[L’avenir de la métaphysique fondée sur l’expérience]. Obra del filósofo francés Alfred- Jules-Émile Fouillée (1838-1912), publicada el año 1889.
Hay un aspecto de la metafísica que puede caber dentro del dominio positivo de la filosofía: el de que sus ideas, abstracción hecha de la realidad actual de los objetos, son concebidas como formas supremas de la conciencia, como directrices de la inteligencia, de la voluntad, como ideales, cuyo conjunto designamos como «el ideal». Ahora bien, o este ideal es la manifestación de una realidad metafísica y objetiva, razón última del ser, aspecto del absoluto inaccesible vuelto hacia nosotros, o bien tiene sólo una existencia subjetiva, como «idea directriz»: como «hecho» de conciencia, como «fuerza» de la conciencia joven dirigida a la acción que esta conciencia ejerce sobre el pensamiento y sobre la voluntad; como «ley directriz suprema» de la conciencia: como un ideal inmanente, susceptible de verificación positiva y experimental.
Una metafísica, en este sentido, que reduce sus conjeturas a un sistema de hipótesis científicas, sin agotarse en la ciencia, ni en el arte, ni en la religión, tiene como base la sistematización de la ciencia, y como vértice la más alta poesía y la religión más sublime. Si la metafísica «trascendente», del más allá o «noúmeno», es una concepción problemática, permanece «inmanente» a la realidad de la cual tenemos experiencia. Las dos condiciones necesarias para la legitimidad de una metafísica son: que pueda siempre traducirse a términos de experiencia y ser llevada a un análisis que agote el pensamiento y la voluntad y que constituya una generalización de la experiencia misma; esto es, que tenga por objeto aquella totalidad del ser que queda fuera de las ciencias particulares.
Este es en metafísica el lugar para la certeza, ya sea ésta negativa o positiva (hechos, leyes, tesis que no son caprichosas porque se nos imponen en fuerza de nuestra propia constitución mental), y para la probabilidad; y finalmente, también para las hipótesis, representaciones del universo, en términos diversos de los físicos y de los imaginables. Fouillée estudia después los métodos de construcción especulativa y de conciliación, y los procesos para la síntesis de las ideas; muestra la diferencia entre este método y el hegeliano y ecléctico, y el proceso gracias al cual se forman en la historia del pensamiento las selecciones entre los sistemas y las grandes síntesis universales que permanecen, aunque a veces absorbidas, en síntesis superiores.
La verdadera confirmación de éstas no puede sernos dada, como lo es en las hipótesis científicas, por los hechos particulares con los que están de acuerdo o a los que se aplican, sino por la armonía de éstos con la totalidad de los hechos de conciencia o de los hechos actualmente conocidos por la ciencia: porque la metafísica se ocupa del pensamiento aplicado, no a las cosas, sino al pensamiento sobre las cosas. El criterio de su experimentación es más bien la in- concebibilidad del contrario. En la segunda parte de la obra, «La metafísica y la moral», Fouillée examina las hipótesis metafísicas sobre las que se funda la moral, relativas al sujeto moral, al objeto de la moral, o a la naturaleza del bien, en nosotros y fuera de nosotros, al valor y a la naturaleza del placer y de la felicidad, y a nuestras relaciones con la sociedad y con el universo.
El autor cree que las hipótesis metafísicas siempre serán necesarias a la moral. «Pero, a su vez, la metafísica está fundada sobre la moral». La concepción de un universo moral ha de intentarse sobre el modelo de la filosofía y de la ciencia mejor que sobre el de las religiones positivas y de la poesía; la moral debe iluminarnos sobre el significado general del mundo: por ejemplo, ha de excluir una filosofía de negación absoluta, una filosofía de desesperación que sería la muerte de toda actividad. La antinomia completa entre teoría y práctica constituiría Un dualismo improbable. La acción debe ser más verdadera que la especulación abstracta, y sus leyes, más fundamentales que las del pensamiento. Ocurre, sin embargo, que en nuestras ideas e instintos morales damos cabida, por una parte, a la ilusión humana, y por otra, a la verdad universal, a lo que se refiere el principio de la filosofía de la evolución, de que todo instinto o creencia general común a toda la especie, debe contener una parte de verdad, aunque no sea más que la verdad subjetiva y precaria de la utilidad.
Más allá de este punto de vista naturalista se alza el idealismo preguntándose si una idea puede realizarse encarnándose e imponiéndose. Nuestras ideas sociales y morales’ son un dato y un valor que puede tener influencia sobre el curso de las cosas. El ideal moral, cierto como ideal, es incierto como realización, porque depende del conjunto de la voluntad consciente y de las resistencias de las fuerzas inconscientes de la naturaleza. No hay que creer, pues, ni afirmar la moral, sino «obrar» como si la realización del ideal fuese cierta. Conclusiones de la obra: es posible una metafísica inmanente, porque lo «subjetivo» es la faceta cóncava de lo real, y el pensamiento une ambas cosas, pero con ella no se puede nunca alcanzar completamente el ideal y será siempre una búsqueda relativa y progresiva. El sistema conciliador será el que extienda al todo un dato de la experiencia interna fundamental y universal, bien sea la voluntad, el apetito, el esfuerzo a la resistencia.
Un «monismo» cualquiera es inevitable y el autor propone e ilustra el monismo como una filosofía de las ideas-fuerzas en las que la verdadera fuerza reside en el elemento mental, en tanto que la fuerza mecánica no es más que un símbolo. El porvenir de la metafísica representa una notable tentativa de superación del naturalismo, en cuanto que concilia en la idea-fuerza las exigencias de la metafísica y los derechos de la ciencia positiva.
G. Pioli

