Prometheus, Wolfgang Goethe

El Romanticismo interpretó a Prometeo como rebelde indómito e hizo de él uno de sus héroes. Es célebre el fragmento dramá­tico en verso de Wolfgang Goethe (1749- 1832), Prometheus, redactado en 1773 y pu­blicado póstumo en 1878.

En el discurso conmemorativo de Shakespeare que Goethe pronunció en 1771, comenzó a diseñarse el personaje prometeico, como fundador del género humano, y en 1772, en la Arquitec­tura alemana (v.), como mediador entre el cielo y la tierra. El Discours sur le rétablissement des sciences et des arts (1750) de Rousseau, la influencia de Herder y fi­nalmente el trabajo de Wieland, el Diálogo en sueños con Prometeo, contribuyeron en parte a la concepción de esta obra, cuyos principales inspiradores fueron, sin embar­go, Esquilo y Voltaire. El antiguo mito, revivido así en la atmósfera del tiempo, encendió la fantasía creadora del joven poeta, que le dio nueva forma y nueva vida. El fragmento consta de dos actos.

En el primero Prometeo, en un diálogo con Mercurio, se rebela contra la sujeción a los dioses, reconociendo sólo la superiori­dad del Hado, y rechaza la oferta de su hermano Epimeteo de sentarse como igual junto a los dioses del Olimpo. «Quieren compartir conmigo y yo no tengo nada que compartir con ellos. Lo que yo poseo no pueden quitármelo, y lo que ellos poseen que se lo guarden». Epimeteo le reprueba su aislamiento: «Tu orgullo ignora el placer de sentirse intimo en todo con los dio­ses, contigo mismo, con todos, con el uni­verso y con el cielo». Pero Prometeo no reconoce otra totalidad fuera de su propia y poderosa fuerza creadora y se siente uno con sus propias criaturas. En la escena su­cesiva con Minerva, la rebelión se afirma positivamente como conquista de libertad; si él hasta ahora se había doblegado a llevar el peso que le habían impuesto los dioses celestes, la diosa reconoce que aque­lla servidumbre de él sólo ha servido para hacerlo digno de aquella libertad, que él proclama tan altamente para sí y para los demás hombres.

Y entonces ella le descu­bre el misterio de la fuente de vida, co­nocida sólo por los dioses. En el segundo acto «Mercurio anuncia a Júpiter, como para moverlo a venganza y castigo, la alta traición de Minerva y el bullicioso y jubi­loso género humano que se agita sobre la tierra. Y Júpiter le responde que los hom­bres existen y deben existir, y que ello au­menta el número de sus servidores, y será un bien para ellos el seguir su guía pater­nal, y un mal si resisten a su brazo de príncipe. Y como el fiel mensajero quisiera darse prisa a llevar a las nuevas criaturas aquella palabra de bondad, Júpiter le dice juiciosa y bondadosamente, con benignidad sonriente: “¡Todavía no! Con fresca alegría juvenil el alma de ellos se finge igual a los dioses. No te prestarán oídos mientras no te necesiten. ¡Abandónales a su propia vida!”

Era peligroso que, al desarrollar este tema, el entusiasta acuerdo de Pro­meteo se convirtiese en reverencia para con Zeus en aras de la cordura y la armo­nía; y por eso el drama se encalló, y quedó interrumpido en los fragmentos que posee­mos, en los cuales es, entre otras cosas, bellísima la primera sensación de la muerte sobre la tierra — Pandora que ve morir a su hija Mira — y la idea de la muerte como suprema ebullición de vida y palingénesis, expresada por Prometeo. Del esbozo aban­donado Goethe sacó una breve y vigorosa poesía, que es su verdadero «Prometeo» juvenil; no el que será apaciguado por Júpiter y se reconciliará con él, sino aquel que afirma la inutilidad de los dioses, y el poder, plenitud y autonomía de la vida humana» (B. Croce).

«¡Cubre tu cielo, Jú­piter, de nubosos vapores y ejércete con­tra las encinas y las cimas de los montes semejante a un chiquillo que descabeza cardos; pero debes dejarme mi tierra y mi cabaña, que no has construido tú, y el hogar, cuya llama me envidias! — ¡ No co­nozco yo bajo el sol nada más pobre que vosotros, los dioses! De sacrificios y de in­ciensos con trabajo alimentáis vuestra ma­jestad y os consumiríais si no hubiese locos llenos de esperanzas, mendigos y niños… — ¿Honrarte yo? ¿Por qué? ¿Has aliviado jamás el dolor del oprimido? ¿Has enju­gado jamás las lágrimas del afligido? ¿Y no me han hecho hombre acaso el Tiempo omnipotente y el Hado eterno, señores míos y tuyos? ¿Cometerías acaso el desatino de imaginar que yo debiese odiar la vida, y huir al desierto porque no fructifican to­dos mis sueños? Aquí me mantengo firme, formo hombres a imagen mía, una estirpe semejante a mí, destinada a padecer, llo­rar, gozar y regocijarse, y a no hacer caso de ti como hago yo».

En 1795 Goethe trabajaba en una tragedia La liberación de Prometeo. Nos los demuestran tres bre­ves fragmentos de 23 versos en conjunto, el más amplio de los cuales, de inspira­ción poderosa y solemne, fue publicado en 1888. [Trad. española por Rafael Can­sinos Assens en Obras completas, tomo III, (Madrid, 1951)].

Este titanismo del desbordante sentimien­to creador, sostenido y legitimado por Herder, que se había educado estilísticamente en Píndaro, y que después de la tentativa dramática se concentra en una densa manera lírica y toma la forma del himno, significa en la poesía de Goethe, y en la alemana en general, el comienzo del gran estilo que las odas de Klopstock sólo habían insinuado y preparado. La grandeza y la fuerza, el vuelo sublime, el impulso universal que en Klop­stock se muestran sólo como tendencia, están aquí realizados por primera vez. (Gundolf)

El Prometeo… me parece digno de figu­rar junto a las mejores obras del maestro. (F. Schlegel)

Me parece que ningún golpe de escalpelo, al tallar mi personalidad interior, ha pe­netrado tan profundamente… como estos ad­mirables versos del Prometeo. Nada de lo que leí de Goethe después pudo modificar esta primera impresión decisiva, sino com­pletarla, o mejor, atemiarla. (A. Gide)

Rebelión titánica del Prometeo — indu­dablemente la única obra de rebelión enque ninguna declamación, ninguna elocuen­cia, ninguna tiniebla entorpecen ni retar­dan el impulso de su movimiento. (Du Bos)