Petrovich Avvakum

Arcipreste ruso, n. en 1620 en el pueblo de Grigorovo, en la región de Nijni Novgorod, m. en abril de 1682 en la hoguera en Pustozersk, pobla­ción del nordeste de Rusia.

Es en los um­brales de la literatura rusa donde encon­tramos su Autobiografía (v. Vida del protopope Avvakum), considerada como una obra no sólo de excepcional valor humano, sino también de original importancia literaria por la espontaneidad de la expresión en una época en que era casi inconcebible escri­bir sin tener presentes los cánones de la literatura eclesiástica tradicional.

La auto­biografía sólo contiene la descripción de un período de su destierro a Siberia. Hombre de excepcional inteligencia y cultura, Avvakum se había atrevido a oponerse, con un grupo de amigos, a las reformas introducidas en la Iglesia por el patriarca Nikon.

Denunciado como hereje, fue condenado a unirse a las fuerzas de la expedición capitaneada por Paskov para la conquista de Dauria (actual Transbaikalia). Jefe valeroso, Pas­kov era, además, duro de corazón y trató con crueldad al desdichado cismático, que permaneció en Siberia nueve años, y cuan­do, caído el patriarca Nikon, hubiera po­dido volver a Moscú, se negó a aceptar una componenda y fue nuevamente condenado por el Sínodo de 1666-67.

A consecuencia de esta condena, hubo de dirigirse a Pusto­zersk, donde continuó manifestándose tenaz luchador por su fe, hasta el punto de es­cribir una violenta carta al zar Fedor, como si buscara el martirio, que llegó efectiva­mente para él y para sus dos fieles compa­ñeros, el monje Epifanio y el pope Lázaro.

E. Lo Gatto

Luis de Ávila y Zúñiga

Historiador y militar español n. en Plasencia en 1500 aproximadamente y m. en 1564. Hijo del conde de Risco y protegido por Carlos V, quien le encargó importantes misiones di­plomáticas en Roma. Acompañó al sobe­rano en la expedición a Túnez y en la gue­rra contra la Liga de Esmálcalda, cuyos hechos resalta elogiosamente en un Comen­tario de la guerra de alemania (v.).

Sirvió también a Felipe II cuando era príncipe y durante algún tiempo de su reinado. Su Comentario a la guerra de alemania re­fleja su gran conocimiento de los historia­dores latinos, y por él su autor fue consi­derado el mejor estilista del grupo de los cronistas de Carlos V. Refiriéndose a esta obra dijo el monarca: «Más hazañas obró Alejandro que yo, pero no tuvo tan buen cronista».

Rufo Festo Avieno

Poeta latino del si­glo IV. Él mismo nos ha dejado noticias de su vida en una inscripción dedicada a Nortia, diosa etrusca de la fortuna.

Nacido en Bolsena, habitó siempre en Roma, desem­peñando dos veces el proconsulado y lle­vando una vida familiar feliz, alegrada por numerosos hijos. Descendiente del filósofo estoico Musonio, fue también seguidor de las ideas estoicas, mientras en religión se mantuvo siempre como pagano convencido. En su vida de buen padre y honrado ciuda­dano, la poesía figura como una afición de literato y versificador. Quedan de él dos poe­mas geográficos: La descripción del mundo (v.) y Ora marítima (v.); una traducción de los Fenómenos (v.) de Arato y un poema en hexámetros dedicado a un amigo llamado Flaviano. Sabemos, además, que se esforzó en poner en senarios yámbicos la Eneida y las Historias de Tito Livio.

Avicena

Abu ‘Ali al-Husain ibn Abdal- lah, de sobrenombre Ibn Sīnā (de donde Avicena, a través de la pronunciación Aben del vocablo Ibn en España y de la trans­cripción española de s por c), nació en 980 en Afshana, pequeña aldea de la provincia de Bukhara, en la que dominaba entonces la dinastía de los Samánidas. Su padre, na­tural de Balkh, era persona culta e influ­yente. Realizó sus primeros estudios en Buk­hara, adonde se había trasladado la fami­lia, y pronto mostró grandes disposiciones. A los diez años conocía ya de memoria el Corán y poseía una buena cultura literaria.

Estudió con Ismail el Asceta derecho musulmán; de los coloquios de su padre con un erudito ismaelita aprendió nociones de filosofía, geometría y aritmética indias, aunque en esta última materia se instruyó junto a un hortelano que llevaba su conta­bilidad a la manera india.

El filósofo Abu Abdallah an-Natili, huésped del padre para que instruyera a su hijo, puso en manos del muchacho el Isagoge de Porfirio, el manual de lógica entonces corriente, Euclides y el Almagesto de Tolomeo; pero no tardó en despedirse cuando se dio cuenta de que el discípulo era más diestro que el profesor. Así nos lo cuenta, en una autobiografía par­cial, el mismo autor. El cual, terminada la astronomía, pasó a las ciencias médicas, y en breve tiempo estuvo en disposición, sólo a la edad de 16 años, de enseñar y practi­car la medicina.

No satisfecho con esto, el joven autodidacta reanuda los estudios de lógica y filosofía, añadiendo ahora las cien­cias naturales. Encuentra su primer obs­táculo en la Metafísica de Aristóteles. La lee cuarenta veces sin comprenderla; al fin le abre el sentido de la misma una obra de al-Farabi que le han vendido a poco precio en el mercado de libros. De­vora otros libros en la biblioteca del sultán de Bukhara, que le ha llamado para que le cure una enfermedad. A los 18 años tiene una cultura totalmente formada.

A los 22, es autor ya de dos obras, y habiendo muer­to su padre, emprende una serie de viajes de corte en corte, que terminan con una larga estancia en Hamadhan, bajo la pro­tección del emir búyida Shams ad-Dawla, quien le nombra su ministro como premio por haberlo curado de una colitis. No es una hermosa experiencia para Ibn Sīnā.

La sol­dadesca, que no se sabe por qué le es con­traria, saquea su casa, lo secuestra y pide además su cabeza. Habiendo podido esca­par, vive escondido durante cuarenta días, iniciando la composición de su enciclopedia filosófico – científica La curación del error (v.) y terminando su Canon de medicina (v.). Al fin, necesitando sus servicios ante nuevos ataques de colitis, el emir lo llama de nuevo y lo hace ministro; pero muere pronto y Avicena se pone en relación con el rival del sucesor.

Arrestado por alta traición, es encerrado durante cuatro meses en una for­taleza, donde continúa la redacción de la Curacióm, y escribe, además de un libro so­bre los cólicos, el opúsculo místico Hayy ibn Yaqzán, del que tomará inspiración más tarde el filósofo español Ibn Tufayl para su Risalat Hayy ibn Yaqzán (v. Hayy ibn Yaq­zán). Al fin logra evadirse disfrazado de sufi y se une en Isfahan con Ala ad-Dawla, el adversario de su encarcelador. Se ve col­mado de honores, nombrado ministro, en­cargado de observaciones astronómicas para las que inventa nuevos aparatos.

Pero mue­re en Hamadan, adonde había acompañado a Ala ad-Dawla en la guerra para conquis­tar esta ciudad, a causa de los abusos sexua­les, de los desarreglos de la vida de campaña y de un cólico con complicaciones epi­lépticas curado con excesiva dosis de fár­macos.

Figura simpáticamente compleja, fi­lósofo y científico y también poeta: racio­nalista, pero creyente en Dios e inclinado al misticismo; trabajador prodigioso, pero amante al mismo tiempo de las diversiones, especialmente de las mujeres hermosas y del buen vino. Sería largo el catálogo de todas sus obras.

Las más conocidas son: en el campo filosófico, científico y religioso, la enciclopedia ya citada con su compendio La salvación [an-Nagiah], La filosofía orien­tal [al-Hikma al-Mashriqiyya], con su pro­bable compendio Alusiones y advertencias [al-Isharat wat-tanbihat] y el Del alma (v.), aparte del opúsculo místico antes citado y otros; en el campo médico, el famoso Canon y el Urgiuzah, resumido en verso y que también circuló por Europa con el nombre de «Cantica».

M. M. Moreno

Averroes

(Ibn Rušd). Nacido. en Córdoba en 1126, m. en Marrakesh el 10 de diciem­bre de 1198. Su nombre fue deformado por los copistas españoles.

De familia muy dis­tinguida, su padre había sido cadí de Cór­doba durante cierto tiempo; su abuelo, que llevaba el mismo nombre que él, Abu l-Walid Muhammad, había desempeñado este cargo durante largo tiempo y había sido luego una autoridad en derecho malikita, consejero de varios soberanos y príncipes.

Averroes continuó la tradición jurídica de la fa­milia y alcanzó, siendo muy joven, fama de gran jurisconsulto, apoyada en el libro Pun­to de partida del jurista supremo y de lle­gada del jurista medio [Bidayat al-mugtahid wa nihayat al muqtasid].

Estudió al mismo tiempo teología y materias litera­rias. Hasta este momento no había salido de los programas ordinarios escolares de su tiempo; pero no paró aquí y se dio a cono­cer al mismo tiempo como médico de gran valor.

Con la medicina, estudió la astro­nomía en el Almagesto, del que hizo un compendio, y la filosofía, en la que le ini­ciaron, sobre todo, las obras de Ibn Bāŷŷa, el filósofo español muerto en 1139, conocido en Europa con el nombre de Avempace.

Conoció, pues, todo lo cognoscible en su tiempo y en su ambiente, y a lo largo de su vida no dejó de profundizarlo, no sólo con nuevas lecturas, sino también con refle­xiones y observaciones directas, tanto que uno de sus biógrafos dice de él que desde la edad de la razón hasta su muerte no cesó de estudiar, salvo el día de su boda y el de la muerte de su padre.

El primer califa almohade ‘Abd al-Mumin (1130-1163) le confió varias misiones; su sucesor Yusuf (1163-1184) lo tuvo en gran estima. El sobe­rano era entendido en filosofía y planteó problemas de esta disciplina a Averroes, cuando le fue presentado éste por el médico de la corte Ibn Tufayl, otro filósofo español conocido en Occidente por la novela místico-filosófica Hayy ibn Yaqzān (v.).

De primera inten­ción, se mostró Averroes reticente, porque sabía —    y debía hacer experiencia de ello al fin de su vida — qué riesgos suponía profesar la filosofía en un ambiente que tendía a identificarla con la herejía; pero cuando vio que el califa mismo planteaba un tema arriesgado, ya no vaciló y así conquistó con su doctrina el ánimo de su interlocutor, quien le regaló una gran suma, un sun­tuoso abrigo de pieles y una bella cabal­gadura, lo nombró médico de corte y le confió, en España y en Marruecos, una serie de misiones que culminaron en 1182 con el nombramiento de cadí de los cadíes de Cór­doba.

Bajo el reinado del sucesor de Yu­suf, Yaqub al-Mansur (1184-1199), conti­nuaron los honores; pero en 1195, el califa, cediendo a las presiones de los teólogos y de los canonistas, que veían en las ciencias profanas, y sobre todo en la filosofía, un peligro para la religión, publicó un decreto contra los cultivadores de estas disciplinas y confinó en Lucena, arrabal situado a poca distancia de Córdoba, a su protegido, que había sufrido el gran disgusto de ver cómo se quemaban sus obras en la plaza pública y de verse expulsado, juntamente con su amigo Ibn Zuhr (Avenzohar), de la mez­quita por la plebe fanatizada.

Tres años después, en 1198, el califa revocó sus edic­tos y volvió a llamar junto a sí, en el Mogreb, a Averroes, que murió pocos meses después en Marrakesh. Hemos mencionado el tra­tado jurídico de Averroes. Sobre astronomía, ade­más del comentario al Almagesto, escribió varios opúsculos reunidos en las traduccio­nes latinas con el título de substantia orbis.

De cuestiones médicas trató en las Generalidades sobre la medicina [al-Kulliyat fi-l-tibb], en oposición a las «particula­ridades» — es decir, a la medicina estudiada de un modo especial en los llamados Kananish, para cada uno de los miembros del cuerpo —, cuyo cuidado confió a su amigo Avenzohar: libro que pasó, en latín, a Oc­cidente con el nombre de Colliget (v.), de­formación de la pronunciación mogrebina y española de Kulliyet.

Escribió también un comentario a la Urgiuza de Avicena, peque­ño poema médico, traducido al latín con el nombre de Cantica, y dos opúsculos De spermate y De theriaca. En filosofía son famosos sus comentarios a Aristóteles: grandes (v. Gran comentario de Aristóteles), medios y resumidos — llegados solamente en traduc­ciones, por haber olvidado incomprensible­mente el Islam durante siglos a Averroes —, y el libro La irreflexión de la irreflexión [Tahafut at-Tahafut] — traducido con el título Destructio destructionis (v. Destrucción de la destrucción) — en el que refuta La irre­flexión de los filósofos [Tahafut al-Falasifah] — traducido por Destrucción de los filó­sofos (v.) — de Algacel, además de una paráfrasis de la República de Platón y un escrito con el nombre de De la bienaventuranza del alma (v.).

En La palabra decisiva [Fasl al-Maqal] concilio filosofía y religión y, con el mismo espíritu, trató de teología en Al-kashf an manahig al-adilla [traduc­ción libre: Luz sobre la metodología de la argumentación teológica]. Obras todas que demuestran que Averroes se encontraba muy lejos de la irreligiosidad que le atribuyeron sus adversarios en Oriente y en Occidente.

M. M. Moreno