Con igual espíritu de protesta está concebido el Prometeo liberado [Prometheus Unbound] de Percy Bysshe Shelley (1792- 1822), drama lírico en cuatro actos, en verso, publicado en 1820. Siguiendo en parte la tradición clásica, en este drama Shelley personifica en Júpiter el principio del Mal, y en Prometeo la regeneración de la humanidad, que, valiéndose del saber como arma contra el mal, vuelve a conducir a los hombres a la virtud por el camino de la sabiduría.
Para castigar la temeridad del Titán campeón de los hombres, Júpiter le condena a ser encadenado en una roca del Cáucaso, donde un buitre devora su hígado, continuamente renovado. Prometeo soporta valerosamente todos los tormentos que Júpiter le inflige, esperando serenamente la hora en que, según una profecía, Júpiter será destronado y triunfará el espíritu del Bien. El cumplimiento del destino sólo podría ser evitado si revelase el secreto del cual es único custodio y que Júpiter no consigue arrebatarle sino prometiéndole la inmediata liberación de todas sus torturas. Llega la hora fatal: Júpiter aparece destronado por Demogorgón, el Poder primitivo del mundo; mientras Hércules (v.), que representa la fuerza, libera a Prometeo (la Humanidad) de las torturas generales del Mal. Así, una de las Oceánidas, que personifica la Naturaleza, recupera entonces toda su primitiva belleza y se reúne felizmente con su esposo Prometeo. Se inicia de este modo el reinado del Amor y del Bien.
Una viva exigencia filosófica constituye en Shelley el sustrato ideológico e intelectual que a menudo sostiene, pero a veces obstaculiza también su inspiración y su vuelo lírico. Partidario al principio del pensamiento de William Godwin (1756-1836), con cuya segunda hija Mary se casó, Shelley fue elaborando después un pensamiento personal, del cual están penetradas todas sus obras y principalmente el Prometeo liberado. En el centro de sus ideas sobre el destino de la humanidad está la convicción de que el mal no es inherente a la naturaleza humana sino accidental, y que, por lo tanto, puede ser eliminado. El principio acerca del cual vuelve más a menudo en sus obras es que el hombre debe tender a perfeccionarse cada vez más, hasta que consiga eliminar el mal de su naturaleza. El Prometeo liberado es la transposición de una visión filosófica al plano de una situación poética más profunda, casi sagrada, de la antigüedad del mito de que trata.
Esta concepción se puede resumir sumariamente en la convicción de que el hombre llegará a prevalecer sobre las fuerzas del mal por medio del sufrimiento y con ayuda del amor. Se reconocen en esta obra algunos de los caracteres más típicos del arte y del mundo poético de Shelley; la concepción platónica del amor (por algo el poeta escogió para su transposición lírica un mito griego), deformada y al mismo tiempo ensalzada por una romántica fe en la omnipotencia de este sentimiento, al cual no permanece extraño su lado más físico y humano. Se halla también en el Prometeo un exceso de símbolos que hace las figuras a menudo abstractas, no sólo como personajes de un drama, sino también como creaciones líricas, ya que la exuberante fantasía de Shelley tiende a veces a acumular las imágenes con el resultado de un intenso deslumbramiento que dificulta la percepción.
La belleza de esta obra queda confiada no sólo a la generosa concepción espiritual, sino también a la extraordinaria potencia y altura lírica de muchos fragmentos que figuran entre las más espléndidas creaciones poéticas de Shelley. El drama constaba inicialmente de tres únicos actos; unos meses después de terminado, Shelley le añadió el cuarto, como un himno de alegría por la victoria de Prometeo.
E. Baldacci
Su objetivo fundamental que, sin duda’, no es más que semiconsciente, reside en una impalpable túnica sonora que se convierte como en el revestimiento de la expresión, y su música es ciertamente del mismo orden de aquellos fenómenos naturales que él amó tanto: el viento, ese hechicero que barre delante de él las hojas muertas. (Du Bos)

