Aakjaer, Jeppe

Nacido en Aakjaer, cerca de Skive, en Jutlandia, el 10 de septiembre de 1866; m. el 22 de abril de 1930 en su granja de Selling.

Perteneciente a una fami­lia campesina, rígida practicante del pietis- mo, alternó en su juventud los trabajos del campo con la asistencia a la escuela popu­lar, en la que quedó influido por la inter­pretación grundtvigiana del cristianismo. Él mismo narra episodios de su infancia y ju­ventud en Años de niñez [Drenge Aaar], Adolescencia [Knøseaar] y Antes del día [Før det dages], así como en la novela El hijo del campesino [Bondens Søn].

A fines de siglo ejerció de periodista algunos años en Copenhague, donde se sintió atraído por las ideas de G. Brandes y por el socia­lismo. Pero apenas le fue posible, se tras­ladó de nuevo a Jutlandia (1907), para con­tinuar allí sus trabajos literarios, ocupándose al mismo tiempo de la educación de los campesinos. De la importancia que para él tiene el libro en la lucha social da fe la no­vela Fuerzas en fermento [Hvor der er gaerende Kraefter].

Mientras en sus nove­las predominan los acentos agresivos y sub­versivos (Los hijos de la ira [Vredens Børn, 1904]), su lírica (Campo libre [Fri Felt, 1905], Cantos del centeno [Rugens Sange, 1906, v.], Bajo el lucero vespertino [Under Aftenstjemen]) es de tanto mayor mérito cuanto más vinculada aparece a los valores tradicionales. La biografía La tragedia de la vida de Steen St. Blicher [Stee7i St. Blichers Livstragedie, 1918] atestigua el afecto que sintió por el romántico e infortunado poeta jutlandés Blicher.

A. Manghi

Paz en la Guerra, Miguel de Unamuno

Es la primera de las novelas del gran escritor y filósofo es­pañol Miguel de Unamuno (1864-1936). Pu­blicada en 1897, es «una novela histórica, una historia anovelada» — como afirma el autor — de los hechos que culminaron en 1874 con el sitio de Bilbao, «cuando briza­ban mis ensueños infantiles los estallidos de las bombas carlistas».

El auténtico pro­tagonista de esta novela de Unamuno es Bilbao, su ciudad natal. O quizás, precisando un poco, su vida misma, el espíritu y la geografía de la tierra vizcaína. En un momento dado se destaca un personaje, pero es uno cualquiera entre tantos; es un ángulo desde el cual Unamuno nos muestra esta vida colectiva.

Y en la cotidianidad de esta vida reside una íntima paz que no alteran los episodios de la guerra: «seguía en tanto la vida ordinaria, tejiendo en su lento telar su infinita trama». Y aquí está — al decir de Julián Marías — la posición de lo intrahistórico — o sea, de lo inamovible, de lo permanente y enraizado en la tradición y en la tierra: «Eran los silenciosos, la sal de la tierra, los que no gritan en la histo­ria», dice de los humildes campesinos — con lo histórico, o sea la guerra. Pero «la marea histórica deja inalteradas las capas más profundas de la existencia, como ocurre con las honduras marinas».

Y el hom­bre sumergiéndose halla la paz, la paz del -corazón, la paz de los recuerdos, a la que nunca llega la guerra, como tampoco llega a alterar la paz de la naturaleza («¿Guerra en el silencio del campo?»). Esta paz es la eternidad que llevamos dentro, y es, res­pecto a la guerra, lo que al tiempo es la eternidad.

Los episodios de la guerra son vistos a través de dos familias, la familia de Pedro Antonio Iturriondo y la familia Arana. Ambos, con sus respectivos confesionalismos carlista y liberal, no son sino, representaciones y símbolos del espíritu y de la vida del país. En ambas se sufre la guerra y se muere, como en todas las fami­lias.

Ignacio, el hijo de Pedro Antonio, aunque parece que asume el primer papel de la novela, no es más que uno de tantos que se alistaron en las tropas carlistas y al fin, tras sus heroicos sueños infantiles, sus diversiones y amistades, su amor inconfesado por Rafaela, su inclinación por la muchacha rubia, su vida de soldado, no es más que un muerto anónimo. Su historia es la historia espiritual y ejemplar de un solda­do, como los sufrimiento de los Arana du­rante el asedio son el sufrimiento de toda la ciudad.

Después de la guerra, tras el desastre carlista en Somorrostro, todos ha­llan la paz, la misma paz que llevaban dentro, ya sea en la muerte, como Ignacio o doña Micaela, ya en la vida como Pedro Antonio, Rafaela, etc., como si la guerra no hubiera existido.

Y termina Unamuno: «En el seno de la paz verdadera y honda es donde sólo se comprende y justifica la guerra; es donde se hacen sagrados votos de guerrear por la verdad, único consuelo eterno; es donde se propone reducir a santo trabajo la guerra. No fuera de ésta, sino dentro de ella, en su seno mismo, hay que buscar la paz: paz en la guerra misma».

A. Comas

Aquí en este libro — que es el que fui — encerré más de doce años de trabajo; aquí recogí la flor y el fruto de mi experiencia de niñez y de mocedad; aquí está el eco, y acaso el perfume, de los más hondos re­cuerdos de mi vida y de la vida del pueblo en que nací y me crié; aquí está la reve­lación que me fue la historia y con ella el arte. (Miguel de Unamuno)

Los Pazos de Ulloa, Emilia Pardo Bazán

Nóvela de la gran escritora española doña Emilia Pardo Bazán (1852-1921), publicada por vez pri­mera en 1886.

El joven sacerdote Julián Álvarez, al hacerse cargo de su capellanía en el agreste corazón de Galicia, en una familia de hidalgos campesinos, se convierte en parte en el testigo y en parte en el actor de una serie de dramas característicos de un pequeño mundo en el que la civilización desaparece para dar lugar al libre juego de los instintos.

Don Pedro Moscoso, titular ilegítimo del marquesado de Ulloa, se ocupa tan sólo de la caza y se deja robar tranqui­lamente por sus aldeanos y en particular por el siniestro Primitivo, padre de Sabel, manceba de don Pedro y de todos los cam­pesinos de los contornos que la solicitan. El joven sacerdote trata de convencer al propietario de que reforme su vida: don Pedro abandona poco después sus montañas y vuelve al viejo palacio con una esposa de la ciudad, Nucha.

Mientras dura en el corazón del aristocrático bárbaro la espe­ranza de que su esposa le dé un heredero de su nombre, don Julián alberga la ilu­sión de que el matrimonio es el comienzo de una vida nueva, pero cuando Nucha, a costa de su salud, da a luz una niña, don Pedro se deja prender en el equívoco en­canto de Sabel, que es ya madre de un hijo natural de aquél, Perucho.

Entre las nove­las de la Pardo Bazán, Los pazos de Ulloa es aquella en que la fórmula naturalista se aplica con mayor intensidad, sin que, pese a ello, descienda nunca a la indiscrimi­nada documentación fotográfica de sus cole­gas franceses.

Mujer aristocrática y escri­tora de buen gusto, la novelista española describe, con fina sensibilidad y leves tra­zos, hombres y cosas, en un ambiente social de pasiones primitivas que tienen en su misma entraña el sabor de la tierra y el color del paisaje.

A. R. Ferrarin

La Paz Doméstica, Alberto Nota

[La pace domes­tica]. Comedia en tres actos de Alberto Nota (1775-1847), inspirada en la comedia goldoniana La buena familia, y que se representó en 1819.

La familia de Adolfo vive tran­quila, pero un día que éste ha partido para adquirir un terreno, viene la maldi­ciente señora Luigia, que turba a la esposa, Marianna, diciéndole que su marido se ha enredado en un pésimo negocio, porque la propiedad que está adquiriendo está toda hipotecada. Al regreso de Adolfo se produce una disputa, pero todo se arregla pronto y vuelve la paz.

La intención moralizante que opone a la familia modelo de Adolfo la familia arruinada de Luigia, sólo consigue acentuar la frialdad de esta comedia, que, a pesar de ello, tuvo buena acogida y se hizo proverbial durante algún tiempo.

U. Déttore

La Paz del Hogar, Honoré de Balzac

[La paix du ménage). Narración de Honoré de Balzac (1799-1850), publicada en 1830. En una fies­ta de baile en casa del conde de Grondeville, en 1809, un brillante coronel de caba­llería, Montcornet, y su amigo Marcial de la Roche, barón del Imperio, sienten curio­sidad por una bellísima dama que, sumer­gida en profunda melancolía, no parece par­ticipar de la fiesta, e intentan acercarse a ella.

Marcial, por otra parte, que ha sido durante largo tiempo afortunado amigo de una joven viuda de celebrado donaire, uno de los astros de la fiesta, la condesa de Vaudremont, sospecha traición por parte de su dama, la cual parece preferir a un pres­tigioso oficial, el general conde de Soulanges y es a su vez deseada por Montcornet.

Entre los dos amigos se origina así una competencia de galantería, en el curso de la cual Marcial se afana vanamente por cortejar a la bellísima desconocida, mien­tras Montcornet acaba por sustituirlo junto a la condesa de Vaudremont. Antes de que la fiesta llegue a su término, se aclara el misterio de la bella dama incógnita, la cual no es sino la esposa de Soulanges que, de­seosa de reconquistar a su esposo, asediado por la coquetería de la condesa de Vaudre­mont, ha ido a la fiesta sin que nadie lo sepa.

Su tentativa triunfa plenamente, y con este consolador final termina la narración. Está escrita con una técnica exquisitamente teatral, y revela en el novelista, joven toda­vía, una maestría incomparable en dibujar en breve espacio una porción de personajes que adquieren, en su estilo fogoso y colorido, extraordinario relieve.

Bien puede de­cirse que Balzac, en estos estrictos estudios de costumbres, muestra con mucha mayor evidencia que en sus novelas más largas de la misma época (v. La mujer de treinta años) las cualidades que habían de impul­sarle a los ambiciosos proyectos de la Co­media Humana (v.). [Trad. española anó­nima (Madrid, 1883) y de Torcuato Tasso y Serra (Barcelona, 1902)].

M. Bonfantini