Juan Arolas

Poeta español n. en Bar­celona en 1805 y m. en Valencia en 1849 con la mente perturbada. Se educó y residió en Valencia. Ingresó en la orden de los Esco­lapios en 1821.

En 1833 fundó, junto con Pascual Pérez, el Diario Mercantil y cola­boró en los periódicos literarios La Psiquis y El Fénix de Valencia y en El Constitu­cional de Barcelona. Tradujo la tragedia Moise de Chateaubriand y poesías del mis­mo autor.

Entre sus principales produccio­nes figuran: Libro de amores; Poesías pas­toriles; Poesías religiosas, orientales, caba­llerescas y amatorias; Cartas amatorias (v. Poesías). Su obra poética se caracteriza por la melancolía y la visión colorista y nove­lesca de la Edad Media, propia del momento.

Ludwig Achim von Arnim

Nacido en Ber­lín el 26 de enero de 1781, m. en Wiepersdorf el 21 de enero de 1831. De noble familia prusiana, que había dado oficiales y fun­cionarios, estudió ciencias naturales, pero después se ocupó solamente de poesía.

Es­píritu romántico, se entusiasmó por la vida errante y recorrió, en gran parte a pie, alemania, Suiza, Italia septentrional, Fran­cia, Inglaterra y Holanda. Habiendo encon­trado más tarde un espíritu con el que con­genió, Clemens Brentano, emprendió con él un viaje por Renania, a la busca de antiguos cantos populares, que reelaboraron los dos en la colección El cuerno maravilloso del niño (v.).

Se detuvieron por ello en Heidelberg, donde se encontraban los hermanos Grimm y Gorres: en este cenáculo literario tomó forma el segundo romanticismo. En Heidelberg publicó Arnim, en 1808, un perió­dico literario bisemanal, el Diario para los ermitaños (v.).

La febril actividad política y literaria de Berlín, en los años en que se preparaba la insurrección contra Napoleón, lo atrajo y le impulsó a escribir una serie de obras, que son las mejores suyas: las na­rraciones del Jardín de invierno [Der Wintergarten] y la novela Pobreza, riqueza, culpa y expiación de la condesa Dolores (v.).

En 1811 se casó con Bettina Brenta­no, la hermana menor de Clemens, y con ella volvió a sus tierras de La Marca, de­dicándose en aquel tiempo a la agricul­tura y a la poesía. De cuando en cuando reaparecía en él el noble prusiano: y así, es significativo, por ejemplo, el hecho de haber entregado la ganancia que obtuvo con un volumen de dramas para el armamento de las tropas en 1813.

Después de la batalla de Leipzig, volvió durante algún tiempo al periodismo; pero el fracaso de sus sueños de grandeza germánica (es decir, prusiana) lo condujo de nuevo, y de un modo definitivo, a la vida privada. Transfiguró artísticamente su ideal político, el imperio gibelino, en el trabajo más significativo (y más desigual) de su último período, Los custodios de la corona (v.), que quedó incompleto; la no­vela alcanzó una fama desproporcionada, sobre todo porque pronosticaba la llegada de un «enviado de Dios» que uniría a todos los alemanes y restablecería la corona de Barbarroja.

El romanticismo juvenil de Arnim se había enfriado ahora en una fórmula exterior y quedaba agotado en el capricho arbitrario y en fantásticos episodios. Quizá su empresa más difícil fue su matrimonio con Bettina, y el buen resultado del mismo demuestra el equilibrio que poseía; y el hecho que ella no se entregase a la litera­tura, hasta después de la muerte de su ma­rido, es prueba del ascendiente que sobre ella ejerció Arnim.

V. M. Villa

Arnobio

Nacido en Sicca Veneria, ciudad del África proconsular (¿actual Le Kaf?), y de biografía poco conocida.

Según San Jeró­nimo, que es el único que nos da algunas noticias de él en De viris illustribus (v.) y en el Chronicon (v.), era profesor de retó­rica en la citada ciudad africana en tiempos de Diocleciano (284-305).

Cultivador apa­sionado de la cultura griega y latina; ini­ciado, según la moda de aquel tiempo, en los misterios orientales difundidos con tanto éxito en el mundo mediterráneo, fue al principio tenaz opositor del cristianismo.

A consecuencia de una visión que debió im­presionar su ánimo, cambió radicalmente y solicitó del obispo de la comunidad de Sic­ca que lo admitiera entre los cristianos. El obispo quiso tener la seguridad de sus rec­tas intenciones y le pidió una prueba.

Arnobio se la dio escribiendo una apología del Cris­tianismo, Contra los paga/nos (v.), redactada hacia el año 300 (304?), que nos ha quedado como único hecho seguro de su vida. Dado que San Jerónimo habla de él en el Chronicon, en el año 327, se ha pensado —aun­que sin prueba— que sea éste el año de su muerte.

G. Lazzati

Gottfried Arnol

Nacido en 1666 en Annaberg, en el Erzgebirge sajón; m. en 1714. Teólogo, místico, historiador, autor de him­nos religiosos, fue amigo y discípulo de Ph. J. Spener y pertenece al ala más radi­cal del pietismo, que condenó a la Iglesia (luterana) del Estado como una «Babilo­nia», y constituyó comunidades separadas con el apoyo de poderosas familias nobles.

Preceptor en Dresde, más tarde profesor de Historia del Cristianismo en la Universidad de Giessen (desde 1697), Arnol expone su punto de vista pietista en una Historia imparcial de la Iglesia y de los herejes (v. Historia eclesiástica), en la que critica la aprecia­ción tradicional y considera todas las here­jías como expresiones de la fe cristiana ori­ginal (1699-1700).

Habiéndose aproximado durante algún tiempo a una mística de ca­rácter gnóstico (El misterio de la sofía di­vina, 1700), Arnol regresa de nuevo al seno de la Iglesia luterana, se convierte en predicador de la corte de la duquesa de Sajonia Eisenach, en Allstádt, contrae matrimonio, es pastor en Werben e inspector eclesiástico en Perleberg (1707), cargos en los que re­vela insospechadas cualidades pastorales y de gobierno eclesiástico; escribe obras exegéticas, una Apostilla a los Evangelios y a las Epístolas del año eclesiástico, un Autén­tico retrato del Cristianismo interior, obrita edificante muy apreciada, y muere a los 48 años dejando unas cincuenta publicacio­nes más, algunas de las cuales son muy no­tables.

G. Miegge

Carlos Arniches

Autor dramático es­pañol. N. en Alicante en 1866, m. en Ma­drid en 1943. Pasó parte de su juventud en Barcelona, donde fue redactor de La Van­guardia. Trasladado a Madrid, encontró allí un protector en el músico Ruperto Chapí, autor de numerosas partituras del «género chico» y hombre popularísimo.

Con su ayu­da, Arniches logró entrar en el mundo teatral ma­drileño. Antes había colaborado en diver­sas publicaciones; pero su verdadera voca­ción era el teatro. Su primera producción consiste en sainetes y libretos para algunas zarzuelas de fines del siglo XIX y princi­pios del XX en colaboración con Cantó, García Álvarez, Fernández Shaw y otros.

Sus grandes éxitos los alcanzó en el sainete, con música o sin ella, género en el que no tuvo rival durante un largo período: pronto fue considerado como el mejor intérprete de la vida anecdótica del pueblo madrileño. Entre sus sainetes más logrados figuran: El santo de la Isidra (v.), El amigo Melquía­des (v.), Don Quintín el amargao (v.), etc.

Pero también se demostró capaz de compo­ner divertidas farsas y comedias grotescas, como La señorita de Trévelez, Es mi hom­bre (v.), ¡Que viene mi marido!, La tra­gedia del pélele, El tío Miserias, etc. Su producción comprende unas 270 obras escé­nicas estrenadas a lo largo de un período de más de cuarenta años, que va de Los aparecidos (1892) a Don Verdades, termi­nada el día antes de su muerte repentina, ocurrida en 1943.

Obra tan vasta es natural­mente muy desigual, pero en toda ella se revela una vena cómica auténtica, sobre todo en la descripción de costumbres y en la pintura de los tipos castizos de los ba­rrios del Madrid de fin de siglo. El len­guaje de Arniches es fluido y pintoresco y en él abunda el chiste rápido y fresco, el retrué­cano, la frase de argot; a menudo las situa­ciones lindan con la astracanada, pero siem­pre hay en su humor un fondo genuino, de observación atenta del ambiente.

En las situaciones dramáticas, en cambio, cae a menudo en la nota sensiblera. Con todo, no puede negarse que Arniches ha sido un extraordi­nario exponente del casticismo madrileño, del cual supo recoger modos y estilos al par que lo enriqueció con aportaciones perso­nales que tienden a su estilización y no po­cas veces a su caricatura.