Nicolás Fernández de Moratín (1737-1780) publicó con este título, a partir de 1764, una colección de sus poemas, que luego fue recogida en la edición de sus Obras póstumas, llevada a cabo en 1821 por su hijo, Leandro, en Barcelona.
Es curiosa y doblemente interesante esta colección, porque, aparte el mérito de muchas de las composiciones, puede descubrirse en ella el arraigado españolismo que latía en el fondo del corazón del más vivo defensor de las teorías literarias francesas que por aquel tiempo se habían esparcido por España. En efecto, el genio lírico de Moratín se manifiesta aquí dentro de las líneas del más puro casticismo, y aun parece en algún instante apuntar a las renovadoras imágenes del vecino Romanticismo (v.), tal es el colorido, y gracia que pueden descubrirse en algunos de sus romances moriscos y caballerescos — recuérdese el de «Abelcadir y Galiana» y el de «D. Sancho en Zamora» —.
El tema de los toros, por ejemplo, está tratado con gran acierto en las famosas y conocidas quintillas de «Fiesta de toros», que recuerdan excesivamente al Isidro (v.) de Lope de Vega para no sospechar que en él halló Moratín la inspiración, a pesar de las múltiples críticas que, como buen seguidor de las nuevas doctrinas, le dedicó en más de una ocasión. En octavas, y del más puro corte español, escribió su poema «Las naves de Cortés, destruidas», donde la retórica queda matizada por la gran limpieza que preside las descripciones y por su riqueza de colorido; este poema, sin embargo, no figura en la primera colección y no apareció hasta la edición de 1821.
Pueden hallarse entre estas poesías varios epigramas que han alcanzado gran popularidad («Admiróse un portugués…», etc.) y también sonetos, sátiras, odas, etc.; es sobre todas interesante la dedicada «A Pedro Romero, matador de toros». Merece asimismo recordarse el poema didáctico «La caza», en el que Moratín se complace en intercalar algunos episodios históricos.
A. Pacheco

