Pascua, August Strindberg

[Pask]. Drama en tres actos del escritor sueco August Strindberg (1849- 1912),- publicado en 1901. La acción ocurre en una pequeña ciudad universitaria de Suecia meridional, dentro de una familia cuyo padre ha sido condenado por haber malversado los fondos de unos pupilos.

El hijo, Elis, profesor de instituto, está abru­mado por esta desgracia, mientras la ma­dre se obstina en defender la inocencia de su marido. Una hija de dieciséis años, Eleonora, está internada en un manicomio; no se habla jamás de ella en la casa. Elis está prometido con Cristina, con la cual piensa casarse el próximo otoño.

En el pri­mer acto es Jueves Santo: pesa sobre la familia la desgracia del padre; pero después del prolongado invierno el sol ha vuel­to, y una paloma blanca, delante de la catedral, ha dejado caer a los pies de Elis una ramita que llevaba en el pico.

Si por una parte estos hechos naturales, interpre­tados como signos y presagios, inducen a esperar cosas buenas, por otra las preocu­paciones se van acumulando: el principal acreedor, Lindkvist, ha ido a vivir precisa­mente allí cerca; uno de los pupilos del desgraciado padre, alumno de Elis, es sus­pendido en el examen de Latín ; un viejo amigo de Elis, Pedro, después de haber usado sus servicios para su tesis de docto­rado, ni siquiera le ha invitado al banquete de honor.

En medio de esta tristeza hace su aparición, con un lirio amarillo en la mano, Eleonora, la hija que no se nombra jamás, y con ella entran en el drama la parte visio­naria y sobrenatural. Al joven Benjamín, Eleonora declara: «Para mí no existe ni tiempo ni espacio: estoy en todas partes, en todo momento.

Estoy en la prisión de mi padre, en la clase de mi hermano, en la tien­da de mi hermana que está lejos, en Amé­rica. Cuando las cosas le van bien y vende mucho, siento su alegría; cuando le van mal, sufro; pero por lo general, sufro cuan­do ella no obra rectamente. Benjamín, tú te llamas así porque eres el más joven de mis amigos…; sí, todos los hombres son mis amigos… Si permites que te adopte, sufriré también por ti».

Esta telepatía se extiende más allá del mundo de los hombres. Siendo infeliz, sabe, cristianamente, difundir feli­cidad. En el segundo acto es Viernes Santo. «Todos tienen que sufrir, hoy que es Viernes Santo, para que recuerden los sufrimientos de Jesús en la Cruz».

Y en efecto, las som­bras se hacen cada vez más densas, nuevas desgracias se acumulan: se teme la visita de Lindkvist; Elis se siente torturado por los celos; y la misma Eleonora debe pagar con una sobreexcitación la culpa de haber entrado violentamente el día anterior en la tienda del florista para coger el lirio ama­rillo, aunque haya satisfecho su deuda de­jando el dinero encima de la mesa.

El acto se cierra con el presentimiento de un día más sereno: «Siento — anuncia Eleonora —, que va a salir el sol; siento que la nieve se funde». En el tercer acto es Sábado de Gloria. Al principio los sinsabores se agra­van aún más, si cabe: Elis sigue atormen­tado por los celos; el periódico lleva la noticia del robo del lirio pascual, lo que significará para Eleonora la prisión o el manicomio.

Luego las preocupaciones se di­sipan, una a una: el florista se presenta para decir que ha encontrado el dinero dejado por Eleonora. Luego entra Lindkvist, el acreedor. Aquí empieza la lección moral del drama.

Elis pide justicia; y Lindkvist le prueba que si la justicia hubiese tenido libre curso, también la madre habría sido castigada; por encima de la justicia hay la clemencia. Elis, que no comprende más que la justicia, peca de orgullo; y el orgullo, cuando va contra la caridad, es humillado. Si Elis humilla su orgullo, sus deudas serán condonadas.

En cierta ocasión, muchos años antes, el padre de Elis ayudó a Lindkvist en un momento difícil; ahora, en recuerdo de aquel acto de caridad, él, por caridad, ha cancelado la deuda. «Ved, pues, que todo vuelve, hasta el bien», es la conclusión mo­ral de Lindkvist, y la del drama.

Como se ve, Pascua es un drama que de «natura­lista», como aparece en el planteamiento, inicial, pasa a visionario sobrenatural, para acabar en un tono moral.’La acción, en sus líneas fundamentales, es sencilla: la reden­ción del sufrimiento y del pecado (pecado de orgullo, de celos y de desconfianza) por obra de la caridad.

De aquí el tiempo de la acción (desde el Jueves Santo al Sábado de Gloria) y el título: de ahí la conclusión final, que el bien engendra el bien. No todos los personajes,-empero, están dibujados de un modo igualmente feliz: si Elis es un carác­ter acabado, Lindkvist, verdadero «déus ex machina», es unas veces el ogro de los cuentos y otras el huraño bienhechor, abstracto incluso en su caridad.

Pero en Pascua no hay solamente esto: hay también signos y premoniciones, y hay Eleonora, la caridad cristiana, adornada de caracteres fantásticos que ha tomado cuerpo en un temperamento neurótico, y la psicopatía del mismo Strindberg; como fuentes literarias, la Séraphita (v.) de Balzac (y por tanto, indirectamente, el visionarismo de Swedenborg) y también, aunque menos distintamente, algunas ideas de ocultistas franceses, que indujeron a Strindberg a fantasear sobre el andrógino como símbolo del superhombre futuro.

Con su segunda vista, Eleonora abre perspec­tivas profundas. Pero esto no quita que su intervención quede fuera de la acción pro­piamente dicha. En su psique la acción y los personajes se reflejan de una manera visionaria y visionariamente son anunciados e interpretados; es un supermundo psíquico adherido al mundo común de los hombres y al mismo tiempo distinto de él.

Un espí­ritu tan poco cristiano e inexperto en las delicadas dificultades de la conciencia moral como el de Strindberg, no podía concebir el amor y el dolor altruistas si no era asu­miendo las formas del visionarismo de tipo swedenborgiano y de la psicopatía, dolorosamente experimentadas en sí mismo (v. Alegato de un loco, Infierno, Adviento).

V. Santoli

Un Paseo al Atardecer, William Wordsworth

[An Evening Walk]. Epístola en verso, primera composición poética publicada por William Wordsworth (1770-1850), aparecida en 1793. El subtítulo reza: «Epístola en verso diri­gida a una joven señora desde los lagos del norte de Inglaterra» [«An Epistle, in Verse, Addressed to a Young Lady, from the Lakes of the North of England»].

Está es­crita en dísticos heroicos y describe la re­gión natal del poeta con una elocuencia elevada y tensa, que confiere a la obra, in­cluso a sus reflexiones morales menos poé­ticas, un aire de filosófica solemnidad.

La composición es poco más que un inventario de citas poéticas sacadas de los clásicos Les poetas augusteos especialmente) y de los modernos (Milton y Pope), pero ya reveía el instintivo amor del autor a la naturaleza y a sus bellezas, y su desdén por el trivial convencionalismo del lenguaje neoclásico cultivado por los sucesores de Pope.

El Pasajero, Ramón del Valle Inclán

Segundo libro de versos de don Ramón del Valle Inclán (1865-1936) publicado en 1920. Aunque su fecha edito­rial sea posterior al libro La pipa de Kif (v.) — 1919 —, corresponde El pasajero estilísti­camente a una etapa anterior. Así parece reconocerlo el propio Valle Inclán cuando altera el orden en este sentido al recoger sus tres libros de versos con el título gene­ral de Claves líricas, en 1930 (I, Aromas de leyenda; II, El pasajero; III, La pipa de Kif).

El pasajero coincide externamente con el libro precedente Aromas de, leyen­da en el empleo de unos moldes estrófi­cos rubenianos: dominan los alejandrinos y los eneasílabos que se combinan en parea­dos, en tercetos monorrimos (AAA BBB…) y en sextetas (AABCCB), y coincide tam­bién en la delectación con que emplea los adjetivos modernistas. Pero aquí, Valle Inclán aparece mucho más preocupado.

En los Aromas de leyenda estaba ya presente el sentimiento de dolor y de muerte que ahora se acentúa en el alma doliente del Pasajero. Así es como aparecen temas tras­cendentales — el poeta canta la Vida y la Muerte, la Pasión y la Eternidad, el Ángel y el Diablo mezcladamente — tratados con una rebuscada imaginería tomada de la magia.

La preocupación del autor no está exenta de los problemas teosóficos de su época. El tiempo rompe la vida, es fugitivo y ésta fugacidad, enemiga del hombre al que roe implacablemente, queda identificada en el Gran Enemigo («El tiempo es la car­coma que trabaja/Por Satanás…»).

El pasa­jero nos cuenta: «Cuando iba por la selva/ Nocturna, sin destino,/Escuché una esperanza/Cantar sobre el camino,/En la alborada de oro. Yo pasaba. Su canto/Daba sobre una lírica fresca rama de acanto./Saliendo de mi noche, me perdí en un recinto/De rosas…» Rosas abiertas que son los treinta y tres poemas, que exhalan toda clase de perfumes. Rosa que enciende los deseos del poeta y rosa que le marca el tiempo. Rosa violenta y rosa de melancolía.

El pasajero ha recorrido el mar de las sirenas, y ha quedado prendido en sus encantos («…hacia el ensueño navegando un día,/Escuché le­jano canto de sirenas/Y enfermó mi alma de Melancolía.»). El dolor y la muerte obse­sionan al pasajero, lo rompen: «¡Tengo rota la vida!/En el combate/De tantos años/ Ya mi aliento cede,/Y al orgulloso pensa­miento abate/La idea de la muerte, que lo obsede».

El poeta trata de combatir a es­tos negros espectros: el dolor y la muerte con fuerzas muy distantes. En El pasajero, Valle Inclán vierte en poesía todo un arbi­trario sistema de ética y de estética, en el que funde doctrinas místicas cristianas, ri­tos orientales, sombras panteístas, mitos solares y ensalmos de magia y astrología como ha explicado en su curioso libro La lámpara maravillosa.

El alma está enferma de melancolía, llena de los más limpios anhelos que se quiebran ante el dolor y la •muerte. Sin paz, y en medio de la lucha, se encuentra sola con el perfume de las rosas en su entraña misma. Ya cansada ante la rosa deshojada se pregunta: «¿Por qué de la vida?/¿Qué fin truje a ella?/¿Qué senda perdida/Labré con mi huella?».

El delicado primitivismo que anima las deli­ciosas y transparentes estampas bucólicas de Aromas de leyenda ha dejado paso al trascendentalismo del Pasajero, mientras en La pipa de Kif el poeta hará gala de un carác­ter desenfadado dentro del mundo popula­chero de las verbenas, el carnaval y el circo.

J. M.a Pandolfi

El Pasajero, Cristóbal Suárez de Figueroa

Publicado en 1617 es la más interesante de las obras del escritor vallisoletano Dr. Cristóbal Suárez de Figueroa (1571-1639?): contiene no pocos datos acerca de la vida y agrio carácter de su autor, y abundantes noticias sobre las cos­tumbres españolas al comenzar el siglo XVII.

Su plan es ingenioso y apto para el propó­sito del autor: cuatro sujetos, uno maestro en Artes y Teología (Torres Rámila); otro, militar; otro, orífice, y el cuarto, doctor (el mismo Figüeroa), parten de Madrid a Bar­celona e Italia, entreteniendo el viaje con diferentes pláticas. Refieren su vida los cuatro interlocutores, siendo la más intere­sante la del doctor.

La obra contiene obser­vaciones curiosas sobre comedias y come­diantes, la vida en la Universidad de Alcalá, e indicaciones acerca de los espaderos más famosos; sobre poesía, el amor, las mujeres, los tres fundamentos del gobierno (milicia, justicia y previsión); mantenimientos, ca­restía, etc. También hace alusiones a escri­tores de su tiempo, a veces satíricas y duras.

C. Conde

Pasatiempo, Paul Léautaud

[Passe-temps]. Colección de textos en prosa de Paul Léautaud (1872- 1956), publicada en 1928. El título lo dice todo.

De la deliciosa «Madame Cantili» a los «Recuerdos de la Curia», a las divaga­ciones sobre los gatos y los perros, únicos seres vivientes a quienes perdona la burla de Léautaud, cada página está cargada de humor, de amargura sin historias, de deli­cadeza sin excesos.

Este hombre singular pertenece al siglo XVIII. Tiene de él la limpieza, la fantasía, las maneras, el encan­to. Travieso, ingenuo, vagabundo de la aris­tocracia, inclinado hacia el dandismo, y en algunos instantes «précieux», pero jamás por la lengua, que él quiere sin rodeos, di­recta y tomada sobre el mismo hecho.

Dice lo que quiere, simplemente, y esta simpli­cidad que apunta a la verdad en su bru­talidad anecdótica, es siempre cruel, como debe serlo. Toma su comicidad de una mez­cla finamente dosificada de observaciones inmediatas y de reflexiones muy persona­les.

No se deja influir en su visión, ni por una ambición desmesurada, ni por un men­saje, ni por una moral. Es criticón, jamás malvado voluntariamente, y conserva muy a menudo un sentido muy desembarazado de sus limitaciones, en verdad muy nume­rosas.

Este hombre, solo y único, no tiene nada que perder ni nada que ganar. Puede permitirse el decirlo todo y divertirse, cuan­do el enemigo de turno ya ha sido tocado y renuncia al juego. Léautaud, dondequie­ra que llegue, encontrará sus animales y sus libros.

Una pluma, un pedazo de papel, un vecino de quien reírse y un vecino de quien aprovecharse; estos elementos bastan a Léautaud. Estas son, sin rodeos, todas las virtudes que cabe hallar en Pasatiempo, virtudes que dan al volumen su ambiente, inimitable y aislado como el autor.