La Eufrosina, Jorge Ferreira de Vasconcellos

Comedia en cinco actos. Sigue las líneas generales de una historia de amor honesto realzada por el contraste con el amor lascivo.

El dra­ma del buen amor y la comedia del mal amor desembocan en el mismo final: el ca­samiento, dichoso para Zelótipo, penoso y amargo para Cariófilo. Y a pesar de que el autor ha derrochado su simpatía sobre el amante virtuoso, el interés artístico va ha­cia el vicioso y calavera, cuya figura está trazada con más vigor y autenticidad. Ze­lótipo, portugués de Coimbra, posee una doble personalidad: es heredero de una rica tradición de caballeros sentimentales, y al propio tiempo mozo de cámara del rey. Cariófilo es la aceptación de la nueva rea­lidad, de una sociedad sin mitos de heroís­mo, entregada al mercader y al leguleyo. Filtra, la alcahueta, no tiene la grandeza de su antecesora Celestina, aunque conoce sus artes. Eufrosina lleva sobre sí la pesada carga de las heroínas de la novela senti­mental y celestinesca.

Silvia de Sousa, la medianera del amor honesto, es una figura que se mueve con espontaneidad; en su ter­cería hay algo de malignidad y propio in­terés (ayuda a su primo, al que ama, Zeló­tipo, en beneficio de Eufrosina), porque co­noce la táctica femenina y sus ardides dilatorios. Las escenas entre las dos mu­chachas ante el cesto de la costura o en la terraza frente al paseo provinciano, son un modelo de diálogo cómico y tienen toques de emoción poética, cuando comentan la suerte de la mujer condenada a la clausura y la maternidad. Los criados son más hu­manos y menos cobardes que los de La Celestina; no reciben, sino que acechan, las confidencias del amo. Las criadas bullen como títeres. El mundo universitario está representado por el Doctor Carrasco, carga­do de ambiente coimbrano. Filótimo es el hombre sensato; don Carlos, un personaje brioso. Así como La Celestina (v.) de Ro­jas tenía por escenario una imprecisa ciu­dad o, mejor, «las desoladas cumbres de la pasión sin patria», La Eufrosina se sitúa desde el prólogo en Coimbra a la sombra de las alamedas del Mondego.

Refleja el tumulto de la vida estudiantil, las rivalida­des de escolares e indígenas, la cháchara de las criadas al borde del río, los amo­res y amoríos provincianos. Pero a través de las conversaciones de los dos mozos de cámara nos llega potente el rumor de la vida nacional: la pequeña historia de la cor­te de Aleirim, las libres costumbres de Lisboa, el orgullo de las conquistas india­nas, el cansancio de un mundo fatigado de victorias y deseoso de paz. A cada paso encontramos alusiones a las miserias de la vida cortesana. Toda la obra es una vigo­rosa «defensa e ilustración» de la lengua portuguesa. Dos peligros la acechaban: la boga de la literatura y lengua castellanas que dominaba los géneros de entretenimien­to y la penetración creciente del latín que, favorecido por la educación, aspiraba a ser la lengua de los géneros eruditos y de los ambientes cultos, e inundaba la literatura de neologismos.

La Eufrosina es un mode­lo de lengua cortesana. Siguiendo la teoría del «decorum» o adecuación del estilo a la jerarquía del personaje y a la altura de la situación, adoptó tres escalones diferen­tes: un escalón sublime para los monólogos heroicos y las escenas tradicionales de la confesión de amor y desesperación; un es­calón medio para el tono de la conversa­ción culta y un escalón ínfimo para las escenas en que dialogan tipos populares. La fecha de composición de esta importan­te obra de Ferreira de Vasconcellos ha sido fijada en los años 1542 – 1543 por Eugenio Asensio a quien se debe una magnífica edi­ción moderna — con prólogo y notas —, de la Eufrosina, editada por el Instituto «Mi­guel de Cervantes» del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Madrid, 1951).

C. Conde