Poesías, John Greenleaf Whittier

[Poems]. Antología poética de John Greenleaf Whittier (1807- 1892), publicada en la edición Cambridge en 1894. El volumen recoge todo cuanto importa conocer de este fecundo poeta (la obra completa comprende más de veinte volúmenes) que, más que Longfellow (poe­ta culto) y antes que Walt Whitman, es el poeta norteamericano por antonomasia.

Whittier tuvo una cultura relativamente modesta y da la impresión de una espon­taneidad que se resiente de la improvisa­ción. Métrica y gramática son a menudo olvidadas y abundan los lugares comunes. Si el arte es defectuoso, no faltan ni tem­peramento ni sensibilidad. Muchos de sus versos son polémicos y exhortativos, con referencias directas a personajes o acon­tecimientos de su tiempo. Resaltan entre éstos, y pueden hoy todavía leerse con inte­rés y hasta con emoción, por el calor de la pasión que los inflama, «Los cazadores de hombres» [«The Hunters of Men»], invectiva contra los mercaderes de carne hu­mana, y «El ocaso de la gloria» [«Icnabod»], publicada en 1849, en la que expresa con nobles acentos la decepción de América por la adhesión de Daniel Webster (1782-1852), representante del movimiento abolicionista, al compromiso con los representantes de los Estados del sur, compromiso que retardó la abolición de la esclavitud sin evitar la guerra civil.

«La patria que un día se sin­tió orgullosa de él/no lo insulta hoy/ni se­ñala con la mayor vergüenza su frente in­clinada/cubierta de deshonor./Lloran por el contrario Sus humillados hijos/desde los lagos al mar/un largo y triste lamento, como por un muerto…/Cuando la fe ha sido traicionada, cuando muere el honor/ ¡el hombre muere!»

En el mismo grupo puede incluirse el himno «Laus Deo», espe­cie de Te Deum (v.) en acción de gracias por la promulgación de las leyes que abolían la esclavitud. Sin embargo, lo más dura­dero de Whittier se ha de buscar (aparte la breve composición Prisioneros de la nie­ve, v.) en las baladas, que tienen toda la frescura y la espontaneidad de la balada po­pular, en las piezas descriptivas de Nueva Inglaterra y, finalmente, en los himnos y poesías de inspiración religiosa. Entre las primeras, la más conocida es «Maud Muller», publicada en 1854. Maud es una pobre cam­pesina, joven y bella, a la que el juez de la ciudad vecina, pasando por el prado donde ella trabaja, pide de beber.

También él es un hombre apuesto, todavía joven y soltero; sus miradas se encuentran. Los años pasan, el juez se casa con una mujer joven y orgu­llosa, Maud se convierte en la mujer de un vaquero y madre de muchos hijos, pero el recuerdo del breve encuentro en los cam­pos y de los pensamientos inexpresados que salieron de su corazón es para ambos, du­rante toda la vida, como una nota de suave pesar; «¡Ay la muchacha, ay el juez, ay el rico, rojo de llanto, y la granjera con­sumida por el trabajo!/Dios tenga piedad de los dos, y la tenga de todos nosotros, que recordamos vanamente los sueños de la juventud». Distinto es el tono de «Barbara Fritchie», publicada en 1854. A la llegada de las tropas rebeldes, todos los habitantes de la ciudad de Frederich esconden las ban­deras estrelladas, a excepción de la vieja Bárbara Fritchie, que iza una en su casa.

Ésta es en seguida el blanco de la fusilería rebelde, y cuando el asta está despedazada, Bárbara coge los jirones y grita desde la ventana: «Herid si os place esta cabeza gris, pero respetad la bandera de la patria». Más ameno es «Paseo en carreta del capitán Ireson» [«Skipper Ireson’s Ride»], publicada en 1857. El poeta describe el grotesco cas­tigo infligido por las mujeres de Marblehead al capitán de barco Ireson, que se negó a tomar a bordo, una noche de borrasca, a un grupo de conciudadanos en peligro. Cubierto de pez y de plumas, lo pasean en un carro por las calles de la ciudad, hasta que la madre y la viuda de dos pescadores muer­tos en el naufragio se apiadan de él, cuan­do declara que ningún castigo infligido por los hombres a su cuerpo podrá superar nunca al dolor de su alma lacerada por el remordimiento. Whittier, como escritor de baladas, puede ser dignamente comparado con Burns que, campesino como él, supo representar a maravilla el alma popular en creaciones profundamente poéticas. Entre las piezas descriptivas merecidamente céle­bres está «El niño descalzo» [«The Barefoot Boy»], en la que el poeta recuerda su infancia feliz.

«¡Deja que el millonario vaya en coche!/Tú que, descalzo, caminas por el polvo,/posees más de cuanto él puede com­prar». «También yo — dice el poeta — fui un niño descalzo, y eran mías todas las cosas que veía: las flores, los árboles, los pájaros, los insectos, el arroyo, el viento, los fru­tos del bosque y del huerto».

Pero si los americanos recuerdan a Whittier sobre todo como el poeta del sentimiento religioso, de la esperanza, esto se debe en parte no pe­queña a sus himnos sagrados (cantados toda­vía hoy en las más variadas sectas protes­tantes), entre los cuales figura el bellísimo «Amado Señor y Padre de la Humanidad» [«Dear Lord and Father of Mankind»], con sus célebres versos:

«Deja caer tu rocío de paz hasta que cesen todas nuestras luchas,/ quita de nuestras almas la tensión y el esfuerzo,/concede que nuestras ordenadas vidas sean testimonio/de la belleza de Tu Paz…/Resuena a través del terremoto, del viento, del fuego, oh voz suave que hablas de calma».

Una perla de la poesía religiosa norteamericana es la composición «La bon­dad eterna» [«The Eternal Goodness»], pu­blicada en 1865. En ella ha logrado el poeta expresar su credo religioso con tal ardor de fe, que confiere un refinamiento insólito a los versos armoniosos y no obstante senci­llos: «Recorre con pies desnudos en silencio el suelo,/que vosotros holláis calzados de osadía; yo no oso acotar con barreras y lími­tes/el amor y el poder de Dios». Gracias a esta y a las restantes composiciones religio­sas, Whittier es el más representativo de los poetas americanos continuadores de las primeras tradiciones de aquella literatura.

L. Krasnik