Gargantúa y Pantagruel, François Rabelais

[Gargantua et Pantagruel]. Título consagrado por el uso (a veces abreviado en Gargantúa) de la gran novela fantástica, burlesca y satírica de François Rabelais (1494-1553), escrita y publicada diversas veces desde 1532 al 1564. El nombre del protagonista aparece por primera vez en las Grandes e inestimables crónicas del grande y enorme gigante Gargantua [Grandes et inestimables cronicques du grant et énorme géant Gar­gantua], novela popular de aventuras, im­presa anónima en Lyon en 1532. Esta obra (que según algunos fue también atribuida al gran escritor) habla del gigante y de su «genealogía, magnitud y fuerza de su cuer­po y sus maravillosas acciones guerreras al servicio del rey Artús»; de todas maneras es muy curioso que Rabelais haya sacado de ella los nombres del protagonista y al­gunos de sus personajes que habían de al­canzar nueva fortuna literaria.

El mago Merlín, para prestar ayuda al rey Artús, engendra misteriosamente dos gigantes: Grandgousier y Galamelle; de ellos nace Gargantúa, que a la edad de siete años es conducido a la Corte real sobre una yegua, también creada por el mago. Este animal (que tendrá digna reproducción en las aventuras de la yegua rabelesiana del Gar­gantúa) por su volumen causa diversos da­ños en la región de la Beaulce. El joven gigante, muertos sus padres por causa de una purga violenta, intenta distraerse visi­tando París; después de haber efectuado su entrada en la ciudad, se va al mar y en­cuentra al mago en la orilla; en una nube es transportado a Inglaterra, mientras la yegua, asustada, escapa a Flandes. De este modo llega a tiempo para socorrer al rey Artús, ya casi derrotado por el pueblo de Gog y Magog, siendo honrado generosamen­te por el rey. Después ha de sostener nue­vas guerras contra holandeses e irlandeses, y también esta vez lleva a cabo grandes proezas. Entre otras cosas hace prisioneros al rey y a los barones enemigos en número de cincuenta y se los mete a todos dentro de una muela cariada. Por añadidura, libera a Artús de un gigante. Pasados dos­cientos años, tres meses y cuatro días al servicio del rey, es transportado por Mor- gana (v.) y Melusina (v.) al reino de las hadas, donde se encuentra con otros héroes y guerreros. Según algunos, Rabelais puede haber intervenido de alguna manera en la composición de esta obra, que es, sin embargo, tosca e inorgánica; es más, una reimpresión del 1533 contiene hacia el fi­nal algunas alusiones acerca de una verdadera «crónica» como la de «Pantagruel».

Otra reimpresión , sin lugar ni fecha, contiene tres capítulos del Pantagruel, tal vez por iniciativa del impresor, como acaso había ocurrido también en el caso citado. De todas maneras esta obra es famosa por el interés de algunos de sus personajes, y por haber contribuido a la génesis de una gran obra maestra.

C. Cordié

*- Rabelais publicó, primero, en 1532, con el anagrama de Alcofribas Nasier un libro acerca de Los horribles y espantosos hechos y proezas del celebérrimo Pantagruel, rey de los Dipsodas, hijo del gran gigante Gargantúa [Les horribles et esponventables faictz et prouesses du tresrenommé Pantagruel, roy des Dipsodes, fils du gran géant Gargantua], al que siguió, en el año 1535, La vida inestimable de Gargantúa [Le vie inestimable du grand Gargantua], que se convirtió después en el Libro I de la obra que se estaba perfilando, mientras el anterior Pantagruel, venía a ser el Libro II. Le sucedieron después, impresos por el autor con su verdadero nombre, el Tercer libro de los hechos y dichos heroicos del noble Pantagruel [Tiers livre des faictz et dictz heorïques du noble Pantagruel, 1546] y el Cuarto libro de Pantagruel [Le quart livre de Pantagruel, 1552]. Los primeros 16 capítulos de la parte V y última se publicaron póstumos en 1562 con el título de La isla sonante [L’Isle sonante] y todo el libro [Cinquiesme et dernier livre de Pantagruel] en el año 1564, pero sin duda contiene muchas páginas apócrifas. Esta novela carece de verdadera trama, pues está constituida por una serie de variadísimos episodios, y presenta, además, de libro a libro, notables diferencias de tono.

Rabelais, además de la antigua novela popular anónima, tuvo tam­bién sin duda presente el Mor gante (v.) de Pulci y el Baldo (v.) de Teófilo Folengo. Parece que su primer propósito fue senci­llamente el de hacer reir, aprovechando las desmesuradas dimensiones del hijo de Gargantúa, para el cual imaginó el nombre de Pantagruel, y desfogar al mismo tiempo los pintorescos humores de su singular fantasía. Pero sobre esta materia popular ya se in­sertan vivacísimos motivos satíricos, y una característica visión del mundo impregna­da de un violento realismo; elementos que luego van adquiriendo un progresivo predominio sobre el primitivo tono fabuloso. Después de una disertación acerca de la familia del gigante, la novela comienza a contar el nacimiento de Gargantúa, hijo de Grandgousier y de Gargamelle (la cual lo da a luz por una oreja). El joven, que es príncipe heredero del reino de Utopía, es criado con toda solicitud y educado en Pa­rís, según los principios de la pedagogía escolástica, que se presentan claramente sa­tirizados y escarnecidos. Encargado después por su padre de rechazar la agresión de un vecino, el nombrado rey Picrochole, el desmesurado jovencito obtiene una esplén­dida victoria, aprovechándose de la ayuda y el consejo de un curioso tipo de fraile ignorante y bebedor, pero leal y heroico, Jean des Entommeurs (v.). Terminada la guerra, para recompensar dignamente al alegre fraile es fundada la célebre Abadía de Théléme, nuevo tipo de convento hecho para las honestas delicias del cuerpo y del espíritu, cuya regla se resume en el lema famoso: «Haz lo que quieras» [«Fais ce que vouldras»].

Después, Gargantúa, al suceder a su padre, se casa con Badebec (libro II), y nace de ellos otro gigante, Pantagruel (v.), el cual será educado por su sabio padre con toda solicitud «a la moderna» (de donde la conocidísima «Carta sobre la Edu­cación», que él manda a su hijo, estudiante en París). En el Barrio Latino, Pantagruel hace amistad con Panurgo (v.), una especie de «clérigo vagante», erudito y enredador, pródigo y sin blanca, alegre, malicioso, as­tuto, miedoso e impertinente, pero en el fondo un excelente camarada; y con él hace la guerra contra los Dipsodas, de los cuales se convierte en rey, y contra los gi­gantes. En el libro III, prosigue sus viajes, con el inseparable Panurgo y con fray Juan, que su padre había puesto a su lado en calidad de preceptor. Pero esta nueva peregrinación tiene un objeto preciso: Pa­nurgo ha sido preso del deseo de tomar esposa, y no sabe si hará bien o no, y para aclarar la cuestión, acude a consultar a Sibila, al poeta Raminagrobis, a un mago, a un médico, a un filósofo. Otras tantas ocasiones para Rabelais de trazar truculen­tos y extravagantes cuadros satíricos, y de ensartar una porción de episodios inespera­dos, pintorescos y extravagantes. Aconse­jados, en fin, por el loco Triboulet, los tres con su séquito deciden ir a consultar el oráculo de la Divina Botella, e inician una larga peregrinación por mar (libro IV), que los lleva a los más extraños países; helos en la tierra de los Chicanous (literalmen­te: «litigantes», sátira del mundo de los le­guleyos); en la isla de los Papefigues (Papa- higos, esto es, de los protestantes), en la de los Papimanes (Papimanos, nombre que alude a los católicos), etc.

El libro V, en fin, después de haber narrado la larga per­manencia de nuestros viajeros en la isla Sonante (que figura la curia romana), los conduce al lejanísimo país de Lanternois (que parece querer significar la tierra de los embusteros), y allí la sacerdotisa Bacbuc les comunica la respuesta de la Divina Botella, que aconseja el único verdadero remedio para adormecer toda duda más o menos angustiosa: « ¡Trink!», esto es: « ¡Be­be!» Esta esquemática trama está adornada con una exuberante vegetación de episodios, digresiones, aventuras y accidentes bur­lescos, extravagantes discusiones y diserta­ciones filosóficas, filológicas, políticas, cien­tíficas y pedagógicas; de manera que si la obra a primera vista se presenta como una enorme bufonada, una sucesión de episo­dios típicos de farsa que nacen unos de otros bajo el impulso de una fantasía ca­prichosa inagotable, por otra parte mues­tra evidentes ambiciones de llegar a una figuración satírica del mundo, vasta y com­pleja, violenta y a menudo profunda, pero siempre alegre. Por lo demás, el mismo Rabelais invitaba al lector a gustar la «subs­tanciosa médula» que se hallaba en su na­rración, bajo la tosca corteza; y no se ha discutido poco acerca del substrato ideo­lógico de la novela y sus motivos teórico- polémicos. Se capta en ella ante todo la alegre batalla del hombre del Renacimiento, ávido de certidumbres racionales y ex­perimentales, armado del irreverente espí­ritu crítico de los tiempos nuevos, contra la ciencia y el pensamiento medievales, que él se figura ofuscados, en todas sus disci­plinas, deduciendo de absurdos postulados las más fabulosas nociones, y esta fe en los tiempos nuevos, en las conquistas del espíritu humano liberado de las tinieblas de los viejos prejuicios se manifiesta con particular evidencia en toda la parte que corresponde a la educación del joven Pantagruel; así como también en la famosa «Carta» de Gargantúa, que es un verdade­ro programa pedagógico, de excepcional amplitud y sorprendente modernidad.

Pero su sátira, que se colora a menudo de pa­rodia, ataca, en realidad, con su brío arro­llador, todos los aspectos de la civilización humana, y de la vida social contemporánea, desde la política y la guerra, a la magistra­tura y la religión, sin respetar siquiera la literatura humanista; de la cual Rabelais era, a pesar de ello, fervoroso partidario, y que es satirizada por su complacencia en los preceptos retóricos, su idolatría por las expresiones cultas y elegantes, por su ma­nía de bellas y abundantes palabras, con las que encubría la vaciedad del pensa­miento. Negador de la tradición, Rabelais no siempre respeta las novedades; mientras sus inagotables ocurrencias para ridiculi­zar vicios de los religiosos y las exorbitantes aspiraciones absolutistas de la curia romana le sugieren escenas de alta come­dia y caricaturas que se han hecho famosas, por otra parte no es parco en los ataques contra los protestantes. En realidad, se com­plugo, con truculento y alegre entusiasmo, en afirmar su propia independencia, en captar, sin hiel pero con infatigable agu­deza, alternando el enojo con la divertida indulgencia, las innumerables contradiccio­nes de la gran comedia de la vida, como se desarrolla en los viejos escenarios de la tradición. A todas las reglas que intentan sojuzgar el espíritu y la carne, él opone el ímpetu arrollador de su riquísimo tem­peramento, su irrefrenable gusto por la li­bertad, que se explaya alegremente por los ilimitados campos de la cultura renaciente, pero que pone su principal confianza en las fuerzas triunfantes de la Naturaleza. Pre­cisamente en este reconocimiento de que todo lo que es natural y justo es legítimo y que la humanidad nueva deberá dejar la absurda batalla contra los instintos para no hacerse traición a sí misma, reside muy probablemente la verdadera enseñanza de este libro que, sin embargo, no se preocupa por las contradicciones que ofrece, no pre­tende tanto darnos una filosofía, como una visión violenta y original de la vida.

Y el estilo de Rabelais refleja con eficacia in­comparable este desenfrenado abandono al placer de la pura representación, lo más gráfica posible, de vigor y riqueza obse­sionantes. El escritor acumula para cada objeto sus pormenores pintorescos, los ras­gos salientes, los chistes, las ocurrencias, las invenciones verbales más diversas, con una abundancia literalmente aturdidora; recurriendo a la lengua culta como al dialecto, fabricándose audaces neologismos, sacados del latín, del griego, del italiano, del español, de las lenguas germánicas y hasta del hebreo, juega con la cultura clá­sica, con la cristiana, con la científica y con la literaria; ora rellena de sabrosísimas citas áulicas los lamentos de Panurgo en el mar, asustado por la tempestad, ora pone su erudición anatómica al servicio de la minuciosísima descripción de alguna fun­ción más o menos baja del cuerpo humano, ora nutre de sutilezas filosóficas cualquier disertación burlesca, con la misma gozosa facilidad con la que acumula las ciento y tantas variedades de «limpiaculos» que Pan­tagruel ensaya siendo niño… Y si ciertas largas enumeraciones se hacen a veces pe­sadas, por otra parte la narración se man­tiene casi siempre al nivel de la más alta comedia, y su fuerza expresiva sólo halla comparación con la de los más grandes es­critores de la literatura mundial. Expresión perfecta de un temperamento de riqueza y originalidad casi únicas, la obra de Rabe­lais es al mismo tiempo la más poderosa imagen de toda una época, de la gran cri­sis del Renacimiento, en sus múltiples o contradictorios aspectos, y es justamente considerada como el más imponente monu­mento de la literatura francesa.

M. Bonfantini

Este libro es un enigma inexplicable, una monstruosa mezcla de fina e) ingeniosa mo­ral y de baja corrupción. Donde es malo va más allá de lo peor, es el encanto de lo canalla; donde es bueno, llega hasta lo exquisito y excelente, y puede ser un man­jar de los más delicados. (La Bruyère) Cada vez que he leído a Rabelais me ha aburrido, no he logrado nunca que me agrade. Cada vez que lo he oído citar, me ha gustado. (Montesquieu)

El más grande espíritu de la época mo­derna. (Balzac)

Rabelais es un bufón, pero un bufón úni­co, un bufón homérico. (Sainte-Beuve)

Franco y grosero, duro, plebeyo, con una carcajada la había sumergido — a la idea caballeresca — en su alegría fangosa. (Taine)

Aquella mezcolanza del Pantagruel, a me­nudo hace volver la cabeza, pero no aburre nunca porque es obra de un genio descom­puesto, pero gallardo. (B. Croce)

*   Una famosa refundición del primer libro de la obra rabelesiana es el Gargantua, Grandgousier und Pantagruel de Johann Fischart (15489-1590?) publicada en 1575 con el título Escrito histórico simiesco e im­posible [Affenteurliche und Ungeheurliche Geschichtschrift vom Leben ratten und Thaten der for langer weilen vollenwohlbeschaiten Heider und Henn Grandgusier Gargantua und Pantagruel], cambiado des­pués en la segunda edición en el de Es­critura histórica [Geschichtklitterung] con el cual es más conocido. Esta obra es consi­derada como la obra maestra de Fischart, el mayor satírico del siglo XVI en Alema­nia y, quizá, de toda la literatura alemana. Su fábula es fundamentalmente la de Ra­belais, pero en su desarrollo, en su fuerza expresiva, en su comicidad, en su atrevida sátira, en su riqueza y vivacidad de expo­sición, Fischart se libera de su modelo, con­centrando en torno al núcleo central de la fábula una muchedumbre de figuras de toda clase que le dan pie para burlarse de las locuras de su tiempo. La obra de Fischart tiene un fondo educativo. «Cuando se abra el librito», escribió una vez, «y se reflexio­ne profundamente acerca de su contenido, se hallará que la materia que está en él contenida tiene valor superior a cuanto promete en su exterior el argumento». Con todo, no se puede decir que Fischart fuera un gran poeta ni siquiera un gran talento cómico.

A pesar de ser un maestro de la lengua y de los juegos de palabras y de disponer de una enorme riqueza de materia, en realidad es pobre en inventiva (lo cual explica la refundición de una obra ajena) y, sobre todo, está privado del don de poe­sía, y de la capacidad de plasmar figuras vivas. «En esta báquica balumba de burlas y de fuerza expresiva — dijo ya Gervinus — no se llega a ninguna parte, y la facilidad con que Fischart pone en valor sus dotes constituye una dificultad mayor para quien lo lee». Hoy, sin embargo, la obra de Fis­chart conserva valor especialmente desde el punto de vista de la historia de la lengua y de la cultura; bajo el manto de su sátira coge todo el mundo de su época; no sólo las locuras, sino también todo lo que era peculiar a la alemania de entonces, costum­bres y lengua, anécdotas y proverbios, es­critos y canciones: «de manera que — dice Vilmar — nadie que no se encuentre como en casa propia en la Geschichtklitterung de Fischart puede gloriarse de conocer el si­glo XVI; pero ya no puede saborearse y es menester contentarse con estudiarla». M. Merlini