[Gedichte eines Lebenden]. Poesías líricas de Georg Herwegh (1817-1875), publicadas — el primer volumen en 1841 y el segundo en 1844 — con clamoroso éxito en alemania, pero compuestas en Suiza, donde Herwegh estaba exilado por razones políticas.
El título constituye una referencia irónica a las aristocráticas Cartas de un difunto, del príncipe Bückler Muskau. Son cantos de libertad y de revolución, en» versos fáciles con estribillo, que el pueblo alemán hizo en seguida suyos, comulgando con el sentimiento que los inspiró. Herwegh no era un poeta profundo, ni original; le faltaba cultura y verdadera personalidad artística; pero, precisamente por eso, obligado a no salir del tono popular, terminó siendo una expresión cálida, inmediata — aunque gris — de su tiempo; en efecto, nadie poseyó mejor que él la «habilidad de captar el pensamiento del pueblo, y restituírselo en versos o en rimas».
En estas composiciones hay sobre todo movimiento; véase, por ejemplo, la famosa «Llamada» [«Aufruf»], en la que el poeta — esposo de una riquísima hebrea e intérprete de los nuevos «tiempos proletarios» — invita a los alemanes a barrer de la tierra los crucifijos y a usarlos para combatir por la libertad: «Dios le perdonará», o bien «El canto del odio» [«Das Lied vom Hasse»] con el estribillo «Wir haben lang genug geliebt, und wellen endlich hassen» [«Hemos amado bastante tiempo, ahora queremos odiar»]. El motivo es casi siempre el mismo, combatir por la libertad.
El valor de esta poesía es sobre todo de carácter práctico: Heine llamó a Herwegh «alondra de hierro», «Eiseme Lerche», y le elogió por haber sabido hablar al corazón y a la voluntad, impulsando a la acción. Ya en el segundo volumen, segunda colección de Poesías de un viviente y de piezas satíricas y humorísticas — pero más todavía en las siguientes — su vena poética decayó; luego su popularidad cesó por completo, sobre todo después de 1849, cuando el poeta, que se había puesto a la cabeza de una revolución obrera en Badén, volvió a huir al extranjero, en tanto que sus hombres hallaron la muerte. De sus últimas poesías, la única que alcanzó todavía resonancia fue «La Marsellesa de los trabajadores». Una colección de las últimas poesías apareció póstuma, en 1877. Una edición con comentarios de las Poesías de un viviente fue hecha por Marcell Herwegh en 1905.
E. Rosenthal

