[Eugénie Grandet]. Novela publicada a fines de 1833. Es el primero de sus grandes libros, según algunos su obra maestra.
En la ciudad de Saumur el terrible Mr. Grandet (v.), ex tonelero, ha alcanzado, con una serie de felices especulaciones, la riqueza, y la aumenta con heroica y atroz avaricia. El lector es transportado sin más al seno de su familia, entre la fiel criada Nanette, su débil mujer y su joven hija Eugenia (v. Eugenia Grandet), un ser de luminosa belleza, de ánimo noble y delicado, en torno a quien se traman las ambiciones de dos grandes familias burguesas de la ciudad, los Cruchot y los Des Grassins, que esperan y luchan para unirse en matrimonio con la riquísima heredera. La misma noche del cumpleaños de Eugenia, con ocasión de una pequeña fiesta en casa Grandet, llega inesperadamente Carlos Grandet, un joven parisiense educado en el lujo y en el ocio, hijo de un hermano del viejo Grandet, quien, debido a una quiebra de cuatro millones, se ha saltado la tapa de los sesos.
El viejo avaro se entera de la muerte de su hermano por una carta, en la que le ruega que se ocupe de la liquidación y que procure al hijo los medios para ir a probar fortuna a la India. En los pocos di s que el joven, turbado por la desgracia, pasa en casa Grandet, nace en Eugenia una profunda pasión por su primo, un verdadero amor al que Carlos, impresionado, demuestra corresponder. Después el joven marcha, no sin juramentos de eterna fidelidad. Esta primera parte es la mejor: los personajes adquieren incomparable relieve, los hechos se enlazan y desarrollan clásicamente en obra de pocos días y el amor de Eugenia es captado con una delicadeza que quizás nunca más alcanzó Balzac. El resto es sólo la conclusión: la historia de la vida de Eugenia, completamente condicionada por aquel primer episodio decisivo, a la que se contrapone el clásico retrato del avaro, el personaje del padre que va adquiriendo paulatinamente una grandeza terrible.
Al enterarse de que su hija ha entregado a su primo que marchaba todo el pequeño tesoro que él le había regalado, el viejo la condena literalmente a la prisión en su dormitorio y sólo se reconcilia con ella cuando sabe que su mujer está ya próxima a la muerte, impulsado entonces por la compasión y por la voz del interés, temiendo que Eugenia reivindique la parte ¡que le corresponde del patrimonio. Carlos, entre tanto, no da noticias, pero Eugenia permanece inmutablemente fiel a su sueño. El viejo Grandet, ya octogenario, hace pasar progresivamente a manos de su hija su inmensa fortuna y muere (episodio célebre, verdadero fragmento de antología, con la última tremenda frase del viejo al confiar tanto oro a su hija: «Me darás cuenta de todo ello más allá»). El primo vuelve, nuevamente rico, después de una dura vida de aventurero’, ahora casi igual que su tío; ya no piensa en la señorita provinciana cuyo inmenso patrimonio ignora y se deja inducir a un mediocre y mundano matrimonio de interés. Eugenia, que sigue amándole, paga las deudas del padre de Carlos, que él no quiere ya reconocer, luego acepta casarse con uno de sus viejos pretendientes de Saumur, con la condición de que se tratará de un «matrimonio blanco».
Viuda a los treinta y seis años, acaba su vida en la soledad, empleando en beneficencia cuanto puede de sus tesoros. Débil, precipitada en esta parte, la obra brilla sin embargo con una fuerza artística incomparable: el personaje de Eugenia y del padre están considerados justamente como de los más felices en la numerosísima serie debida a este genial creador. El estilo aparece no menos móvil, penetrante y sentido y, sin duda, bastante menos minucioso y pesado que en muchas otras obras del mismo novelista, que casi nunca se abandona aquí a las digresiones morales y sociales demasiado largas, que confieren interés a muchas de sus obras, pero que alteran su pura línea. [La primera versión castellana es la de J. T. y L. C. (Barcelona, 1840) varias veces reimpresa. Las más divulgadas son la de J. García Bravo (Barcelona, 1902) y la de J. Álvarez Pastor (Madrid, 1920)].
M. Bonfantini
La seducción frecuente de las complicaciones novelescas en que Balzac coloca a sus personajes es la mina de oro con la que tiene la facultad de enriquecerlos. (Sainte-Beuve)
No el espíritu particular de una época, sino únicamente el lento trabajo de milenios, ha podido hacer nacer una concepción parecida en el alma de un hombre. (Dostoievski)

