Escritora francesa. Nació en París el 3 de febrero de 1909 y murió en Londres el 24 de agosto de 1943. Perteneciente a una rica familia israelita, recibió una primera educación completamente agnóstica. Niña de una inteligencia extraordinariamente precoz, fue estudiante aventajada en el liceo Victor Duruy. Siguió un curso de Filosofía bajo la dirección de La Senne y luego pasó al liceo Henry IV, donde durante tres años fue alumna de Alain. Admitida en la Escuela Normal Superior en 1928, profesora auxiliar de Filosofía en 1931, S. Weil se apasionó a la vez por el pensamiento griego y por el sindicalismo revolucionario. Durante sus años de estudio había adquirido también un profundo conocimiento de las ideas de Marx; el tema de su primer artículo se lo dio un congreso de la Confederación General del Trabajo francesa, aparecido en octubre de 1931 en Libres propos, la pequeña revista de su maestro Alain.
Con todo, la joven desconfiaba del estatismo soviético y simpatizaba mucho más con los trotskistas, los anarco-sindicalistas y los militantes de la «Revolución proletaria» que con los comunistas ortodoxos. Nombrada profesora de Filosofía en el liceo de Puy en otoño de 1931, luego en el de Auxerre, fundó un círculo de estudios al que cedió todo su sueldo, reservándose para vivir cinco francos diarios que era el subsidio asignado a los obreros sin trabajo de la ciudad. A sus ojos, el «.enemigo capital» no era ya solamente el fascismo, sino también, bajo nombres distintos («fascismo, democracia o dictadura del proletariado»), el «aparato administrativo, policíaco y militar». S. Weil se orienta, pues, hacia una solución esencialmente personalista y moral del problema social, como lo atestiguan sus Réflexions sur les causes de la liberté et de l’opression sociales, escritas en 1934 y recogidas junto con otros ensayos contemporáneos en el volumen Opression et liberté (1955).
Pero un alma de apóstol como era la de S. Weil no podía dejar de sufrir por los privilegios y comodidades inherentes a su condición de intelectual. Desde su infancia, sentía por instinto que la miseria sólo puede conocerse de verdad a través de una experiencia, de una participación que afecte a la vida entera. En Roanne, durante el tercer año de su carrera de profesora (1933-34), tomó la decisión de sujetarse al trabajo de obrera de fábrica, como una prueba voluntaria e indispensable para apuntalar su pensamiento y su acción de militante revolucionaria. El 4 de diciembre de 1934 entró efectivamente en la fábrica Renault donde trabajó penosamente, manejando prensas y taladradoras, hasta agosto de 1935. La joven abandonó la fábrica con la salud arruinada, pero su experiencia moral, consignada en el diario y en las cartas recogidas bajo el título de La Condition ouvrière (1951), fue todavía más abrumadora: S. Weil acababa de descubrir, en efecto, que la opresión del obrero moderno no procede únicamente de una mala organización social, siempre reformable, sino de la naturaleza misma del trabajo mecánico, cuya necesidad se impone, con todo, invenciblemente. Sin dejar sus hábitos de extrema pobreza voluntaria, S. Weil reanuda la enseñanza en Bourges (1935-36), pero pronto se presenta la guerra civil española, hecho que se convierte en su máxima preocupación. En agosto de 1936, sale para Barcelona, impaciente por alistarse en las filas de los anarquistas. Un accidente le obliga a regresar a Francia dos meses más tarde, pero aquel breve contacto con la guerra le ha bastado para comprobar con espanto hasta qué punto el gusto del homicidio por sí mismo puede despertarse en el hombre «civilizado». Por otra parte, se da cuenta — y su experiencia coincide en esto con la de Malraux en L’Espoir y con la de Bernanos en Les grands cimetières sou la lune — de que la oposición entre dictadura y democracia tiende cada vez más a borrarse y que, en todos los campos ideológicos, el hombre moderno es aplastado por la máquina social o guerrera, reducido al estado de función anónima. A partir de aquel momento, ¿no habrá de buscar la salvación más allá de la política? En la primavera de 1937, durante un viaje a Asís, S. Weil3 por primera vez en su vida, cayó de rodillas ante un crucifijo. Una estancia en Solesmes, durante la Semana Santa de 1938, confirmó aquel encuentro brutal con Dios: «Cristo en persona descendió y me tomó», anota la antigua alumna de Alain. El Evangelio se convierte en su libro de cabecera, pero frente a la Iglesia, atada según ella al sistema capitalista y burgués, se mantendrá en una actitud de absoluta reserva. El 13 de junio de 1940, la invasión alemana la obliga a abandonar París; se refugia en Marsella. Una ley racista la deja pronto en la calle y sin indemnización; ahora puede consagrar todo su tiempo a la meditación y al trabajo personal. Fue entonces cuando empezó a redactar sus Cahiers, una selección de los cuales se publicó en 1950 con el título de La pesanteur et la grâcef y que luego aparecieron completos en tres tomos (1951-56). En Marsella S. Weil frecuentó el grupo de Cahiers du Sud y bajo el seudónimo de Emile No vis, publicó en esta revista artículos de Filosofía y de Literatura, reflexiones sobre la condición obrera y sobre el catarismo, que acababa de descubrir. Entretanto proseguía su evolución religiosa; sin embargo rechaza el bautismo y explica su posición religiosa en las cartas recogidas bajo el título Attente de Dieu (1950) : tiene fe, quiere vivir la caridad, pero rechaza el dogma que le parece una limitación arbitraria de la Revelación. Conviene notar que esta israelita muestra una curiosa aversión por el judaísmo y que sueña en una religión más vasta, que integre a todos las tradiciones religiosas de la humanidad, y en primer lugar, la tradición griega. (Institutions préchrétiennes (1951), La source grecque (1953). No parece que S. Weil diese, desde entonces, ningún paso de acercamiento a la Iglesia; por el contrario, su Lettre à un religieux, escrita en 1942, señala un endurecimiento en su rechazo del dogma. El 17 de mayo de 1942, logró por fin embarcarse para los Estados Unidos. Allá prosiguió su meditación espiritual (La connaissance surnaturelle, 1950); en tanto multiplica sus gestiones para entrar en los servicios de la Francia Libre de Londres. En noviembre de 1942 llegó a Inglaterra y, durante el invierno siguiente, redacta su ensayo sobre L’Enracinement (1950). Desgraciadamente su salud, ya muy quebrantada, se agrava a causa de las restricciones voluntarias que sigue imponiéndose con creciente rigor. En abril de 1943 entra en el Hospital Middlesex, en Londres, y muere algunos meses más tarde en el sanatorio de Ashford (Ecrits de Londres et dernières lettres, 1956). Todo es desmesurado en esta escritora, desaparecida cuando su pensamiento se hallaba aún en plena evolución. S. Weil mezcla las religiones griegas, los misterios egipcios, la fabulación platónica, las palabras de los profetas judíos en una heteredoxa y acaso genial síntesis; eleva la trascendencia de Dio« hasta hacerlo casi impersonal e inaccessible; desprecia la creación hasta el punto de negarle toda consistencia y toda verdad, y llega a concebir un universo regido por una implacable necesidad. Ante ello, el lector se siente envuelto en un vértigo, entre una tierra donde sólo el mal parece activo y un Dios fuera de su alcance. Pero ¿podemos interpretar a S. Weil como un filósofo? En realidad fue un alma arrebatada por Dios, literalmente consumida por una alta iluminación, mientras que su inteligencia no lograba aún equilibrar el sentimiento de lo divino y las justas medidas humanas, de las que, con todo, alcanzaba el sentido. En sus contradicciones, en el inaudito ejemplo de santidad laica que nos ha dejado, S. Weil es la más alta encarnación de la añoranza religiosa de la humanidad de nuestro tiempo.
S. Weil acababa de descubrir, en efecto, que la opresión del obrero moderno no procede únicamente de una mala organización social, siempre reformable, sino de la naturaleza misma del trabajo mecánico, cuya necesidad se impone, con todo, invenciblemente. Sin dejar sus hábitos de extrema pobreza voluntaria, S. Weil reanuda la enseñanza en Bourges (1935-36), pero pronto se presenta la guerra civil española, hecho que se convierte en su máxima preocupación. En agosto de 1936, sale para Barcelona, impaciente por alistarse en las filas de los anarquistas. Un accidente le obliga a regresar a Francia dos meses más tarde, pero aquel breve contacto con la guerra le ha bastado para comprobar con espanto hasta qué punto el gusto del homicidio por sí mismo puede despertarse en el hombre «civilizado». Por otra parte, se da cuenta — y su experiencia coincide en esto con la de Malraux en L’Espoir y con la de Bernanos en Les grands cimetières sou la lune — de que la oposición entre dictadura y democracia tiende cada vez más a borrarse y que, en todos los campos ideológicos, el hombre moderno es aplastado por la máquina social o guerrera, reducido al estado de función anónima.
A partir de aquel momento, ¿no habrá de buscar la salvación más allá de la política? En la primavera de 1937, durante un viaje a Asís, S. Weil3 por primera vez en su vida, cayó de rodillas ante un crucifijo. Una estancia en Solesmes, durante la Semana Santa de 1938, confirmó aquel encuentro brutal con Dios: «Cristo en persona descendió y me tomó», anota la antigua alumna de Alain. El Evangelio se convierte en su libro de cabecera, pero frente a la Iglesia, atada según ella al sistema capitalista y burgués, se mantendrá en una actitud de absoluta reserva. El 13 de junio de 1940, la invasión alemana la obliga a abandonar París; se refugia en Marsella. Una ley racista la deja pronto en la calle y sin indemnización; ahora puede consagrar todo su tiempo a la meditación y al trabajo personal. Fue entonces cuando empezó a redactar sus Cahiers, una selección de los cuales se publicó en 1950 con el título de La pesanteur et la grâcef y que luego aparecieron completos en tres tomos (1951-56).
En Marsella S. Weil frecuentó el grupo de Cahiers du Sud y bajo el seudónimo de Emile No vis, publicó en esta revista artículos de Filosofía y de Literatura, reflexiones sobre la condición obrera y sobre el catarismo, que acababa de descubrir. Entretanto proseguía su evolución religiosa; sin embargo rechaza el bautismo y explica su posición religiosa en las cartas recogidas bajo el título Attente de Dieu (1950) : tiene fe, quiere vivir la caridad, pero rechaza el dogma que le parece una limitación arbitraria de la Revelación. Conviene notar que esta israelita muestra una curiosa aversión por el judaísmo y que sueña en una religión más vasta, que integre a todos las tradiciones religiosas de la humanidad, y en primer lugar, la tradición griega. (Institutions préchrétiennes (1951), La source grecque (1953). No parece que S. Weil diese, desde entonces, ningún paso de acercamiento a la Iglesia; por el contrario, su Lettre à un religieux, escrita en 1942, señala un endurecimiento en su rechazo del dogma. El 17 de mayo de 1942, logró por fin embarcarse para los Estados Unidos.
Allá prosiguió su meditación espiritual (La connaissance surnaturelle, 1950); en tanto multiplica sus gestiones para entrar en los servicios de la Francia Libre de Londres. En noviembre de 1942 llegó a Inglaterra y, durante el invierno siguiente, redacta su ensayo sobre L’Enracinement (1950). Desgraciadamente su salud, ya muy quebrantada, se agrava a causa de las restricciones voluntarias que sigue imponiéndose con creciente rigor. En abril de 1943 entra en el Hospital Middlesex, en Londres, y muere algunos meses más tarde en el sanatorio de Ashford (Ecrits de Londres et dernières lettres, 1956). Todo es desmesurado en esta escritora, desaparecida cuando su pensamiento se hallaba aún en plena evolución. S. Weil mezcla las religiones griegas, los misterios egipcios, la fabulación platónica, las palabras de los profetas judíos en una heteredoxa y acaso genial síntesis; eleva la trascendencia de Dio« hasta hacerlo casi impersonal e inaccessible; desprecia la creación hasta el punto de negarle toda consistencia y toda verdad, y llega a concebir un universo regido por una implacable necesidad. Ante ello, el lector se siente envuelto en un vértigo, entre una tierra donde sólo el mal parece activo y un Dios fuera de su alcance.
Pero ¿podemos interpretar a S. Weil como un filósofo? En realidad fue un alma arrebatada por Dios, literalmente consumida por una alta iluminación, mientras que su inteligencia no lograba aún equilibrar el sentimiento de lo divino y las justas medidas humanas, de las que, con todo, alcanzaba el sentido. En sus contradicciones, en el inaudito ejemplo de santidad laica que nos ha dejado, S. Weil es la más alta encarnación de la añoranza religiosa de la humanidad de nuestro tiempo.
M. Mourre

