Pietro Buratti

Nació en Venecia el 13 de octubre de 1772 y murió en Sambughé el 20 del mismo mes de 1832. Hasta los treinta años trabajó en un negocio de su padre; mas, indisciplinado, lo abandonó finalmente y entregóse a una vida disipada; pero hom­bre de temperamento honrado en el fondo y amante de la verdad, rebelóse contra este ambiente a través de una producción poé­tica de carácter satírico en vernáculo.

En 1813 compuso Lamentación al gobernador de Venecia en tiempo del bloqueo de 1813 (v.), que le valió tres meses de cárcel. La misma pena sufrió en 1819 por los ataques dirigidos contra su padre, quien le había desheredado, en el pequeño poema L’elefante. B. fue un poeta popular, llamado el Béranger veneciano; los méritos y defectos de su poesía, animada, mordaz, fácil hasta la negligencia, obscena y superficial, se ha­llan reunidos en su obrita l’omo (v. Poe­sías).

Sus cancioncillas circularon de boca en boca, a pesar de las precauciones toma­das por la policía. Entre la producción de este autor, a quien se deben 76.000 versos, figuran la traducción, al vernáculo, de la VI sátira de Juvenal, y la de Ester (v.), de Racine.

C. Lelj

Filippo Buonarroti

Nació en Pisa el 11 de noviembre de 1761 y murió en Bruselas el 17 de septiembre de 1837. Ingresó muy pronto en la masonería, y fue uno de los más activos defensores de la Revolución francesa.

Desterrado por el gran duque Leo­poldo, marchó a Córcega, donde en 1789 fundó un periódico para contribuir a la di­fusión de los nuevos principios: el Giornale patriottico della Corsica. Sin embargo, hubo de abandonar también la isla, y se refugió primero en París y luego en Niza; aquí publicó Il monitore italiano.

En esta época trabajó al servicio de Francia en la preparación de insurrecciones destinadas a lograr la libertad de Italia. Derrotados los jacobinos y caído Robespierre, amigo de B., éste intentó mantener viva en su patria la propaganda revolucionaria.

Al principio, las exigencias de la guerra contra Austria y la ofensiva en el valle del Po iniciada por Bonaparte favorecieron sus planes, que ten­dían a provocar el levantamiento de los ita­lianos en favor de la unidad. Sin embargo, B. participaba en las esperanzas de Babeuf, quien trataba de restaurar los tiempos de Robespierre.

El Directorio, empero, no po­día consentir el restablecimiento del pro­grama jacobino, y los conjurados fueron arrestados en mayo de 1796. B. logró evitar la pena capital. Desterrado luego en Gine­bra, vivió dando lecciones de música y de italiano.

En Bruselas publicó La conspira­ción de los Iguales, llamada de Babeuf (v.), en la que traza un emotivo recuerdo de su amigo; esta obra contribuyó a reno­var entre las nuevas generaciones la me­moria de las tendencias comunistas de la Revolución francesa, y ejerció en Europa singular influencia a partir de 1830.

F. Catalano

Niccolò Buonaparte

Nació y vivió en Florencia durante el siglo XVI. Es célebre como autor de una comedia en cinco actos, La viuda (v.), impresa en dicha ciudad en 1568.

Poco es lo que se sabe acerca de tal escritor. Durante la época napoleónica se pretendió colocarle entre los antepasados del emperador, quien ordenó la traducción al francés de la citada comedia, ya llevada a cabo anteriormente por un comediógrafo del siglo XVI también de origen italiano: Larivey (v.).

C. Torchio

Michelangelo Buonarroti

Nació el 6 de marzo de 1475 en el castillo de Caprese (Casentino), y murió en Roma el 18 de febrero de 1564.

Al considerar su figura singular no se puede prescindir de los acontecimientos de su vida agitada y dramática, ni tampo­co de las borrascosas vicisitudes contemporá­neas, por cuanto en él no resulta posible dividir el todo que integran el hombre y el artista. La biografía de M. A. está funda­mentada principalmente en los textos de Va- sari y Condivi, quienes vivieron en su misma época, y también, en gran parte, en el con­junto de las Cartas (v.) dirigidas a amigos y familiares entre 1496 y 1563.

Todavía muy joven, empezó su formación artística en el taller de Ghirlandaio (1488); luego figuró en aquella especie de academia libre insti­tuida por los Médici en los jardines de San Marcos; finalmente, Lorenzo el Magnífico vislumbró la grandeza del genio naciente y acogióle en su propia morada. Aquí pudo relacionarse M. A. con los más afamados y preclaros ingenios del humanismo florentino y confirmar en sí mismo las tendencias neo- platónicas que integran el substrato de sus interpretaciones figurativas y de su poesía.

Ello aparece reflejado en las primeras obras plásticas del artista: La Virgen de la Esca­lera y Lucha de Hércules con los centau­ros; ya en estas producciones menores su temperamento creador llevóle a expresiones austeras que superan la realidad objetiva y tienden a una espiritualidad de valor universal.

Tras la expulsión de Pedro de Médicis estuvo en Bolonia, y luego, a media­dos de 1496, marchó a Roma, a instancias del cardenal Rafael Riario. A este primer período romano del genio pertenecen el Baco del Museo Nacional de Florencia y la Piedad de la basílica de San Pedro, obra de clásicas proporciones que resuelve el dra­mático tema en una muda contemplación. Hacia mediados del año 1501 M. A. volvió de nuevo a Florencia. Por aquel entonces su actividad se había hecho ya febril, y abar­caba tanto la escultura como la pintura.

Entre sus obras escultóricas citaremos el gigan­tesco David, situado frente al palacio de la Señoría; la espiritual Virgen con el Niño, de Brujas; el San Mateo de la Galería de la Academia, sumariamente esbozado a fin de expresar mejor el fatigoso anhelo de la imagen para liberarse del bloque donde se halla oprimida, y, finalmente, los dos meda­llones de la Virgen con el Niño, del Museo Nacional de Florencia y de la Galería Na­cional de Londres.

Estas últimas obras nos sitúan frente al miguelangelesco «no aca­bado» con que el maestro elimina las barre­ras existentes entre escultura y pintura para llegar a una unificación de las artes bajo el dominio común de la luz. En el conjunto de obras pictóricas realizado en Florencia durante este período cabe destacar, princi­palmente, la pintura circular de la Sagrada Familia, hoy en los Uffizi, y el gran cartón de la Batalla de Pisa (1504-06); ambas rea­lizaciones habrían de confirmar la concep­ción plástica de M. A. frente a la pictórica de Leonardo, que se manifestaba coetánea­mente en Florencia.

Vuelto a Roma en mar­zo de 1505, M. A. recibió del papa Julio II dos titánicos encargos: un grandioso monu­mento sepulcral en la nueva basílica de San Pedro destinado al mismo pontífice y la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina. El incumplimiento del primero valió más tarde al maestro amargas divergencias con los herederos de Julio II; no obstante, bastan las pocas estatuas del frustrado mo­numento que realizara en diversas épocas — el Moisés de San Pietro in Vincoli y los seis Esclavos conservados en la Galería de la Academia de Florencia y en el Louvre — para hacernos comprender el efecto que hubiera causado el grandioso conjunto plás­tico.

Las pinturas del techo de la Sixtina, iniciadas con desgana el 10 de mayo de 1508 e inauguradas el 31 de octubre de 1512, marcaron el triunfo del maestro. Otra de las obras más importantes del genio fue la sa­cristía nueva de la iglesia florentina de San Lorenzo, encargo del cardenal Julio de Médicis, el futuro papa Clemente VII; tal labor duró hasta 1534.

En las dos tumbas de Ju­liano y Lorenzo de Médicis, con las vigo­rosas figuras de la Aurora, el Crepúsculo, el Día y la Noche, en algunas partes muy bien acabadas y en otras sólo esbozadas, aparecen reanudados los mismos efectos que ya en los Esclavos había anticipado. La úl­tima gran producción de M. A. es el admi­rable Juicio Final de la Sixtina.

Esta obra, que le fue encomendada por el pontífice Paulo III, intenta ser una advertencia seve­ra a la humanidad, y quedó inaugurada en 1541, la víspera de la festividad de Todos los Santos, luego de ocho años de trabajo y en medio de la general admiración; artís­ticamente se trata de un complejo pictórico- plástico sólo comparable, por su dramática intensidad, a la Divina Comedia.

En Dante se halla inspirada igualmente toda la pro­ducción poética de M. A. (v. Rimas), nacida en gran parte en Roma a partir de 1534, mientras el autor descansaba de sus restantes actividades; indudablemente, no puede pa­rangonarse en grandeza con estas otras; pero, sin embargo, en algunos momentos permite vislumbrar la huella del genio.

Histórica­mente aparece aislada en medio de la lírica del siglo XVI; el mismo petrarquismo del cual arranca se ve superado y transfigurado por la potencia del pensamiento y del «no acabado», que se dan también en la expre­sión poética. Entre las obras de la vejez des­tacan los trabajos arquitectónicos para la basílica de San Pedro, la urbanización de la plaza del Capitolio y algunos grupos plás­ticos de la Piedad, de los que el Rondanini, hoy en Milán, manifiesta la profunda deso­lación del alma del artista.

La desaparición de los seres más queridos —singularmente de la espiritual poetisa Vittoria Colorína — había dejado en su vida un gran vacío. El pensamiento de Miguel Ángel estaba inva­dido por la idea de la muerte, que sentía próxima y debió de acoger como ansiada liberación.

P. D’Ancona

Robert Wilhelm von Bunsen

Nació en Gotinga el 31 de marzo de 1811, murió en Heidelberg el 16 de agosto de 1899. Estudió en su ciudad natal y completó luego sus estudios de química en París, Berlín y Viena, hasta que en 1833 fue llamado a la Universidad de Gotinga para suceder a Wóhler en la cátedra de Química.

Posteriormente enseñó en Marburgo (1841), en Breslau (1851) y, en fin, en Heidelberg (desde 1852), donde fun­dó una célebre escuela de químicos y quí­mico-físicos. Dedicó sobre todo su actividad a los problemas de química-física, y los des­cubrimientos hechos en este campo le hicie­ron célebre.

Inició sus estudios con inves­tigaciones sobre radicales metálicos com­puestos, especialmente sobre el cacódilo. A continuación realizó investigaciones sobre la afinidad química y sobre electrología quí­mica: estos últimos le llevaron al descu­brimiento de una pila («pila de Bunsen») y a la redacción de unas célebres Memo­rias sobre las pilas (v.).

En 1864 tomó parte en una expedición científica a Islandia, du­rante la cual estudió fenómenos volcánicos. Dedicado después al estudio de la química y de la física de los gases, ideó una serie de métodos que expuso en la obra Gasometrische Methoden (1857). Resultado práctico de estas investigaciones fue la construcción, en 1850, del quemador o mechero Bunsen.

Pero su mayor descubrimiento consiste en el método del análisis espectral, que él ideó conjuntamente con Kirchhoff, y que había de demostrarse en los decenios siguientes como uno de los más poderosos y fecundos métodos en el campo de la física, de la fí­sica atómica y de la astronomía.

Él mismo descubrió, por este medio de análisis, dos nuevos elementos químicos, que llamó res­pectivamente cesio y rubidio. Juntamente con Kirchhoff expuso la teoría del análisis espectral en un volumen publicado en 1861, Chemische Analyse durch Spektralbeobachtungen.

H. Preti