El Porvenir de la Inteligencia, Charles Maurras

[L’avenir de l’intelligence]. Obra de Charles Maurras (1868-1952), escrita en los años 1902-1903, cuyas páginas vieron la luz por vez primera en la revista «Minerva», que no gozó, según el autor, de la «sana dicha de envejecer», dedicadas a René-Marc Ferry, director de la efímera publicación.

El libro contiene El porvenir de la inte­ligencia, un estudio sobre Auguste Comte, un ensayo sobre «El romanticismo feme­nino», «alegoría del sentimiento desordena­do», y finalmente «Mademoiselle Monk», que relata la vida de Aimée de Coigny, propul­sora, a veces involuntaria e inconsciente, de la Restauración. Esta obra surge en el umbral de nuestro siglo planteando con vigor el problema del porvenir, del destino del «mecanismo de las costumbres moder­nas que se implantan», constituyendo, como toda visión humana sobre el futuro, un temor y una esperanza. Temor de la inte­ligencia amenazada por la pugna de las dos fuerzas que tienden a dominar el mundo: el Oro y la Sangre; temor porque el oro ha afirmado su poderío sobre el mundo mo­derno, si no contra el espíritu, al menos sí fuera de él, para mantenerse en una inde­pendencia radical y deletérea…

Pero espe­ranza también, porque, aunque el individuo esté solo y sea cambiante y mortal, puede, no obstante, perdurar, fijar el minuto di­choso y fugitivo en la institución. El indivi­duo pasa y cambia; la institución perma­nece, como asiento y medio de nuestra perduración. La institución permanece y, a través de ella, según la frase de Dante, «el hombre se eterniza». De cara a las fuer­zas modernas que por todas partes se le enfrentan y tratan de asfixiarlo, el indivi­duo sólo tiene un camino, un medio de salvación: el que le marca su tradición, su historia, su raza. Enfilando sus pasos por esta ruta perdurará, desviándose de ella pe­recerá. Su esencia «política», en el más am­plio sentido de la palabra, viene a ser auténtico y único asiento de su esperanza; si se aleja o reniega de ella ninguna otra solución se le brindará: «la raza, la nación, son entidades virtualmente inmortales que disponen de una reserva inagotable de men­tes, corazones y cuerpos… Todo despego o desesperanza en política es una absoluta necedad». Nuestro mundo aparece domi­nado por el Oro.

Y, en efecto, el oro es una potencia, una fuerza y, como fuerza, está bien. Lo malo es que se ha desplazado del lugar que le corresponde y que, actual­mente, lo es todo, lo somete todo a su poderío, cuando él debería ser el sometido; despótico poderío carente por completo de la majestad personal del antiguo poder de la Sangre, que el Oro derribó en 1789. Esta fuerza moderna es anónima y el hombre sometido a ella, si sufre y es aplastado, ig­nora el nombre de quien le oprime y contra el cual ya no valen los recursos de la súplica y de la rebeldía. ¿A quién rogar o contra quién rebelarse cuando el anoni­mato del Oro se extiende por doquier y todo lo posee y todo lo asfixia con su inase­quible e innominable fuerza? ¿Cuál será, en este mundo del Oro, el destino del es­píritu? Ya el Oro ha reconocido en él a su adversario — o a su juez —. En el mundo democrático y plutocrático del siglo XX el imperio del intelectual que, por estar contra la naturaleza de la esencia política, fue un hecho en el siglo XVIII y en los comienzos del siglo romántico, sólo es ya un mito demagógico.

Por haber querido usurpar un dominio que no les correspondía, el del gobierno de la ciudad; por haber invertido el orden antiguo de la Sangre y del Prín­cipe, los intelectuales se ven hoy reducidos a la impotencia, prostituidos por el Oro, el Oro que detenta los periódicos, las edicio­nes y la opinión pública, el Oro que des­precia o, cuando menos, ignora al espíritu. La condición del moderno escritor es des­preciable, miserable, al lado de la de su colega de hace trescientos años. Éste, cier­tamente, ocupaba en la sociedad un lugar limitado y específico, y su posición, aunque importante, era subordinada. «La literatura cumplía su función sirviendo de ornamento del mundo, y se esforzaba en suavizar, pulir y enmendar las costumbres generales. Ella las interpretaba y ella era la voz del amor, el aguijón del placer, el encanto de los lentos inviernos y de las largas vejeces…». Pero entonces existía una aristocracia de la Sangre, a la que el hombre de letras no soñaba con disputar el poder y que for­maba una minoría tutelar que comprendía y fomentaba los trabajos del espíritu.

Ac­tualmente esta aristocracia no existe, des­truida en el siglo XVIII precisamente por los que nada pueden ser sin ella, sin su protección. Carente de un público que le comprenda, el escritor romántico sólo tiene el refugio de su torre de marfil. Hoy, en el mundo moderno, el intelectual únicamente puede actuar al servicio de dos amos igualmente insanos y extraños a la inteligencia: el Oro y la Opinión. No hay otra elección. ¿Y de dónde esperar la salvación? Justa­mente de la inteligencia, de la inteligencia que sufre más que nadie la tiranía del Oro y que es el valor más amenazado del mundo moderno. Todo puede esperarse de su despertar: «En nuestra Francia de comienzos del siglo XX, la Inteligencia puede preferir exaltar y, consecuentemente, hace triunfar, a despecho de un metal o de un papel sin alma, la Fuerza luminosa y el ardiente fuego, lo que se deja ver y se nombra, lo que perdura y se transmite, lo que tiene conciencia de sus actos y con­signas y responde de ellos».

Esta adhesión de la inteligencia al Príncipe contra el Banquero, a la Espada contra las Finanzas, será la que, después del Porvenir de la inte­ligencia, tenderá a informar toda la futura ruta de Maurras. Se trata, pues, de un libro clave, necesario para la comprensión de la acción maurrasiana.