Las Florecillas de San Francisco, Ugolino da Montegiorgio

[I fioretti di San Francesco]. Traduc­ción en lengua vulgar toscana de los Actus beati Francisci et sociorum eius derivados de un perdido texto primitivo en latín del fraile Ugolino da Montegiorgio, debida tal vez a algún fraile anónimo. Es «el libro más amable y querido» del Medievo fran­ciscano. Florecillas, es decir, antología de los hechos y los milagros del glorioso en humildad, Francisco de Asís, y de sus com­pañeros: pequeñas florecillas de un dila­tado florecimiento. La intención y la satis­facción del escritor es mostrar que San Francisco, «en todos los actos de su vida, fue conforme a Cristo», y que los compa­ñeros, «profesores de la altísima pobreza», eran como nuevos Apóstoles: «parecían y eran hombres crucificados, lo mismo por el hábito como por su vida austera y por sus actos y obras». Y en verdad que ninguna vida fue tan llena de Cristo ni ninguna obra escrita está informada en mayor grado que las Florecillas, por el espíritu del Evange­lio. En ella alienta de una manera perenne el sentido del milagro, de la santidad, de las principales virtudes franciscanas: la pa­ciencia, la humildad y la alegría, la aceptación voluntaria de las tribulaciones y los escarnios, el conocimiento ilimitado de las profundidades espirituales.

Toda esta dis­posición evangélica se encuentra en las Florecillas; y, a pesar de esto, esas almas celestiales que son los frailes, no viven abs­traídas en una helada práctica de ascetis­mo, sino alegremente, celosos trabajadores en medio de los hombres (de aquí el equi­librio de la moral de las cándidas páginas y su sonrisa italiana). No olvidando el ori­gen mundano de los «Poverelli», no igno­rando sus turbaciones, e incluso las de su superior, uno los ve reunidos o dispersos por los caminos de la Umbría o de aquella provincia de la Marca de Ancona que «se vio antiguamente, lo mismo que el cielo de estrellas, adornada de santos y de frailes ejemplares». Y uno se siente acorde con aquella serena simplicidad de amados locos, de amorosos juglares, de infantiles, mansos y al mismo tiempo tan altos héroes, en medio de aquel paisaje, entre las cosas reales que van siendo nombradas a su al­rededor, con una inocencia conmovedora, en la cual hay como un eco del Cántico de las creaturas (v.): «la mesa de piedra tan hermosa», la «fuente tan clara», «la hermosa y ancha piedra», las hermanas tórtolas, el hermano lobo.

Estos frailes tienen movi­mientos, tendencias, deseos que no se di­ferencian mucho unos de otros, y, no obs­tante, no se confunden sus figuras, gracias a aquellas sobrias pinceladas de verdad con las cuales el escritor se manifiesta: fray Masseo, «hermoso, y grande de cuerpo», que «a menudo cuando oraba emitía unos ruidos sordos y uniformes como el zurear de las palomas: ¡Uh! ¡Uh! ¡Uh!»; fray Si­món, que «no había aprendido jamás gra­mática y, a pesar de ello, de una manera tan profunda y elevada hablaba de Dios y del amor de Cristo, que sus palabras pa­recían sobrenaturales»; fray Pacífico, que se dirige hacia la sepultura de fray Hu­milde, «coge sus huesos, los lava con buen vino y luego, envueltos de nuevo en un lienzo blanco, con gran devoción y reve­rencia, los besaba y lloraba», porque los consideraba santos, pues había visto el alma del muerto subir al Cielo; fray Juan de la Vernia, que, niño aún, entra en la orden de San Francisco y «con tan gran suavidad de gracia ardía en amor divino que, no pudiendo permanecer quieto y soportar tanta suavidad, se levantaba y, como embriagado de espíritu, se paseaba por el huerto, o por el bosque, o por la iglesia, según la llama y el ímpetu del espíritu le empujaban». ¿Y quién puede olvidar a fray León, cor­dero de Dios, y su simplicidad de paloma? Compañero de fray Francisco, durante un riguroso invierno de Umbría, él es el silen­cioso oyente de la más hermosa y signifi­cativa de las Florecillas, la de la «perfecta alegría».

Pero numerosos son los ejemplos vivos y sugestivos de este libro, ni monó­tono ni privado realmente de sentido dra­mático: el de la predicación a los pájaros, el de la refección junto a la hermosa fuen­te, el del lobo de Gubbio, de la mesa de Santa Clara y San Francisco y Santa María de los Ángeles, del silencioso abrazo de San Luis a fray Edigio, del frailecito puro e ino­cente que quería ver de noche a San Fran­cisco y conocer su santidad, y desfalleció ante la aparición de Cristo con su Corte, y el Santo «se lo llevó en sus brazos y lo volvió a poner en su cama del mismo modo que el buen pastor hizo con su oveja»; y finalmente el del joven fraile que, tentado, quiere volver al mundo, y fray Simón le hace sentar a su lado y le habla de Dios, y entonces «el joven fraile inclina la ca­beza a causa de la melancolía y la triste­za». Las Florecillas (53 en total) no hay que olvidar que son un libro de devoción, y cada ejemplo termina con un «Alabado sea Cristo. Amén»; pero todo aquel mundo de cosas puras, aquel sentimiento de pre­dilección cristiana por las ovejas perdidas, aquella sabiduría esencial, tienen bastante a menudo la gracia de estar impregnadas de poesía, una poesía que posee, como se ha dicho muy bien, la gracia de los cuen­tos de hadas. Históricamente no son un documento válido y no obstante ningún otro testimonio nos puede dar idea con tan extraordinaria plenitud de aquel milagro único de la aparición del franciscanismo.

F. Pastonchi

La Flor De Virtud, Tommasso Gozzadini

[Il fiore di virtù]. Excelente florilegio de sentencias mo­rales y de narraciones diversas, escrito en prosa italiana muy tosca y casi dialectal, probablemente por el religioso boloñés Tommasso Gozzadini (que vivió entre los úl­timos años del siglo XIII y primeros del siglo XIV). Después de haber hablado del Amor y de la Envidia, el autor trata de va­rias cuestiones sacadas de la Biblia (v.), prestando especial atención a las virtudes y a los vicios humanos, simbolizados res­pectivamente en animales: alegría en el gallo, tristeza en el cuervo, humildad en el cordero, y otros semejantes. Siguen noticias sobre la vida de los Santos Padres y per­sonajes famosos de la Antigüedad, y conse­jos sobre el hablar, el callar y el instruir.

Esta obra fue acogida con gran favor por­que parecía presentar en forma llana y a menudo ingeniosa la flor (esto es, la parte mejor) de la virtud, entendida un poco a lo latino, como valor y aptitud para la vida. Pero, sobre todo, esta virtud es, más que gesto exterior y relación con los de­más hombres, capacidad interior que pone al individuo en todas sus manifestaciones en contacto con el universo, y que, por lo tanto, refiere todas las facultades humanas a un valor absoluto. De aquí el particular significado del símbolo, que no es metáfora, sino realidad profunda; sus animales no aluden solamente a las diversas virtudes, sino que son su expresión pura y real. De este modo, entrevemos, a través de la apa­rente ingenuidad de las corporaciones, la oculta magia de un mundo medieval, que vive espontáneamente bajo especie de eter­nidad.

C. Cordié

¡Flor De Un Día!, Francisco Camprodón

En febrero de 1851 estrena Francisco Camprodón (1816-1870) su drama en tres actos y un prólogo, ¡Flor de un día!, que obtiene un éxito extra­ordinario. Un mes hacía que se había tras­ladado a la Corte desde Barcelona, y ello le fue favorabilísimo para su porvenir lite­rario. El drama, es fama que tuvo algún apoyo autobiográfico, y fue escrito febril­mente en dos semanas. Su conflicto es el muchas veces tratado de la ausencia y re­torno del amante, cuando la amada ha dis­puesto irremediablemente de su amor. Camprodón logra escenas muy animadas y dra­máticas, y el interés es acuciante desde las primeras. Sospechas y celos parece que hacen caminar el conflicto hacia una solu­ción trágica, pero queda en un final triste y sentimental, con reconciliación de los esposos, generosa ausencia del primer aman­te y una atmósfera de melancolía matizan­do el cuadro. Ocurre la acción en 1813, y el ambiente es en parte el de nuestras co­lonias americanas. Ni falta el tipo senti­mental y romántico del negro, modelo de fidelidad y abnegación. Dentro de la come­dia sentimental postromántica, tiene im­portancia este drama. Escrito en verso, los descuidos y hasta faltas gramaticales no es­casean, como en las demás obras dramáticas del autor catalán.

J. M.a de Cossío

Flor de Medicina, Anónimo

[Flos medicinae o Regimen sanitatis salernitanum]. De toda la literatura médica que nos ha dejado la gloriosa Escuela de Salerno (siglos IX-XIV) este breve poema en 362 versos latinos es ciertamente el más célebre y, estudiado y aprendido de memoria por generaciones y generaciones de médicos, ha tenido, duran­te mucho tiempo, una difusión no inferior a la de los Aforismos (v.) de Hipócrates. El poema, que ha alcanzado ya más de 300 edi­ciones en todas las lenguas, va dedicado a un rey de Inglaterra, y se supone escrito por toda la Escuela Salernitana («Anglarum Regi scribit schola tota Salerni»); está constituido por una serie de máximas hi­giénicas, expresión ya de la dirección prác­tica y realista de la Escuela, ya del buen sentido itálico que le daba carácter; de aquellas normas, muchas conservan hoy to­davía su valor y forman parte de la pro­visión de conocimientos populares de hi­giene: «Si vis incolumem, si vis te reddere sanum / Curas tolle graves, irasci crede prophanum. / Parce mero, coenato parum; non sit tibi vanum / Surgere post epulas, somnum fuge meridianum. / Non mictum retine, nec comprime fortiter anum. / Haec bene si serves, tu lungo tempore vives. / Si tibi deficiant medici, medici tibi fiant / Haec tria: Mens hilaris, requies, moderata dieta». Y también: «Sit brevis aut nullus tibi somnus meridianus, / Febris, pigrities, capitis dolor atque catharrus / Haec tibi proveniunt ex somno meridiano». Y en otro lugar: «Ex magna coena stomacho fit ma- xima paena. / Ut sis nocte levis, sit tibi coena brevis. / Pone gulae metas, ut tibi longior aetas». Otro pasaje: «Lucidus et mundus sit rite habitabilis aer / Infectus neque sit nec olens foetore cloacae». Po­dríamos decir que está en este poema toda la sabiduría médica e higiénica que ha guiado a Europa durante casi todo el úl­timo milenio.

R. Deotto

Flor de Mayo, Vicente Blasco Ibáñez

Novela del escritor es­pañol Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928), publicada en 1895. El relato, que se encuadra en la vida dura y peligrosa de los pescadores del litoral valenciano, recuerda, salvo en la conclusión, el de Caballería rusticana (v.) de Verga: la Lola y la Santuzza de la novela de Blasco Ibáñez son respectivamente Dolores y su cuñada Ro­sario, el amigo Alfio (v.) y el Turiddu (v.) son los dos hermanos Pascual y Tonet. Pascual, laborioso y bonachón, después de haber ignorado durante años las relaciones de Dolores con su disipado hermano, puesto sobre aviso por la misma esposa de éste, le obliga a embarcar con él en la barca «Flor de Mayo» en un día de borrasca, y le lleva al naufragio y la muerte. La novela pertenece al momento más feliz de la pro­ducción literaria de Blasco Ibáñez, es de­cir, el del naturalismo moderado de am­biente regional. Superado el período en el cual su meta parecía ser la novela de fo­lletón, y antes de caer en la fase evolutiva de la novela de tipo cinematográfico, el escritor, en ésta y en otras pocas novelas, dió la medida exacta y plena de su talento creando un naturalismo que no tiene nada de programático y que fue solamente fru­to de una investigación amorosa e inteli­gente del material humano que mejor com­prendía y conocía.

A. R. Ferrarin