La Flor de Retórica, Guidotto da Bologna

[Il flore di retorica]. Entre las obras que enseñaban a escribir y hablar en público en lo relativo a las distintas tareas de la vida comunal, tiene su importancia la obra del fraile Guidotto da Bologna (siglo XIII), dedicada al rey Manfredo de Sicilia, entre 1250 y 1266. y muchas veces refundida después de la muerte de su autor. Necesariamente la obra parte de un libro muy divulgado en la Edad Media: la pseudociceroniana Retórica a He- renio (v.); es más bien un compendio en varias partes, del que se sirve para difundir los preceptos de la elocuencia clásica entre los menos cultos. Los conceptos más im­portantes son los relativos al pensar y ex­poner en público la oración, en las varias partes de que se compone según el arte retórico de aquellos siglos. Fray Guidotto no olvida su experiencia de predicador, y sabe dar a sus consejos el tono de una continua práctica del asunto. Mucho menos olvida los principios de un famoso maestro de retórica de la misma Bolonia de su tiem­po: Guido Fava. Si se tiene en cuenta la importancia que asumía en la vida civil de las ciudades italianas el arte de discutir los problemas ciudadanos en las públicas asambleas y en las embajadas, esta obra merece nuestra consideración, aun cuando fue dejada de lado al cabo de poco tiempo, frente a las nuevas exigencias del pensa­miento y de la literatura. Guidotto es digno de ser citado junto a Brunetto Latini, que comentó el primer libro de la Invención (v.) de Cicerón (la invención es una de las cinco partes de la retórica) y se sirvió de la obra del orador latino en la última parte de su famoso Tesoro (v.). Las com­paraciones entre Guidotto y Latini ponen a veces de manifiesto la identidad de los problemas en la cultura de la época; y no hay que olvidar que el propio Dante formó su preparación doctrinal en la escuela de Micer Brunetto.

C. Cordié

Flor De Apolo, Miguel de Barrios

Las historias de la literatura española más importantes silen­cian el nombre de su autor, don Miguel de Barrios. Según se dice en una de las de­dicatorias que anteceden a sus poesías, la dirigida al capitán Antonio Luis del Valle, Miguel de Barrios, capitán a su vez y pro­bablemente — o con seguridad — de los ejér­citos de Flandes, que vivió a mediados del siglo XVII, era natural de Córdoba. Su li­bro, hermosamente editado, con grabados alusivos a los poemas que preceden, fue impreso en Bruselas, en 1665, por el im­presor y mercader de libros Baltasar Vivién. El autor se lo dedicó a don Antonio Fer­nández de Córdoba, Caballero de la Orden de Santiago, Gentilhombre de Su Alteza y Teniente General de la Caballería en los Estados de Flandes. Es interesante leerlo, además, por el estudio del barroco que pue­de hacerse con él. Integrado por «Panegíri­cos y canciones», «Romances», «Redondi­llas», «Pinturas en varias poesías», «Déci­mas», «Glosas», «Sátiras», «Enigmas», «So­netos», «Quintillas», consta también de tres comedias: Pedir favor al contrario, El Canto junto al Encanto y El Español de Oran. Responde la obra al espíritu dominante de su tiempo alegórico y mitológico. No carece de gracia, ni de aciertos, hasta de belleza indudable en algunas de sus composiciones, pero, en general, justifica el gris aparta­miento en que la crítica histórica lo retie­ne. Sin que, en honor a la verdad, lo merezca del todo, pues algunas poesías son dignas de tenerse en cuenta.

C. Conde

La Flor de Italia, Guido de Pisa

[Il flore d’ltalia]. Compilación histórica de fray Guido de Pisa (primera mitad del siglo XIV), cuya fecha de composición se sitúa entre los años 1325 y 1340. En los siete libros de esta obra, el autor se propuso narrar las prin­cipales vicisitudes de la historia romana desde sus lejanos y fabulosos comienzos hasta los emperadores que sucedieron a Julio César, mezclando e insertando tam­bién para cada época la historia de la Divi­na Escritura y otros hechos memorables dignos de recuerdo y alabanza y otros cono­cimientos pertenecientes a aquellos tiem­pos. «El propósito del autor consistía en ser útil» a muchos que deseaban saber y han tenido impedimentos para estudiar; «por lo que yo — prosigue fray Guido — me propongo traducir del latín al vulgar al­gunos hechos memorables de los antiguos, y especialmente de los romanos». Se trata­ba, pues, de una obra de divulgación con finalidad estrictamente didáctica. Su estructura demuestra el criterio compilatorio ca­racterístico de las obras medievales afines. De los siete libros de la obra, han quedado solamente los dos primeros: el primero es una exposición fantástica de la prehistoria romana, es decir, de los hechos de los pre­suntos cinco reyes que reinaron en Italia antes de la venida de Eneas; el segundo, titulado «los hechos de Eneas» (v.), es una cándida y poética refundición de la Eneida virgiliana, y constituye una de las más interesantes obras de la literatura menor del siglo XIV en Italia.

D. MattalIa

Flor de Durazno, Gustavo Martínez Zuviría

La más popular novela del narrador argentino Gustavo Martínez Zuviría (n. 1883), quien inauguró con ella, publicada en 1911, el pseudónimo de «Hugo Wast». Es una historia sentimental que tiene por escenario las sierras de Cór­doba, y por protagonista a Riña, muchacha campesina pura y hermosa, prometida a Fa­bián y seducida por un joven rico de la ciudad, que le da una hija, Dolores.

Un duraznero que la madre de Riña plantó el día de su bautizo, vinculado simbólicamente a la vida de la campesina, da título a la novela. Sabiéndose encinta, Riña huye del rancho paterno y va a servir a la ciudad, donde afronta la miseria y corre el riesgo de prostituirse. Cuando se decide a volver, un buen cura, el padre Rochero, consigue reconciliarla y casarla con Fabián, el novio traicionado mientras era conscripto de ma­rina. Este cura rústico y francote es la fi­gura más real de la novela; el autor repre­sentó en él, con un nombre aproximativo, a un popular y casi legendario sacerdote conocido por el «cura gaucho». A poco, en el nuevo hogar empiezan a pesar sobre Riña los celos retrospectivos del marido y la hostilidad del padre. Estos sentimientos se enardecen a pesar de la muerte del hijo que le ha nacido al matrimonio, y queda la pequeña Dolores como recuerdo de la pasada falta. Miguel, el seductor, vuelto a la sierra en unas vacaciones, halla la muer­te a manos de Fabián; éste se ahorca en la cárcel; antes, el dolor había roto el corazón de Riña.

Sobre tanta desgracia sonríe tar­díamente la bondad de Dios: tres años des­pués, Germán, el padre, ciego, accede a compartir el amor de Dolores, a la cual ha cobrado cariño, con doña Encarnación, la madre del seductor, antes egoísta y sorda a la piedad, y deseosa ahora de tener a su lado a la nieta. La dama disfrutará de ese compartido cariño en verano, porque en el invierno el clima de las sierras le es perjudicial. Sencillas descripciones del pai­saje en prosa llana y multitud de tipos ca­racterísticos de las sierras cordobesas hacen de esta historia un relato edificante, pues el autor, hombre de firme religiosidad, ha cuidado siempre la limpieza moral de sus libros, anteponiéndola a los perturbadores sondeos psicológicos; una novela para am­plios círculos de lectores que han asegurado su éxito en el mundo hispanohablante y en ocho traducciones a diferentes idiomas.

F. Giusti

La Flor, Anónimo

[Il flore]. Poema alegórico italiano de tema amoroso, descubierto en un manuscrito del siglo XV y publicado por primera vez en 1881. Es incierta la fe­cha de su composición, que, sin embargo, se puede colocar aproximadamente entre 1280 y 1310. La atribución a Dante, soste­nida por el primer editor, es muy dudosa. La flor es una interesante imitación del Roman de la Rosa (v.) de Guillaume de Lorris y de Jean de Meung, pero sin el apa­rato teológico y científico del modelo fran­cés. El poema describe, en 232 sonetos, las peripecias y los obstáculos encontrados y superados por el amante en la conquista de su dama, es decir, la «flor»: todo esto tiene lugar entre numerosas personificaciones de índole eroticopsicológica, entre las que, siempre siguiendo el modelo francés, brota viva la sátira social. El desarrollo narrativo se alterna hábilmente con el tono dramá­tico del debate, frecuente en la poesía antigua; en los últimos sonetos el lector se entera más claramente del significado exac­to que el autor da a la palabra «flor», de manera que el poema resulta decididamente erótico hasta en el título.

El amante es asistido y ayudado por el Amor, por Venus, por Razón, por Buenacogida [Bellaccoglienza], por el Amigo, por Riqueza, por Corte­sía y Liberalidad, por Piedad y Deleite, por Bienocultar [Bencelare], y Franqueza; pero también encuentra muchos obstáculos y ene­migos: Castidad y Aversión (desdén de la mujer), Obligada abstinencia [Costretta astinenza], Vergüenza, Miedo, Falsosemblante [Falsembiante], Malaboca, la Vieja, todas ellas personificaciones cuya clave psicoló­gica y social es fácil descubrir. El procedi­miento alegórico redime el atrevimiento del tema en el ingenioso mecanismo de la in­vención, en la puntual relación entre los dos planos alegórico y real, psicológico y social, y crea en este poema un clima de vitalidad socarrona y despreocupada. Por­que la sensualidad de la obra es siempre franca e ingeniosa, alegremente cínica, si se quiere, pero nunca morbosa y lasciva. La flor, en suma, es una flor italiana, cogida en el multicolor jardín del alegre sensua­lismo galo.

D. Mattalía