En la Huerta de San Vicente o del Tamarit escribió García Lorca (1898-1936) en 1936 su último libro de versos. El título hermana, pues, el recuerdo concreto del lugar con la resonancia oriental de colección de poemas (diván); por eso, junto a la evocación lírica de Granada, la evocación exótica de las gacelas y de las casidas. El libro señala la culminación poética de García Lorca. Confluyen en él todos los caminos que había ido roturando a su paso por mundos líricos muy distintos. Desde la copla popular hasta la experiencia onírica del surrealismo. Publicados o escritos las Canciones, el Libro de poemas, el Llanto por Sánchez Mejías y Poeta en Nueva York, este nuevo libro, con sus veintiún poemas, venía a señalar la definitiva madurez del poeta. Por eso se nos muestra tan vario y rico, a pesar de su parvedad.
Tan lleno de posibilidades granadas y con tanta esperanza de un crear no detenido aquí. El libro aparece dominado por una constante de dolor, amargura y llanto. Este esquema de angustia brota siempre de una honda contemplación del amor. Cuando en la «Gacela de amor imprevisto» nos dice «yo busqué, para darte, por mi pecho / las letras de marfil que dicen siempre / siempre, siempre…» nos está anunciando su más limpia posición ante el amor, la de la sinceridad, única permitida por el corazón enamorado.
Esta sinceridad, riesgo siempre del azar, se entrega en cualquier momento y a cualquier llamada; por eso levanta murallas asustadizas su «terrible presencia» y es que ni las más turbias fuerzas («Gacela del amor desesperado»), ni la carne más aniquilada («Casida de la mujer tendida») pueden oponerse a la voz que concita. Esta fuerza fatal juega al albur con el enamorado que lucha contra un tiempo — día, noche — que pugna por destruirle entre sus dientes («Gacela del amor desesperado») y contra el que no cabe otra posibilidad de salvación que vencer huyendo de toda suerte de limitaciones: contra el imposible que nos cerca, la afirmación de nuestra fe («puedo ver el duelo de la noche herida / luchando enroscada con el mediodía. / Resisto un ocaso de verde veneno/y los arcos rotos donde sufre el tiempo»), aunque el amor se nos ofrezca luego como una enorme duda a la que asusta vulnerar con la luz («Gacela de la terrible presencia»).
La llamada sin demora, el dolor de la búsqueda, el riesgo de la duda, crean esa inasequible espera, ese mundo de negruras en donde el poeta teme perderse y que le llevan a asirse a unas estructuras vividas ya, y, por vividas, tristes un día y tristes ahora, pero presencias reales en el recuerdo, capaces de salvar las vacilaciones que la lucha, el dolor y la duda van abriendo. Así, ese demorarse en las sombras fugaces («No te lleves tu recuerdo», como se dice en la «Gacela del recuerdo de amor»), aunque se muestren transidas del yeso helado de la muerte («Me separa de los muertos / un mundo de malos sueños»).
Entonces la muerte se ofrece como única salvación para dejar de sufrir y lograr esa «a-pathia» que sólo tienen los frutales o el barro; y en la inanidad de la destrucción, acaso, la última esperanza de persistir, aunque el poeta quede convertido en la sombra inmensa de sus propias lágrimas («Gacela de la muerte oscura»). Y es que la muerte, intuida como descanso, es, también, el fin al que lleva la entrega erótica «con la lengua llena de amor y de agonía» («Gacela de la huida»). Toda esta teoría — llamada, búsqueda, duda, terror, muerte — es como una rueda de noria: ciegamente hundir canjilones en el agua, para verterlos de nuevo, cuando ya están a flor de tierra.
Y, ciegamente, ansiar vida para alcanzar la plenitud de amor y morir por lograrla. Si la sombra soterraña es nuestro destino, la mujer amada es también, la tierra lisa; si el amor era la voz que aterraba, su mano se busca, también, para sostener el ala de la muerte («Casida de la mano imposible») y es que el dolor del hombre está en él y no en las cosas; el llanto va con su alma y no con la voz de las criaturas; el temor es una sombra infantil y no la mano alzada de un misterio. No hay antinomia: en todo, con todo, para todo, la destrucción — o el amor — aniquila desde dentro de nosotros mismos, Y esa es la única, posible unidad. M. Alvar

