Literato árabe nacido en Maarrat an-Numan (Siria septentrional) en 973 y murió en el mismo lugar en 1057. Quedó ciego de niño, y esta desgracia, si no retrasó la intensidad de sus estudios, contribuyó a la formación de su carácter altivo e irascible, así como a la de su pensamiento, atormentado y pesimista. No obstante, la primera parte de su educación literaria está netamente dominada por la tendencia tradicional, gramatical y retórica, que aprendió en Alepo, Trípoli y Alejandría, y que pretendía hacer de él un panegirista del tipo de al-Mutanabbi (v.). Precisamente en el género de este autor se inspira su producción artística juvenil, reunida más tarde en El chisporroteo de la lumbre (Saqt-az-zand).
Pero ya en esta obra se advierte algún indicio de la inquietud religiosa que más tarde se desarrollará en él. Vuelto a su ciudad natal, llevó durante algún tiempo una vida modesta, hasta que decidió trasladarse a Bagdad. Allí permaneció poco menos de dos años, y, sin que se pueda precisar la causa, aquel período fue decisivo para él, ya que adquirió un complejo de ideas escépticas y pesimistas que aparecen evidentes en sus obras posteriores. Vuelto a Maarrat an-Numan, ante la noticia de una grave enfermedad de su madre, o, más probablemente, a causa de los disgustos que tuvo en la corte, se retiró a la vida ascética, sin que ello impidiera la creciente extensión de su fama y de su autoridad. En aquel período, despreciando el acostumbrado panegírico literario, maduraba en él una filosofía de la inutilidad de la existencia, del dominio que el dolor y el mal tienen en el universo, y un consiguiente escepticismo religioso que, no sin contradicciones y contrastes, quedan de manifiesto en sus trabajados versos de las Luzūmiyyāt (v.), su obra más significativa, en tanto que la prosa de la Risālat al-gufrān (v.), aun penetrada de espíritu mordaz y satírico, aparece envuelta en la erudición y en las exigencias formalistas.
De todos modos, el pensamiento de nuestro autor representa la más extrema manifestación de escepticismo y de pesimismo en la tradición literaria árabe y, teniendo en cuenta los fuertes vínculos tradicionales entre las formas artísticas y el credo islámico, su actitud autónoma frente a ellos constituye su máximo prestigio.
S. Moscati

