Ludwig Achim von Arnim

Nacido en Ber­lín el 26 de enero de 1781, m. en Wiepersdorf el 21 de enero de 1831. De noble familia prusiana, que había dado oficiales y fun­cionarios, estudió ciencias naturales, pero después se ocupó solamente de poesía.

Es­píritu romántico, se entusiasmó por la vida errante y recorrió, en gran parte a pie, alemania, Suiza, Italia septentrional, Fran­cia, Inglaterra y Holanda. Habiendo encon­trado más tarde un espíritu con el que con­genió, Clemens Brentano, emprendió con él un viaje por Renania, a la busca de antiguos cantos populares, que reelaboraron los dos en la colección El cuerno maravilloso del niño (v.).

Se detuvieron por ello en Heidelberg, donde se encontraban los hermanos Grimm y Gorres: en este cenáculo literario tomó forma el segundo romanticismo. En Heidelberg publicó Arnim, en 1808, un perió­dico literario bisemanal, el Diario para los ermitaños (v.).

La febril actividad política y literaria de Berlín, en los años en que se preparaba la insurrección contra Napoleón, lo atrajo y le impulsó a escribir una serie de obras, que son las mejores suyas: las na­rraciones del Jardín de invierno [Der Wintergarten] y la novela Pobreza, riqueza, culpa y expiación de la condesa Dolores (v.).

En 1811 se casó con Bettina Brenta­no, la hermana menor de Clemens, y con ella volvió a sus tierras de La Marca, de­dicándose en aquel tiempo a la agricul­tura y a la poesía. De cuando en cuando reaparecía en él el noble prusiano: y así, es significativo, por ejemplo, el hecho de haber entregado la ganancia que obtuvo con un volumen de dramas para el armamento de las tropas en 1813.

Después de la batalla de Leipzig, volvió durante algún tiempo al periodismo; pero el fracaso de sus sueños de grandeza germánica (es decir, prusiana) lo condujo de nuevo, y de un modo definitivo, a la vida privada. Transfiguró artísticamente su ideal político, el imperio gibelino, en el trabajo más significativo (y más desigual) de su último período, Los custodios de la corona (v.), que quedó incompleto; la no­vela alcanzó una fama desproporcionada, sobre todo porque pronosticaba la llegada de un «enviado de Dios» que uniría a todos los alemanes y restablecería la corona de Barbarroja.

El romanticismo juvenil de Arnim se había enfriado ahora en una fórmula exterior y quedaba agotado en el capricho arbitrario y en fantásticos episodios. Quizá su empresa más difícil fue su matrimonio con Bettina, y el buen resultado del mismo demuestra el equilibrio que poseía; y el hecho que ella no se entregase a la litera­tura, hasta después de la muerte de su ma­rido, es prueba del ascendiente que sobre ella ejerció Arnim.

V. M. Villa