LA RECUPERACIÓN DE UN CLÁSICO

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Miklós Bánffy, Los días contados
Traducción del húngaro de Éva Cserháti y Antonio Manuel Fuentes Graviño,
Libros del Asteroide, Barcelona, 2009, 666 págs.
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Miklós Bánffy, Las almas juzgadas
Traducción del húngaro de Éva Cserháti y Antonio Manuel Fuentes Graviño,
Libros del Asteroide, Barcelona, 2010, 528 págs.

por Anna Rossell
http://annarossell.blogspot.com.es/
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Deslumbradora y apabullante esta magna novela del escritor húngaro Miklós Bánffy, que publica en tres volúmenes Libros del Asteroide y cuyo tercer tomo se anuncia inminente. Increíble, a juzgar por la amplitud de los conocimientos y la maestría de su pluma, que Europa haya tardado tanto tiempo en recuperar a uno de sus autores, que sin duda merece el calificativo de clásico. No es fácil de entender, a pesar de los avatares que su persona y su obra sufrieron a causa de la historia europea en los convulsos momentos que les tocó vivir.
Miklós Bánffy, que nació en 1873 en la ciudad húngara de Kolozsvár, capital histórica de la región transilvana –hoy Cluj-Napoca, Rumanía-, y murió en Budapest en 1950, nos lega con esta novela no sólo una valiosa pieza de la tradición del canon occidental sino también un documento histórico de una de las épocas más agitadas de nuestro no tan lejano pasado, que cambió significativamente el mapa de Europa. Porque Los días contados (1934), Las almas juzgadas (1937) y El reino dividido (1940), aunadas bajo el título de Trilogía transilvana, son un prolífico y exhaustivo retrato de los primeros años del siglo XX, los que condujeron a Europa a la Primera Guerra Mundial.

Bánffy pertenece a la prestigiosa saga de narradores que han dejado testimonio literario del hundimiento de un mundo. Lo hicieron también otros coetáneos suyos reconocidos mucho antes: Giuseppe Tomasi di Lampedusa con El Gatopardo en otra latitud geográfica, pero en la suya propia Stephan Zweig con La impaciencia del corazón o El mundo de ayer, Joseph Roth con su Marcha de Radetzky, Arthur Schnitzler, en El teniente Gustl y, aunque en un registro diferente, también Robert Musil en El hombre sin atributos. Con excepción del primero, todos ellos dan cuenta del ocaso del vasto Imperio Austro-húngaro desde la óptica de Viena; Bánffy viene ahora a completar la visión, del lado de Budapest y Transilvania, hasta ahora sólo documentado por Sandor Marai en sus Memorias de un burgués. Es cualidad añadida el hecho de que Bánffy -conde de Losoncz, perteneciente a una familia transilvana nobiliaria de tradición secular- conoce al dedillo, desde dentro, la sociedad que describe y, como político activo que fue, también protagonizó y fue testigo directo de los acontecimientos históricos del momento. Nadie mejor que él para pintar con información de primera mano este colosal y dilatado retablo histórico a través de matizadas atmósferas y tan variopinto elenco de personajes. Como si de un grandioso espectáculo se tratara, el autor pone en escena los acontecimientos de los ocho años que precedieron a la caída de la Doble Monarquía –la Kakania de Musil-, y en la primera línea de los focos a la clase política que la protagonizó, la nobleza. Enlazando con el más puro estilo de la novela realista y naturalista decimonónica -el de La Regenta de Alas, Madame Bovary de Flaubert, Ana Karenina de Tolstoi o Effi Briest de Fontane-, Miklós Bánffy despliega una palestra de protagonistas cuyo carácter plasma con autenticidad hasta los últimos rincones de su psicología. Ellos sirven a Bánffy para conducir al lector por los ambientes y situaciones necesarios para entregarnos un cuadro completo, rico en matices. Tres son los pilares en los que se basa el autor para tejer su compleja trama social: el conde Bálint Abády, embajador regresado a su tierra donde ocupará un escaño de diputado como político independiente, su amiga de la infancia Adrienne Milóth, víctima de un fracasado matrimonio y amante de Bálint, y el primo de éste, el músico László Gyeröffy, que nos adentra en el mundo de la vida disipada y de las deudas a donde le conducen su adicción al juego y al alcohol. Alrededor de estos tres ejes toman vida, dibujados con excelente pulso, un sinfín de caracteres representantes de la extravagancia enajenada, la frialdad calculadora, del chismorreo venenoso, de la ensimismada petulancia, la frivolidad amorosa, del honor ofendido, el enamoramiento apasionado, el zalamero servilismo o el cinismo recalcitrante, por nombrar sólo algunos atributos que recorren aquella sociedad. El autor húngaro no sólo se nos revela como maestro en la construcción de los personajes sino también en la de los ambientes, como cuando describe las tensiones entre los partidos políticos o las exuberantemente pormenorizadas escenas de caza y los fabulosos y matizados paisajes, que desgrana con todo lujo de detalles y en los que se entretiene con una exquisitez preciosista, que saben reflejar bien los traductores –excelso el trabajo léxico desplegado-. Trasciende aquí, y en general en toda la novela, la biografía del polifacético y culto autor, que además de político y novelista fue también pintor, dramaturgo, escenógrafo, músico e impulsor de la cultura húngara. En la voz narradora omnisciente, que pretende guardar la equidistancia del cronista neutral, se percibe claramente la simpatía del autor por el protagonista, Bálint Abády, que sobresale precisamente entre sus congéneres políticos por ser el único que se toma seriamente su quehacer en el parlamento. Así, la clase política de la época, representada por la aristocracia y la nobleza y dominada por la ambición de poder y las luchas internas de los partidos, nada atenta a las necesidades de la gente sencilla ni a los abusos de los aprovechados de turno sin escrúpulos, se nos presenta como la primera culpable del naufragio del imperio. Frente a todos ellos –no por casualidad le arrogará la cualidad de político independiente- el autor perfila una contrafigura que destaca como excepción, no sólo por su actitud responsable sino también por ser el único que persigue el objetivo de modernizar su sociedad. Bálint Abády –en muchos aspectos una réplica del autor- ejerce de político en el parlamento y fuera de él, detecta los males que aquejan a la sociedad de su tiempo porque conoce a la gente que los sufre y, como su creador –que había leído El Capital de Marx y colaboró con Mihály Károlyi, el político líder de la Revolución de 1918- simpatiza con el sistema de cooperativas, que intenta poner en práctica en los neveros de Transilvania.
Publicada originalmente en cinco tomos y concebida para un volumen más -que se perdió y del que tenemos conocimiento por el testimonio de la última criada de Bánffy y del párroco de Bonchida, el castillo propiedad de la familia del autor-, el texto adolece de algunas repeticiones, que se explican técnicamente por la intención de recordar al lector detalles que pudiera haber olvidado en la dilatada lectura. La novela, que como sus hermanas decimonónicas es muy extensa y apunta al gran público, roza en algunos momentos lo folletinesco –en las numerosas escenas amorosas- por la recurrente utilización de epítetos manidos, que no casan con la elegancia estilística predominante. Ambas deficiencias podrían tener su justificación en una posible publicación por entregas.
Bánffy, ya conocido como dramaturgo –Leyenda del Sol y Gran Señor, Attila- y como novelista por su Trilogía transilvana en los años cuarenta con éxito de crítica y autor también de cuentos, fue inhabilitado para la política en Rumanía, país al que en 1922 por el Pacto de Trianon, quedó anexionada Transilvania. Sus obras fueron prohibidas por los gobiernos comunistas de Hungría y Rumanía y el autor fue olvidado hasta los años setenta, cuando la crítica lo rescató tímidamente. En Transilvania su obra se reeditó en 1982, en Hungría no ha sido reeditada hasta 2006, después de que su hija publicara una versión inglesa de Los días contados. Aun a falta del tercer volumen, la Trilogía transilvana es sin duda la historia de la decadencia y desaparición de la aristocracia húngara y transilvana, la de una pérdida y la de los errores que condujeron a ella. Sin embargo no es nostalgia lo que el texto destila, sino la acusación de quien sabe que hubo una oportunidad que se perdió.

© Anna Rossell
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CUANDO EL INGLÉS ES YORUBA

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Amos Tutuola, El bevedor de vi de palma
Trad. de Emili Olcina,
Laertes, Barcelona, 2009, 127 págs.

por Anna Rossell
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¿Cómo hacer una justa crítica literaria sobre textos creados en y a partir de un mundo cultural ajeno? Esto se plantea cualquier crítico del canon occidental ante una novela como El bevedor de vi de Palma, del nigeriano Amos Tutuola, que ha publicado Laertes. Por ello en nuestro contexto el libro ha suscitado las reacciones más controvertidas: ha provocado entusiasmo en unos y profundo rechazo en otros. También el de algunos intelectuales africanos, que, contaminados por valores coloniales, no consiguieron liberarse de la colonización cultural –otros en cambio, como Chinua Achebe, Wole Soyinka o Ngugi wa Thiong’o, lo aclaman como uno de los grandes escritores subsaharianos universales-. Y es que el texto de Tutuola no encaja en los esquemas literarios de costumbre en esta parte del mundo. Es absolutamente original. Desde la independencia de los países africanos en los años sesenta ha habido muchos escritores africanos que han publicado ficción, pero la mayoría lo ha hecho siguiendo modelos literarios occidentales en las lenguas de sus antiguas metrópolis. No es éste el caso del autor que nos ocupa.
El bevedor de vi de palma –también publicado en español (Ediciones Júcar, 1974) y en euskera (Pamiela, 1993)- fue la primera novela de Amos Tutuola (Abeokuta 1920 -Sur de Nigeria– Ibadán 1997) y la primera novela nigeriana en inglés (1952). Su mayor mérito estriba a mi entender en que se trata de un texto con voluntad de crear escuela. No porque lo que allí se lea sea nuevo. No lo es para los yorubas nigerianos. Lo novedoso es ponerlo por escrito y con renovada creatividad para que lo que se narra se perpetúe en forma de libro. Con sus compañeros de generación Cyprian Ekwensi, Timothy Aluko, Gabriel Okara, y el más joven Kojo Laing, Amos Tutuola pertenece a un grupo de escritores que desea sentar los cimientos de la literatura autóctona nigeriana, libre de colonización.
La novela, relato o sucesión de cuentos hilvanados –difícil encorsetar el texto en uno de nuestros géneros- describe la historia de un joven que, a la muerte de su sangrador de vino de palma, emprende un viaje en su busca al país de los muertos. Al poco tiempo de ponerse en camino el protagonista se gana los favores de un rey a cuya hija desposa. La pareja inicia así un recorrido por mundos fabulosos y míticos, compartimentos estancos subsiguientes, donde se encuentra con los seres más diversos, temibles y bondadosos, que suponen para ellos duras pruebas o instrumentos de ayuda para superarlas en los parajes más intrincados y enigmáticos. Sus aventuras constituyen un viaje iniciático en el que los dos protagonistas aprenderán valores morales y cívicos enfrentándose al hambre de una población, a la sequía generalizada, a los llamados fantasmas de la maleza, a extraños seres blancos… . Una suerte de novela de formación con ecos de Las Aventuras de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll. Tutuola bebe de las fuentes más genuinas de su cultura, utiliza los mitos yorubas de la literatura oral negroafricana para componer su fabulosa cadena de historias y lo hace en un inglés incorrecto, simple y naiv, un inglés agramatical, que construye con la intención de adaptar el yoruba hablado a la lengua inglesa. Su conciencia descolonizadora aflora en la voluntad de imponer la mentalidad yoruba a la lengua del colono y domesticarla, y no al revés. Crea así un inglés pidgin, un estilo peculiar de frases cortas, oraciones inacabadas, repetición machacona de estructuras gramaticales simples, insólitas substantivaciones y adjetivaciones, que ha sabido trasladar muy airosamente el traductor Emili Olcina al catalán. Un libro, en definitiva, que aporta un aire nuevo a la estética literaria occidental. Del mismo autor se ha publicado también en España Mi vida en la maleza de los fantasmas (Siruela, 2008).

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LA MEMORIA RESCATADA

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Helga Schneider
No hay cielo sobre Berlín
Traducción de Nieves López Burrell
Salamandra, Barcelona, 2005, 251 pp.

por Anna Rossell
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Algo dolorosamente lacerante se remueve en nuestro interior cuando evocamos recuerdos del pasado que hubiéramos preferido sepultar en el olvido para siempre. Tanto más si se trata de vivencias traumáticas de dimensiones inabarcables, de experiencias personales que bordean el abismo y provocan vértigo, experiencias indescriptibles en el más puro sentido literal, porque ningún lenguaje es capaz de reflejar ni la más pálida sombra de lo que fueron. Paradójicamente, las limitaciones del lenguaje para describir lo espantoso no restan nada de su poderosa fuerza evocadora a quien se enfrenta al intento de reproducir con palabras la experiencia personal del horror. Entonces la escritura deviene un viaje de regreso a aquel horror, escribir después de Auschwitz se convierte en escribir desde Auschwitz, desde la misma fuente del mal. Esto explica la enorme dificultad de abordar una tarea como ésta, explica los largos años de silencio que se imponen a las víctimas de las torturas, del terror, de los genocidios, de las muertes y de las bombas, explica el título de uno de los libros autobiográficos de Jorge Semprún, La escritura o la vida, donde los términos de la disyunción se excluyen entre sí.

Sin embargo, se trata de una literatura esencial, necesaria; tanto para aquellos que protagonizaron como víctimas los hechos narrados, como para quienes no los conocieron desde dentro. Aun tratándose de un ejercicio terriblemente doloroso, sobre los primeros actúa como un bálsamo paliativo y liberador al dar forma y expresión a lo innombrable, para los segundos supone un acercamiento a la verdadera comprensión de una parte de la historia de la humanidad, que no puede recogerse ni se recogerá nunca en los libros de Historia porque requiere necesariamente de la participación emocional, del testimonio directo y personal, para dar una idea someramente aproximada de lo que fue. Así la escritura, forjada con y desde el mismo sufrimiento de las víctimas, deviene documento indispensable, un valiosísimo legado, la herencia que nos queda de tan preciosa memoria cuando han desaparecido los últimos supervivientes.

El relato autobiográfico de Helga Schneider (Steinberg, actualmente Polonia, 1937) No hay cielo sobre Berlín, su primer libro, publicado originalmente en italiano en 1995 por la editorial Adelphi (Il rogo di Berlino), es uno de esos documentos. Aun con la demora que impone la vacilación ante el temor de reencontrarse con un pasado doloroso, Helga Schneider contribuye, en la madurez de su vida, al evocar los recuerdos de su infancia, a enriquecer este legado, sumándose a esa clase de literatura que se resiste a encajar en ninguno de los géneros clásicos y que podríamos llamar literatura del trauma. Su relato viene a añadirse, como complemento, a la literatura del holocausto, que ha tenido en escritores como Jorge Semprún, Jean Améry, Imre Kértesz, Primo Levi, Peter Weiss, Paul Celan, Winfried Georg Sebald o Anne Frank entre otros, sus representantes más destacados, por nombrar únicamente la que hace referencia al genocidio nazi y a la guerra desencadenada por el nacionalsocialismo, la Segunda Guerra Mundial.

No hay cielo sobre Berlín es el relato autobiográfico de una niña, víctima de la ideología nazi por partida doble: marcada profundamente por el vacío del padre ausente, que lucha en el frente ruso, la pequeña Helga sufre además, a la edad de cuatro años, el abandono de la madre, que se siente llamada a servir a los “altos ideales de la patria”, ingresando como voluntaria en las SS. Ella y su hermano Peter, de pocos meses, se encuentran de la noche a la mañana en casa de su tía de la que pronto saldrán para irse a vivir a Polonia con su abuela paterna. El calor y la estabilidad emocional que les proporciona el cariño de este hogar será efímero: el casi inmediato segundo matrimonio del padre los traslada de nuevo a Berlín donde convivirán con la madrastra, con quien Helga sufrirá una relación impuesta y carente de afecto. Corre el año 1942 y los efectos de Estalingrado empiezan a hacerse notar en alemania. Los recuerdos de la niña registran los acontecimientos en la ciudad de Berlín hasta la entrada del ejército soviético, el día a día cada vez más dramático, el hambre, el frío, la dura vida en el internado para niños difíciles, las muertes masivas, la visión de los cuerpos destrozados, los incesantes bombardeos, los días enteros hacinados en el sótano, las violaciones, el miedo permanente…

El relato, en primera persona, transcurre, de modo cronológicamente lineal, desde la memoria y la perspectiva de la niña, que con mirada lúcida y crítica observa y siente, sufre, teme, reflexiona y narra con sencillez unos sucesos que de ningún modo pueden ser calificados de sencillos. La autora desarrolla así un lenguaje claro y directo, escueto y esencial, que cede todo el protagonismo a lo que narra, un lenguaje emotivo, preñado de sentimiento, que sin embargo no hace la más mínima concesión al sentimentalismo. No es de extrañar que el relato de Schneider atrape al lector desde las primeras líneas y hasta el final, ni tampoco que el libro haya sido un éxito editorial en muchos países –en alemania figuró en la revista “Spiegel” entre “los más vendidos 2003-2004”-.

Como si de recuperar un tiempo precioso se tratara, la andadura literaria que Helga Schneider inició con Il rogo di Berlino –la autora vive desde hace años en Italia, donde ha encontrado su patria de acogida- se ha visto continuada y completada a un ritmo frenético por otros seis libros que, como el primero, son fruto de su memoria autobiográfica y que dan cuenta de otros momentos igualmente decisivos para su historia personal y para la nuestra colectiva. Desde entonces hasta ahora dos editoriales italianas –Adelphi y Salani- han publicado títulos como Porta di Brandeburgo, Il piccolo Adolf non aveva le ciglia, Lasciami andare, madre; Stelle di cannella, L’usignolo dei Linke, L’albero di Goethe. A esto hay que añadir las ediciones de estas obras que se han hecho especialmente para el trabajo con el tema en las escuelas. En España contamos de momento con dos de sus libros No hay cielo sobre Berlín y Déjame ir, madre, ambos publicados por la editorial Salamandra (el último en 2002, también en versión catalana, Deixa’m, mare, en traducción de Anna Casassas, por Empúries / Salamandra). Ésta, la historia del segundo (des)encuentro entre la hija y una madre ya anciana que sigue orgullosa de su pasado y de su contribución personal a la causa sirviendo en los campos de exterminio de Ravensbrück y Auschwitz-Birkenau, invita a ser llevada al teatro. Lina Wertmüller lo ha hecho ya en Italia (Teatro Elíseo di Roma, febrero-abril 2004) con gran éxito de público.

© Anna Rossell
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LA NADA INMENSA

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Más ligero que el aire.
Poesías morales

Hans Magnus Enzensberger,
Traducción y prólogo de
José Luis Reina Palazón,
La Poesía señor hidalgo. Barcelona 2002
ISBN: 84-95976-01-3
212 páginas. 18 euros

por Anna Rossell
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Emana de todos y cada uno de los poemas del último libro de poesía del autor alemán Hans Magnus Enzensberger (Kaufbeuren, Baviera, 1929) un hondo malestar, un profundo dolor del mundo que no deja entrever siquiera un hálito de esperanza. Fiel a la coherencia que le caracteriza, autor comprometido con su tiempo, Enzensberger prosigue con la línea poética a la que se adscribió con contundencia ya desde su primera publicación lírica (defensa de los lobos, 1957) y que ha mantenido sin fisuras a lo largo de toda su trayectoria como escritor: decir lo políticamente incorrecto cuando sólo se quiere oír lo políticamente correcto, poner al descubierto lo que interesadamente se encubre, nombrar lo que el pudor hipócrita califica de innombrable, sea cual sea el color que ostente quien practica la hipocresía. Enormemente polifacético en su producción literaria, Enzensberger ha cultivado todos los géneros -desde la novela documental y el teatro, hasta el reportaje, el ensayo y la poesía- y en todos ellos ha sido la voz oportunamente importuna. Su poesía es, en este sentido, una herramienta más con la que practica la crítica y denuncia el mal estado de cosas social. Pero es justamente esta herramienta la que, con el ensayo, el autor maneja con más precisión y maestría, aplicando a menudo el juego tan suyo de la dialéctica tanto a la palabra como a la construcción de la estructura de los poemas, genial deudor fecundo de Brecht. Más ligero que el aire es sobre todo, otra vez, esta insobornable y lúcida mirada hacia el mundo, una mirada, que dice implacable lo que ve, aunque lo que ve sea obsceno (y que lo dice precisamente porque es obsceno), pero el libro es también, y al mismo tiempo, el testimonio de una experiencia vital que sabe y reconoce la razón de la armonía y de la felicidad humanas en el supremo valor de lo sencillo, de lo personalmente íntimo, de un momento efímero, de lo ligero. Claro que, en este mundo, lo ligero no pesa, cuenta poco. De ahí que predomine de modo casi absoluto la crónica de su malestar e intervenga sólo como excepcional contrapunto la de lo positivo, de ahí que el diagnóstico sea el de una enfermedad incurable con desenlace previsiblemente fatal.

Más ligero que el aire, publicado en alemania en su versión original en 1999 por la editorial Suhrkamp, y ahora en España por La Poesía, señor hidalgo, alterna el tono objetivo y distanciado del observador crítico con otro de registro más cercano e intimista: la voz poética describe un estado de cosas gravemente enfermo y detecta los síntomas del mal, o adopta una actitud más reflexiva, que estudia sus causas, mostrando la etiología de la evolución negativa del mundo desde dentro, desde la propia experiencia sensible y herida de la voz poética. Ya a finales de los años 70 Enzensberger cargaba, con la furiosa contundencia del desencantado, contra el hundimiento del proyecto utópico de un mundo más justo defendido por la izquierda, pero se percibía en esta etapa, de un modo elíptico, precisamente en la virulencia del ataque, una reclamación exigente de otro mundo. En su último poemario, esta reclamación pierde fuerza -si bien aún está presente en la medida en que ejerce la denuncia desenmascarando las perversiones del poder, la hipocresía social y la peligrosa comodidad de las actitudes escapistas- y cede al sentimiento de seguridad de la catástrofe (La tierra ha envejecido. / […] / La nada es inmensa). Sin embargo, a pesar de ello y de que la voz poética asegura que no se divisa ningún fin en esta desarmonía preestablecida, no hay en los poemas ni un asomo de conformismo, no hay resignación, ni el cinismo de quien no salva nada: Enzensberger usa con magistral y significativa inteligencia el mordaz sarcasmo para ejercer la crítica implacable de quien quiere señalar el mal con dedo acusador para erradicarlo, practica el juego dialéctico para poner al descubierto la contradicción y la mentira y da muestras de una inmensa sensibilidad para ensalzar los valores esenciales: lo discreto, lo sencillo, lo tierno, lo poético, lo ligero.

Hay en la acusación de la voz poética una resuelta denuncia de la violencia del capitalismo en la variación temática con que aborda sus manifestaciones más gravemente flagrantes, la denuncia de una sociedad donde la convivencia humana se ha hecho sinónimo de feria y de mercado porque todo, absolutamente todo, se compra y se vende, donde se encuentran con habitual y escandalosa normalidad la desesperación y la miseria con la opulencia bienestante y la aparente tranquilidad de la vida cotidiana (Cancioncilla optimista // Ocurre aquí y allá / que uno grita: ¡ayuda! / Ya salta otro al agua, / totalmente gratis. // En medio del capitalismo más hinchado, / aparece el brillante servicio de bomberos / por la esquina y apaga, / o en el sombrero / del mendigo hay plata de repente. // Por la mañana están llenas las calles / de personas […] / van de acá para allá […] // Como en la paz más profunda. // Un panorama fantástico). La guerra se organiza en cualquier parte, subrepticiamente, obedeciendo al dictado de los intereses económicos de siempre; pero también la emprende cualquiera, por cualquier razón banal, por un capricho (En el cuarto de atrás de la cervecería, / en la guardería infantil; la Academia / de las ciencias la empolla; / […] especialmente de noche, a causa de los campos de / petróleo; / […] / a causa del partido de fútbol perdido; / […] por diversión […] / y porque no se nos ocurre algo mejor). Todo el mundo anda implicado en la locura: imperturbables, y a pesar del malestar personal que delata nuestra inquietud, la acallamos intentando reponer en el refugio artificiosamente regenerador de los gimnasios la falta de salud que reina fuera (Encuestas han mostrado que el 56% de todas las almas / que se agachan anónimas en sus aparatos de fitness / sufren psoriasis), nos lanzamos con desesperación a los viajes en busca de paisajes naturales, huyendo del asfalto de nuestra propia creación, o creamos ídolos de pop a quienes adorar, cuando los Dioses están en paro, mientras huele a crash de bolsa y las autoridades responsables declaran con alarmante falta de responsabilidad que no hay peligro alguno para la población. La demencia se ha globalizado a ritmo trepidante, sostenida por la tecnología más sofisticada, en un mundo donde, a pesar de ello, y precisamente por ello, persiste la miseria, aun agravada, en aparente contradicción con el avance tecnológico (Coches-bomba cruzan, mujeres de catálogo / de venta por correspondencia aterrizan, / se mueven cuentas por vía satélite. / […] / Sólo de vez en cuando al borde de la calle / yace un mendigo que no se mueve). A la vista de este panorama, se afirma con contundencia y zahiriente ironía que ni los inventos ni la ciencia han contribuido, en general, al progreso de la humanidad (¡Cómo se esfuerzan / esos ratones de laboratorio con la clonación! / Mucho mejor es follar. / ¡Y el diente de león sobre todo, / cómo se lo monta: graciosa, / insuperable elegancia! / Nunca en la vida, / queridos premios Nobel, / reconocedlo, / habríais inventado nada así). Inventores y científicos han invertido tiempo y esfuerzos en descubrimientos inútiles o se han vendido interesadamente al poder de turno. Sin embargo, no hay en los versos de este poemario una intención moralizante, apenas son una advertencia, sino más bien la lamentable constatación de que el hombre no quiere aprender de las enseñanzas de la historia ni de avisos clarividentes. En la comparación que el autor establece entre el antiguo mito de Casandra, la hija del rey troyano por todos desoída, que predijo la destrucción de su orgullosa ciudad en la guerra contra Grecia, y la actualidad, Enzensberger construye la metáfora de un mundo que camina hacia su autodestrucción, haciendo caso omiso de los repetidos avisos premonitorios que oye (Pobre Casandra // Ella era la única que lo veía venir, / ella sola: todo esto, decía, / terminará mal. Naturalmente / no la ha creído nadie. / […] / Pero / desde entonces lo dicen todos: […] / Hasta entonces naturalmente nadie / cree lo que dicen todos. / Basta una mirada a los segundos coches, / las terrazas de las cervecerías y los anuncios / matrimoniales). Por supuesto la crítica alcanza también al hombre corriente, a la mayoría, el eterno cómplice que, por omisión y escapismo, escudándose en las frases hechas de los proverbios de almanaque (El poder es obsceno. / Lo que alegra a la ira. / Nubes son algo bello. / Dormir es cosa linda. // Se hace lo que se puede), o con en el manido pretexto de que no se puede abarcar todo (División del trabajo), se ocupa únicamente de lo que dice afectarle, ignorando conscientemente lo que sabe que también le afecta aun en mayor medida (La mayoría / tiene unas preocupaciones muy distintas, / se atienen imperturbables / a sus niños y a sus seguros de enfermedad, / polvo, pelas, pop, deporte). Este panorama perturbador se manifiesta en la conciencia del hombre sensible como una amenaza amorfa de origen inconcreto, que va infiltrándose poco a poco en su interior y acaba por poseer todos los rincones de su cuerpo (¿Qué puede ser lo que gotea / y gotea? Hay un zumbido técnico / en el hormigón, algo líquido / […], cruje en el oído, / en las articulaciones, suave jadea / el aire en tus pulmones, / corrientes crepitan en el pelo, fantasmales, [ …] ). El mal invade los últimos rincones de su intimidad (No vayas al cuarto de baño, si no / sale debajo del esmalte blanco / algo agamuzado e imparable, / […] // No abras el frigorífico, si no […] / No, huye de casa, ve) y lo llena de ansiedad cuando la madrugada ya anuncia el nuevo día, que le infunde profundo temor y desasosiego, a pesar del sopor en que se hallan sumidos sus sentidos, amortiguados aún por el sueño nocturno (Pensamientos perdidos cuando la frente / del mundo en la blanca toalla se embucha. / El aire se respira afelpado, la mente / muy húmeda, medio oído que escucha, // […] // Hasta que el día su ojo azul dispare, / […] / hasta que todo delire y rompa y pare / como siempre: bello, normal, ¡Dios mío!).
Contiene también este último poemario de Enzensberger una reflexión sobre el arte que se centra especialmente en la creación con las palabras y en la capacidad del lenguaje para la mentira. Con ironía dialéctica, la voz poética declara, a golpe de decreto, que el arte es libre, y a golpe de decreto enumera, a renglón seguido, una tras otra, las obligaciones del artista. El escritor hace una demostración práctica de la manipulación lingüística ejecutando un hábil ejercicio de vacíos juegos malabares (Esta poesía comienza con las palabras: / retiro lo dicho, o mejor / con otras palabras, expresado de otro modo, / mejor dicho: revoco todo / lo que he dicho hasta ahora, p. ej. / esta frase que comienza con las palabras: / “Revoco todo lo que he dicho hasta ahora, p. ej. / esta frase que comienza con las palabras…” / y así sucesivamente), al tiempo que reivindica la autenticidad del silencio como parte relevante del lenguaje (Mucho no decir / o con palabras que nada dicen / decir mucho. / O callarse para decir mucho). El silencio significativo, la actitud discreta, casi imperceptible, pero manifiesta y decidida, la íntima felicidad sentida ante la contemplación de la belleza menuda del fruto de un castaño ([…] bayas / de verdes estrellas matinales […] // brillo y esmalte, enigmáticos y veteados, / de un ombligo gris argénteo tocados, // y tú te inclinas y simplemente vas a coger lo que nadie puede comprar y todos tener, // el pequeño, perfecto regalo brillante), éstas son las cualidades que la voz poética propone como valores de un anhelado contramundo en el que elogia precisamente la utilidad de lo aparentemente inútil, feo o molesto (Tú molestas, quitanieves de reja, / [ …] / Durante meses enmoheciéndote así, / en el calor, en la lluvia, inútil, / esperas mudo al borde de la calle, / hasta que el momento llega / en que te llaman). Elogio de lo que pesa poco, que es Más ligero que el aire.
Lejos de moralizar, las Poesías morales de Enzensberger remiten con lúcida ironía a la inmoralidad en la amplia gama de manifestaciones que ésta adopta en el llamado “mundo civilizado”. El autor hace gala de un extraordinario dominio de la forma poética -en los juegos léxicos y en la estructura- que lamentablemente a menudo no se refleja en la traducción de José Luis Reina, cuyo prólogo, en cambio, sirve como orientadora introducción y recoge con el acierto del lector sensible el espíritu de los poemas. Hans Magnus Enzensberger trabaja con una rica variación de estilos y ritmos, poesía rimada y no rimada, cancioncilla de tono popular o versos de rima ingenua a modo de proverbios de almanaque, de los que se sirve con asombrosa agilidad para parodiar, ironizar o simplemente afirmar.
La Poesía señor hidalgo, que se propone la difusión de la obra de los poetas clásicos del siglo XX de todas las culturas, ha empezado con muy buen pie su andadura al publicar el último poemario de este gran autor alemán, que ha recibido este año el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Es de celebrar la edición bilingüe de los textos, que es esencial por la especial dificultad que implica la traducción de poesía, en tanto que hace posible la comparación con el original cuando la versión al español resulta torpe o no sale suficientemente airosa. Enzensberger se ha hecho más que nadie merecedor de este galardón, que valora a la par dos aspectos en los que este escritor ha destacado con elogiable versatilidad, tanto por el amplio registro de géneros que abarca su producción literaria, como por su tarea de difusor del pensamiento verdaderamente comprometido: como traductor al alemán de Vallejo y Alberti, como ensayista, crítico, profesor de literatura y editor, ha contribuido decisivamente, en el pasado -con la fundación en 1965 de la revista Kursbuch-, y contribuye en la actualidad -con la colección Die Andere Bibliothek, de la editorial Eichborn-, a marcar la trayectoria cultural de su país. Cumple felicitarse por la intención que anuncia la editorial de publicar, libro a libro, su poesía completa.

© Anna Rossell
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EL ALMA AL DESCUBIERTO

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FRANZ WERFEL
Los cuarenta días del Musa Dagh
Traducción de Nora Gutmann
Editorial Losada, Madrid, 2003, 838 pp.

por Anna Rossell
http://annarossell.blogspot.com.es/
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¿Qué razones llevan a un pueblo al exterminio de otro? ¿Cómo se gesta el sentimiento de odio entre grupos humanos que han convivido en paz durante siglos? La historia parece indicar que los esfuerzos por encontrar respuesta a estas preguntas son vanos. Ella nos muestra que, de modo inexplicablemente recurrente desde el principio de los tiempos, el ser humano es la criatura más capacitada para el mal y la crueldad de todos los seres vivos. ¿Para qué pues intentar encontrar una explicación lógica a lo inexplicable? Hay explicación, pero desde luego no hay razón. Y es probablemente el definitivo y sincero reconocimiento de que no hay razón la única actitud que puede contribuir a proteger al hombre de sí mismo en el futuro, la actitud que le mantenga en guardia constante ante el horror y el dolor que es capaz de causar por su propia naturaleza de la que hay que guardarse como del enemigo más temible. Esta es la enseñanza que se desprende de esta gran novela de Franz Werfel (1890 Praga-1945 Beverly Hills) tan oportunamente recuperada en julio de 2002 en su decimotercera edición por la editorial Fischer y ahora en España por Losada.

En esta larga historia, que narra el sufrimiento y exterminio del pueblo armenio a manos del imperio otomano durante la Primera Guerra Mundial, el autor renuncia de antemano a analizar las razones que pueden conducir a un genocidio (¿Hay razones?). Dando muestras de una extraordinaria clarividencia Werfel no sucumbe a la inútil tentación de buscar culpables. El autor hace gala de un afinado conocimiento del alma humana y de enorme maestría literaria al desplegar ante nosotros un inmenso e inagotable caudal épico que atrapa al lector hasta el final. La novela nos hace reflexionar sobre sentimientos tan esenciales y eternamente actuales como el nacionalismo, la identidad, lo extranjero, el rechazo del otro… Al tomar como punto de partida el genocidio del pueblo armenio Werfel rescata del olvido el primer exterminio masivo organizado del siglo XX, pero al hacerlo en 1933 lanza también una grave advertencia que sólo puede provenir de una mente extraordinariamente lúcida, capaz de intuir lo que está otra vez a punto de suceder, ahora en Europa y en nombre de la superioridad de la raza aria.

Werfel, escritor austriaco de ascendencia judía, que pocos años después habría de sufrir en carne propia la persecución de su pueblo y el exilio, plasma premonitoriamente en ésta, una de sus mejores novelas, el trágico inminente destino de los judíos bajo el nacionalsocialismo. Un viaje a Damasco en el año 1929 y el sobrecogedor cuadro de niños refugiados, lisiados y famélicos, trabajando en una fábrica de alfombras impulsaron al autor a concebir la idea de una novela que documentara para siempre la historia del sufrimiento armenio. A partir de hechos reales Los cuarenta días del Musa Dagh, publicada en primera edición en 1933 en Austria y Suiza, relata los terribles padecimientos de un pequeño grupo de poblaciones armenias cercanas a la bahía de Antioquía. Desobedeciendo la orden de deportación que se les impone y ha de conducirles a una muerte segura, el grupo se hace fuerte en la montaña del Musa Dagh –Monte de Moisés- que se convierte en el último bastión de esperanza para su pueblo.
La novela, dividida en tres libros de siete, cuatro y siete capítulos respectivamente, dibuja con impactante realismo una trayectoria que describe en tres fases de intensificación creciente la angustia y el sufrimiento humanos hasta límites que tildaríamos de indescriptibles si no fuera porque Werfel demuestra que sí es posible plasmarlos con palabras. En la figura del personaje central, Gabriel Bagradian, y de su familia Franz Werfel muestra el devenir de todo un pueblo sin caer en ningún momento en el esquematismo psicológico ni en la fácil generalización. Una de las cualidades más encomiables de la pluma de Werfel es precisamente la capacidad con que el autor sabe penetrar hasta las fibras más íntimas del sentimiento humano y convertirlo en palabra escrita. Esta cualidad es tanto más asombrosa cuanto que, si bien la novela gira en torno de una familia, el enorme registro de personajes que moldea y construye en profundidad supone un auténtico calidoscopio de caracteres de una autenticidad difícil de igualar por la extraordinaria matización con que trabaja los rasgos individuales de cada uno. El autor se supera a sí mismo a medida que avanza la narración y el final nos sobreviene, abrumados por la intensidad de los acontecimientos y sobre todo de las emociones.

La narración de Werfel es ante todo auténtica por el creíble realismo que mueve a cada uno de sus personajes, psicológicamente tan diversos, a sentir como siente y actuar como actúa. Aquí reside a mi entender el mérito más preciado de su escritura que, teniendo en cuenta los acontecimientos que describe –el exterminio planificado de un pueblo a manos de otro-, tiene además el valor -inherente a toda gran literatura– de mostrar con asombrosa naturalidad que la identidad nacional se crea, se fomenta y se manipula; que identidad cultural no es forzosamente un sinónimo de nacionalismo y que al nacionalista se le hace.

Gabriel Bragadian, un intelectual de origen armenio de esposa francesa y residente en París, es un hombre cosmopolita, abierto al mundo que, significativamente, va adquiriendo conciencia de su “armeniedad” a medida que los acontecimientos históricos le obligan sin remedio a ello y se lo imponen para su propia sorpresa. Pero Werfel no se deja llevar por fórmulas maniqueístas. Bien al contrario, pone sumo cuidado en evitar cualquier concesión a lo tendencioso. En el año 1915 de la Primera Guerra Mundial en el que transcurre la acción sus criaturas no se dividen en buenas y malas según sean éstas víctimas o verdugos. Werfel no se erige en juez, no emite un juicio moral ni nos pone las cosas más fáciles de lo que son. No arremete contra los turcos ni dota a los armenios de una bondad artificial. Precisamente es el grupo de resistentes armenios el que aparece más diferenciado y concentra en mayor medida la energía narrativa del autor. Son las tensiones no sólo con el enemigo turco, sino también y fundamentalmente entre los propios asediados lo que ocupa el grueso de la narración: ahí están los hechos, ahí la brutalidad, ahí la traición, ahí el egoísmo, en suma, los resquicios de la personalidad por los que salen a relucir los aspectos menos amables y más perversos del alma humana en situaciones límite.
Werfel ilustra con diáfana naturalidad en su novela lo que la historia no ha cesado de mostrar una y otra vez y que nos negamos a ver con clamorosa reticencia: que la bondad y la maldad no son prerrogativa de ningún pueblo ni de ninguna nación y que los papeles entre buenos y malos son intercambiables. Pero de la novela no emana fatalismo ni una desconfianza irremediable hacia el ser humano, sino más bien la seguridad de que sólo la profunda convicción religiosa, sin otros adjetivos, puede prevenirnos de la amenaza que el hombre significa para su propia especie. Lejos de cualquier mesianismo, el texto está impregnado de una sentida religiosidad panteísta que concilia al hombre con la naturaleza, consigo mismo y con Dios. Ésta es la esperanza que nos deja esta magnífica novela que transporta en su significativo simbolismo religioso la rotunda religiosidad del propio autor, educado en el judaísmo y católico convencido. Gabriel Bragadian, que como el bíblico Moisés ha organizado y dirigido la resistencia desesperada de su pueblo y lo ha conducido hasta la salvación, muere acribillado por los turcos sobre la tumba de su hijo mientras los supervivientes son evacuados por tropas aliadas. La muerte sorprende a Gabriel Bragadian precisamente en el momento más inesperado, cuando todo parece haber terminado y un sentimiento de plácida armonía y de espiritual comunión cósmica invade el alma del protagonista.

Franz Werfel nos ha dejado en esta novela un preciado legado mucho más allá de lo estrictamente literario. Su reciente reedición en alemania y su traducción al español llegan en un momento en que acontecimientos recientes han vuelto a poner y ponen tristemente de manifiesto la rabiosa actualidad de los hechos descritos y de las urgentes reflexiones que provoca.

© Anna Rossell
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