Nació en Grenoble el 14 efe marzo de 1709 y murió en París el 23 de abril de 1785. Ya en vida, y en los primeros tiempos que siguieron a su muerte, durante la Revolución francesa, estuvo rodeado por una gran admiración y se le consideró como uno de los primeros legisladores de la Francia del s. XVIII, después de Montesquieu. Temperamento algo huraño y solitario, acogió las alabanzas sin enorgullecerse de ellas, y no quiso responder nunca a los ataques que se le dirigieron. Inclinado en su juventud a la carrera eclesiástica, abandonóla muy pronto por la política. Gracias a la protección del ministro de Negocios Extranjeros, el cardenal De Tencin, pariente suyo, se le confiaron importantes misiones; en 1743 estuvo encargado de negociar con Prusia un tratado secreto contra Austria, y en 1746 redactó las instrucciones destinadas a los plenipotenciarios franceses en la paz de Breda.
No obstante, algunas divergencias con Tencin le forzaron a dejar también la política y a acogerse al estudio y a la reflexión acerca de las leyes reguladoras de las sociedades humanas. Elaboró así, en la soledad, su sistema moral y político, en el que presenta una política llena de intensos matices morales. Sin embargo, no se alejó por completo de los problemas corrientes de la vida; su acusada participación en ellos queda evidenciada en el libro Doutes proposés aux philosophes économistes sur l’ordre naturel et essentiel des sociétés politiques, de 1768, en el cual desarrolla una rigurosa crítica de la doctrina fisiocrática y opone un Estado comunitario ideal de igualdad a la desigualdad provocada por la propiedad. Posteriormente combatió siempre la injusta distribución de los bienes, en la que vio — en una de las concepciones morales características de muchas utopías del siglo XVIII — la causa primera de los dos defectos más peligrosos para las sociedades humanas: la avaricia y la ambición. Acerca de ello insistió particularmente en Entretiens de Phocion sur le rapport de la mor ale avec la politique, la obra de nuestro autor que mayor aprobación obtuvo entonces.
No obstante — y ahí puede verse otro aspecto típico de las utopías del siglo —, Mably está perfectamente seguro de que el estado original de igualdad no puede ya restablecerse, por cuanto los vicios han llevado la humanidad a un nivel excesivamente bajo. Y así, el único remedio capaz, según él, de remediar tal estado de cosas consiste en modificar la sociedad aproximándola todo lo posible a aquella igualdad; en consecuencia, defiende la necesidad de gobiernos mixtos, que hoy podríamos denominar constitucionales. Tratan estos problemas sus obras De los derechos y deberes del ciudadano (1758, v.) y De la législation ou principes des lois (1776). Debido a la gran fama de legislador alcanzada por Mably, su opinión y consejo fueron requeridos en Córcega, Ginebra e incluso en la lejana América.
F. Catalano

