Pasado y Pensamientos, Alexander Ivanovic Herzen

[Byloe i dumy]. Autobiografía del escritor y hombre político ruso Alexander Ivanovic Herzen (en ruso Gercen; 1812-1870), cuya primera parte, bajo el pseudónimo de Iskander, fue publicada en Londres en 1861 en la «Libre Tipografía Rusa».

Obra clásica de la litera­tura rusa, digna de ser colocada junto a las más grandes y famosas memorias de la lite­ratura de todos los tiempos, no sólo por la importancia de la vida de su protagonista y de la época, sino también por la perfección estilística de su prosa.

Abrazando un perío­do que va desde la campaña de Napoleón en Rusia hasta la víspera de la Comuna de París, la obra de Herzen, cuya vida de revo­lucionario se desarrolló en contacto o en oposición con las más grandes personali­dades políticas e intelectuales no sólo de Rusia, sino también de Italia, Francia, Ale­mania, Inglaterra, Polonia y Hungría, pre­senta un cuadro grandioso del complejo movimiento espiritual de uno de los perío­dos más interesantes y complicados de la historia mundial: una galería de vivos y singulares retratos, entre los cuales se cuen­tan los de Mazzini y Garibaldi que fueron tan queridos de Herzen, sobre todo por el idealismo romántico de sus actividades, con las que el revolucionario ruso había ali­mentado su propia juventud.

Característica fundamental de Pasado y pensamientos es la excepcional sinceridad del narrador, ya sea para consigo mismo o ante los hombres y los acontecimientos, que le aproxima, en esto, a Tolstoi; pero una clara diferencia de carácter distingue a los dos escritores, porque mientras Tolstoi estaba animado por una clara tendencia moralizadora, Herzen huyó siempre de toda forma de admonición, en la que habría podido resolver la profunda gravedad y pasión de su temperamento fren­te a los problemas de la vida.

La riqueza de experiencias interiores y de intensa acti­vidad política y revolucionaria que caracterizan la vida de Herzen proporciona ade­más un precioso tributo al proceso histó­rico de las ideas del siglo XIX a través de un colorido psicológico totalmente parti­cular, dada la excepcional fuerza intelectual y espiritual con que el autor vive y juzga su propia época; y su prosa está animada por una fuerza expresiva que nace precisa­mente de esta sincera experiencia humana.

«Escribir así solamente sabía hacerlo él, entre los rusos», dice Turguenev respecto a Herzen: lo trágico y lo cómico, lo excelso y lo mezquino de la vida humana en todos sus aspectos y actitudes son recogidos y reproducidos por Herzen con un arte no in­ferior al arte con que un Turguenev o un Tolstoi supieron presentar los mismos mo­mentos históricos en novelas y narraciohes a cuyo nivel Pasado y pensamientos débe ser colocado y valorado.

E. Lo Gatto

Pasado y Presente, Thomas Carióte

[Past and Pre­senil. Obra politicosocial de Thomas Carióte (1795-1881), publicada en 1843. Impregnada, como todas las obras de Carlyle, de un sentimiento heroico de la vida, y de espí­ritu profètico, pero también con sus típicos defectos de amaneramiento y énfasis, y un estilo excesivamente estimulante que llega hasta la irritación, vio la luz en el año más trágico y paradójico de una Inglaterra flo­reciente de industrias y rebosante de rique­zas, pero envilecida por el pauperismo, por el paro de un millón y medio de indigentes socorridos a domicilio o en los ásilos de mendigos.

Como los economistas de la «Ri­queza de las Naciones» de la «Demanda y la oferta», del «Laissez faire, laissez passer», no tienen tiempo de ocuparse «también» de la equidad en la distribución de los sala­rios y la sociedad entera es falsa, dada a los placeres, artificiosa, las fuentes interio­res de la luz y de la vida están oscurecidas, secadas en los corazones, y el sentido moral embotado.

De la gran masa de la población se levanta un clamor que no proviene sólo de su hambriento estómago, sino de su espí­ritu asfixiado por falta de ideales, de cul­tura, de una voz para formular sus propias necesidades, de luz para ver su camino y de fuerza para seguirlo.

Ninguna reforma legislativa, ninguna ampliación del sufra­gio, ninguna ley sobre el trigo o sobre la emigración podrán remediar la escasez de corazones nobles, de almas heroicas. El fu­turo conferenciante sobre Los héroes.

El culto de los héroes (v.) no tiene más que una receta para el triste «Presente» : ser gobernados por los más sabios, por una aris­tocracia del talento, no por charlatanes que se contentan con embolsarse los salarios: por héroes… «Tú y yo, amigo mío, podemos en este mundo, de siervos empezar a ser dos héroes, y animar a los demás para que lo sean».

Para el mito de Midas, para el enig­ma de la Esfinge, la respuesta es: «Un cam­bio radical de régimen, de constitución, de vida, un nuevo cuerpo que hay que rea­nimar con un alma rejuvenecida, lo que no se logrará sin sacudidas convulsivas ni sin aflicciones». «Pero si vuestra nación tiene poca cordura…, iréis andando hacia la con­sunción. Al que no tiene, se le quitará lo poco que tiene»; «A tal pueblo, tal rey».

Para iluminar a los reformadores del «Pre­sente», Carlyle evoca la visión del «Pa­sado», personificado no en un gran soberano o legislador o rey de los negocios, sino en el mendigo Sansón, que llegó a ser abad de «San Edmundo», y en su comunidad de monjes, que con su conducta de estudio, trabajo y plegarias dan fe de lo que todos los tiempos necesitan con urgencia: «Esta vida terrestre, y sus riquezas y propiedades no son en sí mismas cosas reales, sino tan sólo la sombra de las realidades eternas e infinitas; este mundo finito no es más que un terrible emblema, que pasa y vuelve a pasar ante el gran espejo inmóvil de la eternidad; y la pequeña vida del hombre contiene deberes inmensos, que suben al cielo o descienden a los infiernos».

Volvien­do a la visión del «Presente», en el que el universo y Dios son un «quizás» y los hom­bres han perdido su alma, a pesar de lo cual «proclaman el derecho a ser felices», el autor se dirige especialmente a su país, «el más estúpido en el hablar, el más sabio en el actuar»; a sus «conservadores»; al mammonismo que se lamenta de la «super­producción»; a los propietarios de latifun­dios, que de sus campos no conocen más que la caza de la perdiz; a aquellos para quienes la nobleza consiste en el derecho de hacer sufrir a los demás, en vez del pri­vilegio de sufrir valerosamente por los de­más; a los demócratas que ven la esencia de la democracia en la liberación de la opresión por parte de los propios hermanos, aunque luego el hombre continúe esclavo de sí mismo, y proclama que la suprema necesidad para una nación es el de ser diri­gida por el camino mejor por los mejores, por «una aristocracia real, por un clero real».

Por esto, aunque no deje de invocar todas las reformas sociales de los «demócratas», la obra a fin de cuentas es una glorificación romántica de la Edad Media, en que «se pro-? clamaban reyes a los mejores y más sabios, y éstos…- escogían a los más sabios y mejo­res para administrar el país», idealización totalmente antihistórica.

Su panacea — que el pueblo «sea gobernado por una aristocra­cia real y por un clero real» — pareció ya a Mazzini y a Browning una petición de principio. ¿Quién producirá y elegirá a los mejores, si no el pueblo? ¿Y cómo escogerá, si él mismo no es ya «noble y sabio»? A tal pueblo, tal rey; el mismo Carlyle lo ha reconocido; por lo que Browning invocaba: «No nos mandes ya más gigantes, Señor, y levanta el nivel de toda la humanidad»; y Mazzini: «Dios y Pueblo: ahora y siem­pre», queriendo superar la concepción ro- manticoapocalíptica de Carlyle con una idea historicista del progreso espiritual de las masas. [Trad. española por Ricardo Blanco Belmonte (Madrid, 1903)].

G. Pioli

El Pasado Viviente, Henri de Régnier

[Le passé vi­vant]. Novela de Henri de Régnier (1864- 1936) publicada en París en 1905. Un historiador de edad ya avanzada, Charles Lauvereau, vive absorto en el pasado; indife­rente a la sociedad, a las mujeres del día, le encanta la vida del siglo XVIII con sus nobles elegancias, con sus gracias geniales.

Amigo del historiador es Jean de François, heredero de un buen nombre, que intenta escapar de la tiranía de su padre, el cual querría casarlo con una rica heredera ame­ricana e inducirle a vivir de un modo ver­daderamente noble y austero. El primo de Jean, Mauricio de Jonceuse, es más prosaico, más vinculado a la vida cotidiana, y acaba casándose con una jovencita reflexiva y romántica, Antoinette Saffry.

Un personaje importante es el conde italiano Ceschini, que después de abandonar una desenfrenada vida de placeres, vive desde hace años en­tregado a un amor apasionado que se ha resuelto en matrimonio. En esta atmósfera de lujo se van perfilando como héroes de la novela Charles y Jean.

El historiador poco a poco se deja vencer por una pene­trante pasión hacia una joven amante y aca­ba casándose con ella, abandonando sus investigaciones y entregándose a los fáciles triunfos del periodismo.

En cambio, el joven siente un interés cada vez más fuerte por el pasado: el hallazgo casual de la tumba de un antepasado suyo con su mismo nom­bre de pila, caído en Italia durante una campaña militar, incita a hacer vibrar en sí al «pasado viviente» y a no soñar más que en las pasiones lejanas y bellas de las que ya sólo quedan retratos, cartas y documen­tos.

Dentro de este sueño de felicidad, Jean acaba por experimentar una creciente sim­patía, que se transforma en pasión, por su nueva prima, Antoinette, la cual, después de una primera entrega, retrocede dolorida y asustada.

Jean, que ha presenciado la ruina de su familia después de la muerte de su padre, prende fuego al castillo y des­aparece para suicidarse ante la tumba del antepasado, en el lejano país de Italia, testigo de sus gestas y de su último latido de amor.

La novela, construida a base de una fiel descripción de caracteres y tenden­cias espirituales, parece un desfile de minia­turas como variaciones en torno del tema, exquisitamente literario: la nostalgia de un pasado armonioso y fascinante, ya lejano en el tiempo.

Régnier manifiesta una vez más su preferencia por las figuras ligeras y difusas, que van de pasión en pasión; y también, al recordar la figura de Casanova, renueva su admiración por la ciudad de Ve- necia, sus amores, sus lagunas, y por todas las maravillas de Italia.

C. Cordié

El Pasado, Georges de Porto-Riche

[Le passé]. Comedia en cuatro actos de Georges de Porto-Riche (1847-1930), estrenada en París el día 30 de diciembre de 1897.

Dominique Brienne, una escultora de mediana edad, ha ama­do apasionadamente a François Prieur, un seductor profesional que la ha abandonado después de muchas infidelidades. Ella rehace su vida, entre el arte y un círculo de amigos escogidos, a uno de los cuales tal vez acabe concediendo su mano.

El pasado vuelve, con una amiga joven que es ahora la amante de François; vuelve el tormento del amor, con los celos, con la presencia del hombre. Creyendo en una separación entre él y su nueva amiga, Dominique está a punto de ceder a la antigua seducción; cuando se entera de que todo era una fic­ción, y lo que él intentaba era conservarlas a las dos, todavía confía en ser ella la victo­riosa, alejar a la otra, como François le hace creer.

Pero una última y grosera ofen­sa del hombre (que la invita a una casa donde ha recibido a otras mujeres) la sepa­ra violentamente del eterno burlador, de­jándola destrozada, acabada. Junto con Ena­morada (v.), la otra obra maestra de Porto- Riche, es un ensayo típico de su «teatro de amor».

La protagonista es una vigorosa figura de apasionada y su drama nos re­cuerda bastante los de Racine, aunque en su amor, en el fondo puramente sensual, falte el resplandor de la resistencia y de la lucha moral. En el diálogo apenas insinua­do, la observación psicológica, algo insis­tente, y llevada con atención, es de una rara agudeza y de un estilo superior.

V. Lugli

Pasacalle, Johann Sebastian Bach

[Passacaglia]. Esta obra para órgano de Johann Sebastian Bach (1685-1750) es una danza lenta en tres tiempos, de origen ibérico, tomada principalmente de los músicos de los siglos XVII y XVIII. Su origen permanece oscuro.

El Pasacalle hubiera sido quizá una «farandola» si las graves costumbres de los nobles españoles no le hubiesen privado de una mayor agi­lidad y permitido tan sólo los movimientos extremadamente lentos.

Consiste en un tema de ritmo ternario que será utilizado como bajo «ostinato» en las múltiples variaciones que componen el fragmento, antes de expo­nerse de nuevo a manera de conclusión. El Pasacalle de Bach sigue escrupulosamente el plan establecido por otros ilustres auto– res como Buxtehude, Kerl, Pechelbel y An­dró Raison.

Y fue de este último además de quien tomó la primera parte del tema de su partitura. Sobre este tema, Bach ima­gina veinte variaciones cuya amplitud so­nora se acrecienta sin cesar con la adición perpetua de nuevos juegos del órgano. Usa del procedimiento habitual de las variacio­nes: variaciones rítmicas, deformaciones me­lódicas, cambio de valor de las notas; pero, sobre todo, confía el tema sucesivamente a diferentes teclados de su instrumento y le hace pasar del pedal a las voces superiores.

Todo ello sin modulación, sin abandonar el tono fundamental en do menor. Bach con­cluye su partitura con una fuga que inte­rrumpe el «ostinato». Este Pasacalle, por la complejidad de su registro, plantea proble­mas prácticamente insolubles a los organis­tas. Respighi ha realizado una orquestación que reproduce fielmente el pensamiento de Bach y da a la obra una amplitud que pocos organistas le llegan a comunicar.