Walther von der Vogelweide (1160/70-1229/ 30), probablemente natural de la región tirolesa. Su dialecto bavaroaustríaco interfiere en muy raras ocasiones la uniformidad de su clásico alemán medieval. Él mismo dice que «aprendió a recitar y a cantar» en la corte de Viena, donde Reinmar el Viejo de Hagenau era el poeta de la Corte.
La producción poética de Walther comprende «Lieder» (canciones) y «Sprüche» (motivos, sentencias, epigramas). Los «Lieder» varían según el uso del tiempo, y son de diverso tono o aire; los «Sprüche» están, por el contrario, destinados a la recitación, carecen de estrofas y son de ordinario de’ contenido gnomicodidáctico. Walther no es el consabido minnesinger que canta convencionalmente en honor de su dama y cuya nota característica es el dirigirse no sólo a mujeres casadas, sino también a muchachas núbiles, «magedin», de baja clase. Es algo más que eso; de las estridencias del «minnesang» convencional oído en su juventud, él se eleva bien pronto a poeta político y sentencioso, a pregonero del pensamiento imperial de los Stauffen, a glorificador de la corona cesárea, a educador y consejero de los gobernantes, tanto temporales como espirituales.
La poesía de Walther nació en su mayor parte a la sombra de las cortes, pero desde el principio afirmó su personalidad frente a la «cortesanería» ordinaria. Su actividad juvenil se desenvolvió en la corte vienesa del duque Federico de Babenberg, donde sostuvo competiciones literarias con su maestro Reinmar (v. Poesías de amor cortés) y se enfrentó contra toda convención y todo prejuicio. Cuando a la muerte del duque Federico (1198) y la ascensión al trono del duque Leopoldo, que no le era favorable, se vio obligado a abandonar la corte de Viena, comienza su peregrinación de país en país, que podemos seguir en los «Sprüche». Lo que hace tan vivas estas composiciones es precisamente su inmediata referencia a los acontecimientos personales del poeta y a los más vastos de la historia del Imperio.
Del mismo modo que la injusticia del duque Leopoldo está expresada amargamente en «A mí me está cerrada la puerta de la felicidad» [«Mir ist verspart der saelden tor»], así la tristeza de su propio estado vagabundo se amplifica en un lamento sobre la suerte del Imperio, después de la muerte de Enrique IV, en el pesimista «Me senté sobre una piedra» [«Ich saz üf eine steine»].
Las luchas por la elección de Felipe de Suabia contra Otón IV de Brunswick, «Oí el agua murmurar» [«Ich hórte ein wazzer diezen»], la alegría por la coronación de Felipe, «La corona es más antigua que el rey Felipe» [«Diu krone ist elter, dan der künec Philippes si»], la indignación pública por las intrigas de Inocencio III y de todo el clero (en el ciclo llamado «Heptade»), la coronación de Otón IV (1209) después del asesinato de Felipe, «Oh emperador, yo enviado por el Señor» [«Her keiser, ich bin frónebote»], el deseo de tener finalmente un pequeño feudo propio, «Vos señor de Roma, rey de Puglia, tened compasión» [«Vom Rom vogt, von Pülle künec, lát iuch erbarmen»] y la alegría de lograrlo del joven Federico II de Sicilia, «Tengo mi feudo, vive Dios, tengo mi feudo» [«Ich han min léhen, al die Werlt, ich hán min léhen»], todos estos acontecimientos y pasiones públicas y privadas hallan expresión en los «Sprüche», por lo que éstos no son piezas artificiosas, sino palpitantes de vida.
Junto a los «Sprüche», que representan la parte histórica de la producción de Walther, están los «Minnelieder», que representan, por decirlo así, la parte ideal. Así como en los primeros se afirma como una destacada personalidad en el género de la fidelidad cortesana, en los segundos revela una fresca originalidad en las poesías de amor. Discípulo del Mirmesang (v.) tradicional, también Walther conoce y observa la escala medieval de los valores morales «utile, justitia, temperantia, fortitudo, prudentia»), los cuales constituyen la «ére» (honor) y llevan al «Summum bonum». Pero lo que hizo de él el mayor de los minnesinger es su nueva sensibilidad moral. El amor, la «Minne», es para él no sólo cortesía, sino pasión y «virtus»: «el amor es cosa tan del cielo, que yo le ruego que me lleve allá arriba», dice. Es justamente Walther el autor de la distinción, que después se hizo habitual, entre «amor celeste» y «amor terreno» [«hohe Minne» y «niedere Minne»], el primero de los cuales educa y eleva al hombre, en tanto el segundo le rebaja y lo envilece.
Este presupuesto moral supone elevar el. amor de valor social a valor eticorreligioso, o sea, de prerrogativa de clase a prerrogativa de virtud, por lo que Walther puede cantar «el verdadero amor» en el Minnelied «Herzeliebez frouwelin» en la forma siguiente: «Tú, mi dulce muchacha, ¿qué quieres que te diga, sino que nadie te adora como yo? Me reprocharán que mi canto se dirija a tan bajo lugar, pero los que así hablan no conocen el amor. La belleza vale menos que el amor y, de todos modos, yo te soy devoto y prefiero tu anillo de vidrio al de oro de una reina, porque tú eres fiel y honrada, y no he de temer el sufrir por tu querer. Pero si tú no tuvieses estas virtudes, nunca podrías ser mía. Y entonces, desilusionado, el corazón se me partiría». Así Walther, amando a una muchacha de condición inferior (el anillo de vidrio es signo de pobreza), le dice que siendo fiel y honrada es superior a una reina y, por tanto, digna de ser amada.
Y esto, contra todos los prejuicios sociales. Otra característica de «Minnelied» de Walther es, además de la inmediata frescura de las imágenes tomadas de la naturaleza, el humorismo, o, mejor dicho, la tendencia a lo grotesco que convierte el ideal en parodia. Así, una poesía «Cuando el estío llegó» [«Dé der sumer komen was»], cuenta un sueño, y en el sueño le parece poseer totalmente aquellas fingidas bellezas, hasta que estando en lo mejor, una miserable corneja canta sobre su cabeza y lo despierta; interrogada una adivina sobre el significado recóndito del sueño, ésta le revela nada menos que dos y uno hacen tres, y que el pulgar es un dedo. También el sentimiento religioso interviene en la inspiración poética del gran escritor, pasando, con los años, desde el tono sentencioso entusiástico, al melancólico del recogimiento.
Los últimos cantos tienen un fondo de melancolía, de sentimiento y de continuo descontento por todas las cosas del mundo, solamente iluminado por una esperanza: la de poder ponerse al servicio del Señor, e ir en Cruzada a Tierra Santa, «Sólo ahora me es cara la vida» [«Allerést leb ich mir werde»]. El que se considera como el último canto que escribió, ¡Ay de mí! ¿Dónde se han ido todos mis años? (v.), está impregnado de una profunda melancolía sobre la «vanitas vanitatum». [Trad. de esta última y otras cuatro composiciones por Jaime Bofill y Ferro y Fernando Gutiérrez en La Poesía Alemana. De los Primitivos al Romanticismo (Barcelona, 1947)].
M. Pensa

