El Paraíso Perdido, John Milton

[The Paradise Lost]. Poema biblicorreligioso en doce libros de John Milton (1608-1674), publicado en 1667. Satanás (v. Diablo), el ángel rebelde, expulsado del cielo, arrastra en su caída a los otros ángeles rebeldes.

Repuesto de su derrota y aliado con Belcebú, convoca a los ángeles caídos para reorganizar los ejér­citos. Les arenga animándoles y prometiéndoles la reconquista del paraíso y les revela una profecía, oída en el cielo, acerca de la creación de un nuevo mundo, la tierra, y de un nuevo ser, el hombre.

Abandonada la idea de un asalto al paraíso, Satanás decide ocuparse personalmente de esclarecer el sen­tido de la profecía. Tras grandes esfuerzos, consigue salir del infierno y atraviesa el gran golfo que existe entre éste y el cielo, guiado por el Caos, señor de aquel lugar.

Llega por fin Satanás a la vista de la tierra. Dios predice a su Hijo que el demonio perver­tirá al hombre y que Él no lo podrá impe­dir, puesto que el hombre está dotado de libre albedrío. Después del pecado, el gé­nero humano perecerá si no hay nadie que se quiera sacrificar por él; y el Hijo se ofrece a sí mismo para rescatar a la huma­nidad.

Entretanto, Satanás, bajo forma de un ángel menor que quiere contemplar el nuevo mundo, pasa por el Sol y llega hasta la cumbre del monte Nifate; tras algunas dudas, consigue penetrar en el Edén, y transformado en ave, se coloca sobre el árbol de la vida, desde donde puede con­templar las bellezas del divino jardín.

Sa­biendo que Adán y Eva tienen prohibido comer el fruto del árbol de la ciencia, se acerca en sueños a Eva (v.) para tentarla; pero el arcángel Gabriel, advertido por Uriel, rey de la esfera solar, de la presencia del demonio, sorprende a éste en su intento y después de una áspera discusión, Satanás huye cuando ve aparecer una señal ce­leste.

Por orden de Dios el arcángel Ra­fael hace la última admonición a Adán (v.) y Eva: les revela la presencia del demonio y sus intentos explicándoles la historia de su rebeldía, la batalla entre ángeles rebel­des y ángeles fieles, con la final derrota de los primeros, que fueron precipitados en el oscuro báratro del Caos.

Les cuenta después la creación del mundo, realizada por el Hijo de Dios por voluntad del Padre, quien, ex­pulsados los rebeldes, quiso crear un nuevo mundo y unos nuevos seres. Adán quisiera conocer qué leyes presiden los fenómenos celestes, pero el arcángel le exhorta a que recurra al auxilio del divino don de la ra­zón.

Acepta Adán este consejo y recuerda al arcángel sus conversaciones con Dios acerca de su soledad y de la naturaleza social del hombre, y del deseo de una com­pañera, deseo otorgado por Dios con la crea­ción de la mujer. Rafael, después de darle nuevos consejos y recordarle el precepto divino, regresa al cielo.

Satanás, entretan­to, vuelve al Edén bajo forma de niebla, se introduce en la serpiente y se acerca a Eva, que ha querido permanecer sola para probarse a sí misma. Pero la serpiente, con finísimos halagos, consigue que Eva coma el fruto prohibido; después ella misma se lo ofrece a Adán, que cae también en el pe­cado, vencido por la tristeza y a la vez por el deseo de acompañarla.

Informado Dios por los ángeles guardianes del Edén, pro­nuncia contra los pecadores una severa con­dena mientras la Muerte y la Culpa, visto el éxito de Satanás, deciden subir al mundo habitado por el hombre tendiendo un puen­te gigantesco sobre el Caos. Eva intenta en vano consolar a Adán en su desesperación.

El Hijo de Dios, intercede junto al Padre, el cual ordena que Adán y Eva sean expul­sados del Paraíso y les sea revelado lo que les espera. El arcángel Miguel cumple la orden. Adán, después de haber implorado perdón inútilmente, acaba por resignarse.

Miguel predice la encarnación, la muerte y resurrección del Hijo de Dios para salvar a la humanidad; y Adán, consolado, se di­rige en compañía de Eva (consolada ya por un sueño) hacia la salida del Paraíso. De­trás de ellos está la espada llameante del arcángel, mientras se cierran las puertas del Paraíso y un ejército de querubines monta guardia a la entrada del jardín di­vino.

Una poderosa vena de poesía discurre por la continua y grave música del verso de este gran poema, en el que se manifies­tan las ideas religiosas, políticas y sociales del Milton puritano, heterodoxo, y mate­rialista cristiano, y en el que se trasluce el deseo de cantar las cosas altas y esenciales junto con el deseo de justificar ante los5 hombres los caminos del Señor.

Las influen­cias italianas son constantes en el poema, no sólo en el estilo y en el lenguaje, que se resiente del léxico y de la sintaxis ita­liana del siglo XVI, sino especialmente en una exaltación del hombre que aparece como protagonista ideal de la gran tragedia metafísica. En este aspecto enaltecedor es preciso ver, si no la influencia sobre Milton del Adán (v.) de Andrieni, sí aquella secre­ta e inadvertida influencia del espíritu he­roico de la Contrarreforma.

Ahora bien, este heroísmo barroco empeñado con espí­ritu polémico en colocar la criatura huma­na como centro del universo, es llevado por Milton inconscientemente a sus extre­mas posibilidades, hasta el punto de hacer vivir por sí mismo y encontrar más en Sa­tanás que en Adán a su simbólico repre­sentante.

Si el drama del primer hombre aparece tratado por primera vez con verda­dera penetración psicológica, aquello que en él hay de grandiosamente rebelde viene representado y glorificado en la figura del ángel caído.

A la exaltación de la capaci­dad humana de culpa y redención, caracte­rística del siglo XVII, se le añade así la exaltación de la rebeldía humana que anun­cia el Romanticismo. Milton no pudo llegar a este punto, pero lo intuyó, y quiso fijar todos estos motivos dentro de la grandio­sidad de una tragedia cósmica, en la que su angustiado espíritu religioso supo encontrar la profunda poesía.

Entre los ilustradores de El paraíso perdido debemos recordar a Gustave Doré (1833-1883) y William Blake (1757-1827), cuyo «Satanás convoca a sus legiones» tiene una fuerza que recuerda a Miguel Ángel. [Trad. castellana de Juan de Escoiquiz (Toledo, 1812), Benito Ramón de Hermida (Madrid, 1814), Cayetano Rosell (Barcelona, 1873), y catalana de Josep M.a Boix i Selva (Barcelona, 1950-51)].

E. Allodoli

Poema extremoso por su monstruosidad y sublimidad. (Bettinelli)

La razón por la cual Milton escribía pe- nosamemte cuando trataba de Dios y de los ángeles, la razón por la cual escribía libre de toda traba al describir el demonio y el infierno, consiste en que él era, sin saberlo, un verdadero poeta y, por lo tanto, del partido del diablo. (Blake)

El único poema de los tiempos modernos que se puede comparar con el Paraíso per­dido es La Divina Comedia. (Macaulay)

 Parece un signo de la edad fantástica que termina y de la edad de la prosa y del genio práctico que empieza, sustituyendo la metafísica por la moral. (Taine)

La verdadera magia del poema tiene su paralelo en el temperamento del poeta, en su espíritu profundamente melancólico y lleno de desprecio por el mundo que lo en­vuelve todo con su sombra. (Treitschke)

 El arrebato que se experimenta en alguno de sus versos más hermosos, es semejante a aquel que experimentamos con algunos versos de los poetas italianos del «Cinquecento». (Croce)

El Paraíso de los Alberti, Giovanni Gherardi

[Il Paradiso degli Alberti]. Con este título dado por el primer erudito moderno que lo publicó (tomándolo del nombre de la «villa» florentina de un personaje de la obra, Antonio degli Alberti) es denominada una pro­lija novela en prosa del pratense Giovanni Gherardi (nacido hacia 1367, muerto entre 1442 y el 1446) y que él, anciano ya, dejó probablemente incompleta.

La obra es más que otra cosa un documento muy intere­sante como crónica de su tiempo, de la vida cultural y política del primer Renaci­miento florentino. Después de varias ima­ginaciones mitológicas (como un fabuloso viaje a Creta y a Chipre, reino de Venus, en que se habla largo y tendido acerca de héroes y proezas de amor) es introducida en el desigual relato una placentera com­pañía de doctos que en el año 1389, entre bromas y varias diversiones, discuten de filosofía, de problemas diversos y de polí­tica.

Las reuniones se efectúan ya en Campaldino, en la villa del conde Carlo Poppi, ya en Florencia, en la mencionada en el título del libro. En su conjunto la obra, a pesar de algún episodio bastante vivaz y divertido, es harto monótona. Se sitúa en la gran tradición novelística que va a pa­rar al Decamerón (v.).

C. Cordié

El Paraiso de las Damas, Émile Zola

[Au bonheur des domes]. Novela de Émile Zola (1840-1902), undécima de la serie de los Rougon-Macquart (v.), que, publicada en 1883, resultó una de las menos obsesionadas por las intenciones doctrinarias, aunque también esté dominada por la clara inten­ción de ofrecer, a través de la sencilla tra­ma, un preciso cuadro de vida social.

Dionisia, jovencita sencilla y graciosa, por la inesperada muerte de sus padres se ve obli­gada a abandonar la nativa Valognes, donde su familia tenía una pequeña mercería, y se dirige a París con sus dos hermanos, Juan y José, a quienes hará en adelante de madre, confiando en la ayuda de su tío Baudu, también mercero, emigrado hace tiempo a la capital, donde se dice que ha hecho fortuna.

Pero no tarda en advertir que, por el contrario, su tío está al borde de la ruina: suerte general que espera a todos los nego­ciantes de los diversos géneros de mercería del barrio; todos quedarán inexorablemente arruinados por la despiadada competencia de unos nuevos grandes almacenes dirigidos y planeados con modernísima audacia e ideas grandiosas por un joven hombre de negocios meridional, Octavio Mouret.

Éste, atre­vido y despreocupado, ha pasado con des­envoltura casi cínica de un éxito a otro y está persuadido de que el porvenir del co­mercio radica en la organización en amplia escala: en las grandes empresas capaces de lanzar al mercado cantidades increíbles de artículos de moda a un precio cada vez más bajo, que capten con su variedad y facilidad al gran público femenino de París, con una mercancía cuyo brillante as­pecto sea a costa de la solidez tradicional.

Afortunado conquistador, Mouret aprovecha su mismo conocimiento de la psicología femenina y se procura también accionistas y aliados mediante dos amantes suyas; sin embargo, está dispuesto a abandonarlas cuando ya no le sirvan.

Después de algu­nas tentativas inútiles, la misma Dionisia se ve obligada a entrar, con gran dolor de su tío, como empleada, en el «Paraíso de las damas». Allí la ingenua provinciana, con su tímida gracia y su innato orgullo, sus­cita la simpatía de los hombres y los odios y rivalidades de las mujeres.

Pero lucha valerosamente y consigue al fin vencer en la dura contienda por su vida y la de sus hermanos. La mayor dificultad surge de su corazón; desde los primeros días ama y ad­mira a Mouret, quien sin saberlo es también presa de la inesperada finura y la so­berbia sencillez de la muchacha.

Cuando Mouret se dirige a ella con la acostumbrada franca brutalidad que adopta en casos similares, ella, a pesar de todo, encuentra la fuerza para rechazarlo, angustiada, no resig­nándose a la idea de ser para él sólo una aventura. El hombre sufre durante mucho tiempo y aquel sufrimiento le transforma y suaviza; admira cada vez más a Dionisia que, mientras tanto, se ha consolidado y al­canzado un alto cargo en el negocio, y la lucha larga y tormentosa termina felizmente con el casamiento.

La descripción del gran almacén, que quisiera ser el tema del libro, si bien conducida con penetrante inteli­gencia, resulta algo mecánica y pesada, aun­que variada por las muchas figuras y aven­turas secundarias. Pero la parte más viva de la novela es la sencilla historia de amor de Dionisia, figura captada y tratada con ex­trema delicadeza, con una sencillez de . sen­timiento que nunca degenera en sentimen­talismo.

M. Bonfantini

El Paraíso Edén, Àbdîsho bar Berîkhâ

Título de una co­lección de cincuenta poesías en lengua si­ríaca del escritor siriaco nestoriano Àbdîsho bar Berîkhâ (o Ebediesu, m. en 1318), compuesta en 1290-91.

La colección se divide en dos partes. Ha sido comentada, presen­tando no pocas dificultades para su recta comprensión, por el mismo escritor en un comentario terminado en 1316. El autor se revela en esta obra poética imitador de las Maqamāt (v.) del poeta árabe al-Harirī, sorbre todo por la artificiosidad del estilo que caracteriza estas poesías. Edición de Cardahi (Beirut, 1889).

G. Furlani

Los Paragreens en París, Giovanni Ruffini

[The Paragreens on a visit to Paris]. Narración humorística de Giovanni Ruffini (1807-1881), publicada en Edimburgo en 1856.

El autor nos narra las aventuras de una simpática familia inglesa que llega a Francia en agos­to de 1855 para visitar la primera Exposi­ción Universal de París. El padre, Mister Sylvester Paragreens, negociante retirado después de haber hecho una gran fortuna en el comercio del corcho, es un excelente hombrecillo sin pretensiones; su mujer, Dora, por el contrario, enérgica e irascible pero de excelente corazón, imita en el ha­blar y en el vestir las maneras de una clase más alta.

Con sus cuatro hijos, dejan su tranquila villa de Peckham para emprender un viaje a París. En la ciudad, desbordante de gente, empieza la búsqueda de un aloja­miento; la obsesión de los Paragreens de juzgarlo todo — ya todos — equivocadamen­te, unida a su ignorancia e inexperiencia, provoca una serie de equívocos y ridicu­leces, que soportan con alegría, en especial Sylvester. Por otra parte, ,su deseo de co­dearse con gente de elevada posición les hace vivir diversas aventuras, y varias ve­ces son estafados por oportunistas.

Final­mente la añoranza de su tranquilo hogar gana la partida, y París es abandonado sin pena. Muy distinta por su naturaleza y forma de las principales novelas de Ruffini, esta obra se enlaza con aquéllas por la serenidad y sencillez de alma del escritor, que se refleja tanto en ésta como en las otras.

Es una sátira que bromea benévola­mente con los obstinados prejuicios de la burguesía inglesa, sobre el predominio de su «yo». Por su estilo fresco y espontáneo, por su claro sentido del «humor», Ruffini debe mucho a Dickens.

A. S. Casalegno