Albrecht Von Kemenaten

Poeta medieval alemán recordado por Rudolf von Ems en el Alejandro (v.) y en el Gui­llermo de Orlens (v.).

Del lugar que Ru­dolf le atribuye entre los otros poetas, se deduce que Albrecht debió haber vivido en la primera mitad del siglo XIII. En la segunda estrofa de una composición poética dedi­cada al rey de los enanos, llegada a nos­otros de un modo fragmentario, el Goldemar, encontramos también su nombre señalado como autor.

Criterios de afinidad estilística han determinado que se atribu­yera también a Albrecht Von Kemenaten el Siegenot, el Canto de Ecke (v.) y el Virginal (v.), poemas del ciclo de Teodorico de Verona. Sin em­bargo, un examen más atento ha llevado a la convicción de que estas obras, al menos en su forma actual, son el fruto de varias reelaboraciones; y de la duda no queda exento el mismo Goldemar.

M. Spagnol

Albrecht Von Eyb

Nacido el 24 de agosto de 1420 en el castillo de Sommersdorf, junto a Ansbach, en Franconia; m., ya ca­nónigo, en Wurzburgo el 24 de julio de 1475.

Después de haber estudiado leyes en las grandes universidades italianas (Bolonia, Padua y Pavía), fue camarlengo de Pío II y vivió después durante mucho tiempo como prelado en Bamberg. Puede considerársele como uno de los precursores del humanismo alemán por los amplios conocimientos que tenía de los antiguos y por sus traducciones. Le debemos un manual antológico de retórica latina, la Margarita poética (1460, v.), muchas veces reimpreso y texto de estudio de los jóvenes humanistas.

En un librito de 1472, Si un hombre debe tomar mujer legítima [Ob einen mann sey zu neh­men ein elich weyb oder nit], llamado tam­bién Tratado del matrimonio [Ehebuch], sugiere indicaciones para un matrimonio espiritualmente bien equilibrado, sacándo­las de las enseñanzas de los escritores clá­sicos y humanistas.

En él aparecen varios relatos breves tomados como ejemplos. Des­pués de su muerte, en 1511, salió su Espejo de las costumbres [Spiegel der Sitten], im­portante sobre todo por el apéndice, constituido por una traducción al alemán, la primera en el tiempo, de dos comedias de Plauto, Los Meneemos (v.) y Las Báquides (v.), además de la Philogenia de Ugolini.

C. Gundolf

Albrecht Von Scharpfenberg.

Poeta medieval alemán que vivió a comien­zos del siglo XIV. U. Füterer lo recuerda como autor de un Merlin, arreglo de una fuente francesa, y de un Seifrid de Ardemont, reelaborado por él en el Libro de las aventuras (v.).

Se le ha confundido también con un tal Herr von Scharpfenberg, un Min­nesänger del que conocemos dos poesías, y le fue atribuido durante mucho tiempo el Titurel minore (v. Titurel, de Wolfram von Eschenbach). Sin embargo, tal atribución es considerada hoy errónea. Del Albrecht autor del Titurel minore sólo sabemos hoy que fue un poeta bávaro que vivió en la segunda mitad del siglo XIII, si el Ludwig a quien está dedicado él poema es Ludwig der Streng, conde palatino desde 1253 a 1294 y duque de la Baviera Alta; o al comienzo del siglo XIV, si, por el contrario, se trata de Ludovico IV el Bávaro.

M. Spagnol

Rafael Alberti

Nacido el 16 de diciembre de 1902, en el Puerto de Santa María (Cádiz). Cursó hasta el tercer año de bachillerato en el Colegio de los Jesuitas del mismo Puerto.

En 1917 se trasladó a Madrid, abandonando el bachillerato por la pin­tura. En 1922 hizo una exposición en el Ateneo. Motivos de salud le obligaron, poco después, a vivir en las sierras de Guada­rrama y Rute, donde empezó a escribir sus primeras poesías, recogidas bajo el título de Marinero en tierra (v. Poesías).

Este libro obtuvo el Premio Nacional de Literatura (1924-25), otorgado por un jurado que integraban Antonio Machado, Menéndez Pidal y Gabriel Miró. A Marinero en tierra siguie­ron La Amante (1925) y El alba de alhelí (1925-26).

En estos sus primeros libros, Alberti se revela como un virtuoso de la forma con influjos de Gil Vicente, los anónimos del Cancionero y Romancero españoles, Garcilaso, Góngora, Lope, Bécquer, Baudelaire, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado.

La suya es una poesía «popular» — como explicó Juan Ramón Jiménez —, «pero sin acarreo fácil; personalísima; de tradición española, pero sin retorno innecesario; nue­va; fresca y acabada a la vez; rendida, ágil, graciosa, parpadeante: andalucísima».

La etapa neogongorista y humorista de Cal y canto (1926-1927) marca la transición de este autor a la fase superrealista de Sobre los ángeles (1927-1928). En el mundo del sub­consciente aparecen los «ángeles» buenos, bélicos, desengañados, mentirosos, mohosos, cenicientos, rabiosos, buenos, crueles, mu­dos, sonámbulos, muertos, feos y supervi­vientes.

A partir de entonces su obra deriva al tono político al afiliarse nuestro poeta al partido comunista. Esta actitud le lleva a considerar su obra anterior como un ci­clo cerrado y una contribución irremediable a la poesía burguesa. «Antes — escribe Alberti — mi poesía estaba al servicio de mí mismo y unos pocos. Hoy no.

Lo que me impulsa a ello es la misma razón que mueve a los obreros y a los campesinos: o sea una ra­zón revolucionaria.» La poesía de Alberti cobra cada vez más un tono irónico y desgarrado con frecuentes caídas en el prosaísmo y el mal gusto.

Así los poemas burlescos: Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos (1929), Sermones y moradas (1929- 1930) y la elegía cívica Con los zapatos puestos tengo que morir (1930).

A partir de 1931 abordó el teatro, estrenando El hom­bre deshabitado y El adefesio. Recorrió lue­go con su esposa María Teresa León varios países de Europa, pensionado por la Junta de Ampliación de Estudios, para estudiar las nuevas tendencias del teatro. En 1933 escribe Consignas y Un fantasma recorre Europa, y en 1935, 13 bandas y 48 estrellas.

En 1939, al terminar la guerra civil espa­ñola, emigró a la República Argentina, don­de reside actualmente. En 1945 publicó, en Buenos Aires, A la pintura: Poema del co­lor y la línea, y además un volumen que abarca la casi totalidad de su obra lírica, Poesía. La última voz de Alberti — reincidente en el primer tono neopopular — se nos apa­rece henchida de nostalgia por la patria.

J. M.a Pandolfi

León Battista Alberti

Nacido casi con toda seguridad en Génova, en 1404, de padres florentinos desterrados por motivos políti­cos; m. en Roma el 25 de abril de 1472.

Elegante escritor en italiano y en latín, literato, arquitecto, matemático, arqueólogo, teórico de las artes plásticas y figurativas, el autor es una de las personalidades de más rica y variada formación artística y cientí­fico-cultural del «quattrocento» italiano, uno de los llamados «hombres universales»».

Por esta razón se acostumbra comparar a Alberti con el gran Leonardo da Vinci, aunque la figura del primero sea más modesta y cir­cunspecta y no posea el encanto personal ni el prodigioso dinamismo característicos de Leonardo.

Estudió en Venecia, y más tarde en Padua, donde asistió a las clases del humanista Gasparino Barzizza; después de la muerte de su padre (1421), habiendo pasado a la Universidad de Bolonia, se de­dicó al estudio del derecho canónico, si­guió las lecciones de Francesco Filelfo, completando su educación literaria con el conocimiento del griego, y ampliando su interés al estudio de la música, de la pintura, de la escultura, de la arquitectura y de las ciencias físico-matemáticas.

A este período boloñés pertenecen una comedia autobiográ­fica en latín, Philodoxus (v.), que circuló durante mucho tiempo como obra de un antiguo comediógrafo latino con el nombre de Lèpido; y una animada narración en prosa latina, Pupillus, diáfana descripción, apenas disimulada (protagonista de la his­toria es un tal Filopono), de sus propias peripecias de joven huérfano de padre, con­vertido en presa y víctima de la sórdida as­tucia y la envidiosa avaricia de sus parien­tes.

De constitución delicada, este autor es famoso por la tenacidad con que, mediante la asidua práctica de los deportes — como diríamos hoy —, llegó a sorprendentes ma­nifestaciones de agilidad y vigor físico.

Es muy probable que las duras experiencias familiares de su juventud contribuyeran a crear en Alberti aquel sentimiento pesimista de la vida y de los hombres, a menudo veteado literariamente de aspectos satíricos, que se refleja en sus diversas obras: en el diálogo Teogenio (v.), escrito quizá en 1434; en las composiciones latinas de evidente corte lucianesco, reunidas en Los diez libros de las intercenales (v., hacia 1430-40).

Este senti­miento se resuelve en una búsqueda pro­gramática, que es también una ética, de equilibrio y prudencia en el diálogo en italiano De la familia (v., 1437-38 los tres primeros libros; 1441, el cuarto); en otro diálogo: Della tranquillità dell’animo (1442), y en el más tardío tratado Iciaquía (1470, v.), en el que se insiste en el tema de la familia.

Habiéndose trasladado a Roma (1431), Alberti fue nombrado compendiador en la corte pontificia (1432), y actuó de secre­tario de Biagio Molin, patriarca de Grado; acompañó al papa Eugenio IV al Concilio de Ferrara (1438) y al de Florencia (1439).

En las polémicas que contraponían el latín y la lengua vulgar como instrumentos del arte literario, Alberti fue decidido partidario del valor artístico de la literatura en lengua italiana. Aquellas disputas le sugirieron la idea de convocar un certamen público de poesía que sirviera para atestiguar la im­portancia y la dignidad artística de la poe­sía en lengua vulgar; fue tema del certamen la «amistad», clásico por excelencia.

El concurso, llamado «certame coronario», se celebró en Florencia en 1441 y constituyó un fracaso, si bien su importancia histórico- literaria es evidente. Alberti ocupa una puesto de primerísima importancia también en el campo de la técnica constructiva y de la doctrina estética de las artes plásticas y figurativas del primer Renacimiento con sus dos tratados De la estatua (v.) y De la pintura (1435, v.); y, sobre todo, con el grande y sistemático tratado De la arqui­tectura (1452, v.), en diez libros, que es considerado como el código técnico y teó­rico de la nueva arquitectura.

Un opúsculo curioso es Ludi mathematici, recopilación de soluciones de problemas técnicos de di­verso género; y fruto de cuidadas inves­tigaciones arqueológicas es la Descriptio urbis Romae (1432-34), tentativa de recons­trucción de la topografía de la Roma anti­gua.

Mención aparte merece la breve serie de hexámetros italianos presentados por el autor al «certame coronario»: constituye uno de los primeros ejemplos italianos de métrica «bárbara». También permaneció al servicio de la curia romana hasta 1464, fecha de la supresión del colegio de los compen­diadores; y en la misma Roma murió.

Al Alberti arquitecto se debe él diseño de algunos de los más representativos monumentos de la arquitectura italiana del Cuatrocientos: el templo malatestiano (Rímini); el palacio Rucellai (Florencia); las iglesias de San Sebastián y de San Andrés (Mantua); la terminación de la fachada de Santa María la Nueva (Florencia); la capilla y el tem­plete del Santo Sepulcro en San Pancracio (Florencia); y, en fin, el coro, desfigurado por sucesivos retoques, de la S. S. Annunziata (Florencia).

D. Mattalia