, cuidadosamente compuestos.

Los números 67, 68 y 69, obra de Pusey, formaron juntos un volumen de aproximadamente 300 pá­ginas, dedicado al bautismo. Después de Newman, Pusey fue el colaborador más importante de los tratados.

El número 80, de Williams, sobre la Reserva en la ense­ñanza religiosa, hizo cundir la alarma y acentuó la acusación de que el movimiento quería, disfrazadamente, introducir el ca­tolicismo romano.

Pero el número que mayores protestas suscitó fue el 90, publi­cado el 27 de febrero de 1841. En el mismo, Newman sostenía la tesis de que los céle­bres 39 artículos de fe aprobados en 1562 y que constituían la base de la Iglesia an­glicana, si se les interpretaba bien no con­trastaban realmente con la doctrina cató­lica, sino que tan sólo querían corregir sus desviaciones y los abusos de las prác­ticas religiosas, y que tampoco las defini­ciones del Concilio de Trento quedaban directa e intencionalmente contradichas, tesis ésta que, por lo demás, ya sostuvieron los teólogos anglicanos del siglo XVII.

El movimiento que, por lo menos en sus orí­genes, quería seguir un camino medio entre el protestantismo y el catolicismo, desem­bocó de este modo a una toma de posición que, aunque siendo siempre anglicana, era abiertamente favorable a la Iglesia católica.

Este escrito de Newman recibió una inme­diata condena por parte de las autoridades académicas de Oxford, el 15 de marzo, aun antes de que su autor tuviera tiempo para defenderse. Contra otros, las medidas fue­ron todavía más draconianas; a William se le negó la sucesión a Keble como profe­sor de poesía; William George Ward (1812- 1882) fue despedido, al principio, como lec­tor de matemáticas, y en 1845 se le quitó el grado académico.

Esto provocó una esci­sión: mientras algunos, como Pusey, si­guieron en la Iglesia anglicana, otros siguie­ron el ejemplo de Newman y se hicieron católicos.

B. Cellini

Opúsculos Morales, Giacomo Leopardi

[Operette morali]. Diálogos y prosas de Giacomo Leopardi (1798-1837). Los tres pri­meros se publicaron en la «Antología» en enero de 1826; hacia fines de junio de 1827 se publicó en Milán un volumen que com­prendía los veinte primeros.

La segunda edición se publicó en 1834, en Florencia; contenía los veinte opúsculos de la edición milanesa más dos nuevas; la tercera edi­ción (1835) no obtuvo el «publicetur»; con todo, circularon algunos ejemplares; fueron reimpresos, según el propósito del autor, por Ranieri, en la edición de las Obras de Leopardi de 1845.

Obra de poesía surgida del desprecio de la civilización presente y de la filosofía optimista, no menos que del culto de una antigüedad cada vez más mítica, los Opúsculos morales, en trabaja­dos diálogos, ofrecen a veces las papeletas de hechos mitológicos o de noticias insó­litas que habían agradado a Leopardi y con las cuales había ordenado sus prime­ros estudios, como el Ensayo sobre los erro­res populares de los antiguos (v.).

Leo­pardi escribió a su padre que había querido hacer «poesía en prosa»; pero otra vez ha­bía pedido que sus Opúsculos fuesen publi­cados «en su unidad y su conjunto sistemá­tico» y había declarado que eran «cosa filo­sófica, aunque escrita con aparente ligereza».

Con todo, nosotros hallamos en ellos el análisis de estados de ánimo, una redac­ción lírica, una narración fabulosa en el ambiente de antiguos mitos. Los temas del origen del mundo y del amor, y hasta de la muerte del universo; los temas del tiem­po y del espacio, del placer y del dolor, y del tedio, están como traducidos en paisa­jes cósmicos, desde el de la Historia del género humano hasta el Diálogo de Hércu­les y de Atlante, el Cántico del gallo sil­vestre, al Coro de los muertos, en el año grande y matemático.

La filosofía en los casos más felices está en él absorbida y disuelta y se ha convertido en poesía. Se entiende que hay también una fuente de sombras que aquí y allí oscurece los Opúscu­los y lo que en ellos es caduco, aquel sen­tido arcaico que se advierte aun en su len­guaje, un poco arcaico hasta para el tiempo de Leopardi, todo ello es debido a la lucha polémica de la filosofía, que se empeña en mostrar la infelicidad y la vanidad de la vida.

Y ya el primer contacto con ese filó­sofo no es ciertamente cordial ni amistoso. Será, pues, necesario mirar cara a cara a aquel hombre que dice tan desoladoras pa­radojas y tan agrias a veces; y descubrir hasta en el tono de su voz la cordialidad que las palabras parecen negar; será menes­ter descubrir esa alma tierna que con las teorías desconsoladas se «engaña» y se ol­vida a sí mismo.

Porque Leopardi filósofo ha asumido la más ingrata de las misiones entre los hombres. Después de haber afir­mado las ilusiones que providencialmente esquivan la amarga verdad, se encargó de demostrar a los hombres, con los silogismos de una razón a la que él ha declarado in­eficaz e inepta para la vida, la infelicidad del vivir, se encarga de arrancar él mismo de los ojos humanos el velo que embellece las cosas.

Y así sucede que cuando no cede a la poesía, su expresión se torna rígida, pierde toda blandura, y no tiene siquiera la agudeza espléndida que se observa en ciertas áridas páginas de filósofos. Pero nos­otros entre los Opúsculos buscaremos aque­llos en que sobresalen la invención lírica y la ternura humana; los poderosos y glo­riosos motivos de mito; la sustancia poética, que, ciertamente, es más rica aunque no más pura, que la de los Cantos.

De la His­toria del género humano, con que se abre el volumen, como de otras obritas, se podría decir que fue pensada en poesía y tradu­cida en prosa; es un paisaje del mundo ha­bitado por los primeros hombres «creados por todas partes a un mismo tiempo, y todos niños»; con el deseo de infancia tanto del hombre como del tiempo, con su conso­lador fantasma del Amor y, en fin, con el verdadero amor que de cuando en cuando desciende sobre la Tierra.

Y he aquí la gigantesca fantasía de Hércules y Atlante, que juegan a la pelota con el mundo, en un paisaje astral, obtenido con los procedimien­tos verbales más sencillos y, como el pai­saje cósmico, de manera tan sobria y casi callada se despliega ante la vista, también las palabras de Atlante y Hércules, y prin­cipalmente de este último, petulante, alegre y algo sardónico, resuenan en un medio atónito, como es la más vasta cúpula ce­leste que el hombre puede imaginar sobre los horizontes.

Demasiado erudita es la risa que surge del Diálogo de la Moda y de la Muerte, esas dos hermanas nacidas am­bas de la Caducidad. Su «naturaleza y usan­za común consiste en renovar continuamente el mundo», la Muerte arrojándose sobre las personas y a la sangre, la Moda contentándose cuando más en las barbas, en los cabellos, en los vestidos, en los mue­bles, en los palacios y en cosas por el es­tilo.

La Moda colabora en convertir en siglo de la Muerte el presente, a acrecer el «Estado» de la Muerte en la Tierra. De­trás de- estas dos figuras que hablan co­rriendo, se crea un paisaje de colores lúgu­bres y fantásticos.

La propuesta de premios hecha por la Academia de los Xilógrafos desarrolla y dilata en opúsculo una ocu­rrencia ingeniosa: aunque se le busque a precio de oro, no se encuentra en el mundo un amigo verdadero, un hombre capaz de empresas virtuosas y magnánimas, una mu­jer fiel y la felicidad conyugal; es menester, pues, en un siglo de máquinas, inventarlos fabricando tres autómatas.

Y, ahora, des­pués del diálogo menor de Salustio y de un lector, Leopardi vuelve nuevamente al pai­saje cósmico con el Diálogo de un Duendecilio y de un Gnomo, en un tiempo mudo y lejano de donde ha desaparecido todo rastro de hombre.

Esta visión es deslum­brante y solar; la fantasía jocosa subyuga al razonamiento y lo compone en un fu­gado feliz, más allá de las argumentaciones; la ironía se representa líricamente, cuando imagina en un mundo difunto la justa de grandeza que hacen un duendecillo y un gnomo, cada uno de los cuales afirma que el mundo está hecho para su especie, mientras que el hombre desatinaba al decir que estaba hecho para él.

Después, he aquí a Malambruno y Farfarello, pretextos para remachar que no vivir es mejor que vivir, pero ello en páginas etéreas y aladas. La fantasía se embota en el Diálogo de la na­turaleza y de un alma, razonado todo sobre la infelicidad, mayor en los grandes hom­bres, que en los -demás; se aclara en el Diálogo de la tierra y de la luna, donde se afirma la infelicidad de todos los planetas.

Y, con todo, la belleza, y las maravillas, y las fábulas del universo la levantan como en una bella danza. El diálogo de un físico y de un metafísico, sereno pero no vigoroso en el razonamiento, se aviva al recuerdo de antiguas fábulas.

Al físico que descubrió el arte de vivir largos años, el metafísico ob­jeta que si la vida no es feliz nos conviene más que sea breve que larga; y le declara que la naturaleza de los hombres hace que vida e infelicidad no puedan dejar de acom­pañarse.

Menos feliz es el Diálogo de la Naturaleza y un irlandés, en su sustancia razonadora sobre el padecimiento de la vida; pero no está privado de imágenes y descripciones hermosísimas. El Diálogo de Torcuato Tasso y de su genio familiar, uno de los opúsculos más notables, significa­tivos y ricos de Leopardi, como síntesis de todas sus teorías, es una fantasía angustio­samente bella.

Aun en su trama de razona­mientos que no convencen subsiste la vi­veza de los afectos que lo armoniza en todos sus aspectos. En este diálogo se abordan cuestiones metafísicas cuya solución, si se aceptase, quitaría todo valor a todas las construcciones leopardianas en que se dis­tingue la verdad amarga de las ilusiones y el dulce imaginar.

Aquí está la teoría de la vida como un estado de violencia; aquí la teoría del teórico, aquí la de la habitua­ción; todas más o menos falaces y todas ricas en humana ternura; aquí tenemos, además, la consoladora página acerca de la soledad. El diálogo está dominado por un sentimiento sincero, inspirado por un poeta patético e infeliz a quien Leopardi amaba, y en una cordialidad imaginativa que de improviso se apodera de nuestro ánimo.

Después, el Diálogo de Timandro y de Eleandro es una elocuente defensa de los Opúsculos, en que se toca un tema poéti­camente profundo: la infelicidad no ya de los vivos, sino de los muertos. Brillante como un mármol negro el Parini o de la Gloria; de una inteligencia y agudeza vagas, monótonas.

Es un razonamiento sobre la vaguedad de la gloria, sin que sea alcan­zado el significado filosófico de esta pala­bra: acuerdo en quien busca la «gloria», entre la propia obra y la moralidad del mundo, .agradecimiento a la universal pro­videncia de habernos confiado una alta misión.

Pero está a la vista el Diálogo de Federico Ruysch y de sus momias: y se oye el coro de los muertos. Las momias, las cuales, cumplido el año matemático, re­sucitan por un cuarto de hora y hablan de la vida, son un placentero absurdo.

Aunque de tan macabra materia, este diálogo se halla entre los más imaginativos de Leo­pardi, y no produce cansancio, como otros suyos de materia mucho menos fúnebre. Este diálogo se propone un tema’ desespe­rado e insoluble: si la muerte es dolorosa.

Leopardi lo concluye poéticamente compa­rándolo con el dormirse. La resplandeciente prosa de Filippo Ottonieri no basta para crear una gran figura. Dicen que Leopardi se ha dibujado en él; acaso, pero es un Leo­pardi que no ha escrito los Cantos ni los Opúsculos.

Con el Diálogo de Cristóbal Co­lón y de Pedro Gutiérrez la fantasía poética vuelve a emprender el vuelo: la imagina­ción se sirve de formas razonadoras, pero éstas no la ahogan; y su prosa es afectuosa y humanísima. La escena nocturna de Colón y de Gutiérrez, que, en alta mar, sobre una frágil carabela, hablan del motivo que im­pulsa al navegante a buscar nuevas tierras, para vencer el hastío y amar la vida, ha­llándose a cada punto en peligro de muerte, puede imaginarse todo por las sencillas palabras del comienzo: «Hermosa noche, amigo».

El Elogio de los pájaros, opúsculo famoso por su prosa, tiene una virtud propia popular, aun en su trabajadísima forma. En uno de los pasajes se lee una breve teo­ría de la risa, como una «locura no dura­ble o de desvarío y delirio», puesto que los hombres, «no estando satisfechos, ni siendo deleitados por cosa alguna, no pueden ha­llar causa que sea razonable y justa».

Poe­sía en prosa es el Canto del gallo silvestre, en todos sus momentos en que acoge, aun­que sea en forma negativa, espectáculos y afectos de la naturaleza. El Diálogo de Plotino y de Porfirio vuelve a tomar los temas de la infelicidad, del aburrimiento y de la legitimidad del suicidio. En fin, el Copérnico, con aquellos diálogos entre el Sol y el oro, entre Copémico y el Sol, es una alegre ironía contra los filósofos que decla­ran al hombre rey del universo.

Leopardi está en un momento de gran inspiración, y ha transportado poéticamente a una esfera de fábula mítica su sonriente humor acerca de la vanidad humana. Filosóficamente los Opúsculos podrían condensarse en un solo diálogo, en pocas páginas; pero líricamente son temas y variaciones de innumerable fertilidad, y aquí está su eterna razón de ser. [Trad. parcial por Ciro Bayo, en Prosa y pensamientos (Madrid, 1904); trad. de Luis Cánovas bajo el título de Diálogos filosóficos (Madrid; 1919), y de Álvaro Mar­tín con el título Diálogos (Madrid, 1941)]. F. Flora

La imaginación está excluida de esta prosa, como fuerza del espíritu, generadora de ilusión y contraria a la verdad. Pero está en ella en forma de mito o de fábula, como velo debajo del cual se transparenta el pensamiento o con una luz fantástica de la que brota el razonamiento. (De Sanctis)

Los Opúsculos morales son prosas de aque­llas que, como hubiera dicho el Dante, van royendo, capa por capa, el corazón y el cerebro de donde salen. (Carducci)

El más grande prosista del siglo. (Nietzsche)

Algunas veces, al leer los diálogos de los Opúsculos morales, se presentan con insistencia al recuerdo ciertos otros «Dialoguitos», pergeñados por la pluma reaccionaria del conde Monaldo, y se siente esta seme­janza no sólo en la común predilección lite­raria por aquel género académico, por aque­llas tan abusadas imitaciones de Luciano, por aquellos «avisos de Parnaso», sino tam­bién en su espíritu estrecho, retrógrado, reaccionario, por antipatía hacia lo nuevo y viviente. (B. Croce)

Oración Fúnebre, Anónimo

[Halotti Beszéd]. Es el primer monumento lingüístico húngaro con sentido completo. Fue escrito hacia 1200, en el sacramentarlo llamado más tarde Códice Pray.

Consta de dos partes: la pri­mera es el sermón propiamente dicho, de treinta y dos líneas; la segunda, de seis líneas, es la plegaria, lo menos medio si­glo posterior. La Oración comienza con fra­ses concisas y bien formadas: «Bien veis con vuestros propios ojos, hermanos, lo que somos: sólo polvo y cenizas».

La gracia de Dios colocó al hombre en el paraíso, pero, con el fruto prohibido, comió la muerte para sí y para sus hijos. Nadie puede evitar la tumba. Este escrito constituye la fuente más importante para el conocimiento de la lengua húngara antigua, no muy distinta de la moderna, aunque ésta se haya enri­quecido durante los 700 años posteriores.

El texto, aparte alguna palabra hoy muerta, todavía es inteligible. No se trata de una traducción, sino de una recomposición li­bre; por eso gramaticalmente no es tan lati­nizante como numerosos textos traducidos más tarde.

M. Benedek