Nacido casi con toda seguridad en Génova, en 1404, de padres florentinos desterrados por motivos políticos; m. en Roma el 25 de abril de 1472.
Elegante escritor en italiano y en latín, literato, arquitecto, matemático, arqueólogo, teórico de las artes plásticas y figurativas, el autor es una de las personalidades de más rica y variada formación artística y científico-cultural del «quattrocento» italiano, uno de los llamados «hombres universales»».
Por esta razón se acostumbra comparar a Alberti con el gran Leonardo da Vinci, aunque la figura del primero sea más modesta y circunspecta y no posea el encanto personal ni el prodigioso dinamismo característicos de Leonardo.
Estudió en Venecia, y más tarde en Padua, donde asistió a las clases del humanista Gasparino Barzizza; después de la muerte de su padre (1421), habiendo pasado a la Universidad de Bolonia, se dedicó al estudio del derecho canónico, siguió las lecciones de Francesco Filelfo, completando su educación literaria con el conocimiento del griego, y ampliando su interés al estudio de la música, de la pintura, de la escultura, de la arquitectura y de las ciencias físico-matemáticas.
A este período boloñés pertenecen una comedia autobiográfica en latín, Philodoxus (v.), que circuló durante mucho tiempo como obra de un antiguo comediógrafo latino con el nombre de Lèpido; y una animada narración en prosa latina, Pupillus, diáfana descripción, apenas disimulada (protagonista de la historia es un tal Filopono), de sus propias peripecias de joven huérfano de padre, convertido en presa y víctima de la sórdida astucia y la envidiosa avaricia de sus parientes.
De constitución delicada, este autor es famoso por la tenacidad con que, mediante la asidua práctica de los deportes — como diríamos hoy —, llegó a sorprendentes manifestaciones de agilidad y vigor físico.
Es muy probable que las duras experiencias familiares de su juventud contribuyeran a crear en Alberti aquel sentimiento pesimista de la vida y de los hombres, a menudo veteado literariamente de aspectos satíricos, que se refleja en sus diversas obras: en el diálogo Teogenio (v.), escrito quizá en 1434; en las composiciones latinas de evidente corte lucianesco, reunidas en Los diez libros de las intercenales (v., hacia 1430-40).
Este sentimiento se resuelve en una búsqueda programática, que es también una ética, de equilibrio y prudencia en el diálogo en italiano De la familia (v., 1437-38 los tres primeros libros; 1441, el cuarto); en otro diálogo: Della tranquillità dell’animo (1442), y en el más tardío tratado Iciaquía (1470, v.), en el que se insiste en el tema de la familia.
Habiéndose trasladado a Roma (1431), Alberti fue nombrado compendiador en la corte pontificia (1432), y actuó de secretario de Biagio Molin, patriarca de Grado; acompañó al papa Eugenio IV al Concilio de Ferrara (1438) y al de Florencia (1439).
En las polémicas que contraponían el latín y la lengua vulgar como instrumentos del arte literario, Alberti fue decidido partidario del valor artístico de la literatura en lengua italiana. Aquellas disputas le sugirieron la idea de convocar un certamen público de poesía que sirviera para atestiguar la importancia y la dignidad artística de la poesía en lengua vulgar; fue tema del certamen la «amistad», clásico por excelencia.
El concurso, llamado «certame coronario», se celebró en Florencia en 1441 y constituyó un fracaso, si bien su importancia histórico- literaria es evidente. Alberti ocupa una puesto de primerísima importancia también en el campo de la técnica constructiva y de la doctrina estética de las artes plásticas y figurativas del primer Renacimiento con sus dos tratados De la estatua (v.) y De la pintura (1435, v.); y, sobre todo, con el grande y sistemático tratado De la arquitectura (1452, v.), en diez libros, que es considerado como el código técnico y teórico de la nueva arquitectura.
Un opúsculo curioso es Ludi mathematici, recopilación de soluciones de problemas técnicos de diverso género; y fruto de cuidadas investigaciones arqueológicas es la Descriptio urbis Romae (1432-34), tentativa de reconstrucción de la topografía de la Roma antigua.
Mención aparte merece la breve serie de hexámetros italianos presentados por el autor al «certame coronario»: constituye uno de los primeros ejemplos italianos de métrica «bárbara». También permaneció al servicio de la curia romana hasta 1464, fecha de la supresión del colegio de los compendiadores; y en la misma Roma murió.
Al Alberti arquitecto se debe él diseño de algunos de los más representativos monumentos de la arquitectura italiana del Cuatrocientos: el templo malatestiano (Rímini); el palacio Rucellai (Florencia); las iglesias de San Sebastián y de San Andrés (Mantua); la terminación de la fachada de Santa María la Nueva (Florencia); la capilla y el templete del Santo Sepulcro en San Pancracio (Florencia); y, en fin, el coro, desfigurado por sucesivos retoques, de la S. S. Annunziata (Florencia).
D. Mattalia

