Del Origen y Principio de la Lengua Castellana, Bernardo de Alderete

Obra del gramático español Bernardo de Alderete (1565-1645), publicada en Roma en 1606 con el título Del origen y principio de la lengua caste­llana o romance que hoy se usa en España.

Consta de tres libros. En el primero se ocupa de la base latina de la lengua española, señalando el proceso de la romanización de la península; en el segundo señala el ori­gen del romance, y dedica el tercero al vocabulario, indicando la procedencia grie­ga, hebrea, germánica y árabe de algunos vocablos españoles.

Hay en ella noticias so­bre los nombres que recibió España y datos sobre la historia de la isla y ciudad de Cá­diz, Ávila, Toledo, Yepes, Escalona, Sevilla, el río Betis, Granada, etc., y hasta referencia al origen del nombre del Perú.

A esta modalidad de las antigüedades locales dedicó otra de sus obras, aparecida en Amberes, en 1614. Realmente constituye esta obra un ensayo de historia científica de los orígenes remotos de nuestra lengua, destacando esen­cialmente los de carácter latino.

Aunque los gramáticos de esta época son más pre­ceptistas que filólogos, hay en este libro observaciones dignas de consideración. Ra­fael Lapesa señala las referentes a la trans­formación de los sonidos latinos al pasar al romance, en un anticipo de leyes fonéticas, confirmadas después por la lingüística mo­derna.

Igualmente son de notar sus ideas sobre la diversidad del lenguaje dentro de una misma lengua, expuestas en el libro II, capítulo VIII, cuyo aire tan moderno, juzga Amado Alonso, las hace merecedoras de ser suscritas por un Charles Bally.

Por todo ello Alderete, pese a las naturales deficien­cias propias de un precursor, merece un lu­gar destacado en la lingüística, por haber trazado algunas de las bases que en el si­glo XIX desarrollarían satisfactoriamente tanto la gramática histórica como la gramá­tica comparada.

Algunas de sus ideas fue­ron utilizadas por Correas, y aunque hoy esté injustamente olvidado, alcanzó un mo­mento de curiosidad en el siglo XVIII y co­mienzos del XIX.

M. García Blanco