Gaspar Ruiz, Joseph Conrad

[A set of six]. Colección de seis cuentos del escritor inglés Joseph Conrad (1857-1924), aparecida en Londres en 1908. El libro toma el título del primero de la serie.

El general Santierra, un sud­americano, cuenta a algunos amigos sus recuerdos de la guerra de la Independencia contra los españoles. Joven lugarteniente, vio llegar un día al puerto de Valparaíso, entre los prisioneros realistas, al republi­cano Gaspar Ruiz, una especie de Hércules que, por haber sido encontrado con las ar­mas en la mano entre’ las filas de los ene­migos, debía ser fusilado como desertor. Gaspar en realidad había sido hecho pri­sionero por los realistas y obligado a tomar las armas contra los suyos. No obstante iba a morir. A la primera descarga cae Gas­par; pero dos de sus compañeros al desplomarse sobre él le protegen de las si­guientes. Al llegar la noche se arrastra hasta la choza de la bella Herminia, que vive en la más absoluta privación con su padre, viejo dignatario del Virrey, y con su madre. Herminia, feroz realista, esconde a Gaspar, quien a su vez le salva la vida en un temblor de tierra durante el cual se derrumba la choza de la muchacha sobre sus padres. Gaspar, que ama a Herminia con un amor profundo y sin esperanza, gana, después de una serie de hazañas deslum­brantes, la confianza de los patriotas, para mejor poderles traicionar después. Tras ha­ber matado al gobernador, se retira a las montañas con sus hombres y con Herminia, que se ha transformado en su mujer, por necesidad y aparentemente sin amor.

A causa de una traición son hechos prisio­neros por los patriotas Herminia y el hijo que ella le ha dado; Gaspar muere inten­tando libertarlos, bajo el peso de un cañón al que él servía de soporte, tras haber re­cibido por vez primera de labios de su mu­jer la declaración de su amor. Y el general Santierra concluye su narración presentando a sus huéspedes la hija de Gaspar, que él adoptó. «El indicador»: un coleccionista, X., viene un día al encuentro del narrador para mostrarle su colección de bronces y porce­lanas de China. X. es un escritor revolu­cionario que frecuenta las sociedades secre­tas y cree que no se obtendrá jamás el pro­greso de la humanidad si no es por el terror y la violencia. X. cuenta la siguiente his­toria: la deslumbrante hija de un alto funcionario inglés, para afirmar su perso­nalidad, ofreció una de sus propiedades a un grupo de anarquistas, que instalaron allí una imprenta y un laboratorio de explosivos. Mientras tanto todos los intentos de los anarquistas fracasaron en el último mi­nuto; X. fue encargado de investigar dis­cretamente sobre las causas de aquellos fra­casos. Trabó, pues, conocimiento con la bella joven y el grupo de anarquistas, al que se había unido Sevrin «con semblante de sacerdote fanático» y muy enamorado de la muchacha. X. organizó una falsa re­dada de la policía, y Savrin, para salvar a aquella a quien amaba, se desenmascaró, mostró su salvoconducto firmado por todas las policías de Europa. Los falsos policías se dieron a conocer a su vez, Savrin, el «soplón», se envenenó y a la muchacha no le quedó otro recurso que retirarse a un convento.

«La Brute» es la odisea de un barco que se dice habitado por el espíritu del mal. Imposible de gobernar, causa por lo menos una muerte por viaje y siembra el terror en los puertos y en el mar. La historia de estas catástrofes es la que cuenta el narrador, relato lleno de sangre y de amor que concluye finalmente cuando la «Brute» se estrella un día contra las rocas dando fin así a la larga serie de des­gracias que ella misma provocó.

«Un anar­quista»: una importante fábrica de extrac­tos de carne, la Compañía B.O.S. Limited, ha instalado en una isla, en la desemboca­dura de un río de América del Sur, unos inmensos parques de animales. El jefe de la expedición no ha podido retener al me­cánico encargado de manejar la pequeña embarcación a vapor de la explotación, has­ta que un día llega un forzado francés que se ha fugado de Cayena, al que contrata sin pagarle y va contando por todas partes que se trata de un peligroso anarquista de Barcelona. En realidad, procede de París, donde fue arrestado un día acusado de propagandista del anarquismo, aunque la ver­dad es que era un excelente obrero mecá­nico que gritó «¡Viva la anarquía!» un día que estaba embriagado. Consumido por el clima, prefiere, no obstante, no regresar a Europa y esperar la muerte lejos de los hombres y de su justicia.

«El Duelo»: en Estrasburgo, bajo el reinado de Napoleón I, el lugarteniente Hubert es encargado de prevenir al lugarteniente Féraud de que debe tomar las disposiciones de rigor. Féraud provoca inmediatamente a un due­lo a Hubert, quien a pesar de que encuentra ridícula esta querella, no tiene más remedio que batirse. Hiere a Féraud, quien no le perdonará jamás: cada vez que el azar de las campañas napoleónicas reúne a ambos oficiales en una misma ciudad, Féraud envía sus testigos a Hubert y le obliga a batirse, sin que nadie, ni aun los mismos interesa­dos, sepa por qué. Herido durante la cam­paña de Francia, Hubert no puede reem­prender el servicio durante los Cien Días y Luis XVIII le confirma en su grado de general, mientras Féraud figura en la lista de los veinte generales que deben ser eje­cutados. Hubert se entera y pide a Fouché el indulto de su eterno adversario: Féraud es exilado a residencia forzosa. Mientras tanto Hubert debe casarse con una joven noble a quien adora, pero cuyos sentimien­tos respecto a él ignora. Féraud le provoca una semana antes de su casamiento y se baten a pistola. Hubert perdona la vida a Féraud y hace que se le conceda una pen­sión, pues gracias a este último duelo des­cubre que su prometida le ama verdadera­mente.

«Il Conte»: El «conde», tal es el sobrenombre que se le da a un viejo asiduo de la Riviera italiana, tipo de hombre de mundo acabado que tiene verdadero horror por todo aquello que es excesivo. Imperio­sas razones de salud le obligan a vivir en Nápoles. Una tarde es atacado en un parque público por un joven de cuidado aspecto, que le obliga bajo la amenaza de un puñal a entregarle el dinero y el reloj. «II conte», habiendo encontrado una pieza de oro, va a continuación a cenar a un café célebre. Su agresor se halla en una mesa vecina, y se explica al conde que se trata de un jo­ven de excelente familia, estudiante y jefe de banda. «Il conte», considerando «man­chada su dignidad por un ultraje odioso», abandona para siempre Italia, lo que, dado su estado de salud, equivale a un suicidio. Joseph Conrad escribió a su editor Methuen: «Cada uno de estos cuentos es el relato de incidentes… y no un relato de análisis. No se trata, pues, de estudios, es­tos cuentos no abordan ningún problema. Son simples narraciones que he hecho lo mejor que he podido para retener simple­mente el interés de los lectores. Puedo añadir quizá que en esta colección he in­tentado cierto virtuosismo de estilo». Vir­tuosismo de estilo, interés de los temas, es­tudio penetrante de los seres y de las cosas, humor; estos seis cuentos están escritos con la maestría que caracteriza el arte de Conrad.

La Garra, Manuel Linares Rivas

Drama en dos actos y en prosa de Manuel Linares Rivas (1878-1938), estrenado en el Teatro de la Princesa, en Madrid, la noche del 21 de diciembre de 1914. El autor sigue la manera de Benavente, aunque su tendencia es docente, so­bre todo en lo que se refiere a reformas jurídicas. Por su espíritu, profundamente liberal, pasa la ráfaga de la rebeldía contra las leyes que se van anquilosando hasta asfixiar a las criaturas en lugar de defenderlas de las innumerables asechanzas de que la vida las hace víctimas irresponsables e indefendibles, según las leyes.

La Garra se encara con el tremendo problema de una pobre mujer abandonada por su esposo, del cual se ignora si vive o no vive al cabo de muchos años, y que no puede unirse al hombre que la ama y que ama porque la ley, hasta pasados treinta años, no deter­mina a favor de la que espera en vano. Por otra parte, un hombre que se divorció en América, y cuya esposa se casó con otro hombre y vive con él y hasta tiene hijos, al casarse en España y formar una familia llena de amor y de alegría, se ve separado de ella porque alguien descubre aquel di­vorcio y las autoridades declaran nulo el segundo matrimonio. La única salida que este hombre encuentra es la muerte: se sui­cida para dejar libre a la mujer de quien la separan las leyes y los prejuicios fami­liares, mientras la otra esposa, la primera, puede vivir tranquila y legalmente en otro país que reconoce el derecho a divorciarse cuando el matrimonio es un fracaso.

Con todos los tintes dramáticos que el caso re­quiere, el autor, condolido y deseoso de soluciones humanas para los pobres seres en manos de las crueles circunstancias, ex­pone su obra. Pesa sobre ella el ambiente de una ciudad, Campanela (Santiago de Compostela), sojuzgada tanto por supersti­ciones como por tradiciones y prejuicios sociales que rayan en la crueldad en nom­bre del deber. Al fin y al cabo, Linares Rivas era un idealista que sólo pretendía la felicidad lógica de sus personajes.

C. Conde

La Garduña de Sevilla y Anzuelo de las Bolsas, Alfonso de Castillo y Solórzano

Novela picaresca de Alfonso de Castillo y Solórzano (1584- 1648), editada en 1642, última obra publi­cada en vida del autor, pues que no son de fiar las noticias sobre ediciones posterio­res: constituye la continuación de las Aven­turas del Bachiller Trapaza, quinta esencia de embusteros y maestro de embelecadores.

Trapaza es el padre de Rufina, la garduña de Sevilla (nueva recluta de la serie capi­taneada por La Pícara Justina (v.), de Ló­pez de Úbeda). Antes de pasar a mejor vida, Trapaza, salvado de las galeras, pero siem­pre pícaro, casa a Rufina con un viejo, provisto de una mediana fortuna: ésta no basta a Rufina, y trata de complementarla explotando su atractivo personal. Engaña­da por un primer adorador, logra que un segundo mate al primero: el marido muere de dolor al descubrir las infidelidades de su mujer, y Rufina comienza entonces sus faenas de gran estilo. Primera víctima es el viejo Marquina, el cual se da a entender que debe huir para sustraerse a la justicia: su tesoro pasa a poder de Rufina, a la que él ha acogido imprudentemente en su casa. Segunda víctima, un genovés que se em­peña en encontrar la piedra filosofal: Ru­fina y un compadre se presentan como al­quimistas, y terminan por quedarse con todo, dejando al genovés una carta bur­lesca llena de buenos consejos, última pre­sa importante es Crispín, falso ermitaño, ladrón y jefe de ladrones: Rufina se hace acoger por él, le enamora como de costum­bre, le roba y le hace detener.

Logrando huir, Crispín se pone de acuerdo con un rufián para pagar a Rufina con su misma moneda: pero el compadre se enamora de la bella picara y ella de él, de modo que se llevan todo lo que pueden de Crispín, y lo hacen prender y ajusticiar. Los dos se procuran entonces algún beneficio a costa de un director de cómicos, que termina burlado creyendo burlar, y se casan con la intención de poner un comercio de sedas, pero sobre todo con la intención de co­meter burlas todavía más sabrosas. La narración está interrumpida por tres novelas más breves: «Quien todo lo quiere todo lo pierde», «El Conde de las legumbres» y «A lo que obliga el honor». La unidad funda­mental de las cuatro narraciones, está dada por su adhesión al principio de que no conviene mortificar y combatir los instin­tos, sino que se deben utilizar para que la vida sea más bella, y que se pueden em­plear con placer y ventaja siempre que se use de discreción, inteligencia y prudencia. En efecto, Rufina fracasa en su primera aventura, como Isabel (protagonista de la primera novela) en la suya y todos los que caen en las redes de Rufina, no porque sean individuos amorales o inmorales, sino sólo porque no son lo suficientemente inteligen­tes o hábiles para obtener su placer sin complicaciones. Pero todas las demás aven­turas de Rufina, la del Conde de las le­gumbres, la de Doña Victorina (en la ter­cera novela), etc., etc., tienen éxito porque la satisfacción del instinto está ayudada por la inteligencia.

La Garduña es, por tanto, una variación sobre el amor ayudado en sus golpes por una lúcida inteligencia que lo lleva a triunfar de todo: pero se trata de un amor al propio yo, en sus aspectos más simples y vulgares, en torno a los cua­les gira la vida. Una visión descarada y burlesca de la vida, que no toma en serio ninguno de los hechos trágicos, dramáticos o sentimentales que expone. Cierto es que del pícaro tradicional queda poco o nada: la característica de esta figura, no la dan tanto sus cualidades buenas o malas, cuanto la coexistencia y la compenetración de las unas y de las otras. Aquí, por el contrario, los conceptos de «honor, generosidad, de capacidad para tomar de huevo el camino de la honestidad, de lo deshonesto que es tal, porque falla continuamente en todo lo que emprende, más por su imprevisión que por la falta de talento» (Ruiz Morcuende), están completamente superados. Del pícaro fundamentalmente honrado, aunque con una honradez típicamente suya, Rufina y sus compañeros no tienen nada: ellos son mal­vados y no pueden dejar de serlo debido a su propia forma mental, además de que seguramente gozan en su modo de ser. Li­terariamente, la Garduña tiene bastantes méritos: narración viva, estilo atractivo, descripciones vigorosas entremezcladas acá y allá de máximas morales que, tal como están escritas, tienen más aire de burla que de severa admonición: de modo que la armonía del todo, más que perjudicada, sale gananciosa.

R. Richard

Garín El Lorenés, Anónimo

[Garin le Loherain]. Cantar de gesta del siglo XIII en versos decasílabos, perteneciente al ciclo de los Loreneses (epopeya formada por cuatro canciones: Hervís de Metz, Garin le Loherain, Gilbert de Metz, Anseis). La obra desarrolla la narración de las largas con­tiendas feudales entre la casa de Lorena, representada por Garin y su hermano Begon, y los Fromont, señores de Soissons. En resumen, Teodorico, rey de Arlés, antes de morir ofrece por esposa a Garin, en presen­cia del rey Pipino, a su propia hija Blancaflor, única heredera de sus Estados. Esto suscita la envidia de los Fromont, lo que provoca una guerra que se desarrolla en numerosos y variados episodios. Por fin se decide remitir el asunto al arbitrio del rey y la bella Blancaflor, causa de tantas luchas, es conducida a la Corte, donde Pipino, viéndola tan bella, se prenda de ella y se la queda. Garin está dispuesto a lanzarse so­bre el mismo rey, pero se interpone para pacificarlo el obispo. Poco después, Garin y Begon se casan con dos primas del rey; pero con esto no termina la lucha con los Fromont, sino que, por el contrario, se re­crudece, y, uno tras otro, mueren casi to­dos los contendientes. El poema es repre­sentativo de las costumbres del siglo XI y de las luchas feudales de aquel período; incluso pueden reconocerse los nombres de algunas grandes familias de la época, y todo el tono de la narración es el de un relato histórico lleno de verosimilitud.

C. Cremonesi

Gargantúa y Pantagruel, François Rabelais

[Gargantua et Pantagruel]. Título consagrado por el uso (a veces abreviado en Gargantúa) de la gran novela fantástica, burlesca y satírica de François Rabelais (1494-1553), escrita y publicada diversas veces desde 1532 al 1564. El nombre del protagonista aparece por primera vez en las Grandes e inestimables crónicas del grande y enorme gigante Gargantua [Grandes et inestimables cronicques du grant et énorme géant Gar­gantua], novela popular de aventuras, im­presa anónima en Lyon en 1532. Esta obra (que según algunos fue también atribuida al gran escritor) habla del gigante y de su «genealogía, magnitud y fuerza de su cuer­po y sus maravillosas acciones guerreras al servicio del rey Artús»; de todas maneras es muy curioso que Rabelais haya sacado de ella los nombres del protagonista y al­gunos de sus personajes que habían de al­canzar nueva fortuna literaria.

El mago Merlín, para prestar ayuda al rey Artús, engendra misteriosamente dos gigantes: Grandgousier y Galamelle; de ellos nace Gargantúa, que a la edad de siete años es conducido a la Corte real sobre una yegua, también creada por el mago. Este animal (que tendrá digna reproducción en las aventuras de la yegua rabelesiana del Gar­gantúa) por su volumen causa diversos da­ños en la región de la Beaulce. El joven gigante, muertos sus padres por causa de una purga violenta, intenta distraerse visi­tando París; después de haber efectuado su entrada en la ciudad, se va al mar y en­cuentra al mago en la orilla; en una nube es transportado a Inglaterra, mientras la yegua, asustada, escapa a Flandes. De este modo llega a tiempo para socorrer al rey Artús, ya casi derrotado por el pueblo de Gog y Magog, siendo honrado generosamen­te por el rey. Después ha de sostener nue­vas guerras contra holandeses e irlandeses, y también esta vez lleva a cabo grandes proezas. Entre otras cosas hace prisioneros al rey y a los barones enemigos en número de cincuenta y se los mete a todos dentro de una muela cariada. Por añadidura, libera a Artús de un gigante. Pasados dos­cientos años, tres meses y cuatro días al servicio del rey, es transportado por Mor- gana (v.) y Melusina (v.) al reino de las hadas, donde se encuentra con otros héroes y guerreros. Según algunos, Rabelais puede haber intervenido de alguna manera en la composición de esta obra, que es, sin embargo, tosca e inorgánica; es más, una reimpresión del 1533 contiene hacia el fi­nal algunas alusiones acerca de una verdadera «crónica» como la de «Pantagruel».

Otra reimpresión , sin lugar ni fecha, contiene tres capítulos del Pantagruel, tal vez por iniciativa del impresor, como acaso había ocurrido también en el caso citado. De todas maneras esta obra es famosa por el interés de algunos de sus personajes, y por haber contribuido a la génesis de una gran obra maestra.

C. Cordié

*- Rabelais publicó, primero, en 1532, con el anagrama de Alcofribas Nasier un libro acerca de Los horribles y espantosos hechos y proezas del celebérrimo Pantagruel, rey de los Dipsodas, hijo del gran gigante Gargantúa [Les horribles et esponventables faictz et prouesses du tresrenommé Pantagruel, roy des Dipsodes, fils du gran géant Gargantua], al que siguió, en el año 1535, La vida inestimable de Gargantúa [Le vie inestimable du grand Gargantua], que se convirtió después en el Libro I de la obra que se estaba perfilando, mientras el anterior Pantagruel, venía a ser el Libro II. Le sucedieron después, impresos por el autor con su verdadero nombre, el Tercer libro de los hechos y dichos heroicos del noble Pantagruel [Tiers livre des faictz et dictz heorïques du noble Pantagruel, 1546] y el Cuarto libro de Pantagruel [Le quart livre de Pantagruel, 1552]. Los primeros 16 capítulos de la parte V y última se publicaron póstumos en 1562 con el título de La isla sonante [L’Isle sonante] y todo el libro [Cinquiesme et dernier livre de Pantagruel] en el año 1564, pero sin duda contiene muchas páginas apócrifas. Esta novela carece de verdadera trama, pues está constituida por una serie de variadísimos episodios, y presenta, además, de libro a libro, notables diferencias de tono.

Rabelais, además de la antigua novela popular anónima, tuvo tam­bién sin duda presente el Mor gante (v.) de Pulci y el Baldo (v.) de Teófilo Folengo. Parece que su primer propósito fue senci­llamente el de hacer reir, aprovechando las desmesuradas dimensiones del hijo de Gargantúa, para el cual imaginó el nombre de Pantagruel, y desfogar al mismo tiempo los pintorescos humores de su singular fantasía. Pero sobre esta materia popular ya se in­sertan vivacísimos motivos satíricos, y una característica visión del mundo impregna­da de un violento realismo; elementos que luego van adquiriendo un progresivo predominio sobre el primitivo tono fabuloso. Después de una disertación acerca de la familia del gigante, la novela comienza a contar el nacimiento de Gargantúa, hijo de Grandgousier y de Gargamelle (la cual lo da a luz por una oreja). El joven, que es príncipe heredero del reino de Utopía, es criado con toda solicitud y educado en Pa­rís, según los principios de la pedagogía escolástica, que se presentan claramente sa­tirizados y escarnecidos. Encargado después por su padre de rechazar la agresión de un vecino, el nombrado rey Picrochole, el desmesurado jovencito obtiene una esplén­dida victoria, aprovechándose de la ayuda y el consejo de un curioso tipo de fraile ignorante y bebedor, pero leal y heroico, Jean des Entommeurs (v.). Terminada la guerra, para recompensar dignamente al alegre fraile es fundada la célebre Abadía de Théléme, nuevo tipo de convento hecho para las honestas delicias del cuerpo y del espíritu, cuya regla se resume en el lema famoso: «Haz lo que quieras» [«Fais ce que vouldras»].

Después, Gargantúa, al suceder a su padre, se casa con Badebec (libro II), y nace de ellos otro gigante, Pantagruel (v.), el cual será educado por su sabio padre con toda solicitud «a la moderna» (de donde la conocidísima «Carta sobre la Edu­cación», que él manda a su hijo, estudiante en París). En el Barrio Latino, Pantagruel hace amistad con Panurgo (v.), una especie de «clérigo vagante», erudito y enredador, pródigo y sin blanca, alegre, malicioso, as­tuto, miedoso e impertinente, pero en el fondo un excelente camarada; y con él hace la guerra contra los Dipsodas, de los cuales se convierte en rey, y contra los gi­gantes. En el libro III, prosigue sus viajes, con el inseparable Panurgo y con fray Juan, que su padre había puesto a su lado en calidad de preceptor. Pero esta nueva peregrinación tiene un objeto preciso: Pa­nurgo ha sido preso del deseo de tomar esposa, y no sabe si hará bien o no, y para aclarar la cuestión, acude a consultar a Sibila, al poeta Raminagrobis, a un mago, a un médico, a un filósofo. Otras tantas ocasiones para Rabelais de trazar truculen­tos y extravagantes cuadros satíricos, y de ensartar una porción de episodios inespera­dos, pintorescos y extravagantes. Aconse­jados, en fin, por el loco Triboulet, los tres con su séquito deciden ir a consultar el oráculo de la Divina Botella, e inician una larga peregrinación por mar (libro IV), que los lleva a los más extraños países; helos en la tierra de los Chicanous (literalmen­te: «litigantes», sátira del mundo de los le­guleyos); en la isla de los Papefigues (Papa- higos, esto es, de los protestantes), en la de los Papimanes (Papimanos, nombre que alude a los católicos), etc.

El libro V, en fin, después de haber narrado la larga per­manencia de nuestros viajeros en la isla Sonante (que figura la curia romana), los conduce al lejanísimo país de Lanternois (que parece querer significar la tierra de los embusteros), y allí la sacerdotisa Bacbuc les comunica la respuesta de la Divina Botella, que aconseja el único verdadero remedio para adormecer toda duda más o menos angustiosa: « ¡Trink!», esto es: « ¡Be­be!» Esta esquemática trama está adornada con una exuberante vegetación de episodios, digresiones, aventuras y accidentes bur­lescos, extravagantes discusiones y diserta­ciones filosóficas, filológicas, políticas, cien­tíficas y pedagógicas; de manera que si la obra a primera vista se presenta como una enorme bufonada, una sucesión de episo­dios típicos de farsa que nacen unos de otros bajo el impulso de una fantasía ca­prichosa inagotable, por otra parte mues­tra evidentes ambiciones de llegar a una figuración satírica del mundo, vasta y com­pleja, violenta y a menudo profunda, pero siempre alegre. Por lo demás, el mismo Rabelais invitaba al lector a gustar la «subs­tanciosa médula» que se hallaba en su na­rración, bajo la tosca corteza; y no se ha discutido poco acerca del substrato ideo­lógico de la novela y sus motivos teórico- polémicos. Se capta en ella ante todo la alegre batalla del hombre del Renacimiento, ávido de certidumbres racionales y ex­perimentales, armado del irreverente espí­ritu crítico de los tiempos nuevos, contra la ciencia y el pensamiento medievales, que él se figura ofuscados, en todas sus disci­plinas, deduciendo de absurdos postulados las más fabulosas nociones, y esta fe en los tiempos nuevos, en las conquistas del espíritu humano liberado de las tinieblas de los viejos prejuicios se manifiesta con particular evidencia en toda la parte que corresponde a la educación del joven Pantagruel; así como también en la famosa «Carta» de Gargantúa, que es un verdade­ro programa pedagógico, de excepcional amplitud y sorprendente modernidad.

Pero su sátira, que se colora a menudo de pa­rodia, ataca, en realidad, con su brío arro­llador, todos los aspectos de la civilización humana, y de la vida social contemporánea, desde la política y la guerra, a la magistra­tura y la religión, sin respetar siquiera la literatura humanista; de la cual Rabelais era, a pesar de ello, fervoroso partidario, y que es satirizada por su complacencia en los preceptos retóricos, su idolatría por las expresiones cultas y elegantes, por su ma­nía de bellas y abundantes palabras, con las que encubría la vaciedad del pensa­miento. Negador de la tradición, Rabelais no siempre respeta las novedades; mientras sus inagotables ocurrencias para ridiculi­zar vicios de los religiosos y las exorbitantes aspiraciones absolutistas de la curia romana le sugieren escenas de alta come­dia y caricaturas que se han hecho famosas, por otra parte no es parco en los ataques contra los protestantes. En realidad, se com­plugo, con truculento y alegre entusiasmo, en afirmar su propia independencia, en captar, sin hiel pero con infatigable agu­deza, alternando el enojo con la divertida indulgencia, las innumerables contradiccio­nes de la gran comedia de la vida, como se desarrolla en los viejos escenarios de la tradición. A todas las reglas que intentan sojuzgar el espíritu y la carne, él opone el ímpetu arrollador de su riquísimo tem­peramento, su irrefrenable gusto por la li­bertad, que se explaya alegremente por los ilimitados campos de la cultura renaciente, pero que pone su principal confianza en las fuerzas triunfantes de la Naturaleza. Pre­cisamente en este reconocimiento de que todo lo que es natural y justo es legítimo y que la humanidad nueva deberá dejar la absurda batalla contra los instintos para no hacerse traición a sí misma, reside muy probablemente la verdadera enseñanza de este libro que, sin embargo, no se preocupa por las contradicciones que ofrece, no pre­tende tanto darnos una filosofía, como una visión violenta y original de la vida.

Y el estilo de Rabelais refleja con eficacia in­comparable este desenfrenado abandono al placer de la pura representación, lo más gráfica posible, de vigor y riqueza obse­sionantes. El escritor acumula para cada objeto sus pormenores pintorescos, los ras­gos salientes, los chistes, las ocurrencias, las invenciones verbales más diversas, con una abundancia literalmente aturdidora; recurriendo a la lengua culta como al dialecto, fabricándose audaces neologismos, sacados del latín, del griego, del italiano, del español, de las lenguas germánicas y hasta del hebreo, juega con la cultura clá­sica, con la cristiana, con la científica y con la literaria; ora rellena de sabrosísimas citas áulicas los lamentos de Panurgo en el mar, asustado por la tempestad, ora pone su erudición anatómica al servicio de la minuciosísima descripción de alguna fun­ción más o menos baja del cuerpo humano, ora nutre de sutilezas filosóficas cualquier disertación burlesca, con la misma gozosa facilidad con la que acumula las ciento y tantas variedades de «limpiaculos» que Pan­tagruel ensaya siendo niño… Y si ciertas largas enumeraciones se hacen a veces pe­sadas, por otra parte la narración se man­tiene casi siempre al nivel de la más alta comedia, y su fuerza expresiva sólo halla comparación con la de los más grandes es­critores de la literatura mundial. Expresión perfecta de un temperamento de riqueza y originalidad casi únicas, la obra de Rabe­lais es al mismo tiempo la más poderosa imagen de toda una época, de la gran cri­sis del Renacimiento, en sus múltiples o contradictorios aspectos, y es justamente considerada como el más imponente monu­mento de la literatura francesa.

M. Bonfantini

Este libro es un enigma inexplicable, una monstruosa mezcla de fina e) ingeniosa mo­ral y de baja corrupción. Donde es malo va más allá de lo peor, es el encanto de lo canalla; donde es bueno, llega hasta lo exquisito y excelente, y puede ser un man­jar de los más delicados. (La Bruyère) Cada vez que he leído a Rabelais me ha aburrido, no he logrado nunca que me agrade. Cada vez que lo he oído citar, me ha gustado. (Montesquieu)

El más grande espíritu de la época mo­derna. (Balzac)

Rabelais es un bufón, pero un bufón úni­co, un bufón homérico. (Sainte-Beuve)

Franco y grosero, duro, plebeyo, con una carcajada la había sumergido — a la idea caballeresca — en su alegría fangosa. (Taine)

Aquella mezcolanza del Pantagruel, a me­nudo hace volver la cabeza, pero no aburre nunca porque es obra de un genio descom­puesto, pero gallardo. (B. Croce)

*   Una famosa refundición del primer libro de la obra rabelesiana es el Gargantua, Grandgousier und Pantagruel de Johann Fischart (15489-1590?) publicada en 1575 con el título Escrito histórico simiesco e im­posible [Affenteurliche und Ungeheurliche Geschichtschrift vom Leben ratten und Thaten der for langer weilen vollenwohlbeschaiten Heider und Henn Grandgusier Gargantua und Pantagruel], cambiado des­pués en la segunda edición en el de Es­critura histórica [Geschichtklitterung] con el cual es más conocido. Esta obra es consi­derada como la obra maestra de Fischart, el mayor satírico del siglo XVI en Alema­nia y, quizá, de toda la literatura alemana. Su fábula es fundamentalmente la de Ra­belais, pero en su desarrollo, en su fuerza expresiva, en su comicidad, en su atrevida sátira, en su riqueza y vivacidad de expo­sición, Fischart se libera de su modelo, con­centrando en torno al núcleo central de la fábula una muchedumbre de figuras de toda clase que le dan pie para burlarse de las locuras de su tiempo. La obra de Fischart tiene un fondo educativo. «Cuando se abra el librito», escribió una vez, «y se reflexio­ne profundamente acerca de su contenido, se hallará que la materia que está en él contenida tiene valor superior a cuanto promete en su exterior el argumento». Con todo, no se puede decir que Fischart fuera un gran poeta ni siquiera un gran talento cómico.

A pesar de ser un maestro de la lengua y de los juegos de palabras y de disponer de una enorme riqueza de materia, en realidad es pobre en inventiva (lo cual explica la refundición de una obra ajena) y, sobre todo, está privado del don de poe­sía, y de la capacidad de plasmar figuras vivas. «En esta báquica balumba de burlas y de fuerza expresiva — dijo ya Gervinus — no se llega a ninguna parte, y la facilidad con que Fischart pone en valor sus dotes constituye una dificultad mayor para quien lo lee». Hoy, sin embargo, la obra de Fis­chart conserva valor especialmente desde el punto de vista de la historia de la lengua y de la cultura; bajo el manto de su sátira coge todo el mundo de su época; no sólo las locuras, sino también todo lo que era peculiar a la alemania de entonces, costum­bres y lengua, anécdotas y proverbios, es­critos y canciones: «de manera que — dice Vilmar — nadie que no se encuentre como en casa propia en la Geschichtklitterung de Fischart puede gloriarse de conocer el si­glo XVI; pero ya no puede saborearse y es menester contentarse con estudiarla». M. Merlini