[Évolutionnisme des idées-forces]. Intento de síntesis filosófica publicada en 1890. El autor, tras una crítica de la filosofía de Herbert Spencer, busca en una ley de evolución, la explicación universal de las cosas, suprimiendo lo trascendente y el dualismo entre lo físico y mental de Spencer, para llegar a un monismo riguroso, pero inmanente y experimental.
Y el secreto de su síntesis es la «idea-fuerza», entendiendo por idea, no sólo el fenómeno puramente «intelectual» o de conocimiento, sino todos los hechos internos, conscientes o que pueden serlo. Contrario al irreductible dualismo a que había llegado Descartes, trata de fundir el pensamiento y el fenómeno físico en una realidad única: la idea, que no es «estática», sino que es fuerza «dinámica», condición o causa de cambio en el sistema total de que forma parte. Cada estado de conciencia contiene en sí condiciones de cambio para otros estados de conciencia: no sólo es una fuerza psíquica, sino que es la única fuerza, fuera de la cual sólo hay movimientos y formas matemáticas que expresan la sucesión de la fuerza. Eficacia, causalidad, acción, fuerza, sólo son concebibles como psiquicidad. A las «ideas reflejas» hay que oponer las «ideas fuerzas», factores no sólo de evolución mental, sino también física, junto a los sentimientos-fuerza o a los apetitos-fuerza.
La conciencia no es un «epifenómeno» sin relaciones reales con la naturaleza, como se venía creyendo, accesorio fuera de lo físico: es lo «físico mismo, su meollo interno, el principio dinámico de todas sus energías». Para comprenderlo, no se ha de partir de los actos intelectuales, que son la fase superior de la evolución de lo indistinto a lo distinto, sino de lo que se halla en el surgir de la conciencia, en los elementos subconscientes. Todo, desde el mineral al hombre, ocurre por «apetición», que es el gran meollo psicológico; las leyes mecánicas no son sino leyes de relación mutua entre el apetito y su medio. El espíritu consciente, no puede sobreponerse a la materia en movimiento; lo mental no puede hacer una brusca irrupción en lo físico, sino que lo físico mismo está impregnado de lo mental, meollo de la evolución universal. El «yo» es la «conciencia de la existencia universal, concentración en cierto punto del tiempo del pensamiento difundido por todo el universo». Y si el hombre no puede decir con certeza «Dios existe», y menos todavía «Dios no existe», él debe decir con la palabra, con el pensamiento y con la acción «Que Dios sea» («Fiat Deus»), es decir, crear con su voluntad el supremo ideal de la moralidad v del amor.
Monista, positivista, idealista con tintes de panteísmo, es evidente que Fouillée ha experimentado la influencia de las doctrinas de Schopenhauer, que proclamó a la voluntad, la aspiración a la vida, «der Wille zum Leben», como impulso interno al que todo obedece, desde la piedra hasta el hombre, y como fondo de las cosas.
G. Pioli

