Los Fourchambault, Émile Augier

[Les Fourchambault]. Comedia en cinco actos de Émile Augier (1820-1889), representada en 1878. Augier quiere combatir aquí el mate­rialismo burgués característico de fin de siglo. Y, puesto que esta actitud hace del dinero la medida de todas las cosas, espe­cialmente cuando se habla de matrimonio, Augier demuestra que la única condición esencial para la felicidad en los esposos es el afecto recíproco. Fourchambault, rico burgués, ha amado y seducido, de joven, a una pobre muchacha profesora de música, abandonándola luego junto con el hijo na­cido de este amor, para casarse con una muchacha rica, de la que sólo conoce la cifra de su dote. El hijo que nace de este matrimonio crece abandonado a sí mismo en un ambiente falto de afecto, y pasa agradable y ruinosamente sus días entre campos de carreras y salas de juego. Víc­tor, el hijo ilegítimo, criado con infinito amor por su pobre madre, ha presenciado las humillaciones que ella ha soportado, las luchas que ha tenido que librar, y ha sa­bido crearse una situación y un patrimonio. Reducido a la quiebra por las disipaciones de su hijo y de su mujer, y por el des­orden que reina en su familia, Fourcham­bault es salvado por Víctor, que conoce su origen. El contacto con este joven honesto y sano es beneficioso para el hijo legítimo; también la señora Fourchambault abandona su vanidad mundana. Es ésta la última co­media escrita por Émile Augier, notable por la fuerza de los caracteres y el dramatismo de las escenas, a través de las cuales el autor persigue lo que es el fin de toda su obra: la exaltación de la familia, fundada en el amor y en el trabajo.

G. Alloisio

La Fotografía de los Colores, Gabriel Lippmann

[La photographie des couleurs]. Obra del físico francés Gabriel Lippmann (1845-1921), publicada en las Actas de la Academia de París en 1891 y perfeccionada en otros tra­bajos posteriores. Lippmann ideó su pro­cedimiento partiendo del hecho de que la luz incidente sobre una superficie especular forma unas ondas estacionarias con la luz reflejada, hecho que Wiener había demos­trado experimentalmente el año anterior. Se forman en este caso unos planos de má­xima vibración, o ventrales, alternados con planos de vibración nula, o nodales, y los dos sistemas son paralelos a la superficie re­flejante. La distancia entre dos planos ven­trales consecutivos es constante e igual a la mitad de la longitud de onda de la luz empleada. Poniendo el estrato sensible de una placa fotográfica en contacto con una superficie reflejante de mercurio e ilumi­nando la placa por la parte del cristal, se pueden fotografiar las ondas estacionarias, puesto que la emulsión sensible es impre­sionada en correspondencia con los planos ventrales, mientras que queda inalterada en los planos nodales.

Revelando y fijando la placa, se obtienen en el estrato sensible una serie de estrías ennegrecidas paralelas y equidistantes de una media longitud de onda. Iluminando ahora la ‘placa con luz blanca y observándola por reflexión, se ve el mismo color que la luz que la ha im­presionado. Esto se debe a un fenómeno de interferencia ya anunciado por lord Rayleigh, por el que la serie de franjas parale­las refleja tan sólo aquella luz cuya lon­gitud de onda es doble de la equidistancia entre las laminillas mismas. Por lo tanto, si se fotografía con este procedimiento un objeto coloreado y se observa la placa por reflexión, se ve la imagen del objeto con sus colores naturales. El procedimiento Lipp­mann tiene gran importancia teórica, pero no correspondió a las esperanzas que al principio se tuvieron, de que tuviera apli­cación práctica. La necesidad de emplear emulsiones de grano muy fino, y por lo tanto poco sensibles, obliga a exposiciones muy largas, haciendo casi imposible el re­trato. Además, la delicada manipulación que hay que aplicar al negativo, la dificultad de observación que ha de hacerse por reflexión según un ángulo bien determinado, y la imposibilidad de hacer copias no han des­pertado el interés de la gran masa de los aficionados.

G. Toraldo di Francia

Foscolo, Eugenio Donadoni

Ensayo crítico de Eugenio Donadoni (1870-1924), publicado en 1916. Es uno de los mejores libros del atrevido y poco afortunado escritor lombardo, y ha señalado las directrices para toda la crítica posterior acerca de Foscolo. El escritor afir­ma en el prefacio haberse propuesto «estu­diar objetivamente el mundo interior de Hugo Foscolo, y, a la luz de aquel mundo interior, valorar su producción artística» descubriendo sus orientaciones en el vasto repertorio de ideas que hace de Foscolo «uno de los más desordenados pensadores de su tiempo», y no olvidando que él «era un filósofo o demasiado pequeño o dema­siado grande para someterse a un sistema rígido».

Foscolo, conocido con harta fre­cuencia como un «tenebroso» de alcoba y como hombre de armas y de letras al mismo tiempo, es estudiado sobre todo como con­ciencia pensante y como poeta. Aquí se le considera más que nada como poeta, como un ideólogo que había alternado las lecturas de Locke, Cabanis, Destutt de Tracy con las de Vico y las de los grandes clásicos hu­manistas; de este modo se fijan los ante­cedentes ideales de los Sepulcros (v.), si­tuados en una zona intermedia entre el sensualismo de los «ideólogos» franceses y el sentido arcano de la piedad y de la re­ligión dirigidas a un supremo «Infinito», procedente de Vico. Foscolo tuvo en su tiempo una mentalidad tendida hacia dos edades, como Stendhal, que tantos puntos de contacto tiene con él. Y Donadoni llega a la conclusión de que «Foscolo fue poeta — por lo menos el Foscolo sincero y autén­tico — de espíritu y maneras esencialmente románticos, del mismo modo que Manzoni fue poeta de espíritu y manera esencial­mente clásicos».

Esta obra es además justa­mente alabada por el vasto material eru­dito y por la historia ideal de una época, estudiada sobre el fondo del protagonista. Si hacia otros escritores, como Tasso y, so­bre todo, Fogazzaro, Donadoni demostró menos comprensión y tal vez incompatibi­lidad temperamentales, con Foscolo se sien­te plenamente identificado. Su método crí­tico, que puede definirse como un feliz compromiso entre el de la introspección psicológica (Sainte Beuve) y el de la es­cuela estética (De Sanctis), da óptimos fru­tos en esta obra, que es al mismo tiempo un espléndido retrato moral y un ensayo de valoración estética.

L. Giusso

Los Fósiles, François de Curel

[Les Fossiles]. Drama en cuatro actos de François de Curel (1854-1928), representado en París en 1892, y pu­blicado con modificaciones en 1900. En el antiguo castillo en las Ardennes, junto a sus padres y a su hermana Clara, langui­dece, consumido por la tuberculosis, Ro­berto, el último duque de Chantemelle. Co­nociendo su próximo fin, confiesa a su ma­dre que tuvo un hijo de sus amores con Elena Vatrin, una muchacha acogida en la casa por caridad, criada junto a Clara, y recientemente alejada del castillo por vo­luntad de ésta. Clara, en su orgullo y su pureza, ha rehusado revelar las razones de su hostilidad, pero tiene las pruebas del amor entre su padre y su antigua compa­ñera. En realidad, Elena, carácter débil, ha pertenecido a los dos hombres, aunque amó sólo a Roberto, de manera que cada uno de los dos, en su fuero interno, se cree padre del niño. La ira del viejo duque, cuando se entera de lo ocurrido, estalla violentamente; pero pronto se aplaca con un nuevo pensamiento: sea de quien sea aquel hijo del que quería renegar, es un Chantemelle; es, por lo tanto, necesario abrirle las puertas y darle el propio nombre. Ordena, pues, que Roberto y Elena se casen.

Clara se rebela contra esta infamia: pero también ella ’Se inclina ante la volun­tad de su padre cuando sabe a qué obedece la orden. Ni siquiera a Roberto se le ahorra el dolor de saber cuál es su parte en el drama de la familia: se lo revelan Clara y su padre, cuando comprenden que Elena reclama de su marido moribundo la inde­pendencia para sí misma y para su hijo. Y Roberto, en nombre de su mismo sacrificio, impone al morir su voluntad a todos: sus padres se alejarán, y Clara, víctima volun­taria y, al mismo tiempo, sacerdotisa del culto de los antepasados, vivirá junto a Ele­na, vinculando su vida a la de la mujer que desprecia, para educar a su hijo de una forma digna de -su nombre. El drama, de línea muy noble, rico en poesía y elocuen­cia, está basado, como suele estarlo el tea­tro de este autor, en una idea central, que, descendiendo del mundo abstracto del pen­samiento, intenta encarnarse y vivir como acción. Efectivamente, aquí se alcanza la vida, en los primeros tres actos, en las figu­ras de Clara y de su padre, que se enfren­tan, o como enemigos, o como cómplices, empujados por la violencia de la misma pasión.

E. C. Valla

Fosca, Iginio Ugo Tarchetti

Novela de Iginio Ugo Tarchetti (1841-1869), publicada en el diario «II Pungolo», en 1869. La novela, truncada por la inesperada muerte del autor, fue terminada por su amigo Salvador Fariña. Es la histo­ria del morboso amor que un joven oficial, Jorge, de temperamento desequilibrado y convulso, siente hacia Fosca, mujer histérica y deforme que, como defensa o reacción contra la repugnancia que suscita a quienes la tratan, está pronta a amar, «pero de una manera violenta, súbita, extrema», a cuan­to la rodea. Ambos protagonistas son es­píritus enfermos, pero los papeles están in­vertidos: la víctima, el elemento pasivo, es el hombre, que se ve arrastrado por el remolino: «ella me aferró, me abrazó y con un acento de indescriptible deseo, murmuró en mis oídos: sé mío, sé mío. Una niebla obscureció mi inteligencia y no tuve fuer­zas para resistirme. Lo que sucedió después es tan horrible que mi mente lo rehuye despavorida». En este atormentador contacto de cuerpos y de almas, todos los matices morbosos del espíritu y hasta el tono de la voz de Fosca pasan al hombre, y éste sale de su experiencia presa de una profunda melancolía y una desesperación helada y escéptica, de la que por un momento lo saca, hacia el final de la obra, el amor por Clara, una mujer bella y sana.

Aquí enlaza la conclusión escrita por Fariña. En esta novela, que es la de más amplios horizontes entre las de Tarchetti, algún crítico ha que­rido ver uno de los primeros ejemplos ita­lianos de la novela naturalista. En realidad, si no nos dejamos engañar por la crudeza de determinadas páginas, observaremos que a Tarchetti le falta precisamente la cuali­dad principal del escritor naturalista. Efectivamente, en Fosca, igual que en Una noble locura, los dos protagonistas no son más que deformes proyecciones psicológicas del espíritu del autor, variantes psicológi­cas de una única enfermedad. Y el espíritu del autor se siente también en la lucidísima introspección que realizan los dos perso­najes, casi desdoblándose, en una especie de continuo y exasperante tormento; de este modo, los personajes pierden consisten­cia psicológica, y la trama de la narración flota tenue y esquemática sobre la ondu­lante tensión de las páginas. Fosca, a pesar de estar en los umbrales del naturalismo, es un tardío producto de la más caprichosa e irregular literatura romántica.

D. MattalIa