Comedia en siete cuadros estrenada en Berlín en marzo de 1931.
Un domingo por la mañana, un grupo de social- demócratas se reúnen en la taberna de Joseph Lehninger en una pequeña ciudad de provincias de la alemania meridional, y juegan a cartas. El consejero municipal Ammetsberger, representante de la vieja guardia socialista, que ya está profundamente aburguesado, ha organizado para aquella noche una fiesta popular, una “una noche a la italiana». Martin, representante de la generación de los jóvenes socialistas de ideas radicales y revolucionarías, reprocha al partido no comprender la gravedad del momento histórico y preocuparse en organizar un baile mientras fuera de la taberna los fascistas desfilan y ejecutan ejercicios de tiro.
Su fanatismo es tal, que obliga a su novia Anna a abordar a representantes de la milicia nazi para obtener informaciones acerca de sus planes y armamento. Martin rechaza decididamente la separación entre política y vida privada, sostenida por su amigo Karl.
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Por la noche, tiene lugar la fiesta, de la que Martin consigue ofuscar el éxito con un duro discurso en el que ataca a los dirigentes del partido por su inactividad e inutilidad. Se pasa de una animada discusión a una abierta ruptura y Martin es expulsado por Ammetsberger. En la taberna sólo queda el directivo jugando a cartas; poco después, llega un pelotón de fascistas que ha organizado una expedición punitiva contra el consejero socialdemócrata; alguien ha ensuciado de rojo la cabeza del rey Luis de Baviera. Ammetsberger es salvado por la llegada de Martin y sus compañeros que ponen en fuga a los fascistas. Pero no aprende nada de cuanto le ha ocurrido; su principio sigue siendo inmutable: “Mientras tenga el honor de ser el presidente de la Unión para la defensa de la república, la república puede dormir tranquila». En un momento en que el peligro del advenimiento del nazismo pesaba sobre alemania, Horvath denunciaba inexorablemente la incomprensible apatía y el estéril fanatismo de la vieja y de la nueva guardia socialdemócrata, ridiculizándola.
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La comedia evidencia el gran talento del autor para poner en escena y dar vida a un gran número de personajes, pero también su tendencia a descomponer la acción teatral en distintos diálogos, sostenidos por personajes distintos a distintos niveles, sin llegar, por otra parte, a una composición dialéctica final o a un enfrentamiento resolutivo impuestos al espectador.





